La obsesión de Moretti CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Después de todos estos años aguantándote, legalmente debería serlo.

Le lancé otro cojín.

Esta vez no consiguió atraparlo.

—Ahora tengo otra pregunta —dijo.

—Tengo miedo.

—¿Cuánto dinero tiene Alessandro?

—¡Sophia!

—Es una pregunta legítima.

—No tengo idea.

—Emma, Rolls-Royce. The View. Una mesa privilegiada. Habla como si fuera dueño del mundo...

—Trabaja con inversiones, propiedades y empresas familiares.

—Eso no responde absolutamente nada.

—Lo sé.

—Debe ser algún ejecutivo importante.

—Probablemente.

—Y dominante.

Suspiré.

—¿Otra vez?

—Dime que no.

Pensé en cómo me había sujetado por la cintura.

En su mirada.

En aquella seguridad que parecía acompañarlo a todas partes.

—Está bien —admití—. Un poco.

Sophia abrió los brazos.

—¡Gracias!

—No significa lo que tú estás pensando.

—Claro que no. Ya me contarás cuando signifique exactamente lo que estoy pensando.

—Eres incorregible.

—Y tú vas a pasarlo espectacular.

—Por Dios, Sophia.

Seguimos hablando hasta que la tarde empezó a desaparecer.

Cuando miré la hora, me levanté.

—Tengo que irme. Mañana volvemos al ruedo.

Sophia me acompañó hasta la puerta.

—Escríbeme cuando llegues.

—Sí, mamá.

—Y si Alessandro escribe antes, tienes permitido contestarle.

—Qué generosa.

Nos abrazamos.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

Salí.

En el ascensor saqué el teléfono.

Nada.

Lo guardé.

Dos segundos después volví a sacarlo.

Nada.

Fruncí el ceño.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Habíamos hablado esa mañana.

No tenía ninguna obligación de escribirme cada dos horas.

Guardé otra vez el teléfono.

Llegué a la planta baja.

Salí del edificio.

Caminé media cuadra.

Y lo saqué por tercera vez.

Esta vez no esperé a encontrar un mensaje.

Abrí nuestra conversación.

Yo: ¿Conseguiste pasar el domingo sin trabajar?

Lo envié.

Me quedé mirando la pantalla.

La respuesta apareció menos de un minuto después.

Alessandro: Lo estaba consiguiendo hasta que cierta mujer decidió distraerme.

Sonreí.

Yo: Entonces no aceptaré la culpa.

Alessandro: Demasiado tarde.

Seguí caminando con el teléfono entre las manos.

Y por primera vez pensé que quizá Sophia tenía razón en algo que no tenía absolutamente nada que ver con sexo.

Definitivamente, aquel hombre empezaba a afectarme más de lo que quería reconocer.

Maximilian

El lunes llegué a la oficina antes de las siete.

A las nueve ya había revisado dos contratos, respondido varios correos y rechazado una propuesta que llevaba semanas dando vueltas entre departamentos.

Estaba leyendo las condiciones de una adquisición cuando la puerta se abrió.

No levanté la vista.

Solo una persona entraba en mi oficina de aquella manera.

—Buenos días, enamorado.

Cerré el documento.

—Buenos días, desempleado.

Daniel se sentó frente a mí.

—Por esa cara, el fin de semana fue excelente.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Tengo la misma cara de siempre.

Daniel me estudió con una seriedad ridícula. Después señaló mi frente.

—Normalmente tienes como tres arrugas aquí.

—¿Qué?

—Hoy veo una y media.

Lo miré.

—Necesito ponerte más trabajo.

—Tengo suficiente.

—Evidentemente no. Tienes tiempo para contarme las arrugas.

—Es observación profesional.

—Eres jefe de seguridad.

—Precisamente. Observar es mi trabajo.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

Daniel la vio.

Mierda.

—¡Ahí está!

—No empieces.

—Ni siquiera he preguntado nada todavía.

—Y no vas a hacerlo.

—¿La besaste?

Lo miré.

Daniel sonrió.

—La besaste.

—No pienso hablar contigo de eso.

—Maximilian, me involucraste en esta historia desde hace años. Tengo derecho a conocer los resultados de mi sufrimiento.

—¿Tu sufrimiento?

—¿Sabes la cantidad de cosas absurdas que he tenido que hacer por ti?

—Te pago extremadamente bien.

—Eso no elimina el trauma.

Me recosté en la silla.

—¿Terminaste?

—No. ¿Cuándo vuelves a verla?

Miré el teléfono sobre el escritorio.

Habíamos intercambiado mensajes esa mañana.

Emma había iniciado la conversación.

Otra vez.

—Pronto.

Daniel levantó una ceja.

—Eso sí suena a ti.

Después se levantó y se acomodó la chaqueta.

—Me alegro por ti.

La burla había desaparecido de su voz.

Lo miré.

—Aunque sigo pensando que estás jugando con fuego —añadió.

—Eso ya me lo has dejado claro.

—Entonces mi conciencia está tranquila.

Caminó hacia la puerta, pero antes de alcanzarla mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Los dos miramos la pantalla.

Daniel sonrió.

—No voy a preguntar.

—Por fin estás aprendiendo.

—Solo porque esa cara acaba de responderme.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cara?

—Exactamente esa.

Esta vez no esperó respuesta. Abrió la puerta y desapareció al otro lado.

Tomé el teléfono.

Emma.

Emma: Hoy el café no está haciendo su trabajo.

Contesté:

Yo: Necesitas uno mejor.

Emma: ¿Ahora también eres experto en café?

Yo: Soy experto en muchas cosas.

Su respuesta tardó unos segundos.

Emma: Qué modesto.

Sonreí.

Yo: Te quedan muchas por descubrir.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Emma: Eso sonó peligrosamente interesante, señor Vitali.

Me quedé mirando la pantalla.

Había algo diferente en nuestros mensajes.

Al principio había sido yo quien buscaba cualquier oportunidad para acercarme.

Ahora algunas conversaciones empezaban con su nombre apareciendo en mi teléfono.

Ayer había sido ella.

Hoy también.

Y no había nada que pudiera hacer para obligarla a dar ese paso.

Ahí estaba la diferencia.

Podía preparar una cena perfecta.

Podía conseguir una mesa que otros esperarían semanas para reservar.

Podía conducir el automóvil más caro hasta la puerta de su edificio.

Nada de eso podía conseguir que, un lunes cualquiera, en mitad de su jornada, Emma pensara en mí y decidiera escribirme.

Eso era suyo.

Completamente suyo.

Y quizá por eso significaba más que cualquier otra cosa que hubiera conseguido hasta entonces.

El teléfono vibró nuevamente.

Emma: Por cierto, todavía me debes ese café mejor.

Leí el mensaje dos veces.

Después sonreí.

No tuve que perseguir la oportunidad.

Emma acababa de dármela.

Yo: Dime cuándo y dónde.

Su respuesta llegó casi inmediatamente.

Emma: ¿Hoy después del trabajo?

Mis ojos permanecieron unos segundos sobre esas cuatro palabras.

Había imaginado muchas veces cómo sería tener finalmente un lugar en su vida.

Lo que nunca había imaginado era cuánto iba a disfrutar verla hacerme espacio por voluntad propia.

Yo: Hoy después del trabajo.

Dejé el teléfono sobre el escritorio.

Por primera vez, el siguiente encuentro no lo había planeado yo.

Lo había pedido Emma.

Y eso no había dinero, influencia ni poder capaces de comprarlo.