CAPÍTULO 5
Maximilian
El edificio cambiaba después de cierta hora.
Durante el día, Moretti Group era un organismo en movimiento: ascensores que no dejaban de subir y bajar, teléfonos, reuniones, pasos apresurados sobre el mármol, conversaciones que se cruzaban en los pasillos.
Cerca de las diez y media de la noche, en cambio, solo permanecían encendidas algunas luces y el murmullo constante de la ventilación ocupaba los espacios que cientos de empleados habían dejado vacíos.
Yo debería haber estado en casa.
En lugar de eso, el ascensor descendía.
Observé los números iluminarse uno tras otro sobre las puertas hasta que apareció el ocho.
Las puertas se abrieron.
No salí inmediatamente.
Podía recorrer cualquier piso de aquel edificio sin tener que explicar mi presencia. Me pertenecía. Sin embargo, aquella era la primera vez que bajaba al octavo desde que Emma había empezado a trabajar allí.
Y sabía exactamente por qué lo hacía a esa hora.
Salí.
El personal de limpieza ya había terminado en aquel sector. Las luces nocturnas dejaban algunas zonas en penumbra y el silencio hacía que el lugar pareciera más amplio.
No necesité buscar su escritorio.
Me detuve frente a él.
La silla estaba perfectamente colocada. Una libreta permanecía junto al teclado, con un bolígrafo atravesado sobre la cubierta. Su taza de Moretti Group descansaba cerca del monitor.
Objetos insignificantes.
Y, sin embargo, verlos allí tenía algo diferente. No pertenecían a un expediente ni eran información que alguien hubiera recopilado para mí.
Eran de Emma.
Apoyé dos dedos sobre el borde de la libreta, pero no la abrí. Mis ojos recorrieron el escritorio.
Uno de los cajones había quedado ligeramente abierto. Una pequeña franja de tela sobresalía por la abertura.
Lo abrí un poco más.
Una bufanda.
La reconocí. La había llevado aquella mañana.
La tomé antes de detenerme a pensar por qué lo hacía. La tela era suave entre mis dedos. Al levantarla, percibí inmediatamente su perfume.
La acerqué al rostro.
Inspiré despacio.
El aroma era tenue, ligeramente dulce, mezclado con algo más cálido que no supe identificar.
Cerré los ojos.
Emma.
Volví a respirar su aroma, esta vez más profundamente.
—Mierda...
Una sonrisa apenas perceptible tiró de una esquina de mi boca.
Emma olía delicioso.
¿Sabrá igual?
Abrí los ojos.
Durante mucho tiempo había conseguido mantener separadas dos versiones de lo que Emma representaba para mí. Lo que había comenzado años atrás como la necesidad de proteger a una niña que lo había perdido todo pertenecía a un pasado que ya no tenía nada que ver con esto.
Con la mujer en la que se había convertido, las reglas eran otras.
Y mis pensamientos también.
Había intentado ser cuidadoso con esa diferencia incluso conmigo mismo.
Pero no tenía sentido mentirme.
Deseaba a Emma.
La deseaba desde mucho antes de tenerla trabajando a unos pisos de distancia, y tenerla tan cerca solo había conseguido volver ese deseo mucho más difícil de ignorar.
Pasé los dedos lentamente por la tela.
Por un instante contemplé la posibilidad de llevármela.
La descarté.
No porque no quisiera hacerlo.
Precisamente porque quería.
La devolví al cajón y la acomodé como la había encontrado.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo.
Daniel.
Contesté mientras me alejaba del escritorio.
—¿Qué ocurre?
—Elena me dijo que todavía estabas en el edificio.
Presioné el botón del ascensor.
—Y decidiste comprobar si necesitaba supervisión.
—Contigo, nunca está de más.
Las puertas se abrieron y entré.
—Estoy terminando.
—Eso dijiste hace una hora.
—¿Llamaste para controlar mi horario?
—No. Adrian respondió.
Mi atención cambió.
—¿Y?
—Dice que puede hacerse.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—Mañana hablamos.
—Sabía que eso conseguiría interesarte.
Colgué antes de darle el gusto de seguir hablando.
Adrian Keller era amigo mío desde hacía años y propietario de varios locales en Manhattan. Uno de sus clubes había permanecido cerrado durante semanas por una remodelación completa y ese viernes celebraría su gran reapertura.
La campaña publicitaria ya estaba preparada: anuncios en redes sociales, publicidad digital, carteles repartidos por diferentes zonas de la ciudad y una promoción especial para la noche de apertura.
Las mujeres que se registraran previamente podrían comprar bebidas a mitad de precio durante determinadas horas.
No necesitaba inventar un evento.
El evento ya existía.
Solo necesitaba asegurarme de que la información llegara a la persona adecuada.
Y esa persona no era Emma.
Era Sophia Johnson.
Conocía lo suficiente a ambas para saber que enviarle publicidad de una discoteca directamente a Emma tenía demasiadas posibilidades de terminar ignorada entre otros correos.
Sophia era diferente.
Ella podía conseguir en cinco minutos lo que ningún anuncio lograría por sí solo.
Convencer a Emma.
Por eso me aseguré de que su correo estuviera entre los destinatarios de la campaña. No sería la única. Miles de mujeres estaban recibiendo exactamente la misma promoción y los anuncios circulaban por toda la ciudad.
Una pequeña alteración dentro de algo que ya iba a ocurrir.
Nada más.
Al menos, eso era lo que resultaba conveniente llamarlo.
Emma
—Emma, este viernes sales conmigo.
Aparté el teléfono unos centímetros de la oreja mientras salía del edificio.
—Hola, Sophia. Yo también me alegro de escucharte.
—No empieces. Primero escucha y después buscas una excusa.
—¿Qué hiciste?
—¿Por qué siempre supones que hice algo?
—Porque te conozco.
Sophia ignoró la acusación.
—Me llegó una promoción de un club que reabre este viernes. Cerraron durante semanas porque lo remodelaron entero y están haciendo una fiesta de reapertura. El anuncio está por todas partes. Hasta me llegó al correo electrónico e incluso ya me salió como tres veces en Instagram.
Caminé entre la gente que abandonaba las oficinas a aquella hora.
—Todavía no escucho la parte en la que eso tiene algo que ver conmigo.
—Las bebidas para mujeres están a mitad de precio.
—Ah. Ahora comprendo la emergencia nacional.
—Exactamente. Sabía que entrarías en razón.
Reí.
—¿Quién va?
—Melissa, Claire, Harper y varias del hospital. Algunas ya se registraron. Tenemos que hacerlo antes del viernes para que aplique el descuento.
—Mañana trabajo.
—Yo también trabajo, Emma. Soy enfermera, ¿recuerdas?
—A veces.
—Pues esta enfermera piensa terminar su turno, arreglarse y salir. Y tú vas a hacer exactamente lo mismo.
Caminé unos pasos en silencio.
Hacía tiempo que Sophia y yo no coincidíamos para una noche así. Nuestros horarios rara vez ayudaban y, desde que había empezado en Moretti Group, había estado especialmente concentrada en adaptarme al nuevo trabajo.
Pero tampoco necesitaba demasiada insistencia.
No era tan fiestera como Sophia, aunque eso no significaba que no disfrutara salir, bailar o tomarme unos tragos de vez en cuando.
—Está bien.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Acabas de decir que sí?
—No hagas que cambie de opinión.
—Ni siquiera tuve que rogarte. Estoy emocionada.
—Qué poco concepto tienes de mí.
—Bueno. Entonces mañana después del trabajo vamos de compras.
Fruncí el ceño.
—Eso no formaba parte del acuerdo.
—Necesito ropa.
—Tú siempre necesitas ropa.
—Y tú necesitas acompañarme.
—Tengo ropa para el viernes.
—Yo no he dicho que no tengas.
Sonreí mientras esperaba para cruzar la calle.
—¿Entonces?
—Que quiero comprarme algo y necesito una segunda opinión. Y ya que estaremos ahí, puedes mirar.
Eso sí sonaba más razonable.
—¿Dónde?
—SoHo. Te mando la dirección.
—Está bien.
—Te amo.
—Hace un minuto solo querías utilizarme de asesora de compras.
—Una cosa no excluye la otra.
Sophia colgó.
Guardé el teléfono y continué caminando.
El jueves por la tarde, Sophia ya me esperaba frente a la tienda cuando llegué.
—Tres minutos tarde.
Miré la hora en mi teléfono.
—Ni siquiera voy a discutir contigo.
—Excelente. Así conservamos energía para lo importante.
Entramos.
Sophia tardó menos de diez minutos en encontrar una falda corta cubierta de pequeños cristales que atrapaban la luz con cada movimiento. Después eligió un top negro que dejaba parte del abdomen al descubierto.
—Este —declaró al salir del probador.
La observé.
—Sí.
Sophia frunció el ceño.
—¿Solo sí?
—¿Qué quieres? Te queda increíble.
—Eso está mejor.
Mientras Sophia regresaba al probador, seguí mirando.
Me gustaba la ropa. Siempre me había gustado. No necesitaba una fiesta para disfrutar arreglarme ni consideraba que vestirse de forma atrevida estuviera reservado para cierto tipo de mujer.
Simplemente elegía según la ocasión.
Y el viernes no iba a la oficina.
Mis dedos se detuvieron en un vestido azul.
Lo saqué del perchero.
Era corto, ajustado y limpio de adornos innecesarios. Lo que realmente me gustó fue la espalda: un corte amplio la dejaba prácticamente descubierta.
—Ese.
Giré la cabeza.
Sophia estaba observándome desde la entrada del probador.
—Ya lo había escogido antes de que dijeras nada.
—Me siento muy orgullosa.
—No sé de qué. El vestido lo encontré yo.
Entré al probador.
Al salir unos minutos después, me coloqué frente al espejo.
No necesité que Sophia opinara.
Me gustaba.
El azul resaltaba el verde de mis ojos y contrastaba con mi cabello castaño. La tela se ajustaba a mi cintura y seguía mis curvas sin disimularlas. Cuando me giré, la espalda descubierta transformó por completo un vestido que de frente parecía mucho más sencillo.
Me recogí el cabello con una mano para verlo mejor.
—Definitivamente este.
Sophia apareció a mi lado.
—No pienso discutir.
—Milagro.
—Estoy ocupada imaginando las consecuencias de ese vestido.
Solté el cabello.
—No exageres.
—No estoy exagerando nada.
Volví a observarme.
Sabía que me quedaba bien.
Muy bien.
Y me gustaba sentirme así.
—Necesito zapatos.
—Vi unos al entrar.
—¿Plateados?
Sophia me miró con aprobación.
—Te conozco demasiado.
Los tacones eran de tiras finas y lo bastante sencillos para combinar con el vestido sin competir con él.
Me los probé.
—Me los llevo.
—Mírate —dijo Sophia—. Y yo que venía preparada para pasar dos horas convenciéndote.
Me volví hacia ella.
—¿Por qué tendrías que convencerme?
—No sé. Me había preparado mentalmente para ejercer presión.
—Busca otro problema. Este ya está resuelto.
Sophia rio.
Poco después salimos de la tienda cargando nuestras bolsas.
—Ahora falta registrarnos —dijo Sophia.
—Mándame el enlace.
—Te lo mandé ayer.
Saqué el teléfono.
—Entonces probablemente está enterrado entre tus otros veinte mensajes.
—Eso es porque intento mantener nuestra relación viva.
—Tú me mandas videos a las dos de la mañana.
—Exactamente. Es amor.
Encontré el enlace mientras caminábamos.
—Aquí está.
Abrí la página.
Nombre. Correo electrónico. Fecha de nacimiento. Unos cuantos datos más.
Nada complicado.
—¿Tú ya lo hiciste?
—Esta mañana.
Comencé a completar el formulario.
—Listo.
—¿Ya?
—Sí.
—Mañana no acepto cancelaciones.
Guardé el teléfono.
—Voy a ir, Sophia.
—Quiero tener testigos.
—Buenas noches.
—Todavía tenemos que cenar.
Reí.
—Entonces deja de amenazarme y vamos.
Maximilian
A las siete y doce de esa misma tarde, mi teléfono sonó.
Adrian.
Contesté.
—Dime.
—Tu campaña está funcionando demasiado bien.
—No es mi campaña.
—Por supuesto. Y tu repentino interés por mi reapertura es estrictamente profesional.
No respondí.
Adrian soltó una risa al otro lado.
—Me pediste que te avisara si aparecía ese nombre.
Dejé el documento que tenía delante.
—¿Apareció?
—Emma Carter. Se registró hace unos minutos.
Guardé silencio.
—¿Estás seguro?
—Tengo el registro delante. Emma Carter.
Me recosté en la silla.
Había funcionado.
Sophia había recibido la publicidad.
Sophia había hecho la invitación.
Y Emma había elegido aceptar.
—Gracias, Adrian.
—No me des las gracias. Mejor dime por qué llevo dos días participando en algo que evidentemente no tiene nada que ver con llenar mi club.
—Porque me debías un favor.
—Eso explica por qué acepté. No explica qué estás haciendo.
—No necesitas saberlo.
—Ahora necesito saberlo más.
—Ese es tu problema.
Escuché su risa antes de terminar la llamada.
Dejé el teléfono sobre el escritorio.
Jueves.
Mañana estaría allí.
Abrí uno de los cajones y saqué un pequeño estuche que guardaba junto a otros documentos personales. Lo abrí.
Entre las tarjetas encontré la que buscaba.
Alessandro Vitali.
Pasé el pulgar por las letras impresas.
Era mi nombre.
Siempre lo había sido.
Pero mañana tendría una utilidad completamente distinta.
Volví a guardar la tarjeta.
No necesitaba imaginar cada palabra que iba a decirle. Tampoco quería convertir nuestro encuentro en una conversación ensayada hasta el último detalle.
Había preparado el lugar.
Había conseguido la oportunidad.
El resto tendría que ocurrir frente a ella.
Cerré el cajón.
Por primera vez, el viernes me parecía demasiado lejos.