CAPÍTULO 10
Emma
El lunes parecía haberse propuesto recordarnos que las prácticas no consistían únicamente en informes interesantes y reuniones donde uno podía fingir que entendía todo a la primera.
Marc nos había dejado trabajo suficiente para mantenernos ocupados desde que llegamos. Pasé buena parte de la mañana revisando cifras, corrigiendo unas proyecciones y comprobando por tercera vez una hoja que se negaba a cuadrar por una diferencia mínima.
A mi alrededor tampoco había demasiada conversación. Olivia llevaba casi veinte minutos sin apartar los ojos de la pantalla. Nathan trabajaba con unos documentos a mi derecha y Ryan, sorprendentemente, había conseguido permanecer callado.
Hasta que dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio.
—Muchachos, ya es hora de almorzar. Estoy a punto de desmayarme.
Olivia miró la hora.
—Es verdad. Ni me había dado cuenta.
Nathan apartó finalmente la vista de lo que estaba haciendo.
—Porque Ryan lleva mirando el reloj cada treinta segundos por todos nosotros.
—Deberías agradecérmelo —respondió él, señalándolo—. Sin mí terminarían comiendo a las cuatro.
Guardé el archivo en el que trabajaba.
—Pues vamos antes de que Ryan muera y tengamos que explicar qué pasó.
—Gracias, Emma. Alguien se preocupa por mí.
—Por evitar el papeleo, principalmente.
Olivia se rio mientras recogía sus cosas.
Bajamos juntos.
La cafetería de Moretti Group ocupaba buena parte del primer piso y era mucho más grande de lo que había imaginado cuando entré por primera vez a la empresa. Tenía distintas estaciones de comida, una zona tipo buffet y suficientes mesas para recibir empleados de prácticamente todos los niveles.
Aquella era una de las cosas que seguían gustándome de trabajar allí. En la fila podías encontrarte al personal de recepción, empleados administrativos, supervisores y, ocasionalmente, alguien de los pisos ejecutivos.
Tomé una bandeja y elegí salmón, ensalada de verduras y unas patatas. Olivia fue detrás de mí y Ryan llenó su plato como si no hubiera comido en una semana.
—¿Vas a almorzar o almacenar comida para el invierno? —preguntó Nathan.
—Ocúpate de tu bandeja.
Nos sentamos en una de las mesas libres.
Ryan probó lo primero que encontró en el plato.
—Gracias a Dios.
—Qué dramático eres —dije.
—Tú porque no comprendes mi sufrimiento.
—Estuvimos trabajando exactamente las mismas horas.
—Mi metabolismo es diferente.
Olivia hizo un gesto hacia otra zona de la cafetería.
—Miren quiénes decidieron mezclarse con los mortales.
Seguí discretamente la dirección de su mirada.
Una mujer de cabello negro y ojos claros acababa de entrar acompañada por un hombre rubio. Ambos iban vestidos con esa elegancia impecable que hacía bastante fácil adivinar que no trabajaban en nuestro piso.
—Spencer y Young —explicó Olivia—. Ejecutivos.
Ryan observó a la mujer.
—Bueno, si los pisos de arriba son así, quizá debería solicitar un ascenso.
—Es muy bonita —comentó Nathan.
Ryan lo miró.
—Pero no es tu tipo.
Nathan dejó el tenedor.
—¿Vas a empezar?
—Yo no he dicho nada.
—Ryan —intervino Olivia.
—¿Qué? Estoy comiendo tranquilamente.
Sabía perfectamente hacia dónde iba aquello.
—Chicos, déjenlo.
Ryan levantó las manos como si se declarara inocente y Nathan continuó comiendo.
Por suerte, Olivia cambió de tema.
—Hablando de los pisos de arriba, seguimos sin aparición del señor Moretti.
—¿Todavía esperas encontrarlo aquí con una bandeja? —preguntó Ryan.
—Algún día puede ocurrir.
—El día que eso pase, avísame para comprar un boleto de lotería.
—Pues yo sigo teniendo curiosidad —dije.
Ryan me miró.
—Carter, acepta que tu misterioso jefe no baja.
—No es mi misterioso jefe. También es el tuyo.
—Técnicamente es el jefe de todos.
Nathan intervino:
—Este fin de semana salió un artículo sobre Moretti Group. Hablaban bastante de la expansión de los últimos años.
Recordé haber visto el titular.
—Yo también lo vi.
—Hay que reconocerle eso —dijo Ryan—. Heredar una empresa es una cosa. Conseguir que siga creciendo a ese nivel es otra.
—Marc puede decir lo que quiera —añadió Olivia—, pero para mí el hombre ya es una leyenda urbana.
—Una leyenda urbana que firma nuestros cheques —dije.
—Mi clase favorita de leyenda.
La conversación continuó por otros temas hasta que llegó la hora de regresar.
Olivia y Ryan caminaron delante de nosotros hacia los ascensores. Nathan y yo quedamos unos pasos atrás.
—Emma.
—¿Sí?
Había algo diferente en su tono.
—Quería preguntarte algo.
Esperé.
—Hoy se estrena una película que quiero ver. Pensaba ir después del trabajo y... bueno, quería saber si te gustaría acompañarme.
Ah.
Así que Sophia y Ryan habían tenido razón.
Y lo curioso fue que ni siquiera tuve que pensar qué responder.
Alessandro apareció inmediatamente en mi cabeza.
—Nathan, gracias por invitarme, pero hoy ya quedé con alguien después del trabajo.
Su expresión cambió.
—Ah.
—Lo siento.
—No, tranquila. No pasa nada.
Las puertas del ascensor se abrieron delante de nosotros. Nathan me dejó entrar primero.
—Será en otra ocasión.
No respondí a esa última parte.
No quería darle una esperanza que no sabía si existía.
Unas semanas atrás probablemente habría considerado la invitación. Nathan era atractivo, atento y jamás se había sobrepasado conmigo.
Pero ahora las cosas eran diferentes.
Nathan había necesitado reunir valor para invitarme al cine. Alessandro parecía no conocer la inseguridad. Cuando quería algo, lo decía. Cuando quería verme, encontraba la manera de hacérmelo saber.
Eran personalidades completamente distintas.
Y ya sabía cuál de las dos conseguía desarmarme con mayor facilidad.
El resto de la tarde avanzó con normalidad, aunque miré la hora más veces de las que estaba dispuesta a reconocer.
Había quedado con Alessandro en Black Fox Coffee después del trabajo.
Esta vez había sido idea mía.
Cuando finalmente llegaron las cinco, guardé mis cosas, me despedí de los demás y bajé.
Ese día llevaba un vestido en dos tonos de azul. La parte superior, sin mangas y de líneas sencillas, era azul grisáceo; la falda azul marino caía con movimiento y terminaba por encima de mis rodillas. Había dejado mi cabello castaño liso y suelto.
Era ropa apropiada para trabajar.
Aunque esa mañana había dedicado más tiempo del necesario a escogerla.
Salí del edificio y caminé hasta Black Fox Coffee.
Pedí antes de que llegara Alessandro: dos capuchinos y varias de mis galletas favoritas.
Esta vez me tocaba invitar a mí.
Maximilian
A las cinco terminé la última llamada del día.
Conocía el horario de Emma, así que esperé unos minutos antes de abandonar la oficina. No podía aparecer junto a ella en el lobby y darle a algún empleado demasiado observador una razón para preguntarse por qué Maximilian Moretti conocía personalmente a una practicante del octavo piso.
Me puse de pie y recogí la chaqueta.
Ese día llevaba un traje beige, camisa blanca y una corbata en tono topo que contrastaba con ambos. Después de tantas horas trabajando, mi cabello negro había perdido parte del orden de la mañana.
Miré la hora.
Cinco y doce.
Suficiente.
Escribí a Daniel.
Yo: Voy a Black Fox. Te aviso cuando necesite que vengas por mí.
Su respuesta llegó poco después.
Daniel: Entendido.
Salí por una de las puertas laterales del edificio y caminé hasta la esquina.
La vi a través de los ventanales de Black Fox.
Emma estaba sentada sola.
El vestido azul terminaba por encima de sus rodillas y su cabello castaño caía completamente liso sobre sus hombros.
Entré.
En cuanto me acerqué, levantó la mirada.
—Hola.
—Hola.
—Pensé que tardarías más.
—No pensaba hacerte esperar.
Me incliné y le di un beso breve en los labios.
Demasiado breve para mi gusto.
Me senté frente a ella y vi los dos capuchinos y el plato de galletas sobre la mesa.
—Me tomé el atrevimiento de pedir por ti —dijo—. La otra vez pagaste tú, así que hoy me toca.
Iba a responder cuando continuó:
—Y antes de que digas algo, ya sé que esto no se compara con The View.
—Preciosa, podrías invitarme a comer debajo de un puente y me sentaría contigo.
—Qué romántico.
—No intentaba serlo.
—Eso lo hace peor.
Probé el café.
—Está bueno.
—Por algo sigo viniendo.
—Entonces elegiste bien.
—Estoy empezando a pensar que eres bastante exigente.
—Lo soy.
—Eso ya lo había notado.
Tomó una galleta.
—Y todavía no sé si eso juega a tu favor en el famoso caso.
—¿Ya hay sentencia?
—Todavía no.
—Entonces tengo tiempo.
—Eres insistente.
Empezamos a hablar de su día.
Me contó algunas cosas del trabajo y terminó describiéndome a sus compañeros.
Ryan era el bromista.
Olivia, la sensata.
Y Nathan...
—Es muy atento —dijo.
Dejé la taza sobre el plato.
—¿Atento?
Emma me miró.
—Sí.
—¿Qué tan atento?
—Alessandro.
—Es una pregunta.
—Una pregunta que sonó sospechosamente seria.
—Espero que ninguno de tus compañeros esté interesado en ti.
Terminó de masticar.
—¿Y eso por qué?
—Porque estamos en medio de un juicio importante.
—¿Ah, sí?
—Tú eres la jueza. Yo llevo días presentando argumentos. No me interesa que aparezca otro abogado intentando interferir en mi caso.
—Eso suena poco profesional, señor Vitali.
—Nunca dije que pensara jugar limpio.
Emma sostuvo mi mirada.
—Puedes estar tranquilo. Estoy bastante concentrada en tu caso.
—¿Bastante?
—No presiones.
—Quiero conocer mis posibilidades.
—Todavía estoy evaluando.
—Entonces necesito más tiempo contigo.
—Eso parece una estrategia.
—Lo es.
Tomó otro pedazo de galleta.
—Eres muy competitivo.
—Mucho.
—Ya me había dado cuenta.
La observé.
—Y no me gusta compartir.
Esta vez no lo dije en broma.
Emma lo entendió.
—¿Seguimos hablando del juicio?
—No.
Dejé que la respuesta quedara entre nosotros.
Podía suavizarla.
No quise.
Había cosas de mí que Emma tendría que descubrir tarde o temprano, y aquella al menos podía conocerla sin mentiras.
—Cuando quiero a una mujer, no me interesa competir por su atención.
—Eso ha sonado bastante posesivo.
—Lo soy.
—¿Y siempre lo reconoces con tanta facilidad?
—No veo ninguna razón para ocultarlo.
Emma bebió un poco de su capuchino.
—Al menos eres sincero con eso.
Sincero.