La obsesión de Moretti CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Emma

Llegó el final de la semana y, con él, mi primera cita con Alessandro.

Me sentía bien con él.

Extrañamente bien.

No sabía explicar qué era exactamente. Había personas con las que uno necesitaba medir cada palabra durante semanas antes de sentirse cómodo. Con Alessandro no me ocurría.

Y Sophia, por supuesto, estaba viviendo mi primera cita como si fuera un acontecimiento nacional.

—Emma, ponte sexy.

Tenía el teléfono sobre el tocador mientras terminaba de maquillarme.

—Gracias por la recomendación.

—Muestra un poquito los atributos que Dios te dio.

—Sophia, parece que la que va a tener la cita eres tú.

—Joder, ¿cómo no voy a estar emocionada? Después de tu cadena perpetua de castidad, finalmente parece que vas a darle uso al cuerpo.

Abrí los ojos frente al espejo.

—Ay, Sophia. Qué ordinaria eres cuando hablas así.

—Yo soy práctica.

—Eres insoportable.

—Además, la humanidad necesita procrear.

Me detuve con la máscara de pestañas en la mano.

—Estoy bastante segura de que esta noche no voy a contribuir a la supervivencia de la especie.

—No tienes que llegar hasta la procreación. El proceso previo también es bastante entretenido.

Solté una carcajada.

—¿Por qué todas nuestras conversaciones terminan hablando de sexo?

—Porque tienes veinticuatro años, estás soltera y acabas de conocer a un hombre que parece capaz de hacerte olvidar hasta tu número de Seguro Social.

—Qué específica.

Sophia rio, pero cuando volvió a hablar su tono había cambiado.

—Ahora sí, hablando en serio. Disfruta la cena. Conócelo. Y date la oportunidad de que algo te salga de los planes por una vez.

Me quedé mirando mi reflejo.

—Me gusta.

—Ya lo sé.

—No. Te lo digo en serio. Me gusta de verdad.

Hubo un pequeño silencio.

—Entonces deja de pensar tanto y pásala bien.

Sonreí.

—Eso intentaré.

—¿Qué vas a ponerte?

—El vestido rojo.

—¿Y el cabello?

—Voy a hacerme unas ondas.

—Mándame una foto.

—Sabía que ibas a pedirla.

—Obviamente. Recuérdame dónde era la cena.

—The View.

—Ah, sí. La señorita se nos va a las alturas.

—Solo es una cena.

—Claro. Y yo soy monja.

Me reí.

—Te mando la foto cuando termine.

—Más te vale. Y mañana quiero los detalles.

—Nos vemos el domingo. Te cuento.

—Segundo por segundo.

—Pesada.

—Te quiero.

—Yo también.

Colgué.

Terminé el maquillaje y dejé el cabello suelto, peinado en ondas suaves.

El vestido rojo hizo el resto. Los tirantes finos dejaban mis hombros al descubierto y el escote se ajustaba a mi figura sin restarle elegancia.

Ceñido hasta la cintura, se abría después en una falda amplia que se movía ligeramente alrededor de mis piernas.

Me puse los zapatos y retrocedí frente al espejo.

Me gustaba cómo me veía.

Femenina, elegante.

Me encantaba.

Tomé una fotografía para Sophia.

Su respuesta llegó inmediatamente.

Si ese hombre sobrevive a esta noche, no era para ti.

Me eché a reír.

Estaba guardando el teléfono cuando apareció otro mensaje.

Alessandro: Preciosa, estoy abajo. Un beso.

Mi estómago hizo algo extraño.

Tomé el bolso.

Había llegado la hora.

Maximilian

El sábado no trabajé.

Ni siquiera adelanté documentos.

Eso, considerando mi historial, ya era suficientemente extraordinario.

Entrené por la mañana, almorcé y conseguí mantenerme ocupado durante unas horas, pero conforme avanzaba la tarde mi atención regresaba inevitablemente a lo mismo.

Emma.

Antes de que ella ocupara cada vez más espacio en mi cabeza, había tenido mujeres.

Muchas.

Nunca había sido un santo ni pretendía serlo.

Me gustaban las mujeres y me gustaba el sexo. Había disfrutado de relaciones sin compromiso y de noches en las que ninguno de los dos esperaba encontrar algo al amanecer. Mujeres hermosas, seguras, experimentadas, que sabían perfectamente lo que querían y cómo conseguirlo.

Durante años no necesité nada más.

Hasta que el sexo empezó a convertirse simplemente en eso.

Sexo.

Podía tener a una mujer preciosa en mi cama, disfrutar de su cuerpo, de la manera en que se movía sobre mí, y aun así terminar la noche con una sensación de vacío que antes no existía.

Lo peor era saber exactamente quién aparecía después en mi cabeza.

Emma.

Llegó un momento en que dejé de buscar distracciones. No porque hubiera perdido el deseo.

Todo lo contrario.

Simplemente ya no me interesaba satisfacerlo con alguien a quien no quería realmente tener.

Y esa noche, por primera vez, iba a cenar con la única mujer que llevaba demasiado tiempo deseando tener cerca.

Salí de la ducha con una toalla alrededor de la cintura y otra entre las manos mientras me secaba el cabello. Manhattan se extendía al otro lado de los cristales.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Daniel.

Contesté.

—¿Ahora qué quieres? Empiezo a pensar que estás enamorado de mí.

—Ya quisieras.

—Llamas demasiado.

—Solo estoy cumpliendo con mis obligaciones como amigo y deseándote suerte.

—Eres raro. ¿No tienes a nadie con quien entretenerte un sábado?

—Precisamente estoy bastante entretenido.

Una risa femenina sonó al fondo.

Arqueé una ceja.

—Entonces definitivamente tienes problemas si estás llamándome a mí.

—Antes de perderme en actividades más interesantes, pensé en desearte suerte con Emma.

—Vete a la mierda.

Daniel soltó una carcajada.

La mujer dijo algo que no alcancé a entender y después escuché una risa ahogada demasiado cerca del teléfono.

—Eso pienso hacer —respondió él.

—No necesitaba saberlo.

Colgué.

Imbécil.

Dejé el teléfono y terminé de vestirme. Elegí una camisa gris acero, entallada, y dejé abiertos los primeros botones. Pantalón negro, cinturón del mismo color y el reloj.

Nada más.

Me peiné el cabello oscuro hacia atrás y me observé un instante en el espejo.

Estaba listo.

Esa noche no quería chofer.

No quería a nadie esperando.

Tomé las llaves del Rolls-Royce.

Quería la noche para nosotros.

Cuando llegué a Brooklyn, no necesité comprobar la dirección.

La conocía de memoria.

Emma creía que la sabía porque me la había enviado para que pudiera recogerla. No tenía ninguna razón para imaginar que podía haber llegado hasta allí mucho antes de que ella supiera siquiera que Alessandro Vitali existía.

Estacioné y le envié el mensaje.

No tuve que esperar demasiado.

La puerta del edificio se abrió.

Y durante unos segundos me olvidé de salir del automóvil.

Rojo.

Había elegido rojo.

El vestido abrazaba la parte superior de su cuerpo antes de abrirse desde la cintura. El cabello castaño descendía en ondas sobre sus hombros y llevaba los labios de un rojo intenso.

Salí.

Emma sonrió al verme.

—Hola.

La recorrí con la mirada una vez.

No tenía sentido fingir que no lo había hecho.

—Hola.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa mirada no era nada.

Me acerqué.

—Estás preciosa.

Su sonrisa cambió.

—Gracias.

Le abrí la puerta.

Cuando se sentó, el escote del vestido me permitió ver bastante más de lo que necesitaba para poner a prueba mi autocontrol.

Aparté la mirada.

Respira.

No pensaba recibirla con una erección como saludo.

Rodeé el automóvil y ocupé mi asiento.

—Bonito auto —dijo.

—Gracias.

—Creo que tu definición de “trabajo con inversiones” se quedó un poco corta.

Sonreí mientras arrancaba.

—¿Eso es un interrogatorio?

—Estoy reuniendo información.

—Pensé que ya había superado la fase de investigación.

—Tu caso sigue abierto.

—Entonces tendré cuidado con mis respuestas.

Emma rio.

Y arrancamos hacia Manhattan.

Emma

El auto había sido mi primera sorpresa.

Sabía lo suficiente sobre automóviles para reconocer un Rolls-Royce y, aunque no tenía idea de cuánto costaba exactamente aquel modelo, estaba segura de que no era algo que uno comprara ahorrando cupones.

Alessandro tenía dinero.

Mucho más del que había supuesto inicialmente.

Eso, sumado al restaurante que había elegido, empezó a despertar mi curiosidad sobre qué significaba exactamente eso de inversiones privadas, propiedades y empresas familiares.

Quizá ocupaba un puesto ejecutivo importante.

Quizá su familia tenía bastante dinero.

Fuera lo que fuera, estaba claro que Alessandro Vitali vivía una realidad económica muy diferente a la mía.

Pero no quería convertir nuestra primera cita en una entrevista de trabajo. Además, tenía otras cosas en las que concentrarme.

Como él.

La camisa gris acero le quedaba demasiado bien. Se ajustaba a sus hombros y al pecho sin parecer escogida con la intención de presumirlos, aunque el resultado fuera exactamente ese. Llevaba los primeros botones abiertos y el cabello oscuro peinado hacia atrás.

Y olía espectacular.

No sabía qué demonios llevaba puesto aquel hombre, pero empezaba a asociar ese aroma con unas ganas bastante poco decentes de acercarme más.

Llegamos a The View y fuimos recibidos casi inmediatamente. La mesa estaba ubicada en una zona especialmente tranquila, junto a los ventanales, con Manhattan extendiéndose a nuestro alrededor.

Miré hacia afuera.

—Esto es precioso.

—Me alegra que te guste.

Nos sentamos.

El camarero nos entregó las cartas y, después de elegir la comida, dejé el vino en manos de Alessandro.

—Confío en ti.

—Cuidado con decirme eso.

Lo miré por encima del menú.

—Es vino, Alessandro. No te emociones.

Sonrió.

—Por algún sitio se empieza.

La conversación fluyó igual que las anteriores, pero aquella noche había algo diferente.

Quizá era tenerlo frente a mí durante tanto tiempo.

Sin música.

Sin teléfonos.

Sin nada que interrumpiera nuestra conversación.

Estábamos allí porque ambos habíamos querido estar.

Descubrí que Alessandro era competitivo incluso con cosas absurdas.

—No puedes decir que perder no te molesta —le dije.

—No he dicho eso.

—Dijiste que sabes perder.

—Sé hacerlo. No significa que me guste.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que odia perder.

—¿A ti te gusta?

—No.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No. Yo puedo perder sin convertirlo en una tragedia personal.

—Yo también.

—No te creo.

—Estás juzgándome sin pruebas.

—Soy la jueza. Puedo hacerlo.

Su risa me hizo sonreír.