La obsesión de Moretti CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Emma

La convocatoria apareció en mi correo a primera hora de la mañana.

REUNIÓN GENERAL — ASISTENCIA OBLIGATORIA.

Leí el asunto dos veces antes de abrirlo.

Moretti Group convocaba a todos los empleados a una reunión extraordinaria para anunciar cambios importantes en las políticas internas de la compañía. No especificaba mucho más.

—¿Tú sabes de qué se trata? —pregunté.

Olivia levantó la mirada por encima de la pantalla.

—Ni idea.

—Espero que no vayan a despedirnos —dijo Ryan.

Nathan ni siquiera levantó la cabeza.

—Si van a despedirnos, por favor que sea después del almuerzo. Hoy traje comida.

Solté una risa.

—Qué manera tan positiva de afrontar una crisis.

—Soy un hombre práctico.

Marc apareció desde su oficina con una carpeta en la mano.

—Tranquilos. Nadie va a despedir a nadie.

Ryan se llevó una mano al pecho.

—Gracias. Ya estaba calculando cuánto tiempo podía sobrevivir con mis ahorros.

—Probablemente tres días —dijo Olivia.

—Dos y medio.

Las puertas del ascensor se abrieron poco después y terminamos uniéndonos al grupo de empleados que bajaba hacia uno de los auditorios de la compañía.

No era la primera reunión a la que asistía desde que había llegado a Moretti Group, pero sí la primera vez que entraba en aquel auditorio. Era considerablemente más grande que las salas donde solían reunirnos.

Y aquella mañana entendí por qué.

Había personas de diferentes departamentos, supervisores, gerentes y empleados que jamás había visto.

Encontramos cuatro lugares juntos y me senté entre Olivia y Ryan. Nathan ocupó el asiento del otro lado de Olivia.

Las conversaciones fueron apagándose cuando un hombre de unos cincuenta años subió al escenario.

Lo reconocí.

Richard Coleman.

Vicepresidente ejecutivo de Moretti Group.

Ya lo había visto en otras reuniones. De hecho, mientras lo observaba acomodarse frente al micrófono, pensé que era curioso que prácticamente todas las comunicaciones importantes de la empresa parecieran pasar por él.

—Buenos días a todos.

La sala quedó en silencio.

—Intentaré no quitarles demasiado tiempo.

Alguien detrás de nosotros murmuró un «gracias» que provocó varias risas contenidas.

Coleman también pareció escucharlo.

—Veo que tenemos personas ansiosas por regresar a trabajar.

Esta vez las risas se extendieron un poco más.

Entonces comenzó la presentación.

Lo que inicialmente había imaginado como una modificación aburrida de políticas internas terminó resultando mucho más interesante.

La empresa ampliaría la cobertura de algunos seguros médicos, aumentaría los días destinados a asuntos familiares, incorporaría programas de apoyo para empleados que quisieran continuar sus estudios y modificaría algunos planes de retiro.

Pero hubo algo que llamó particularmente mi atención.

Los beneficios no estaban dirigidos únicamente a ejecutivos o empleados de determinadas áreas.

Aplicaban a todos.

Desde el personal encargado de la limpieza hasta los puestos más altos de la compañía.

Miré a mi alrededor. Algunas personas intercambiaban comentarios en voz baja. Otras tomaban fotografías de las diapositivas.

Una mujer sentada varias filas delante de nosotros levantó la mano para preguntar por los nuevos días familiares y su expresión cambió por completo cuando recibió la respuesta.

Empezaba a entender por qué conseguir una oportunidad en Moretti Group era tan codiciado. No era solamente el prestigio de llevar aquel nombre en un currículum. La empresa parecía preocuparse por conservar a las personas que trabajaban para ella.

En mi caso, Moretti Group ya había formado parte de mi vida antes incluso de que cruzara aquellas puertas. La beca que me permitió estudiar en la universidad también contemplaba la posibilidad de realizar mis prácticas dentro de la compañía una vez graduada.

Durante años aquello había sido simplemente una oportunidad que no pensaba desperdiciar.

Ahora empezaba a conocer la empresa desde dentro.

Y me gustaba lo que estaba descubriendo.

Coleman cambió de diapositiva y volví a concentrarme en la presentación.

Unos minutos después, me incliné ligeramente hacia Ryan.

—¿Puedo preguntarte algo?

Él acercó la cabeza.

—Depende. Si es sobre el plan de retiro, dejé de entender hace diez minutos.

Contuve la risa.

—No.

Bajé todavía más la voz.

—¿Por qué el señor Moretti nunca viene a estas reuniones?

Ryan miró hacia el escenario.

—Porque es el señor Moretti.

Esperé.

—Esa explicación no explica absolutamente nada.

Sonrió.

—Pues es prácticamente todo lo que sabemos.

Miré hacia Coleman.

—Entiendo que sea reservado, pero están anunciando cambios importantes para toda la empresa. Pensé que algo así lo haría aparecer para dar la noticia personalmente.

—Pues ya ves.

—Qué extraño.

Ryan se inclinó un poco hacia mí.

—¿Quieres algo todavía más extraño?

Volví a mirarlo.

—Búscalo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Saqué discretamente el teléfono.

—Ryan, estamos en una reunión.

—Vive un poco, Carter.

Lo miré con desaprobación, pero terminé abriendo el navegador.

Escribí el nombre.

Maximilian Moretti.

Aparecieron artículos sobre Moretti Group: negocios, adquisiciones, propiedades, fundaciones, noticias financieras.

Pero mientras bajaba por los resultados, empecé a entender a qué se refería Ryan.

Había fotografías de edificios. Logotipos. Eventos corporativos. Miembros de la familia Moretti de años atrás.

Pero del actual CEO...

Prácticamente nada.

—¿Ves? —susurró Ryan.

—Esto es rarísimo.

—Te lo dije.

—¿Cómo puede dirigir una empresa de este tamaño sin aparecer en ninguna parte?

Ryan se encogió de hombros.

—Dinero.

—El dinero no te vuelve invisible.

—Con suficiente dinero, probablemente sí.

Guardé el teléfono antes de que alguien pudiera llamarme la atención.

—¿Y qué sabes de él?

—Lo mismo que todos. Es el único heredero. No debe tener más de cuarenta años y tomó el control bastante joven.

—¿Menos de cuarenta?

—Eso dicen.

Miré alrededor del enorme auditorio, después hacia el escenario y finalmente hacia el logotipo de Moretti Group proyectado en la pantalla.

—¿Y dirige todo esto?

Ryan asintió.

—La empresa ya era enorme cuando la heredó, pero bajo su dirección se expandió muchísimo. Nuevas filiales, adquisiciones internacionales, inversiones... El hombre podrá ser un fantasma, pero sabe hacer negocios.

Volví a mirar el apellido proyectado detrás de Coleman.

MORETTI.

Por primera vez desde que había comenzado a trabajar allí, sentí verdadera curiosidad por el hombre detrás de aquellas letras.

¿Cómo sería alguien capaz de dirigir un imperio semejante y, al mismo tiempo, mantenerse prácticamente fuera del mundo?

La reunión terminó poco antes del almuerzo. Pasé buena parte de la mañana ocupada y, para cuando pude alejarme del escritorio, necesitaba urgentemente ir al baño.

Entré, escogí uno de los cubículos y cerré la puerta. Estaba a punto de salir cuando escuché entrar a varias mujeres.

Reconocí algunas voces, aunque no sabía sus nombres.

—Yo sigo diciendo que debe ser calvo.

Me quedé quieta.

—¿Quién?

—Moretti.

Tuve que contener una sonrisa.

Otra mujer soltó una carcajada.

—¿Por qué tendría que ser calvo?

—Porque nadie lo ha visto. Si fuera guapo, ya habría una fotografía circulando por toda la empresa.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

Escuché abrirse un grifo.

—Yo creo que es un señor gordito, medio calvo, encerrado en su oficina contando millones.

—No tiene ni cuarenta años.

—Los hombres se quedan calvos jóvenes.

—Pobre señor Moretti. Ni lo conoces y ya le quitaste el pelo.

Me tapé la boca para no reírme.

Otra voz intervino.

—¿Y si es mafioso?

Hubo un segundo de silencio.

—Tú ves demasiadas películas.

—Piénsalo. Italiano. Millonario. Nadie lo ve. No da entrevistas...

—Y seguro tiene cadáveres debajo del edificio.

Las carcajadas llenaron el baño. Yo ya estaba haciendo un esfuerzo considerable por permanecer en silencio.

—Pues yo espero que todas estén equivocadas.

—¿Por qué?

La respuesta llegó acompañada del sonido de un labial cerrándose.

—Porque imagínense que aparezca y sea uno de esos hombres altos, traje negro, espalda ancha, voz de esas que te hacen olvidar tu propio nombre...

—¿Qué clase de fantasía tienes montada?

—Déjame soñar.

—Si aparece así, me ofrezco voluntariamente para ser su aprendiz.

Las otras estallaron en carcajadas.

—Tú te ofreces voluntariamente con cualquier hombre que respire.

—Tengo estándares.

—Sí. Que respire.

Esta vez tuve que morderme el labio.

—Pues prepárense —dijo otra de ellas—, porque escuché que posiblemente aparezca en la reunión anual.

Las risas disminuyeron.

—¿Moretti?

—Eso dijeron.

—¿Cuándo es?

—La reunión es en los próximos meses. Lo que nadie sabe todavía es si él realmente va a aparecer. Dicen que este año podría presentarse personalmente, pero la empresa no ha confirmado nada.

—No me lo creo.

—Yo tampoco hasta que lo vea.

Escuché cómo se abría la puerta. Las voces fueron alejándose hasta desaparecer.

Esperé unos segundos antes de salir del cubículo.

Me lavé las manos y levanté la vista hacia mi reflejo.

No pude evitar sonreír.

Calvo.

Gordo.

Mafioso.

O una especie de fantasía andante con traje negro.

Parecía que cada persona en Moretti Group tenía su propia versión de Maximilian Moretti.

Y, por alguna razón, ahora yo también quería saber cuál era la verdadera.

Maximilian

—¿Mafioso?

Daniel no consiguió terminar la palabra sin reírse.

Le lancé una mirada desde el otro lado del escritorio.

—¿Ya terminaste?

—No.

Se acomodó en la silla.

—Dame un momento.

—Sal de mi oficina.

Eso consiguió que se riera todavía más.

—Vamos, Max. Tienes que admitir que es gracioso.

—No veo qué parte.

—La parte en la que cientos de empleados trabajan para ti y aparentemente nadie sabe si tienes pelo.

Cerré la carpeta que estaba revisando.

—Me alegra saber que el departamento de seguridad utiliza su tiempo en asuntos tan importantes.

—Los rumores corren rápido después de una reunión general. Yo solo escucho.

—Ese es precisamente el problema.

—También dicen que eres gordo.

Lo miré.

—Daniel.

—Y alguien añadió una teoría sobre la mafia. Esa está ganando popularidad.

—Fuera.

Se puso de pie, todavía divertido.

—Hay una parte que sí debería interesarte.

No respondí.

—Ya empezó a circular que podrías aparecer en la reunión anual en los próximos meses.

Mi expresión cambió.

—Todavía no he confirmado mi asistencia públicamente.

—Lo sé.

—Entonces alguien está hablando más de la cuenta.

—O alguien hizo una suposición y los demás decidieron convertirla en noticia. Sabes cómo funciona esto.

Sí.

Lo sabía.

Y normalmente me habría dado exactamente igual.

Daniel metió las manos en los bolsillos.

—Pero vas a estar.

No era una pregunta.

—Sí.

—Entonces dejarán de discutir si eres calvo.

—Una tragedia.

Daniel soltó una risa.

Me levanté y caminé hasta el mueble donde guardaba algunas botellas.

—¿Quieres?

—Son las doce.

—Eso no responde mi pregunta.

—No.

En lugar del whisky, me serví agua.

Daniel me observó durante unos segundos.

—Tienes un problema.

—Tengo muchos. Sé más específico.

—Si apareces en esa reunión, todo el mundo va a saber exactamente cómo luces.

Bebí un sorbo.

—Soy consciente.

—Incluida Emma.

Dejé el vaso sobre el mueble.

Ahí estaba el verdadero problema.

Daniel lo sabía.

Yo también.

—Y si decides no aparecer —continuó—, Coleman puede representarte como siempre.

—No.

Daniel arqueó ligeramente una ceja.

—¿No?

—Voy a asistir.

La decisión estaba tomada. No pensaba modificarla.

—Entonces...

—Tengo hasta la reunión.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—¿Para qué?

—Para conocerla.

Me observó en silencio.

—¿Antes de que ella descubra quién eres?

—Exactamente.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

Lo miré.

—Lejos de Moretti Group.

Daniel esperó algo más.

No se lo di.

Emma acabaría conociendo a Maximilian Moretti.

Era inevitable.

Pero antes conocería a Alessandro Vitali.

No era un nombre falso.

Era mío.

Solo que incompleto.

Daniel entrecerró los ojos.

—Ya tienes algo preparado.

—Sí.

—¿Y debería preguntar qué?

—No.

Soltó una risa seca.

—Eso responde bastante.

—Entonces no necesitabas preguntar.

Daniel negó con la cabeza y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Por cierto.

Lo miré.

—Yo voto porque mantengas el pelo. No destruyas la fantasía de tus empleados.

Tomé el primer bolígrafo que encontré y se lo lancé.

Daniel cerró la puerta justo a tiempo.

Su carcajada quedó al otro lado.

Me quedé solo.

La fecha de la reunión anual seguía marcada en el calendario. Hasta hacía poco no había sido más que otro compromiso en mi agenda.

Ahora marcaba un límite.

Después de ese día, Emma sabría quién era Maximilian Moretti.

Antes de que llegara, conocería a Alessandro Vitali.

Y esa era la única parte del plan que no estaba dispuesto a alterar.