La obsesión de Moretti CAPÍTULO 7 #2
16%

CAPÍTULO 7 #2

—No. Pero después de convertirme prácticamente en Cupido, considero que tengo derecho a conocer los resultados.

—No eres Cupido.

—Hablé con Adrian. Organicé cosas. Recibí llamadas. Técnicamente participé en el romance.

—Hiciste tu trabajo.

—Qué romántico.

Me senté.

Daniel no se movió.

—¿Vas a quedarte ahí hasta que te cuente?

—Probablemente.

Solté aire por la nariz.

—Bien.

Esperó.

—Le gusté.

Daniel arqueó las cejas.

—Mira tú.

—Tuvimos una buena conversación. Tengo su número. Anoche volvimos a hablar.

—¿Ella sabe que eres un maniático del control?

—Daniel.

—Solo estoy evaluando cuánto de tu encanto ya ha conocido.

—¿Terminaste?

Sonrió.

—Me alegro por ti.

Eso sí consiguió que lo mirara de otra manera.

No había burla en su expresión.

—Gracias.

Daniel se levantó.

—Aunque debo reconocer que la suerte siempre parece estar de tu lado.

—La suerte tiene muy poco que ver con casi todo lo que hago.

—Ese comentario resume perfectamente el problema.

Se dirigió hacia la puerta.

—Daniel.

Giró.

—¿Sí?

—Fuera.

Sonrió.

—Mi trabajo aquí ha terminado.

—Nunca empezó.

—Buena suerte, amigo.

Salió antes de que pudiera responder.

Regresé a la pantalla.

Tenía trabajo.

Mucho.

Pero antes de abrir el primer documento, miré mi teléfono.

Nada.

Lo guardé.

No necesitaba que Emma me escribiera cada mañana.

Aunque no me habría molestado.

Los días siguientes adquirieron un ritmo que no esperaba disfrutar tanto.

Emma y yo empezamos a hablar todos los días. Algunas veces eran mensajes breves; otras, una llamada por la noche terminaba durando mucho más de lo previsto.

El juicio continuaba.

Emma había decidido que cada cosa que descubría sobre mí podía convertirse en evidencia a favor o en contra. Que tomara el café sin azúcar sumó un punto. Que trabajara demasiado me restó dos. Mi opinión sobre una película que a ella le encantaba casi consiguió una condena inmediata.

Y descubrí algo que no había anticipado.

Me gustaba que me contradijera.

Emma no intentaba impresionarme. No sabía que hablaba con un hombre acostumbrado a que una habitación entera midiera sus palabras antes de dirigirse a él. Si pensaba que estaba equivocado, lo decía. Si algo le parecía absurdo, se reía.

Y cuando conseguía hacerla reír, yo también empezaba a esperar ese sonido.

El viernes, poco antes del mediodía, Daniel llamó.

—¿Qué?

—Qué amable.

—Estoy trabajando.

—Yo también. Por eso pensé que te interesaría cierta información.

Dejé de escribir.

—Habla.

—Estoy en Black Fox Coffee.

—Felicidades.

—Adivina quién está aquí.

No necesité hacerlo.

—Emma.

—Sola. Acaba de sentarse con un café y algo que parecen galletas.

Miré la hora.

La cafetería estaba a pocos minutos del edificio.

—¿La de la esquina?

—Esa misma.

Ya estaba de pie.

Daniel soltó una carcajada.

—Sabía que ibas a hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Convertir una coincidencia en otra cosa.

Tomé la chaqueta.

—No sé de qué hablas.

—Por supuesto que no.

Colgué.

El baño privado de mi oficina tenía un espejo amplio. Me detuve frente a él únicamente el tiempo necesario para comprobar mi aspecto.

Traje gris.

Camisa blanca.

Sin corbata.

Serviría.

Salí.

Emma

Había decidido aprovechar parte del almuerzo fuera de la oficina. Necesitaba café y llevaba toda la mañana pensando en las galletas de Black Fox Coffee.

Conseguí una mesa pequeña y me senté con el teléfono mientras terminaba una.

Estaba leyendo un mensaje de Sophia cuando escuché:

—Emma.

Levanté la cabeza.

Por poco se me cae el teléfono.

—¿Alessandro?

Ahí estaba.

Traje gris, camisa blanca abierta en el cuello y aquella misma seguridad irritantemente atractiva del viernes.

Se acercó.

—Hola.

—Hola.

Se inclinó para saludarme y sus labios rozaron muy cerca de la comisura de los míos.

No fue exactamente un beso en la boca.

Pero tampoco se sintió como uno en la mejilla.

Lo miré cuando se apartó.

Alessandro parecía completamente tranquilo.

Yo no.

—No sabía que venías aquí —dije.

—Podría decir lo mismo.

Levantó el vaso que llevaba.

—Necesitaba una recarga de cafeína.

Miré alrededor.

—Qué casualidad.

—Una bonita casualidad.

Si hubiera sabido la verdad, probablemente habría interpretado de otra manera aquella respuesta.

Así que sonreí.

—¿Tienes tiempo?

—Un poco.

—Puedes sentarte.

—Encantado.

Ocupó la silla frente a mí.

—¿Vienes mucho?

—De vez en cuando. Me gustan el café y las galletas de aquí.

—Información importante para mi defensa.

—No puedes utilizar todo como argumento.

—Claro que puedo.

—Eso es trampa.

—Eso es estrategia.

—Otro punto menos.

—Voy fatal.

—Bastante.

Pero estaba sonriendo.

Y él también lo sabía.

Maximilian

No tenía “un poco” de tiempo.

Tenía una llamada en cuarenta minutos y dos documentos esperando aprobación.

En ese momento me importaban bastante poco.

Emma llevaba el cabello recogido y vestía una blusa clara debajo de una chaqueta. Nada parecido al vestido azul del viernes.

Y aun así no conseguía dejar de mirarla.

Era desconcertante.

Cada versión de ella parecía encontrar una manera diferente de atraerme.

—¿Qué planes tienes este fin de semana? —pregunté.

Emma tomó su café.