La obsesión de Moretti CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Era atento. Si iba por café, preguntaba si quería uno. Si Marc nos entregaba un proyecto particularmente complicado, se acercaba a preguntarme cómo iba. Y algunas veces simplemente aparecía junto a mi escritorio con cualquier excusa.

Yo empezaba a sospechar que Sophia podía tener un poco de razón.

Solo un poco.

Pero durante los últimos días algo había cambiado.

Nathan casi nunca podía acompañarnos.

—¿Vienes a almorzar? —le pregunté una tarde.

Nathan levantó la vista de la computadora. Tenía varias carpetas abiertas sobre el escritorio y una expresión de absoluto cansancio.

—No puedo.

—¿Otra vez?

Suspiró.

—Otra vez.

Ryan, que estaba poniéndose la chaqueta, se acercó.

—¿Todavía con ese informe?

—Me lo devolvieron.

Olivia frunció el ceño.

—¿Qué? ¿En serio?

Nathan giró la pantalla ligeramente.

—Tercera vez.

Me acerqué.

—¿Qué está mal?

—Esa es la mejor parte. No tengo idea.

Marc salió de su oficina en ese momento.

Nathan levantó una de las hojas.

—Marc, ¿qué quieren exactamente los de arriba con esto?

Marc se detuvo.

—Más detalle.

Nathan lo miró incrédulo.

—Tiene treinta y siete páginas.

Ryan silbó.

—Puedes agregarles dibujos.

Nathan le lanzó una mirada.

—Gracias por tu invaluable aporte.

Contuve una sonrisa.

Marc tomó algunas hojas y las revisó rápidamente.

—No es decisión mía. Lo devolvieron desde arriba. Quieren que profundices en las proyecciones y justifiques mejor algunas conclusiones.

Nathan dejó caer la espalda contra la silla.

—Fantástico.

—Termínalo y mañana lo revisamos juntos —dijo Marc.

Nathan asintió resignado.

—Está bien.

Lo observé unos segundos.

Aquello empezaba a parecer extraño.

Nathan trabajaba bien. Yo misma había visto algunos de sus informes y no entendía por qué últimamente todo lo que hacía parecía regresar con nuevas correcciones.

—Te traeremos algo —le dije.

Nathan levantó la vista hacia mí.

—¿De verdad?

—Claro.

Sonrió.

—Gracias, Emma.

—No te acostumbres.

Su sonrisa se ensanchó.

—Demasiado tarde.

Olivia me lanzó una mirada que decidí ignorar.

Maximilian

—Está en casa.

No respondí de inmediato.

Daniel permanecía de pie frente a mi escritorio.

—¿Sola?

—Con Sophia Johnson.

Asentí.

La misma respuesta de otros fines de semana.

—¿Algo más?

—Compraron comida esta mañana. Sophia llegó cerca de las diez. No han vuelto a salir.

—Bien.

Daniel permaneció allí.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Nada.

—Cuando dices “nada” normalmente significa que tienes algo que decir.

—Solo estaba pensando que podría ahorrarme bastante trabajo si simplemente la llamaras.

Lo miré.

Daniel levantó ambas manos.

—Ya me voy.

—Eso pensé.

Salió de la oficina antes de que pudiera responderle algo más.

Sophia Johnson.

Sabía perfectamente quién era. Su nombre había aparecido por primera vez relacionado con Emma durante la universidad.

Estudiante de Enfermería. Buenas calificaciones. Familia de clase media.

Nada que representara una preocupación.

Cuando Emma decidió abandonar la residencia universitaria para mudarse con ella, incluso sentí cierto alivio. Aquel lugar llevaba meses sacándome de quicio.

Fiestas. Alcohol. Estudiantes entrando y saliendo a cualquier hora.

Más de una vez estuve a punto de intervenir.

No hizo falta.

Emma terminó resolviendo el problema por su cuenta.

Sin embargo, cuando supe que ambas buscaban apartamento, decidí facilitarles una alternativa.

Uno de los grupos inmobiliarios vinculados a Moretti Group administraba un programa de vivienda dirigido a estudiantes y trabajadores del sector sanitario.

Conseguir que un apartamento en Manhattan apareciera disponible en el momento adecuado no había sido particularmente difícil.

Conseguir que Sophia Johnson aceptara fue otra historia.

Daniel todavía se burlaba de aquello.

Sophia revisó cada cláusula. Cada condición. Cada posible aumento del alquiler.

La trabajadora del programa intentó explicarle más de una vez que cumplían con todos los requisitos y que no había ninguna condición oculta.

No sirvió de nada.

—Es demasiado bueno para ser verdad.

Eso fue suficiente para Sophia.

Convenció a Emma de seguir buscando y, pocos días después, ambas encontraron un apartamento en Brooklyn.

Directa. Desconfiada. Difícil de convencer.

Así era Sophia.

En aquel momento había conseguido arruinarme los planes. Con los años terminé agradeciendo que Emma tuviera a alguien así a su lado.

El edificio era decente. El vecindario, tranquilo. La seguridad, aceptable.

No era lo que yo habría elegido para Emma.

Pero no todo podía salir como yo quería.

Por el momento.

Dejé los documentos que tenía delante y me levanté. La oficina estaba en silencio.

Durante unos segundos pensé en Emma dentro de su apartamento, probablemente escuchando alguna de las ocurrencias de Sophia.

Después la imaginé en el mío.

Descalza por mi cocina. Su bolso abandonado sobre uno de mis sillones. Su perfume instalándose en habitaciones que siempre habían olido únicamente a mí. Su risa rompiendo el silencio al que llevaba tantos años acostumbrado.

Y otras imágenes bastante menos inocentes.

Aflojé el nudo de la corbata.

Emma siempre estaba en mi cabeza.

Eso no era nuevo.

Lo que empezaba a cambiar eran los lugares en los que ahora podía imaginarla. Y mi apartamento era apenas uno de ellos.

Miré la hora.

Era suficiente por ese día.

Tomé el teléfono y envié un mensaje a mi chófer antes de recoger la chaqueta.

Mi oficina ocupaba gran parte del nivel ejecutivo y tenía acceso directo a un ascensor privado.

Lo había exigido años atrás por una razón sencilla: detestaba perder tiempo en conversaciones innecesarias y nunca había tenido interés en convertirme en una figura reconocible dentro de mi propia empresa.

Aquella noche agradecí especialmente la privacidad.

Las puertas del ascensor se cerraron detrás de mí y comencé a descender. Cuando llegué al estacionamiento, el automóvil ya me esperaba.

Subí a la parte trasera y dejé la chaqueta a mi lado.

—Buenas noches, señor Moretti.

—Buenas noches.

El vehículo comenzó a avanzar.

Manhattan había cambiado de aspecto mientras yo permanecía encerrado en la oficina. Los edificios estaban iluminados y las calles continuaban llenas a pesar de la hora.

Miré la ciudad a través de la ventanilla.

Había dedicado demasiado tiempo a preparar lo que vendría después.

Personas. Lugares. Horarios.

Detalles que, por separado, no significaban absolutamente nada.

Juntos tenían que funcionar.

No acostumbraba dejar las cosas importantes en manos de la suerte.

Y Emma era demasiado importante.

Todo estaba preparado.

Ahora solo necesitaba que cada pieza permaneciera exactamente donde la había colocado.