La obsesión de Moretti CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Emma

Había pasado exactamente un mes desde que crucé por primera vez las puertas de Moretti Group.

Un mes.

Sonaba a poco, pero había sido suficiente para que muchas cosas empezaran a sentirse diferentes.

Las primeras semanas estuvieron llenas de retos, aunque nunca me habían molestado. Al contrario. Siempre me gustó esa sensación de enfrentarme a algo que todavía no dominaba y descubrir, en el proceso, una faceta de mí que ni siquiera sabía que existía.

Había cosas que en la universidad solo conocía sobre el papel y que ahora formaban parte de mi día a día.

Ya no me sentaba frente a la computadora preguntándome si estaría haciendo todo mal.

Seguía teniendo dudas, por supuesto, y todavía me quedaba muchísimo por aprender, pero empezaba a sentirme cómoda.

A encontrar mi lugar.

Y me gustaba.

Pero aquel sábado no quería saber nada de informes, reuniones ni computadoras. Había decidido que era día de limpieza.

Mi apartamento en Brooklyn no era particularmente grande. Tenía una habitación, una sala que compartía espacio con el comedor, una cocina pequeña y un baño que apenas permitía moverse con comodidad.

Pero era mío.

Bueno, mío y de la inmobiliaria cada vez que llegaba la renta.

Había intentado convertirlo en un espacio acogedor: algunas plantas cerca de las ventanas, cojines sobre el sofá, fotografías en pequeños marcos y una manta que siempre terminaba arrugada en alguna esquina porque tenía la mala costumbre de quedarme dormida viendo televisión.

—Emma, ¿esto está vivo?

Levanté la cabeza.

Sophia sostenía una de mis plantas entre dos dedos y la miraba con una expresión de absoluta preocupación.

—Claro que está viva.

—Esto está a dos días de necesitar un sacerdote.

—Dámela.

Se la quité de las manos.

Sophia soltó una carcajada.

—Te estoy diciendo la verdad.

—Por eso nadie te pregunta.

—Y aun así siempre termino diciéndola.

Eso era Sophia Johnson. No sabía endulzar las cosas. Ni siquiera lo intentaba.

Nos conocimos cuando yo acababa de entrar a la universidad. Ella ya cursaba el tercer semestre de Enfermería y, por alguna razón que todavía no sabría explicar, conectamos desde el principio.

Sophia era rubia, pero estaba muy lejos del estereotipo de rubia despistada que tanto le molestaba. Era inteligente, rápida para responder y poseía una seguridad que a mí, especialmente en aquellos años, me parecía fascinante.

Yo era mucho más reservada. Sophia podía entrar a una habitación sin conocer absolutamente a nadie y, veinte minutos después, estar conversando como si llevara años allí.

Yo necesitaba tiempo.

Pero cuando entraba en confianza...

Bueno.

Sophia aseguraba que entonces era imposible hacerme callar.

Al principio yo vivía en una residencia universitaria. No estaba mal.

El problema eran los estudiantes.

Fiestas un martes. Música a las dos de la madrugada. Personas corriendo por los pasillos.

Una vez alguien decidió que jugar fútbol dentro del edificio era una excelente idea.

No lo era.

Con el tiempo, Sophia y yo empezamos a desayunar juntas, después a almorzar y, cuando nuestros horarios coincidían, también cenábamos. Hasta que una tarde me quejé por enésima vez de la residencia.

—No aguanto más —le dije—. Anoche hicieron una fiesta hasta las tres de la mañana y tenía examen a las ocho.

Sophia me miró durante unos segundos.

—Pues múdate conmigo.

Pensé que estaba bromeando.

No lo estaba.

Su compañera de piso se marcharía al terminar el semestre, y Sophia necesitaba mudarse a otro apartamento y buscaba otra compañera para compartir los gastos.

Para mí fue perfecto.

La beca que había conseguido cubría mis estudios y me proporcionaba una ayuda económica bastante generosa, así que compartir los gastos con Sophia significaba incluso poder ahorrar una parte.

Acepté.

Y desde entonces...

Nunca conseguimos separarnos del todo.

Los años habían cambiado muchas cosas. Terminamos la universidad. Sophia se convirtió en enfermera. Yo empecé mis prácticas en Moretti Group. Y finalmente dejamos aquel primer apartamento para vivir cada una por su cuenta.

Pero había cosas que seguían exactamente igual.

Como ella apareciendo un sábado en mi casa para ayudarme a limpiar y terminando sentada en mi sofá mientras yo hacía prácticamente todo.

—¿No se suponía que estabas ayudándome? —pregunté.

Sophia levantó la mirada del teléfono.

—Te estoy dando apoyo emocional.

—Levántate.

—Qué carácter.

—Sophia.

—Ya voy.

Terminamos de organizar cerca del mediodía y decidí preparar algo para almorzar. Los turnos del hospital hacían que hubiera semanas en las que apenas podíamos vernos, así que cuando ambas teníamos un día libre intentábamos aprovecharlo.

Me senté frente a ella con mi plato. Sophia comió tranquilamente durante unos minutos.

Demasiado tranquilamente.

La conocía.

Cuando permanecía callada durante tanto tiempo era porque estaba preparando alguna pregunta que probablemente no quería escuchar.

—¿Qué? —pregunté finalmente.

Levantó las cejas.

—¿Qué de qué?

—Tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que vas a meterte donde nadie te ha llamado.

Sonrió.

—Bueno, ya que me das permiso...

—No te di permiso.

Ignoró mi comentario.

—¿Y todavía no te gusta nadie en esa empresa?

La miré con expresión incrédula.

—¿En serio?

—Completamente.

Me llevé otro bocado a la boca.

—Llevo semanas revisando números, Sophia. No hombres.

Ella dejó caer el tenedor sobre el plato.

—Ay, Emma, qué pereza.

No pude evitar reír.

—¿Qué quieres que haga?

—No sé. Darle un poquito de emoción a tu vida. A tu cuerpo. A algo.

—Mi vida tiene suficiente emoción.

—Trabajar doce horas no cuenta.

—No trabajo doce horas.

—Era dramatismo. Sígueme la corriente.

—Tú nunca cambias.

—Y gracias a Dios.

Sophia volvió a comer antes de señalarme con el tenedor.

—Además, estás a punto de ganarme en la competencia de castidad y eso sí me preocupa.

Casi me atraganté.

—¡Sophia!

—¿Qué?

—Estamos comiendo.

—Precisamente por eso te estoy informando que ya solucioné mi problema.

La miré con los ojos entrecerrados.

Conocía perfectamente esa sonrisa.

—No quiero saber.

—Entró un médico nuevo al hospital.

—Te dije que no quiero saber.

—Emma...

—Sophia.

—Está espectacular.

Solté una carcajada.

—Eres imposible.

—Y me lo tiré.

—Por supuesto que sí.

—¿Qué querías? Estaba peligrosamente cerca de alcanzarte en meses de abstinencia. Había que tomar medidas.

Sophia me observó durante unos segundos.

—Hablando en serio, ¿no hay nadie?

—No.

—¿Tu jefe?

—Marc.

—¿Está bueno?

—¡Sophia!

—Es una pregunta objetiva.

Suspiré.

—No es feo. Es atractivo, supongo. Pero jamás lo he mirado de esa manera y él tampoco me ha dado ningún motivo para pensar que me vea diferente.

—Descartado entonces. ¿Quién más?

—Trabajo con Olivia, Ryan y Nathan.

—Olivia no nos sirve para esta investigación. Ryan y Nathan.

—No estamos investigando nada.

—Habla.

Rodé los ojos.

—Ryan es muy divertido. Siempre está haciendo algún comentario y tiene la capacidad de conseguir que todos terminemos riéndonos incluso cuando estamos llenos de trabajo.

—Ryan no te gusta.

La miré sorprendida.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevas diez segundos hablando de él y no has dicho cómo es físicamente.

Abrí la boca.

La cerré.

Sophia sonrió satisfecha.

—Siguiente.

—Nathan...

Me detuve.

—Ajá.

—No hagas esa cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

Estaba haciendo exactamente esa cara.

—Nathan es agradable. Es muy atento conmigo.

—¿Atento cómo?

—Normal. Me pregunta si necesito ayuda. Algunas veces se acerca a mi escritorio. Hablamos...

—Emma.

—¿Qué?

—¿Cómo es?

Suspiré.

—Rubio. Ojos cafés. Debe estar cerca de los treinta.

Sophia esperaba más.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Es guapo?

—Sí, Sophia. Es guapo.

—Gracias. Nos tomó solamente cuatro horas llegar a esa conclusión.

Me reí.

—También he notado que a veces se me queda mirando.

Sophia dejó lentamente el tenedor.

—¿A veces?

—Sí.

—Ese hombre no quiere ser tu amigo.

—No sabes eso.

—Emma, por favor. ¿Tú te has mirado?

—Ay, Sophia, no empieces.

—¿Qué no empiece? Eres preciosa. Tienes esa cara de niña buena, ese cuerpo curvilíneo y unas tetas que...

—¡Sophia!

Su carcajada llenó el apartamento.

—¡Es verdad!

—¿Puedes comportarte como una persona normal cinco minutos?

—Puedo intentarlo, pero no prometo nada.

Volví a comer intentando ignorarla.

—Entonces —continuó—, en conclusión, Nathan está como quiere.

—Yo no dije eso.

—Rubio, ojos cafés, treinta años, guapo y pendiente de ti. Yo hice el análisis.

—Pues analizaste mal.

—Claro.

—Sophia.

—Emma, si te gusta, sal con él.

Esta vez negué seriamente.

—No he dicho que me guste.

—¿Y si te invita?

Me encogí de hombros.

—No sé. Apenas lo estoy conociendo.

Sophia me observó en silencio. Después sonrió.

—Aprovecha. Ese cuerpo necesita mantenimiento antes de que se oxide.

Le lancé la servilleta.

—¡Eres una idiota!

La atrapó entre risas.

—Espera...

Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Verdad que todavía eres virgen.

Me levanté inmediatamente de la mesa con los platos.

—Se acabó esta conversación.

Sophia estalló en carcajadas.

—¡Emma!

—Levántate y ayúdame con la cocina.

—¡No puedes huir eternamente de este tema!

—Mírame hacerlo.

La escuché reír detrás de mí mientras abría el grifo.

Y aunque jamás se lo habría confesado en aquel momento, agradecía tenerla.

Sophia era escandalosa. Imprudente. No tenía filtro. Y probablemente conocía demasiadas cosas sobre mí.

Pero también había estado presente durante algunos de los años más importantes de mi vida. En algún punto había dejado de ser simplemente mi amiga.

Era mi familia.

Las semanas en Moretti Group también habían creado sus propias rutinas. Olivia, Ryan, Nathan y yo habíamos empezado a conocernos fuera de los límites de nuestros escritorios.

Cuando el trabajo lo permitía, almorzábamos juntos. Algún viernes habíamos salido a comer después de terminar la jornada.

Nathan, especialmente, había empezado a acercarse más.

Nunca de una manera que me hiciera sentir incómoda.

Todo lo contrario.