La obsesión de Moretti CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Emma

El fin de semana pasó volando.

El sábado dormí más de lo habitual y dediqué buena parte del día a poner mi apartamento en orden. Lavé ropa, cambié las sábanas, organicé la cocina y finalmente me ocupé de ese armario que llevaba semanas prometiéndome arreglar.

También miré mi teléfono más veces de las necesarias.

Alessandro tenía mi número.

Yo tenía el suyo.

Y, aparte de los mensajes que intercambiamos después de conocernos el viernes, ninguno había vuelto a escribir.

No iba a dramatizar por eso. Nos habíamos conocido en una discoteca. Habíamos conversado. Nos habíamos gustado, o al menos yo estaba bastante segura de que había sido mutuo, y nos habíamos dado nuestros números.

Nada más.

El domingo conseguí pensar mucho menos en él. El lunes regresé a Moretti Group y mi semana volvió a llenarse de pendientes. Para el martes por la noche ya estaba otra vez instalada en mi rutina.

Acababa de llegar del trabajo cuando sonó mi teléfono.

Sophia.

Contesté mientras dejaba las llaves sobre la mesa.

—Amiga mía.

—Emma, dime que ya hablaste con Alesso.

Fruncí el ceño.

—¿Con quién?

—Alesso.

—Sophia, no conozco a ningún hombre que se llame Alesso.

—Alessandro. Alesso. Me salió lindo el apodo para mi cuñado, ¿no crees?

Escuché cómo intentaba contener la risa.

—Por Dios, Sophia. Ya vas a empezar.

Me quité los zapatos.

—¿Entonces?

—Entonces nada. No hemos vuelto a hablar desde el viernes.

—¿Y por qué?

—Porque no.

—Magnífica explicación.

Caminé hacia la habitación.

—Yo fui quien le escribió cuando salimos del club. No voy a volver a escribirle. Va a pensar que estoy desesperada.

—Emma, estamos en pleno siglo veintiuno. Las mujeres podemos escribirle a un hombre sin que llegue la policía del romance a arrestarnos.

Solté una risa.

—Ya di el primer paso una vez.

—Ah...

El tono de Sophia cambió inmediatamente.

—¿Qué?

—Nada.

—Te conozco.

—Solo estoy pensando que mi Emma, la mujer que puede analizar durante tres días si debería contestar un “hola”, le escribió primero a un hombre después de conocerlo.

—No analizo durante tres días un hola.

—Era una exageración con fundamentos.

Me dejé caer en el borde de la cama.

—Me gustó, ¿está bien?

Esta vez Sophia tardó un poco en contestar. Cuando lo hizo, ya no estaba burlándose.

—¿De verdad?

Miré hacia la ventana.

—Sí. Sentí una conexión con él que nunca había sentido con nadie.

—Bueno, tampoco eres precisamente una experta en conexiones. Siempre encuentras un pero cuando un hombre intenta acercarse.

—Sabes a qué me refiero. Nathan, por ejemplo, me parece lindo. Es atractivo, agradable... pero nunca he sentido la necesidad de que pase algo.

—Pobre Nathan.

—No le he hecho nada.

—Precisamente. El pobre ni siquiera ha tenido oportunidad de intentarlo.

Sonreí.

—Sophia.

—Estoy diciendo la verdad. Y si antes tenía alguna posibilidad, después de ver a Alessandro...

—¿Qué?

—Emma, ese hombre tiene una cara de dominante en la cama que debería venir con advertencia.

—Ya me lo convertiste en novio, después en tu cuñado y ahora estás analizando cómo será en la cama. Cada día consigues sorprenderme.

—Porque yo observo. Soy una mujer de ciencia.

—Eres enfermera, no investigadora sexual.

—Y además tengo experiencia. Respeta mis credenciales.

Me eché a reír.

—Solo te digo una cosa: con las ganas que se le veían a ese hombre de acercarse a ti, el día que consiga llevarte a una cama vas a necesitar rehabilitación.

—¡Sophia!

Su carcajada atravesó el teléfono.

—Ya. Según tú, para mañana me casé, tuve tres hijos y necesito terapia física.

—Yo no dije tres hijos. Dos me parece más razonable.

—Voy a colgar.

—Espera.

—¿Qué?

—Hablando en serio... si te gustó, no empieces a sabotearlo antes de que ocurra algo. No todo tiene que encajar en tu planificación.

Eso consiguió callarme.

Sophia me conocía demasiado.

—Lo sé.

—Bien. Esa es toda mi sabiduría por hoy.

—Gracias, enfermera Johnson.

—De nada. Ahora voy a dormir para salvar vidas mañana.

—Hazlo. No quiero que tus pacientes se quejen porque estabas demasiado ocupada organizando mi vida sexual.

—Imposible. Soy excelente haciendo ambas cosas.

—Buenas noches, Sophia.

—Buenas noches, futura señora de Alesso.

Colgué antes de que pudiera continuar.

Seguía sonriendo cuando dejé el teléfono.

Media hora después, estaba recogiendo algunas cosas de la sala cuando la pantalla volvió a iluminarse.

Me detuve.

Alessandro.

Durante un segundo me limité a mirar su nombre.

Qué oportuno.

El teléfono comenzó a vibrar en mi mano.

Era una llamada.

Contesté antes de darme tiempo para pensar demasiado.

—Hola.

—Hola, Emma.

Su voz consiguió devolverme inmediatamente a la barra del viernes.

—Hola, Alessandro.

—¿Te llamo en mal momento?

—No. Acabo de llegar hace un rato. Estoy organizando algunas cosas.

—Entonces espero no haber interrumpido nada importante.

—Solo una batalla contra el desorden.

—¿Vas ganando?

Miré la ropa que todavía tenía pendiente guardar.

—El resultado está por verse.

Escuché una risa baja al otro lado.

Me gustaba su voz.

Quizá demasiado.

—Quería llamarte desde ayer —dijo—, pero no sabía si hacerlo tan pronto después del viernes.

—¿Tan pronto?

—No quería que pensaras que soy insistente.

Me apoyé contra la encimera.

—¿Y decidiste esperar cuatro días para proteger tu reputación?

Hubo un silencio.

—Ahora que lo dices así, parece una estrategia bastante mala.

Me reí.

—Un poco.

—Entonces cometí un error.

La facilidad con la que lo admitió me sorprendió.

—¿Siempre eres tan directo?

—Cuando me interesa algo, sí.

Algo.

No alguien.

Pero entendí perfectamente.

—Eso suma puntos a tu favor.

—Me alegra. Necesito todos los que pueda conseguir.

—¿Por qué?

—Porque, si recuerdo correctamente, el viernes me dijiste que todavía estabas decidiendo si yo era sospechoso.

La sonrisa apareció antes de poder evitarla.

Había recordado nuestro juego.

—Es verdad.

—Y considero injusto recibir un veredicto sin haber tenido oportunidad de presentar una defensa adecuada.

—¿Una defensa?

—Tengo derecho a argumentar mi caso, Emma.

—Eso dependerá del juez.

—¿Eres tú?

—Por supuesto.

—Entonces estoy en problemas.

—Muchos.

Volvió a reír.

—En ese caso voy a necesitar tiempo.

—Soy bastante exigente con los argumentos.

—Mejor. No me gustan las victorias fáciles.

Aquella respuesta me gustó.

Mucho.

Caminé hasta el sofá y me senté.

—¿Y cuál es tu primer argumento?

—Que te llamé.

—Después de cuatro días.

—Ya admití mi error. No puedes utilizarlo eternamente en mi contra.

—Puedo intentarlo.

—Empiezo a pensar que la jueza está parcializada.

—Todavía puedes apelar.

—Prefiero convencerla.

Me mordí el interior de la mejilla para contener otra sonrisa.

Aquel hombre sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—¿Has estado muy ocupado? —pregunté.

—Bastante. El trabajo decidió castigarme esta semana.

—Eso explica parcialmente tu ausencia.

—¿Parcialmente?

—No abuses. Acabas de recuperar algunos puntos.

—Entendido.

La conversación cambió sin que ninguno tuviera que esforzarse.

Me habló de una reunión que se había extendido demasiado, sin entrar en detalles sobre su trabajo.

Yo le conté una anécdota de Ryan que había conseguido hacer reír a medio departamento esa mañana.

Hablamos de Nueva York, del desastre en que podía convertirse el metro a ciertas horas y terminamos discutiendo sobre si era aceptable beber café después de las ocho de la noche.

—Completamente aceptable —dijo.

—Eso explica muchas cosas sobre ti.

—¿Qué cosas?

—Todavía estoy reuniendo pruebas.

—Peligrosa.

Miré la hora.

Llevábamos casi cuarenta minutos hablando.

No lo había notado.

—Tengo que dormir —dije finalmente—. Mañana madrugo.

—Entonces no voy a ser responsable de que llegues cansada al trabajo.

—Buena decisión.

Hubo una pausa breve.

—Descansa, bonita.

Mi sonrisa desapareció.

No porque me molestara.

Todo lo contrario.

Bonita.

Una sola palabra y, de repente, me sentía ridículamente consciente de que estaba sentada sola en mi sofá sonriendo como una adolescente.

—Buenas noches, Alessandro.

—Espero que pienses un poco en mí. Necesito seguir teniendo oportunidades para defender mi caso.

Recuperé la voz.

—Si vuelves a llamar, quizá permita que continúes argumentando.

—Entonces llamaré.

La seguridad con la que lo dijo provocó algo cálido dentro de mí.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Emma.

La llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla apagada y después apoyé la cabeza contra el sofá.

—Esto se está poniendo bueno.

Y por primera vez no intenté convencerme de lo contrario.

Maximilian

A la mañana siguiente llegué a la oficina de un humor sospechosamente bueno.

Había hablado con Emma durante cuarenta y tres minutos.

Cuarenta y tres.

No había previsto que nuestra pequeña discusión sobre mi supuesto juicio terminara convirtiéndose en un juego entre nosotros.

Y me gustaba.

Quizá porque se parecía demasiado a la realidad.

Yo estaba presentándole una versión de mí mismo y esperando que ella emitiera un veredicto sin conocer todas las pruebas. La diferencia era que, cuando finalmente las tuviera, dudaba mucho que mi defensa le pareciera honorable.

—Buenos días, señor Moretti.

Elena se levantó cuando me vio llegar.

—Buenos días.

Caminó conmigo unos pasos, tableta en mano.

—Organicé su agenda. A las diez tiene una videoconferencia con el director ejecutivo de Barclays PLC. Al mediodía, reunión con los propietarios de Emmar Properties. Moví la revisión del proyecto de Boston para las tres porque Richard pidió estar presente.

—Bien.

Llegué hasta la puerta de mi oficina.

—Y, por último, señor...

Puse la mano en la manija.

—Daniel está esperándolo.

Miré la puerta.

—¿Desde cuándo?

—Diez minutos.

Por su expresión, Elena sabía que aquella palabra significaba exactamente lo contrario.

Entré.

Daniel estaba cómodamente instalado en una de las sillas frente a mi escritorio.

—Buenos días, jefe.

Cerré la puerta.

—¿Qué haces aquí?

—Qué recibimiento tan cálido.

Rodeé el escritorio.

—Tengo mucho por hacer.

—Entonces seré breve. ¿Cómo te fue?

Encendí la computadora.

—¿Cómo me fue dónde?

—No hagas eso.

Lo miré.

—¿Para esto te pago?