La obsesión de Moretti CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Mis pies llevaban varios minutos recordándome por qué los tacones altos eran una pésima invención.

Me senté.

—Mucho mejor.

Él miró mis zapatos.

—¿Dolorosos?

—Terribles.

—Y aun así los elegiste.

—Porque son bonitos.

—Argumento difícil de discutir.

Reí.

Entonces me llegó su perfume.

Madera, algo especiado y limpio.

Dios.

Sophia tenía razón.

Aquel hombre estaba demasiado hermoso.

Maximilian

Emma me estaba mirando.

No desde una fotografía.

No desde una pantalla.

A mí.

Sus ojos eran todavía más verdes de cerca.

Y cuando sonrió después de mi comentario sobre sus zapatos, tuve que recordar que debía comportarme como un hombre que acababa de conocerla.

Porque para ella eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

Para mí, ninguna preparación había servido de demasiado.

Había cosas que simplemente no sabía.

La ligera arruga que aparecía junto a su nariz cuando algo le hacía gracia. La forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba intentando decidir si una respuesta le parecía divertida o arrogante. La manera en que miraba directamente a los ojos cuando alguien conseguía captar su atención.

Eso no estaba en ningún informe.

—¿Viniste por la reapertura? —preguntó.

—Un amigo me habló del lugar.

Verdad.

—Nosotras vinimos por la promoción.

—También lo imaginé.

Entrecerró los ojos.

—¿Eso ha sido una indirecta sobre nuestras intenciones económicas?

—Ha sido reconocimiento a una buena decisión financiera.

Se rio.

—Entonces sí. Estamos aquí por responsabilidad financiera.

—Admirable.

—¿Y tú siempre vienes solo a discotecas?

—No siempre.

—¿Hoy sí?

—Hoy tenía ganas de distraerme.

Sus ojos recorrieron mi rostro durante un instante.

—No pareces alguien que tenga problemas para encontrar compañía.

La frase me tomó desprevenido.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

—Interesante observación.

Emma bebió agua para ocultar una sonrisa.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Siempre interrogas a desconocidos en bares?

—Solo a los sospechosos.

—¿Y ya soy sospechoso?

—Todavía estoy decidiendo.

—Entonces tendré que quedarme hasta conocer el veredicto.

Esta vez rio abiertamente.

Y algo dentro de mí cambió.

No porque nunca la hubiera visto reír.

Porque esta vez había sido por mí.

Emma

No sabía cuánto tiempo llevábamos hablando.

Eso era lo extraño.

Sophia y las demás seguían bailando a pocos metros, la música continuaba demasiado alta y había gente pasando constantemente detrás de nosotros.

Pero la conversación no se sentía forzada.

—¿Y a qué te dedicas? —pregunté.

—Inversiones.

—Eso es bastante amplio.

—Lo es.

—Respuesta sospechosa.

—Pensé que seguías deliberando.

—Estás empeorando tu caso.

Sonrió.

—Trabajo con inversiones privadas, algunas propiedades y empresas familiares. Viajo más de lo que me gustaría.

Eso explicaba algunas cosas.

La ropa.

El reloj.

La seguridad con la que se movía.

—¿Y tú?

—Administración y Finanzas.

—¿Trabajas en eso?

—Estoy haciendo mis prácticas.

—¿Te gusta?

La pregunta parecía sencilla, pero la forma en que la hizo no sonó como conversación vacía.

—Muchísimo. Es agotador algunas veces, pero... sí. Me gusta sentir que finalmente estoy haciendo aquello para lo que estudié.

—Entonces elegiste bien.

—Si.

Seguimos hablando.

Nueva York. Trabajo. Lugares que nos gustaban. Viajes.

Descubrí que tenía un humor mucho más seco de lo que esperaba y que era peligrosamente fácil seguirle el juego.

También descubrí que me estaba coqueteando.

Y yo estaba permitiéndolo.

Más que eso.

Me gustaba.

Lo observé mientras hablaba y pensé que a un hombre como aquel probablemente nunca le faltaba una mujer dispuesta a acompañarlo a casa.

La idea debería haberme hecho retroceder.

No lo hizo.

Nunca había sentido una atracción tan inmediata.

Claro que otros hombres me habían parecido atractivos. No había vivido veinticuatro años con los ojos cerrados.

Simplemente nunca había querido permitir que aquello ocupara demasiado espacio.

Durante la universidad tenía una beca que conservar y objetivos demasiado importantes como para complicarme la vida. Después llegaron la graduación, las entrevistas y Moretti Group.

Siempre había una razón para concentrarme en lo siguiente.

Aquella noche no quería pensar en lo siguiente.

Quería seguir hablando con él.

Sophia apareció a mi lado.

—Perdón por interrumpir.

Su expresión decía exactamente lo contrario.

—Nos vamos.

Miré la hora y abrí los ojos.

—¿Ya?

Sophia sonrió de una forma que conocía demasiado bien.

—Sí. Pero tú no tienes por qué...

—Me voy con ustedes.

Puso los ojos en blanco.

—Emma.

—¿Qué?

Sophia miró al hombre frente a mí y después a mí.

—Por lo menos intercambien números. Me niego a presenciar semejante desperdicio.

—¡Sophia!

Él soltó una risa.

—Tu amiga es bastante directa.

—No tienes idea.

Sophia me guiñó un ojo y se alejó.

Sentí calor en las mejillas.

—Perdón.

—No lo sientas. Estoy de acuerdo con ella.

Lo miré.

—¿Ah, sí?

Sacó el teléfono.

—Dame tu número.

Ni siquiera preguntó si quería dárselo.

Y, extrañamente, eso me gustó.

Se lo di.

Así de fácil.

Me sorprendió a mí misma.

Él hizo una llamada breve y mi teléfono vibró dentro del bolso.

—Ahora tienes el mío.

—Parece que sí.

Se puso de pie.

Dios.

Sentado ya parecía alto.

De pie era otra historia.

Sacó una tarjeta y me la entregó.

Alessandro Vitali.

Levanté los ojos.

—Alessandro.

—Emma.

Escuchar mi nombre con aquella voz hizo algo extraño en mi cuerpo.

Sophia volvió a hacerme señas desde lejos.

—Tengo que irme.

Alessandro se inclinó.

Durante una fracción de segundo pensé que iba a besarme en los labios.

No lo hizo.

Su boca rozó mi mejilla.

Su perfume me envolvió y un escalofrío rápido descendió por mi espalda.

—Buenas noches, Emma.

Me alejé antes de hacer algo estúpido.

Cuando llegué hasta Sophia, ella estaba sonriendo.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara está hablando.

—Mi cara es inocente.

—Tu cara necesita aprender a mentir.

Salimos.

Antes de cruzar la puerta, miré hacia atrás una vez.

Alessandro seguía allí.

Mirándome.

Dentro del auto saqué la tarjeta.

Alessandro Vitali.

—¿Vas a dormir con eso debajo de la almohada? —preguntó Sophia.

—Cállate.

Volví a leer el nombre.

Después, sin pensarlo demasiado, acerqué la tarjeta a mi nariz.

Todavía conservaba ligeramente su perfume.

Increíble.

Había salido aquella noche esperando bailar, reírme y volver a casa cansada.

Nada más.

Guardé la tarjeta cuidadosamente dentro del bolso.

Definitivamente, eso no había sido lo único que me llevaba conmigo.

Maximilian

Esperé hasta saber que el vehículo en el que iba Emma había llegado a Brooklyn.

Solo entonces regresé a mi apartamento.

Me quité el reloj y lo dejé sobre la cómoda.

Silencio.

Eso fue lo primero que me molestó.

Después de horas de música, de escuchar su voz tan cerca y de tener sus ojos sobre mí, el apartamento parecía excesivamente quieto.

Fui directamente a la ducha.

El agua cayó sobre mi cuerpo, pero no consiguió borrar una sola imagen.

Emma bailando.

Emma sentada junto a mí.

El vestido azul.

La extensión desnuda de su espalda.

Sus piernas.

Su boca cuando intentaba contener una sonrisa.

Y aquel segundo, justo antes de besarle la mejilla, en que sus ojos habían bajado hacia mi boca.

Lo había visto.

Ella me deseaba.

Quizá todavía no tanto como yo a ella.

Pero aquello podía cambiar.

Apoyé una mano contra la pared de la ducha y cerré los ojos, dejando que el deseo que había contenido durante toda la noche me atravesara sin intentar disimularlo.

La imaginé otra vez frente a mí.

Más cerca.

Sin aquella música.

Sin Sophia esperando.

Sin tener que detenerme en su mejilla.

El agua siguió cayendo mientras permanecía allí hasta recuperar lentamente el control.

Cuando salí, tenía un mensaje.

Emma: Gracias por la conversación. Me divertí mucho esta noche.

Lo leí una vez.

Después otra.

No había tenido que escribirle primero.

Ella me había buscado.

Respondí.

Yo: Yo también. Aunque creo que nuestra conversación quedó incompleta.

La respuesta llegó poco después.

Emma: ¿Ah, sí?

Sonreí.

Yo: Sí. Tendremos que terminarla.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente:

Emma: Supongo que podría darte otra oportunidad para defenderte de mis acusaciones.

Solté una risa baja.

Yo: Entonces dime cuándo.

Esta vez tardó un poco más.

Emma: Buenas noches, Alessandro.

No insistí.

Yo: Buenas noches, Emma.

Dejé el teléfono.

El evento me había caído perfecto. Había utilizado un favor y calculado el lugar exacto en el que debía estar para conseguir aquel primer encuentro.

Pero Emma acababa de hacer algo que yo no había organizado.

Me había escrito primero.

Y esa pequeña diferencia resultó mucho más satisfactoria de lo que debería.

Mañana ya no necesitaría inventar una casualidad para hablar con ella.

Ahora tenía su número.

Y ella tenía el mío.

La cacería había terminado antes de empezar.

Ya no necesitaba perseguirla desde lejos.

Ahora tenía que conseguir algo mucho más difícil.

Que fuera Emma quien quisiera acercarse.