CAPÍTULO 11 #2
Esa seguridad suya que a veces debería haberme parecido excesiva y que, sin embargo, conseguía hacerme sentir extrañamente protegida.
—Bueno —dije—, ya que estamos convirtiendo esta comida en la historia de mi vida...
—Quiero escucharla.
—¿Toda?
—Todo lo que quieras contarme.
Pensé en Sophia.
—La conocí cuando entré a la universidad.
Ella ya llevaba varios semestres. Estudiábamos carreras diferentes, pero coincidíamos mucho en la cafetería.
Primero fueron saludos. Después empezamos a sentarnos juntas.
Y de alguna manera terminé compartiendo apartamento con una rubia que no conoce el concepto de privacidad.
—Parece que le tienes cariño.
—Es mi familia.
No tuve que pensarlo.
—Puedo decirle que no es mi hermana cuando me hace enfadar, pero ella sabe que sí lo es. Estuvo conmigo en momentos importantes. Celebró mi graduación como si hubiera sido la suya. Si me pasa algo, es la primera persona a la que llamo.
Mis dedos seguían entrelazados con los de Alessandro.
Miré nuestras manos.
—Supongo que por eso a veces me cuesta dejar entrar a las personas.
Él guardó silencio.
—Cuando has perdido a gente que amas de esa manera... empiezas a pensar que puede volver a pasar.
Levanté los ojos.
—Ese es probablemente mi mayor miedo.
—¿Perder a alguien?
Asentí.
—A las personas que amo.
Algo cambió en su rostro.
Fue mínimo.
Pero lo vi.
—Alessandro...
Parecía que iba a decirme algo.
Entonces sonó su teléfono.
Vi cómo tensaba la mandíbula.
Sacó el móvil.
—Disculpa.
Contestó.
—Sí.
Su expresión se transformó mientras escuchaba. El hombre que hacía un momento estaba sentado conmigo desapareció detrás de otro mucho más serio.
—¿Cuándo?
Silencio.
—¿Qué consiguieron llevarse?
Volvió a escuchar.
—No hagan nada hasta que llegue. Quiero toda la información disponible y que seguridad preserve cada registro. Sí. Salgo inmediatamente.
Colgó.
—¿Todo bien? —pregunté.
Ya estaba escribiendo un mensaje.
—Ha surgido un problema en el trabajo.
—¿Grave?
—Lo suficiente para que tenga que irme.
—No te preocupes. Puedo volver sola.
Guardó el teléfono.
—No.
—Alessandro...
—Te llevo a casa.
—Pero acabas de decir que tienes una urgencia.
—Y tengo tiempo para dejarte en tu casa.
—No tienes que hacerlo.
Se puso de pie.
—Cielo, voy a llevarte.
Cielo.
Me quedé mirándolo un instante.
Primero preciosa.
Ahora cielo.
No comenté nada, pero definitivamente lo registré.
Recogió mis bolsas antes de que pudiera hacerlo yo y caminamos hacia la salida.
Un automóvil ya esperaba afuera.
Reconocí a Daniel cuando bajó para abrirnos.
—Buenas tardes, Emma.
—Hola, Daniel.
Entramos.
Alessandro dio mi dirección y durante el trayecto recibió otras dos llamadas.
No entendí demasiado de lo que hablaban.
Seguridad.
Accesos.
Registros.
Una sucursal.
Lo único evidente era que el problema era serio.
Cuando llegamos frente a mi edificio, Alessandro dejó el teléfono a un lado y se volvió hacia mí.
—Perdona por terminar así la tarde.
—No tienes que disculparte. Ve a resolver lo que tengas que resolver.
—Te llamaré.
—Está bien.
Tomó mi rostro entre sus manos y me besó.
Fue un beso largo, aunque distinto a los del lunes.
Tenía prisa.
Lo notaba.
Aun así, antes de apartarse atrapó suavemente mi labio inferior entre sus dientes.
—Cuídate —le dije.
—Siempre.
Abrí la puerta.
—Y Alessandro...
—¿Sí?
—Gracias por escucharme.
Sus ojos se quedaron sobre los míos.
—Gracias a ti por contármelo.
Bajé.
No sabía por qué, pero mientras caminaba hacia mi edificio tuve la sensación de que aquella tarde había cambiado algo entre nosotros.
Ya no conocía solamente al hombre que me atraía.
Le había entregado una parte de mí que no compartía con cualquiera.
Maximilian
Esperé hasta que Emma entró al edificio.
Después miré a Daniel.
—Al apartamento.
—El avión puede estar listo en una hora.
—Que esté listo antes.
Daniel sacó el teléfono.
—Ya están trabajando en eso.
El robo había ocurrido en una de nuestras sucursales en Inglaterra.
La primera información era confusa. Habían conseguido acceder a una zona restringida y todavía no sabíamos si el objetivo había sido únicamente económico o si habían buscado documentación específica.
No iba a dirigir aquello desde Nueva York.
Necesitaba estar allí.
Pero durante el camino hacia mi apartamento apenas conseguí concentrarme en el informe que Daniel iba leyendo.
Emma.
Doce años.
Sus padres.
Eleanor.
El orfanato.
No había aprendido nada nuevo.
Y, al mismo tiempo, acababa de escuchar algo completamente distinto.
Conocía las fechas.
Había leído documentos.
Sabía cuándo habían muerto sus padres, cuándo Eleanor había solicitado hacerse cargo de ella y cuándo aquella solicitud había quedado sin efecto por su fallecimiento.
Conocía la institución a la que Emma había sido enviada.
Durante años, todo aquello había existido para mí como información.
Datos.
Expedientes.
Fechas.
Esa tarde había escuchado lo que había significado para ella.
La niña que esperaba que sus padres volvieran aunque sabía que estaban muertos.
La esperanza de quedarse con Eleanor.
Perderla también.
Y después aprender que estudiar era una de las pocas cosas de su vida que podía controlar.
Eso jamás había aparecido en ningún documento.
—Max.
Levanté la mirada.
Daniel había dejado de hablar.
—¿Me estás escuchando?
—Sí.
—¿Qué acabo de decir?
Lo miré.
—Que todavía no saben cómo consiguieron acceso al área restringida y que están revisando las credenciales utilizadas durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Daniel guardó silencio.
—Bien. Pensé que estabas en otro planeta.
—Continúa.
Llegamos a mi apartamento.
Subí, preparé una maleta con ropa suficiente para varios días y revisé los primeros documentos que me habían enviado desde Inglaterra.
Esperaba resolverlo rápido.
No por Nueva York.
Por Emma.
Una semana atrás, aquello me habría parecido ridículo. Yo había pasado años acostumbrado a viajar sin explicaciones, a modificar mi agenda cuando fuera necesario y a permanecer fuera del país el tiempo que hiciera falta.
Ahora estaba calculando cuántos días podían pasar antes de volver a verla.
Cuando bajé, Daniel ya me esperaba.
Fuimos directamente al aeropuerto.
El acceso privado nos permitió evitar las terminales principales. Mientras preparaban el avión, hice varias llamadas y ordené que me enviaran todos los registros antes de aterrizar.
Poco después despegamos.
Nueva York fue quedando atrás bajo nosotros.
Durante las primeras horas continué trabajando.
Revisé informes.
Hablé con la gente de Londres.
Pedí nombres.
Horarios.
Grabaciones.
Hasta que finalmente no quedó nada más que pudiera hacer desde el aire.
Cerré la computadora.
Entonces regresó Emma.
No su cuerpo.
No sus besos.
No la forma en que me había mirado durante los últimos días.
Sus palabras.
Ese es probablemente mi mayor miedo.
Perder a las personas que amo.
Apoyé la cabeza contra el asiento.
También regresó otro momento de aquella conversación.
Ahora estoy haciendo mis prácticas en una empresa que probablemente jamás habría imaginado cuando era niña.
Sabía perfectamente qué nombre iba a pronunciar después.
Moretti Group.
Por eso me había tensado.
No estaba preparado para escucharla decirlo y tener que fingir que aquel nombre no significaba absolutamente nada para mí.
¿Qué demonios debía responder?
Qué casualidad, preciosa. Yo también trabajo allí.
Una mentira así solamente habría provocado más preguntas.
¿En qué departamento?
¿En qué piso?
¿Qué hacía exactamente?
Y cada respuesta me habría obligado a inventar algo más o la habría acercado demasiado a Maximilian Moretti.
La llamada de Sophia había llegado en el momento preciso.
Me había dado tiempo.
Pero solo eso.
Tiempo.
Porque tarde o temprano Emma volvería a mencionar Moretti Group.
Y entonces tendría que decidir cuánto más podía seguir sosteniendo a Alessandro Vitali sin que empezaran a aparecer grietas.
Por primera vez desde que había decidido entrar personalmente en su vida, la mentira dejó de parecerme únicamente una herramienta.
Hasta entonces había sido fácil justificarla.
Alessandro Vitali era mi nombre.
No le había inventado una profesión inexistente.
No le había prometido algo que no sintiera.
La quería.
Eso era verdad.
Lo que sentía por ella era probablemente la única parte de toda aquella historia que jamás había necesitado fabricar.
Pero Emma acababa de confiarme la razón por la que le costaba dejar entrar a alguien.
Y yo había escuchado cada palabra sabiendo que la persona sentada frente a ella ocultaba precisamente aquello que podía hacerla sentirse engañada.
Ella creía que me estaba dejando entrar.
La verdad era que yo llevaba demasiado tiempo dentro de su vida.
Mucho antes de que me diera permiso.
Miré por la ventanilla.
No iba a perderla.
Eso lo tenía claro.
Cuando llegara el momento, Emma entendería por qué lo había hecho.
Entendería que nunca quise quitarle nada.
Que las decisiones finales siempre habían sido suyas.
Yo había puesto algunas puertas delante de ella.
Emma había sido quien tuvo el talento suficiente para cruzarlas.
Y conmigo quería que ocurriera lo mismo.
Yo había abierto la puerta.
Ella estaba empezando a cruzarla por voluntad propia.
Solo esperaba que, cuando descubriera quién había estado realmente al otro lado desde el principio, no decidiera darse la vuelta.