La obsesión de Moretti CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Emma

Uno de esos fines de semana en los que no tenía nada urgente que hacer decidí ir de compras.

No era precisamente porque me faltara ropa.

Mi clóset podía confirmarlo.

Pero desde que Alessandro había empezado a invitarme a salir, había descubierto una necesidad repentina de renovarlo que antes no parecía existir.

Invité a Sophia, aunque mi propuesta duró exactamente hasta que me recordó que estaba trabajando.

—Cómprate lencería sexy, Emma.

—Te dije que quiero ropa nueva, no que voy exclusivamente a comprar lencería.

—Ay, Emma, ya basta. Deja de ser tan santurrona. Por cómo va la cosa con Alessandro, dentro de poco vas a necesitarla.

Sus carcajadas atravesaron el teléfono.

—Eres insoportable.

—Y tú me quieres.

Escuché voces al otro lado de la llamada.

—Tengo que dejarte. Se me acabó el receso y tengo un paciente.

—Sí, ve a trabajar, pesada.

—Compra algo que haga feliz a Alessandro.

—Adiós, Sophia.

Colgué antes de darle oportunidad de continuar. Ya conocía perfectamente la dirección que iba a tomar aquella conversación.

Fui sola al centro comercial.

Alessandro me había escrito por la mañana. Habíamos intercambiado algunos mensajes, pero después me dijo que tenía trabajo pendiente y no volvimos a hablar.

Me había dejado claro más de una vez que podía llamarlo cuando quisiera. Aun así, no iba a marcarle únicamente para informarle que estaba comparando vestidos.

Además, estaba entretenida.

Había comprado un par de blusas, un pantalón que probablemente no necesitaba y llevaba varios minutos mirando vestidos cuando mi teléfono empezó a sonar dentro del bolso.

Lo saqué.

Alessandro.

Contesté.

—Hola.

—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Acabo de terminar una llamada y pensé en ti. ¿Qué haces?

Miré las prendas que tenía delante.

—Estoy en el centro comercial. Vine a comprar algunas cosas.

—¿Con Sophia?

—No. Pensé que hoy estaba libre, pero le salió un turno a última hora.

Hubo una pausa breve.

—¿En cuál estás?

Le dije el nombre.

—Voy para allá.

Me tomó por sorpresa.

—¿Vas a venir?

—Si no quieres, puedo fingir que no acabo de decidirlo.

—No dije eso.

—Entonces dame un momento.

Quedamos en encontrarnos cerca de una de las entradas principales.

Continué mirando algunas cosas mientras esperaba, pero terminé comprobando más de una vez hacia la entrada.

Cuando finalmente lo vi, tuve que admitir que aquel hombre tenía una capacidad bastante irritante para verse bien con cualquier cosa.

Estaba acostumbrada a verlo con trajes impecables, camisas elegantes y esa apariencia de hombre que probablemente daba órdenes durante la mayor parte de su día.

Aquella tarde era diferente.

Llevaba jeans oscuros, una camiseta gris y una chaqueta negra. El cabello negro estaba peinado hacia atrás, aunque algunos mechones habían perdido el orden.

Más informal.

Igualmente atractivo.

Quizá demasiado.

Se acercó directamente a mí.

—Hola.

—Hola.

Una de sus manos rodeó mi cintura y me atrajo hacia él antes de besarme.

Ya ni siquiera podía llamar a aquello un simple saludo.

Tampoco fue uno de aquellos besos capaces de hacerme olvidar dónde estaba.

Quedó en algún punto intermedio.

Lo suficiente para hacerme sentir calor en la cara cuando se apartó.

—Ya se te volvió costumbre saludarme así.

—Me parece una excelente costumbre.

—Claro. Para ti.

—No veo que te estés quejando demasiado.

—No he dicho que me moleste.

—Entonces seguimos avanzando con mis argumentos.

—Tengo que reconocer que algunos empiezan a tener bastante peso.

—Eso quería escuchar.

Miró las bolsas que llevaba y, sin preguntar, me las quitó de las manos.

—Oye.

—¿Qué?

—Puedo cargarlas.

—Ya lo sé.

—Entonces devuélvemelas.

—No.

Lo miré.

—Te ves bastante bien de guardaespaldas. Si algún día lo de ejecutivo no funciona, ya tienes otra profesión.

—Lo tendré en cuenta.

—Aunque tendrás que aprender a obedecer.

—Eso va a ser más complicado.

—Ya me imaginaba.

Continuamos caminando.

Entré en un par de tiendas más y Alessandro me acompañó sin mostrar la menor impaciencia. Incluso terminó opinando cuando le pregunté qué pensaba de un vestido.

—¿Ese no te gusta? —pregunté después de enseñarle uno negro.

—Sí.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara está pensando dónde pretendes ponértelo.

Lo miré por encima de la prenda.

—¿Ves? Ahí aparece otra vez.

—¿Qué cosa?

—Tu lado posesivo.

—No ha desaparecido.

Devolví el vestido al perchero.

—Por lo menos eres consistente.

—Mucho.

Después de un rato decidimos comer.

Fuimos a uno de los restaurantes del centro comercial, mucho más tranquilo que la zona común de comidas. Alessandro pidió vino para acompañar lo que habíamos elegido y dejamos mis bolsas junto a la mesa.

La conversación comenzó como casi todas las nuestras.

Fácil.

Me preguntó por el trabajo, yo le pregunté por el suyo y volvió a conseguir responder sin contarme demasiado.

—Algún día voy a descubrir exactamente qué haces —le advertí.

—No dudo de tus capacidades.

—Eso sonó como un desafío.

—Quizá lo sea.

—Entonces ten cuidado.

—Contigo estoy aprendiendo que debería tenerlo.

La comida llegó y seguimos hablando.

No sé exactamente en qué momento cambió la conversación. Quizá fue porque terminamos hablando de familias o porque Alessandro hizo una pregunta sencilla sobre mis padres.

El caso fue que durante unos segundos me quedé mirando mi copa.

Había hablado de ellos con Sophia. Con algunas personas durante la universidad.

No era un secreto.

Pero tampoco era algo que contara con facilidad.

Levanté la mirada hacia él.

—Mis padres murieron cuando yo era niña.

Alessandro dejó de mover los cubiertos.

No dijo nada.

Esperó.

Y agradecí que lo hiciera.

—Yo tendría once... quizá doce años. Habían salido a celebrar un ascenso de mi papá y tuvieron un accidente de tránsito.

Las palabras seguían siendo difíciles incluso después de tantos años.

No porque no pudiera pronunciarlas.

Sino porque existían recuerdos que uno aprendía a guardar en algún lugar para poder continuar con su vida.

—Esa noche cambió todo —continué—. Recuerdo que durante mucho tiempo pensaba que en cualquier momento iban a abrir la puerta. Es absurdo, lo sé. Yo entendía lo que había ocurrido, pero una parte de mí seguía esperando.

Alessandro continuaba mirándome.

Sin interrumpir.

—Había una señora que vivía cerca de nosotros. Eleanor. Era una mujer mayor y prácticamente había sido mi abuela. Ayudaba mucho a mis padres. Si ellos tenían que trabajar o querían salir juntos, yo me quedaba con ella.

Mi voz perdió firmeza al pronunciar su nombre.

Me tomé unos segundos antes de continuar.

—Su esposo había sido militar. Él había muerto años antes y ellos nunca pudieron tener hijos. Cuando mis padres murieron, Eleanor quiso quedarse conmigo.

—Debió quererte mucho —dijo Alessandro.

—Muchísimo.

Aquella palabra me salió sin dificultad.

—Empezó todos los trámites. Tenía su pensión, su casa, podía hacerse cargo de mí.

La trabajadora social le explicó que el proceso para conseguir la custodia tomaría tiempo, pero permitieron que me quedara con ella mientras avanzaba todo.

Supongo que consideraron que mandarme inmediatamente a un hogar después de lo que acababa de pasar no era lo mejor.

Moví ligeramente la copa entre mis manos.

—Durante un tiempo pensé que todo iba a estar bien. No igual, obviamente. Pero tendría a Eleanor.

Me detuve.

—Dos meses después sufrió un ataque al corazón.

La expresión de Alessandro cambió.

—Emma...

—Perdí a todos en cuestión de meses.

Esta vez no intenté suavizarlo.

Era exactamente lo que había ocurrido.

—Después vino nuevamente la trabajadora social. Recuerdo que intentó explicarme que iban a cuidarme, que no estaría sola... Todas esas cosas que se le dicen a una niña cuando no existe ninguna manera de arreglar lo que está pasando.

Aparté la mirada.

—Terminé en un orfanato.

Alessandro extendió una mano sobre la mesa.

No dijo nada.

Simplemente la dejó allí.

Miré su mano.

Después puse la mía sobre ella.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.

—Tuve suerte con algunas cosas —continué—. Encontré buenas personas allí. Los otros niños tampoco fueron malos conmigo. Algunos estaban pasando por situaciones mucho peores que la mía. Aprendí a adaptarme.

—Eras una niña.

—Sí, pero cuando no tienes otra opción, aprendes.

Su mano apretó ligeramente la mía.

—Me concentré muchísimo en estudiar. Era algo que podía controlar. Si estudiaba, obtenía buenas calificaciones. Si obtenía buenas calificaciones, podía aspirar a algo mejor. Eso sí dependía de mí.

Alessandro permanecía completamente atento.

—Después conseguí una beca. Me cubrieron los estudios, me gradué y ahora estoy haciendo mis prácticas en una empresa que probablemente jamás habría imaginado cuando era niña.

Noté que Alessandro se tensó ligeramente.

Fue apenas un cambio en su postura, pero lo suficiente para que me fijara.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada. Continúa.

Iba a decirle que la empresa era Moretti Group cuando mi teléfono comenzó a sonar.

Miré la pantalla.

Sophia.

—Perdón.

—Contesta.

Acepté la llamada.

—¿Sí?

—¿Terminaste de comprar?

—Sí. Bueno, casi.

—¿Y compraste lo que te dije?

Miré a Alessandro.

—Luego te envío fotos.

—Eso significa que no.

—Sophia.

—¿Dónde estás?

—Comiendo.

—¿Sola?

—No. Estoy con Alessandro.

El silencio al otro lado duró demasiado.

Después escuché:

—¿Con el futuro padre de mis sobrinos?

Sentí que se me calentaba la cara.

—Sí, Sophia. Después te llamo.

—Emma, pregúntale si...

—Adiós.

Colgué.

Alessandro me estaba mirando.

—¿Todo bien con Sophia?

—Sí. El problema es que a veces no sabe cuándo detenerse.

—Eso ya lo había notado sin conocerla.

—No tienes idea.

—Pero me alegra que la tengas.

Mi expresión debió cambiar porque agregó:

—Y ahora también me tienes a mí.

Lo miré.

Había dicho aquello con una naturalidad desconcertante.

Como si fuera lo más sencillo del mundo.

Como si pudiera prometerme permanencia sin utilizar la palabra.

—Eso ha sonado muy seguro.

—Lo estoy.

—No llevamos tanto tiempo conociéndonos.

—¿Y?

—¿Siempre eres así?

—Sí, preciosa.

Y ahí estaba otra vez.