La obsesión de Moretti CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Alessandro apoyó la frente brevemente contra la mía.

—Bonita...

La manera en que lo dijo hizo que quisiera volver a comerle la boca.

Así que lo hice.

Esta vez fui yo.

Subí los brazos alrededor de su cuello, lo obligué a inclinarse y busqué su boca.

Sentí su sorpresa apenas un instante.

Después sus brazos me rodearon con fuerza.

Mi corazón golpeaba tan rápido que seguramente podía sentirlo.

Su cuerpo se apretó contra el mío.

Y entonces sentí con claridad cuánto lo estaba afectando también a él.

Dios.

La imagen de Sophia apareció en mi cabeza acompañada de todas sus predicciones indecentes.

Quizá aquella mujer no estaba tan loca.

Cuando finalmente nos separamos, me giré hacia la ciudad intentando recuperar algo parecido a la compostura. Alessandro se colocó detrás de mí y rodeó mi cintura.

Apoyé la espalda contra su pecho.

Su respiración rozó mi oído.

Cerré los ojos.

Estaba derretida.

Y, aunque me daba vergüenza reconocerlo, quería volver a girarme y seguir besándolo.

Podría acostumbrarme peligrosamente rápido a aquello.

Nos quedamos así un rato. Hablamos todavía un poco más hasta que finalmente preguntó:

—¿Quieres que nos vayamos?

Esta vez asentí.

—Sí. Llévame a casa.

Una pequeña parte de mí recordó inmediatamente a Sophia. Si estuviera allí, probablemente ya me habría mandado a la mierda por no aprovechar la oportunidad.

Pero no quería apresurarlo.

Aunque, si Alessandro me hubiera pedido en ese momento que fuera con él a su casa o a un hotel, no estaba completamente segura de que hubiera tenido la fuerza de decir que no.

Eso ya era suficientemente preocupante.

Durante el trayecto nuestras manos permanecieron entrelazadas sobre la consola durante buena parte del camino.

Cuando llegamos frente a mi edificio, ninguno pareció tener demasiada prisa.

Me giré hacia él.

—Gracias por la cena.

—Gracias por aceptar.

—Tu defensa ha mejorado bastante.

—¿Solo bastante?

—No te emociones.

Alessandro me tomó suavemente del rostro.

Esta vez no hubo espera.

Nos besamos otra vez.

Y yo respondí con la misma intensidad.

Cuando nos separamos, él observó mis labios.

—Tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Cómo demonios sigue ahí ese labial?

Me reí.

—Porque es bueno.

—Te he besado suficiente para comprobar que eso debería ser imposible.

Me mordí suavemente el labio inferior.

—Necesitas un producto especial para quitarlo.

Alessandro miró mi boca.

—Interesante.

—¿Qué?

—Parece una compañía en la que valdría la pena comprar acciones.

Solté una carcajada.

—Buenas noches, inversionista.

—Buenas noches, jueza.

Abrí la puerta.

—Emma.

Lo miré.

—¿Sí?

—Quiero volver a verte.

No hubo juego en su voz.

Ni argumentos.

Ni bromas.

—Yo también.

Su expresión cambió apenas.

Satisfacción.

—Entonces hablamos mañana.

—Buenas noches, Alessandro.

Entré al edificio.

Antes de cerrar la puerta, miré hacia atrás.

Seguía allí.

No arrancó hasta verme entrar.

No sabía por qué aquel pequeño detalle me hizo sonreír más que el restaurante.

Pero lo hizo.

Maximilian

Esperé hasta verla entrar al edificio.

Después conduje de regreso a Manhattan.

Su perfume seguía en mi camisa.

Su labial no.

Por supuesto.

Sonreí solo al recordarlo.

Pero lo que permanecía con más fuerza era otra cosa.

Yo también.

Dos palabras.

Emma quería volver a verme.

Había conseguido la cita.

La había besado.

Ella me había besado a mí.

Y aun así nada de aquello había disminuido las ganas que tenía de ella.

Las había empeorado.

Entré en mi apartamento y cerré la puerta.

El silencio me recibió de golpe.

Todavía podía recordar sus manos aferrándose a mi camisa, la forma en que había rodeado mi cuello para besarme ella, su cuerpo contra el mío, su respiración cuando la tuve entre mis brazos.

Me desabroché los primeros botones de la camisa.

El teléfono vibró.

Emma: Ya estoy arriba. Gracias por esta noche.

Yo: Gracias a ti por aceptar.

Pasaron unos segundos.

Emma: Eso suma otro punto.

Sonreí.

Yo: ¿Cuántos necesito para ganar el caso?

Emma: Todavía no he decidido.

Yo: Entonces tendré que seguir viéndote.

Los tres puntos aparecieron.

Emma: Parece que sí. Buenas noches, Alessandro.

Yo: Buenas noches, preciosa.

Dejé el teléfono.

Fui directo al cuarto.

Me recosté por un momento, pero no conseguí apartar de mi cabeza una sola imagen de aquella noche.

Emma apareció de inmediato.

El vestido rojo.

Su boca.

Sus manos alrededor de mi cuello.

El sonido que había hecho cuando la estreché contra mí.

Mi cuerpo respondió al recuerdo con una facilidad casi insultante.

Solté una maldición y me masturbé pensando en ella.

En sus besos.

En sus generosos senos, que había pasado buena parte de la cena intentando no mirar.

En la forma en que había sido ella quien volvió a buscar mi boca.

En todo lo que todavía no había tocado y quería descubrir.

Cuando terminé, me limpié y permanecí recostado unos segundos.

El alivio duró poco.

Abrí los ojos.

Antes podía mantenerla a distancia y desearla.

Ahora sabía cómo besaba.

Y eso era muchísimo peor.

Su sabor había resultado mucho más adictivo de lo que había imaginado.

Ir despacio con Emma iba a poner a prueba cada gramo de autocontrol que tenía.