La obsesión de Moretti CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Poco después descubrí que odiaba llegar tarde, que necesitaba empezar el día con café, que prefería los lugares tranquilos a las fiestas aunque tuviera amigos capaces de arrastrarlo a ellas y que había viajado muchísimo por trabajo, pero que a veces conocía mejor los aeropuertos que las ciudades.

—Eso suena triste —dije.

—A veces lo es.

—Entonces cuando viajes deberías quedarte un día extra.

—¿Para qué?

—Para conocer el lugar. Caminar. Comer algo que no venga de un hotel. Hacer cualquier cosa que no tenga que ver con trabajo.

Me miró durante un momento.

—¿Tú lo harías?

—Claro.

—Entonces quizá necesite compañía.

Tomé mi copa para esconder la sonrisa.

—Eso ha sido bastante descarado.

—Funcionó.

—No he aceptado nada.

—Todavía.

Ese todavía me produjo un pequeño escalofrío.

También hablamos de mí.

—¿Qué haces cuando no estás trabajando? —preguntó.

—Leo. Y paso tiempo con Sophia. Prácticamente es mi familia.

—Se nota que son cercanas.

—Muchísimo. Es de esas personas que llegan a tu vida y después ya no sabes imaginarla sin ellas.

Alessandro bajó la mirada hacia nuestras manos.

En algún momento había tomado la mía sobre la mesa.

Ni siquiera recordaba cuándo.

—Eso es difícil de encontrar —dijo.

Había algo diferente en su voz.

—Sí.

Lo observé.

—¿Y tú qué haces en tu tiempo libre?

Se recostó ligeramente en la silla y giró la copa entre los dedos.

—Últimamente, escribirle a una mujer preciosa de cabello castaño que insiste en juzgarme.

Me reí.

—Eso no cuenta.

—Ocupa bastante de mi tiempo.

—Necesitas pasatiempos.

—Estoy empezando uno nuevo.

—¿Cuál?

Sus ojos se quedaron en los míos.

—Conocerte.

La respuesta debería haberme parecido demasiado.

No fue así.

Porque no la dijo como una frase preparada.

La dijo tranquilo.

Como si simplemente fuera verdad.

Hablamos hasta que los platos desaparecieron y nuestras copas quedaron casi vacías. Me sorprendió descubrir cuánto me había reído.

También cuánto había hablado él.

Seguía existiendo misterio alrededor de Alessandro, pero empezaba a entender algunas cosas.

Le gustaba controlar.

No hacía falta ser psicóloga para verlo.

Elegía rápido, hablaba con seguridad y parecía un hombre acostumbrado a tomar decisiones sin pedir demasiadas opiniones.

Pero conmigo no hacía eso.

Cuando terminamos, se levantó y me ofreció la mano.

—¿Quieres irte o prefieres quedarte un rato? Podemos hablar aquí, salir un momento... lo que quieras.

Lo miré.

Otra vez.

Siempre preguntaba.

Podía ser dominante al hablar, incluso al mirarme, pero cuando algo me involucraba directamente dejaba la decisión en mis manos.

Me gustaba esa contradicción.

Y no quería irme.

—Quiero quedarme un rato más.

—Entonces nos quedamos.

Salimos hacia una zona desde la que podía contemplarse la ciudad. Manhattan parecía otra desde arriba.

Me apoyé cerca de la baranda y observé las luces.

—Nunca me canso de esto.

—¿De Nueva York?

—De verla así.

Sentí su presencia detrás de mí antes de sentir su mano.

Se posó en mi cintura.

Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

Alessandro no dijo nada.

Me giró despacio hacia él.

Y supe exactamente lo que iba a ocurrir.

Maximilian

Había pasado toda la puta cena mirando su boca.

Intentando no hacerlo demasiado.

Intentando mantener los ojos en su rostro cada vez que el escote rojo amenazaba con destruir cualquier pensamiento coherente.

Pero no había sido solamente deseo.

Eso habría sido mucho más sencillo.

Emma me había hecho reír. Me había discutido. Había convertido mis viajes de negocios en una crítica a mi incapacidad para disfrutar de una ciudad.

Me había dicho que necesitaba pasatiempos.

Nadie hablaba conmigo de aquella manera.

Y me encantaba.

Ahora la tenía frente a mí.

Mis manos rodearon su cintura.

Sus ojos verdes subieron hasta los míos.

—Llevo toda la noche intentando no hacer esto —murmuré.

Su respiración cambió.

—¿Hacer qué?

Bajé la mirada hacia sus labios.

—Esto.

Me incliné.

No la besé inmediatamente.

Me detuve a escasos centímetros.

Emma podía apartarse.

No lo hizo.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Fue suficiente.

La besé.

Y todo el control que había mantenido durante la cena se volvió mucho más difícil de conservar.

Sus labios eran suaves y cálidos. El beso empezó lento, apenas unos segundos, antes de que Emma se acercara más.

Entonces dejé de contenerme tanto.

Profundicé el beso y sentí sus manos aferrarse a mi camisa.

Joder.

La atraje contra mi cuerpo.

Emma respondió sin vacilar.

Su boca se abrió bajo la mía y un pequeño sonido escapó de su garganta cuando mi mano descendió por su espalda hasta detenerse justo por encima de sus nalgas.

Ese sonido casi terminó conmigo.

La quería más cerca.

Mucho más cerca.

Pero no aquella noche.

No así.

No porque hubiera conseguido excitarla lo suficiente para que olvidara por un momento cualquier límite que se hubiera impuesto.

Quería que cuando Emma decidiera entregarse a mí supiera perfectamente lo que estaba eligiendo.

Me separé apenas lo suficiente para respirar.

Tenía los ojos cerrados.

Los abrió lentamente.

Su labial seguía prácticamente intacto.

—Eso... —murmuró.

—¿Qué?

Respiró.

—Definitivamente suma puntos.

Reí contra su boca.

—Me alegra saber que mi defensa mejora.

Y volví a besarla.

Emma

Dios mío.

Sophia tenía razón.

Odiaba admitirlo incluso mentalmente, pero la tenía.

Ese hombre no me besaba.

Me devoraba.

Lo hacía como hacía todo: seguro de sí mismo, como si una vez tomada la decisión no existiera motivo para hacerlo a medias.

Y lo peor era que yo estaba encantada.

Cuando nos separamos necesitaba aire.