CAPÍTULO 10 #2
Si supiera hasta dónde llegaba la contradicción de aquella palabra conmigo.
—Aunque hay algo que deberías saber —añadió.
—¿Qué?
—Nathan me invitó al cine hoy.
El nombre bastó.
—¿Nathan?
—Mi compañero.
—El atento.
—Sí, el atento.
—¿Y qué le dijiste?
—¿Esto forma parte del interrogatorio?
—Emma.
—Le dije que no.
Me acomodé contra el respaldo.
—¿Por qué?
—Porque ya había quedado contigo.
Aquello sí me gustó.
Más de lo que debería.
Nathan finalmente había tenido los cojones de intentarlo y Emma lo había rechazado para encontrarse conmigo.
—Parece que mi caso avanza bastante bien.
—No te emociones demasiado.
—Acabas de rechazar una cita para verme.
—No dijo que fuera una cita.
—Él quería que lo fuera.
—¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera lo conoces?
Porque conocía perfectamente las intenciones de ese hijo de puta.
Porque había visto suficientes veces cómo la miraba.
—Soy hombre.
—Qué argumento tan convincente.
—Reconozco las intenciones de otro.
Emma me estudió.
—¿Te molestó?
—Sí.
—Pero le dije que no.
—Por eso sigue siendo un buen día.
—No sabía que eras así.
—¿Así cómo?
—Tan posesivo.
—Ahora lo sabes.
—Y parece que no te avergüenza admitirlo.
—En absoluto.
Emma permaneció mirándome unos segundos.
No parecía molesta.
Y eso me dio ganas de averiguar cuánto de aquella parte de mí estaba dispuesta a tolerar.
O cuánto podía llegar a gustarle.
Terminamos los capuchinos sin ninguna prisa.
Cuando salimos de Black Fox ya había oscurecido. Caminamos juntos por la acera y, cuando un grupo de personas pasó demasiado cerca, puse la mano en la parte baja de su espalda para acercarla a mí.
Después no encontré ninguna razón para quitarla.
—¿Hoy trajiste el carro? —preguntó Emma.
—No.
—¿Viniste caminando?
—Desde la oficina, sí. Pero alguien viene por mí.
Me miró.
—Ah. Entonces tienes chofer.
—A veces.
—Rolls-Royce, chofer, The View... cada día descubro algo nuevo, señor Vitali.
—Ese era el trato, ¿no? Que me conocieras.
—Sí, pero todavía estoy intentando averiguar exactamente a qué te dedicas.
—Trabajo demasiado.
—Eso ya lo descubrí.
—Y soy muy bueno en lo que hago.
—Modesto también.
—Nunca he tenido motivos para fingir modestia.
—Eso también me lo creo.
Seguimos caminando.
No quería despedirme todavía.
—Te llevo a casa.
—No hace falta. Puedo tomar el metro.
—No he preguntado si hace falta.
Emma se detuvo.
—Eso ha sonado a orden.
—Era una invitación muy mal formulada.
—Muy mal.
—Déjame llevarte.
Lo pensó unos segundos.
—Está bien.
Saqué el teléfono.
Ven por nosotros.
Daniel no necesitaba más.
Esperamos unos minutos y un sedán negro se detuvo junto a la acera.
Daniel salió del vehículo. Sus ojos fueron primero hacia mí y después hacia Emma.
—Buenas noches.
—Emma, él es Daniel.
—Mucho gusto —dijo ella.
—Igualmente.
Daniel abrió la puerta trasera.
Emma entró primero y yo lo hice después.
—Llévanos a Brooklyn.
Le di la dirección.
Emma giró la cabeza hacia mí.
—¿Ya te sabes mi dirección?
Mierda.
—Me la diste para recogerte el sábado pasado, ¿recuerdas?
—Cierto.
Daniel arrancó.
Durante el trayecto hablamos de cualquier cosa. Emma me contó una historia sobre Sophia y uno de sus pacientes, y yo terminé descubriendo que escucharla hablar de cosas completamente normales podía mantener mi atención con la misma facilidad que cualquier negociación de millones.
Cuando llegamos frente a su edificio, Daniel detuvo el vehículo.
Emma miró hacia la entrada.
—Bueno... llegué.
—Sí.
Pero ninguno hizo ademán de abrir la puerta.
Daniel miró discretamente por el espejo.
Después abrió la suya.
—Voy a estirar las piernas.
Cerró la puerta detrás de él.
Emma lo vio alejarse unos pasos.
—Creo que tu chofer acaba de abandonarnos.
—Daniel sabe cuándo desaparecer.
—Eso sonó sospechoso.
—Porque lo fue.
La tomé por la cintura y la acerqué hacia mí. El movimiento la hizo terminar sentada de lado entre mis piernas, con una mano apoyada en mi hombro.
—Alessandro...
Pasé una mano alrededor de su cintura.
—Te voy a besar.
Sus ojos fueron directamente a mi boca.
—Está bien.
No necesité nada más.
Fui por ella.
Mi boca cayó sobre la suya y cualquier intención de hacer aquello despacio desapareció casi de inmediato. Emma me sujetó por el cuello de la camisa mientras yo la mantenía pegada a mí.
La besé hasta sentir sus labios completamente entregados a los míos. Ella respondió con la misma intensidad.
Mi lengua encontró la suya y Emma apretó los dedos en mi nuca. El beso se volvió húmedo, profundo, desordenado.
Mi boca atrapó suavemente su labio inferior entre los dientes antes de volver a besarla y ella respondió acercándose todavía más.
Joder.
Aquella mujer iba a terminar con mi paciencia.
Una de mis manos recorrió su espalda mientras la otra permanecía firme sobre su cintura.
Emma volvió a besarme antes de que pudiera hacerlo yo.
Eso fue suficiente para que perdiera otro poco de control.
La besé durante tanto tiempo que, cuando finalmente nos separamos, ambos necesitábamos aire.
Emma seguía sobre mí.
Me miró.
—Bueno... ahora sí me voy.
—Está bien.
Le di un beso corto.
Ella respondió con otro.
—Alessandro.
—¿Qué?
—Dije que me voy.
—Y yo dije que estaba bien.
Volví a besarla.
Esta vez apenas un roce.
Emma se apartó unos centímetros.
—Así no voy a bajar nunca.
—No veo el problema.
—Yo sí.
Abrió la puerta.
Antes de bajar volvió la cara y me dio otro beso.
—Ese fue el último.
—No estoy de acuerdo.
—Buenas noches.
La sujeté suavemente de la mano y robé uno más.
—Ahora sí.
—Eres terrible.
—Buenas noches, preciosa.
Emma bajó del auto.
Daniel esperó a que entrara al edificio antes de regresar. Se sentó al volante, cerró la puerta y arrancó.
Durante unos segundos no dijo nada.
Hasta que habló.
—Ya entiendo.
Levanté la vista.
—¿Qué entiendes?
—Por qué estás así con Emma.
Giré lentamente la cabeza hacia él.
Daniel vio mi expresión por el espejo.
—Perfecto. No he dicho nada.
Volvió la atención a la carretera.
Yo miré por la ventana.
Daniel acababa de conocerla y ya entendía por qué aquella mujer había conseguido alterar cada regla que alguna vez me había impuesto.
Pero él solo había visto una parte.
No había sentido a Emma volver a buscar mi boca después de decir que tenía que irse.
Ni una segunda vez.
Ni una tercera.
Yo quería más.
Y esa noche Emma acababa de demostrarme que ella tampoco tenía demasiadas ganas de detenerse.