CAPÍTULO 9
Maximilian
Manhattan amaneció cubierta por una lluvia persistente.
No era fuerte. Apenas una cortina fina y constante que empañaba los ventanales y convertía los edificios de enfrente en siluetas grises.
Llevaba varios minutos sentado en la sala sin hacer absolutamente nada.
Algo poco habitual en mí.
Tenía el teléfono cerca.
Más cerca de lo necesario.
La noche anterior regresaba a mi cabeza por fragmentos.
Emma riéndose durante la cena.
Su mano entrelazada con la mía.
Su boca.
La manera en que había levantado los brazos alrededor de mi cuello y había sido ella quien me atrajo para besarme otra vez.
Joder.
Si un beso había conseguido dejarme así, no quería imaginar lo que ocurriría el día que la tuviera en mi cama.
Escuché pasos detrás de mí.
—Señor Moretti.
Giré apenas la cabeza.
Sora permanecía a unos metros. Llevaba años trabajando en mi casa y había aprendido hacía mucho tiempo que conmigo no era necesario llenar los silencios.
—Su desayuno está servido.
Asentí.
—Gracias, Sora.
Ella se marchó.
Me levanté y fui al comedor. Sobre la mesa estaban el desayuno, el café y el periódico.
El de papel.
Podía tener las noticias del mundo entero actualizándose cada segundo en el teléfono, pero nunca había abandonado aquella costumbre. Mi padre leía el periódico todas las mañanas y, de todas las cosas que había heredado de él, aquella probablemente era la más insignificante.
Y una de las pocas que conservaba por gusto.
Tomé el café y abrí el periódico.
Economía.
Mercados.
Política.
Pasé varias páginas hasta encontrar un suplemento empresarial.
MORETTI GROUP EXPANDE SU PRESENCIA INTERNACIONAL.
Leí el titular sin demasiado interés.
Conocía perfectamente cada cifra que aparecía allí.
El artículo hablaba de nuestra presencia en bienes raíces, servicios financieros, inversiones, hotelería y administración de activos. También mencionaba algunas de las filiales que habíamos adquirido durante los últimos años y el crecimiento de nuestras operaciones fuera de Estados Unidos.
Moretti Group había dejado hacía tiempo de ser únicamente la empresa que heredé.
La había convertido en algo mucho más grande.
Había negociado adquisiciones que muchos consideraban imposibles. Había entrado en mercados donde otros grupos llevaban décadas instalados.
Competir nunca me había molestado.
Perder sí.
Sonó mi teléfono.
Lo tomé inmediatamente.
Emma.
Una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarla.
Ridículo.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió ella—. ¿Te desperté?
Miré el reloj.
—Hace horas que estoy despierto.
—Claro. Olvidé que eres uno de esos seres humanos defectuosos que funcionan temprano un domingo.
—¿Defectuoso?
—Completamente.
Me recosté en la silla.
—¿Y tú acabas de despertarte?
—No voy a responder eso.
—Entonces sí.
—No tienes pruebas.
—Estoy aprendiendo de la jueza.
La escuché reír.
Hablamos unos minutos. Me contó que pasaría la tarde con Sophia.
—¿Van a salir?
—No. Voy a su apartamento. Hace varios días que no nos sentamos tranquilas a hablar.
Sabía perfectamente lo que significaba aquello.
Sophia Johnson iba a recibir un informe completo de nuestra cita.
—Entiendo.
—¿Qué?
—Nada.
—Ese “entiendo” sonó sospechoso.
—Espero salir bien parado en la evaluación de Sophia.
Emma soltó una carcajada.
—No prometo nada.
—Entonces tendré que ganármela también.
—Créeme, con ella eso puede ser más difícil que conmigo.
—Acepto el reto.
Escuché movimiento al otro lado.
—Tengo que terminar de arreglarme.
—Ve.
—Hablamos después.
—Preciosa.
—¿Sí?
—Cuídate. Si necesitas cualquier cosa, me llamas.
Hubo una pausa breve.
—Sí, claro. Un beso.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla.
Un beso.
Dos palabras absolutamente normales.
Y ahí estaba yo, analizándolas como un adolescente.
Dejé el teléfono junto al periódico e intenté volver al artículo.
Duré menos de un minuto.
Emma había llamado.
Ella.
No porque necesitara algo.
No porque existiera una razón concreta.
Simplemente había querido hablar conmigo.
Y aquello consiguió algo que ninguna noticia sobre Moretti Group pudo hacer esa mañana.
Toda mi atención.
Emma
Esta vez nos reunimos en el apartamento de Sophia.
Vivía a unos treinta minutos de mí, dependiendo del tráfico, en un edificio mucho más alto que el mío.
Durante la universidad habíamos compartido apartamento y separarnos había sido extraño al principio. Nos habíamos acostumbrado tanto a encontrarnos en la cocina, robarnos comida o entrar en la habitación de la otra sin avisar que tener cada una su propio espacio requirió cierta adaptación.
Ahora agradecía vivir sola, pero también me gustaba saber que Sophia seguía lo suficientemente cerca como para aparecer cuando la necesitara.
Cuando llegué al décimo piso, miré el teléfono antes de tocar.
Tenía un mensaje de Alessandro.
Alessandro: Disfruta tu tarde.
Respondí:
Yo: Gracias. Intenta tú también disfrutar el domingo y no trabajar.
La respuesta llegó enseguida.
Alessandro: No prometo nada.
Negué con la cabeza, sonriendo.
Guardé el teléfono y llamé.
Sophia abrió casi inmediatamente. Me agarró del brazo y me hizo entrar.
—Habla.
Ni siquiera me había quitado el bolso.
—Hola, Sophia. Yo también estoy muy bien. Gracias por preguntar.
—Sí, sí. Estás estupenda, me alegra verte, bienvenida a mi humilde hogar. Ahora habla.
Me reí mientras dejaba el bolso.
—Eres insoportable.
—Desde ayer estoy esperando. No omitas nada.
—¿Quieres que empiece por el principio?
—Emma.
—Está bien.
Nos sentamos en el sofá.
—Me recogió en un Rolls-Royce.
Sophia se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Un Rolls-Royce.
—¿Alessandro?
—No, Sophia. El vecino.
—No seas idiota. ¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—Emma, ese carro no lo tiene cualquiera.
—Lo sé.
—¿Y tú empezaste por el carro? Continúa.
—Eso intentaba hacer antes de que me interrumpieras.
Hizo un gesto de cerrar la boca.
—Estaba guapísimo.
Sophia levantó las cejas.
—¿Más?
—Sí.
—Eso ya me parece abuso.
Totalmente.
—Llevaba una camisa gris y olía…
Busqué una palabra.
—Dios.
Sophia sonrió.
—¿Nivel moja bragas?
—¡Sophia!
—Eso significa que sí.
Le lancé uno de los cojines.
Lo atrapó riéndose.
—Es que no sé cómo explicarlo. Ese hombre tiene algo.
—Aura de peligro sexual.
—En conclusión, estaba... ni siquiera sé cómo describírtelo.
—Eso está peor de lo que pensaba.
—¿Por qué?
—Porque a ti nunca te faltan palabras.
—Sophia...
—¿Qué? Mírate. Alessandro te dejó sin vocabulario. Eso sí que no lo veía venir.
—Continúa.
Le conté del restaurante, de las vistas, del vino, de nuestra absurda discusión sobre perder y de cómo descubrí que Alessandro podía ser extremadamente competitivo.
También le conté que viajaba mucho, que trabajaba demasiado y que, aunque era evidente que estaba acostumbrado a tener el control, conmigo siempre preguntaba antes de decidir algo que me involucrara.
Sophia me escuchaba con una sonrisa cada vez más sospechosa.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás poniendo una cara.
—Es que llevas como diez minutos hablando y todavía no has mencionado sus abdominales.
—Ni siquiera le vi los abdominales.
—Entonces la cosa es grave.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Te gusta.
—Ya te dije que me gusta.
—No. Antes te parecía buenísimo. Ahora me estás contando cómo piensa, qué le gusta, cómo trabaja, cómo te trata...
Señaló mi cara.
—Y tienes esa sonrisa estúpida desde que entraste.
Intenté borrarla.
Sophia se echó a reír.
—¡Mírala!
—Cállate.
—Emma está embobada.
—No estoy embobada.
—Claro.
—Solo lo estoy conociendo.
—Y te encanta.
No respondí.
Ese fue mi error.
Sophia abrió mucho los ojos.
—Dios mío.
—No empieces.
—No estoy diciendo nada.
—Tu cara está diciendo demasiado.
Me acomodé en el sofá.
—Me siento cómoda con él.
Esta vez no bromeó.
—Eso es bueno.
—Mucho. Y no sé por qué. Lo conozco hace muy poco, pero puedo hablar con él durante muchísimo tiempo sin sentir que estoy buscando qué decir después.
Sophia apoyó un brazo en el respaldo.
—¿Y él?
Pensé en Alessandro.
En sus mensajes.
En la forma en que me miraba.
En el beso.
—Creo que también.
—¿Crees?
La miré.
—Está bien. Sí.
—Eso pensé.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Sophia entrecerró los ojos.
—Ahora sí.
Sabía perfectamente qué venía.
—¿Qué?
—El beso.
—¿Qué pasa con el beso?
—No me vengas con que después de toda esa cena el señor Rolls-Royce te dejó en casa con un apretón de manos.
Intenté mantener la cara seria.
No pude.
—Lo sabía —dijo inmediatamente—. ¡Habla!
—Nos quedamos un rato después de cenar.
Sophia se acercó.
—Ajá.
—Estábamos viendo la ciudad...
—Ajá.
—Se acercó por detrás.
—Emma, como sigas narrando tan despacio, voy a envejecerte aquí mismo.
—¡Déjame hablar!
—Habla.
—Me giró hacia él y me besó.
Sophia se quedó callada.
Esperando.
—¿Y?
—Y...
Recordarlo me hizo sentir calor en la cara.
—En algo tenías razón.
Su sonrisa creció.
—¿En qué?
—Ese hombre no besa.
—¿Qué hace?
—Devora.
Sophia golpeó el sofá con ambas manos.
—¡Siempre me lo imaginé!
—Quería comerme viva.
—¿Y tú?
Me mordí el labio.
—Yo habría muerto feliz.
Sophia soltó una carcajada.
—Esa es mi chica.
—Y después...
—¿Después qué?
—Lo besé yo.
Se quedó mirándome.
—¿Tú?
—Sí.
Su expresión cambió.
Sabía perfectamente por qué.
Yo no era una mujer incapaz de sentir atracción. Simplemente siempre encontraba una razón para detener las cosas antes de que avanzaran demasiado.
Los estudios.
La beca.
El trabajo.
Mis planes.
Siempre había algo que consideraba más importante.
Con Alessandro no había buscado una razón para detenerme.
Había querido besarlo.
Y lo había hecho.
A Sophia se le iluminó la cara, esta vez sin burlarse.
—Me alegro por ti.
—Solo fue un beso.
—No hablo del beso.
La miré.
—Hablo de que te estás permitiendo disfrutar algo sin analizar primero todas las formas en las que podría salir mal.
Aquello consiguió callarme.
Sophia me conocía demasiado.
—No quiero hacerme ilusiones —dije.
—Entonces no te las hagas. Nadie te está pidiendo que planees una boda. Conócelo.
Asentí.
—Eso quiero.
—Y si te hace daño, le pateo las bolas.
Solté una carcajada.
Ahí estaba mi Sophia.
—Gracias. Muy reconfortante.
—Para eso están las hermanas.
—No eres mi hermana.