CAPÍTULO 6
Emma
Era viernes.
Me levanté con más energía de la habitual y, mientras preparaba café, comprendí que realmente me hacía falta salir.
No tenía nada en contra de mi rutina. De hecho, me gustaba.
Había trabajado demasiado para llegar hasta Moretti Group como para empezar a quejarme ahora de madrugar o de pasar horas concentrada frente a una computadora.
Pero una cosa era disfrutar mi trabajo y otra convertirme en una extensión del escritorio.
Aquella noche iba a salir.
Iba a bailar, tomar algo y olvidarme durante unas horas de informes, números y responsabilidades.
Solo eso ya consiguió mejorarme el humor.
Cuando llegué a la oficina, descubrí que no era la única contagiada por el viernes.
Había algo diferente en el ambiente. Se notaba desde el ascensor: gente hablando de cenas, viajes, planes que empezaban apenas terminara la jornada.
Hasta quienes normalmente caminaban con el café en una mano y cara de querer regresar a la cama parecían recordar que existía vida después de las cinco.
Nueva York sabía cuándo era viernes.
—Buenos días —dijo Olivia cuando me vio llegar.
—Buenos días.
Dejé el bolso junto a mi escritorio y miré hacia el puesto vacío de Nathan.
—¿Nathan no ha llegado?
Ryan respondió desde el suyo.
—No viene. Hablé con él esta mañana. Amaneció enfermo.
—¿Qué tiene?
—No sé. Sonaba fatal. Le dije que, por favor, mantuviera sus virus lejos de mí.
Olivia rio.
—Qué buen amigo eres.
—Excelente. Estoy protegiendo la salud del equipo.
Encendí la computadora.
—¿Y ustedes qué van a hacer este fin de semana?
No había tenido oportunidad de invitarlos a la reapertura del club y, por un momento, pensé que quizá todavía podía hacerlo.
Olivia respondió primero.
—Canadá.
La miré.
—¿Canadá?
—Salimos esta noche. Unos amigos organizaron el viaje hace meses.
—Eso explica esa cara de felicidad.
—Exactamente.
Ryan levantó una mano.
—Yo tampoco estaré disponible para ninguna actividad social en Manhattan. Voy a Buffalo.
—Eso sí es conducir.
—Mis abuelos viven por allá. Hace meses que prometí visitarlos y mi abuela ya empezó a utilizar el chantaje emocional.
—Entonces tienes que ir —dije.
—Por mi propia seguridad.
Sonreí y abrí el primer archivo del día.
Definitivamente, aquella noche serían Sophia y sus amigas.
Mi teléfono vibró poco después.
Sophia: No estoy cansada. Esto es preocupante.
Otro mensaje apareció inmediatamente.
Creo que mi cuerpo sabe que hoy salimos.
Yo: Son las nueve de la mañana.
Los tres puntos aparecieron.
Sophia: Exactamente. Solo faltan doce horas.
No pude evitar reírme.
El resto del día transcurrió sin contratiempos. Marc pasó parte de la mañana revisando algunos avances con nosotros, recibí nuevas tareas y conseguí terminar todo lo que me había propuesto antes de marcharme.
Cuando llegó la hora, no fui de las que se quedaron quince minutos más mirando la pantalla. Guardé mis cosas y me despedí.
Tenía una noche esperándome.
Llegué a Brooklyn con tiempo suficiente para no tener que correr. Comí algo, dejé el teléfono cargando y me tumbé un rato en el sofá. Sophia pasaría por mí cerca de las nueve, así que podía permitirme descansar antes de empezar a arreglarme.
Cuando finalmente entré al baño, puse música.
Me duché sin prisa, me sequé el cabello y lo llevé liso, dejándolo caer sobre la espalda. Para el maquillaje seguí uno de los tutoriales que había guardado días atrás: sombras que hacían resaltar el verde de mis ojos, delineado, máscara y un tono suave en los labios.
Después llegó el vestido.
Me lo puse y caminé hasta el espejo de cuerpo entero.
—Wow.
No necesitaba falsa modestia.
Me veía sexy.
El vestido azul se ajustaba perfectamente a mi cuerpo. De frente marcaba mis curvas; de espalda, el corte abierto dejaba tanta piel al descubierto que difícilmente alguien imaginaría que aquella misma mañana había estado sentada en una oficina con un blazer.
Me puse los tacones plateados y volví a mirarme.
Sí.
Había hecho una buena compra.
Mi teléfono vibró.
Sophia: BAJA YAAAAA. Este esqueleto necesita movimiento.
Solté una carcajada.
—Las ocurrencias de Sophia...
Tomé el bolso y bajé.
El auto estaba esperando frente al edificio. Sophia iba dentro con dos compañeras del hospital que ya había conocido antes.
Cuando abrí la puerta, las tres me miraron.
Sophia llevaba el cabello ondulado y su conjunto de la tarde anterior. La falda brillaba incluso con la iluminación del automóvil.
—Dios mío —dijo—. Mírala.
—No empieces.
—Emma, si esta noche no le das algo de diversión a ese parque que tienes entre las piernas, la próxima semana te llevo al psicólogo.
—¡Sophia!
Las otras estallaron en carcajadas.
Yo terminé riéndome también mientras cerraba la puerta.
—Tú necesitas ayuda.
—Puede ser. Pero mira cómo estás.
Aquella noche prometía.
Maximilian
Negro.
No tuve que pensarlo demasiado.
Pantalón negro. Camisa negra de botones, mangas largas. Reloj.
Nada que llamara la atención por una marca o por algo demasiado reconocible.
Me perfumé y tomé únicamente lo necesario antes de salir. El conductor esperaba abajo.
Le indiqué el nombre del club de Adrian y ocupé el asiento trasero.
No estaba nervioso.
Había negociado adquisiciones de cientos de millones frente a hombres que esperaban verme cometer un error. Había entrado en salas donde todos tenían algo que perder y conseguido exactamente lo que quería.
Aquello era diferente.
Esta vez no existían contratos.
Ni cifras.
Ni abogados capaces de corregir un movimiento equivocado.
Cuando el automóvil se detuvo, miré la entrada.
Había llegado el día.
Emma
La reapertura había atraído a medio Manhattan.
O eso parecía.
Había gente esperando en la entrada cuando llegamos y, dentro, el ambiente era todavía más intenso. Música, luces que cambiaban constantemente, conversaciones que desaparecían debajo de los bajos y una pista llena de cuerpos moviéndose.
Sophia necesitó menos de cinco minutos para arrastrarnos a bailar.
Y yo no opuse resistencia.
Después de la primera bebida dejé de pensar incluso en la hora. Bailamos entre nosotras, nos reímos, gritamos partes de canciones que apenas conseguíamos escuchar y, como era de esperar, tampoco faltaron las miradas.
Nada extraordinario.
Una mujer sabía cuándo la estaban mirando.
En algún momento empezó a sonar una canción de Sean Paul que conocíamos todas y Sophia se acercó a mi oído.
—Ese hombre de negro que está buenísimo lleva rato mirándote.
—¿Qué?
Señaló discretamente con los ojos hacia uno de los extremos.
Intenté mirar sin parecer demasiado obvia.
Entre las luces que se encendían y apagaban, apenas distinguí una figura masculina vestida de negro.
—¿Cómo sabes que el hombre está buenísimo si ni siquiera se le ve bien la cara?
Sophia se echó a reír y volvió a acercarse.
—Porque yo sí llevo rato echándole el ojo. Y también llevo rato viendo cómo te mira.
—¿A mí?
—No, Emma. A la lámpara que tienes detrás.
Puse los ojos en blanco.
Sophia sonrió.
—Lo que ese hombre está es bueno.
—Tú dices eso de demasiados hombres.
—Porque sé apreciar el arte.
—Baila.
—Cobarde.
La ignoré.
Aunque unos segundos después volví a mirar.
Seguía allí.
Maximilian
La había visto entrar.
Y durante unos segundos me pregunté qué demonios había hecho al organizar aquello.
El vestido azul no se parecía a nada de lo que la había visto usar en la empresa. Su espalda estaba prácticamente desnuda.
Cada vez que se giraba, mi atención regresaba a ella.
La vi bailar con Sophia y las demás. Reír. Levantar los brazos cuando reconocía una canción. Mover las caderas siguiendo el ritmo sin preocuparse por quién estuviera mirando.
Yo sí estaba mirando.
Demasiado.
Había imaginado muchas veces lo que ocurriría cuando finalmente estuviera cerca de ella.
No había previsto esto.
Ese vestido.
Esa espalda.
La manera en que se movía.
Quería colocar la mano justo en la curva desnuda de su espalda y descubrir cómo se sentiría su piel bajo mi palma.
Y no era el único hombre que había reparado en ella.
Eso me gustaba considerablemente menos.
Me obligué a permanecer donde estaba.
No podía acercarme simplemente porque algún imbécil la mirara.
Entonces Sophia me descubrió.
Fue evidente.
Miró hacia mí una vez.
Después otra.
Dijo algo al oído de Emma.
Emma buscó discretamente entre la gente.
Nuestras miradas no llegaron a encontrarse.
Poco después me moví hacia la barra.
No necesitaba perseguirla.
Solo necesitaba darle la oportunidad de verme.
El resto sería suyo.
Emma
Después de bailar durante tanto tiempo, tenía sed.
—Voy por agua —les dije.
Sophia hizo una cara.
—¿Agua?
—Sí, esa cosa transparente que mantiene vivos a los seres humanos.
Me abrí paso hasta la barra.
—Por favor...
El bartender me reconoció.
—¿Otra margarita?
Sonreí.
—No. Si tomo otra, mañana voy a odiar mi existencia. Dame agua.
—Buena decisión.
Mientras esperaba, sentí una mirada.
Giré la cabeza.
Y entonces lo vi.
Bien.
Sophia no había exagerado.
Era él.
El hombre de negro.
Por un instante olvidé qué estaba esperando.
Era alto. Muchísimo. Cabello oscuro, ojos igualmente oscuros y una barba cuidada que endurecía todavía más unas facciones demasiado perfectas para necesitar ayuda.
Pero no era solamente que fuera guapo.
Había hombres guapos por todas partes.
Él tenía algo diferente.
Una presencia.
Una seguridad masculina que se percibía incluso estando quieto. No parecía esforzarse por llamar la atención y, precisamente por eso, terminaba consiguiéndola.
Me sostuvo la mirada.
Sin vergüenza.
Sin fingir que no había estado observándome.
—Agua —dijo.
Su voz consiguió sorprenderme casi tanto como su cara.
Miré el vaso que el bartender acababa de dejar delante de mí.
—Eso parece.
Una sombra de diversión apareció en su expresión.
—Después de verte bailar esperaba algo más peligroso.
Lo miré.
—¿Me estabas viendo bailar?
—Era difícil no hacerlo.
Bien.
Directo.
Tomé el vaso.
—Ya he bebido suficiente. Mi garganta está pidiendo auxilio.
—Entonces me alegra saber que sabes escucharla.
—A veces.
La persona sentada a mi lado se levantó en ese momento.
Miré el asiento.