CAPÍTULO 2
Habían pasado varias semanas desde mi primer día en Moretti Group y algo había cambiado.
Ya no entraba al edificio preguntándome si estaría a la altura. Empezaba a sentir que aquel lugar también podía pertenecerme.
Me gustaba mi trabajo.
Mucho.
No había casos preparados para una clase ni respuestas esperando al final de un libro. Las empresas eran reales. Los problemas también.
Un número fuera de lugar podía esconder una mala decisión. Una caída en los ingresos podía significar mucho más de lo que mostraba una hoja de cálculo. Poco a poco, había empezado a entender que analizar una empresa no consistía únicamente en saber leer sus cifras.
Había que aprender a hacerles las preguntas correctas.
Y eso me fascinaba.
Aquella mañana llegué unos minutos antes de mi horario, como había terminado siendo habitual. Saludé al personal de recepción, tomé el ascensor y subí al piso ocho con un café entre las manos.
Varias semanas atrás había recorrido aquellos pasillos intentando no parecer intimidada. Ahora sabía dónde estaba todo. También sabía quién llegaba tarde, quién necesitaba café antes de aceptar cualquier conversación y qué impresora se atascaba justo cuando alguien tenía prisa.
—Buenos días, Emma.
Olivia ya estaba frente a su computadora.
—Buenos días.
—¿Lista para salvar otra empresa antes del almuerzo?
Dejé el café junto a mi escritorio.
—Hoy pensaba empezar por algo más sencillo. Tal vez evitar una crisis internacional.
Ryan apareció con una carpeta bajo el brazo.
—Ya habla como una de nosotros.
—Eso me preocupa —respondí.
—Debería —intervino Nathan desde su escritorio.
Olivia señaló a Ryan.
—Al menos ya no pregunta dónde están los informes consolidados.
—Una vez —protestó él.
—Durante casi un mes.
—Eso es mentira.
—Tres semanas —corrigió Nathan.
Ryan lo señaló con la carpeta.
—Tú no tienes derecho a participar en esta conversación.
—¿Por qué?
—Porque casi consigues que Marc te devolviera un informe entero el segundo día.
Nathan apoyó una mano sobre el pecho.
—Era nuevo.
—Todos éramos nuevos —dijo Olivia.
Los escuché discutir mientras organizaba mis cosas. Aquellas conversaciones se habían vuelto parte de mis mañanas sin que me diera cuenta.
—Buenos días.
La voz de Marc puso fin al debate.
—Buenos días —respondimos casi al mismo tiempo.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y se dirigió directamente hacia mi escritorio.
—Emma.
—¿Sí?
Dejó la carpeta frente a mí. Reconocí el informe que había entregado el día anterior.
—Leí tu análisis.
Esperé su valoración.
Marc abrió la carpeta y buscó una de las páginas.
—Aquí.
Señaló una cifra.
—Fuiste la única que relacionó esta caída con el aumento de los costos operativos del trimestre anterior.
Miré el dato que había marcado.
—Los ingresos no habían cambiado lo suficiente para explicar el margen. Pensé que el problema tenía que estar en otra parte.
Marc pasó a la página siguiente.
—Y no te quedaste ahí. Buscaste la causa y propusiste dos alternativas.
Asentí.
—No sabía cuál de las dos sería viable sin tener más información.
—Precisamente.
Levanté la vista.
—¿Precisamente?
—No inventaste una respuesta para llenar el informe. Señalaste qué información faltaba antes de llegar a una conclusión.
Cerró la carpeta.
—Eso es lo que quiero que sigas haciendo. No te limites a mirar números, Emma. Entiende qué está ocurriendo detrás de ellos.
Esta vez no pude ocultar la satisfacción.
—Lo haré.
El resto de la mañana transcurrió al ritmo habitual de la oficina. Los teclados sonaban sin descanso, los teléfonos interrumpían de vez en cuando y alguien cruzaba el pasillo con una carpeta entre las manos antes de desaparecer en otra oficina.
Yo seguía concentrada en los estados financieros de una nueva filial. Había algo en aquellos números que no terminaba de convencerme.
Regresé a una de las páginas anteriores y comparé las cifras.
El problema estaba allí.
Solo tenía que encontrarlo.
A unos metros del escritorio de Emma, Olivia se levantó y se dirigió a la pequeña estación de café que había al final del pasillo. Tomó una taza del mueble y acababa de servirse cuando Ryan apareció a su lado.
—Creo que este es mi primer descanso en toda la mañana.
—¿Ya estás sufriendo?
—Estoy reconsiderando algunas decisiones profesionales.
Olivia removió el azúcar de su café.
—A mí me gustan los días así.
Ryan la miró como si acabara de decir algo absurdo.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. Cuando hay mucho trabajo, el día pasa más rápido.
—Eso sí te lo concedo. Miras el reloj y de repente son las cinco.
—Exactamente.
—Por favor, díganme que queda café.
Nathan acababa de llegar.
Olivia levantó la jarra.
—Llegaste justo a tiempo.
—Sabía que todavía quedaban buenas personas en este departamento.
—No exageres —dijo Ryan—. Solo te está dando café.
Nathan llenó su taza.
—En este momento es suficiente para ganarse mi gratitud eterna.
—Si sigues tomando tanto, algún día vas a descubrir lo que significa dormir —comentó Olivia.
—Dormir está sobrevalorado.
Ryan negó con la cabeza.
—Eso explica muchas cosas.
Nathan iba a responder cuando Olivia desvió la mirada hacia el área de trabajo. Emma continuaba frente a la computadora, ajena a la conversación.
Olivia volvió a Nathan.
—Por cierto, he notado algo.
Él bebió un poco de café.
—Esa frase nunca trae nada bueno.
—Últimamente miras mucho hacia aquel escritorio.
Nathan siguió la dirección de sus ojos y enseguida comprendió.
—Olivia...
Ryan miró primero a uno y después al otro.
—Espera. ¿Estamos hablando de Emma?
Nathan guardó silencio.
Ryan abrió los ojos.
—Estamos hablando de Emma.
—Baja la voz —murmuró Nathan.
—Lo sabía.
—No sabías nada.
—Ahora sí.
Olivia apoyó una mano en la encimera.
—Entonces, ¿te gusta?
Nathan miró nuevamente hacia el escritorio de Emma antes de responder.
—Me interesa.
Ryan dejó escapar una risa.
—Qué manera tan elegante de evitar la pregunta.
—Apenas la conozco.
—Pero te parece bonita —insistió Olivia.
Nathan la miró.
—Eso no estaba en discusión.
Ryan soltó una breve carcajada.
—Ahora estamos avanzando.
Nathan negó con la cabeza.
—No es solo eso.
—¿Entonces?
Se tomó un momento antes de contestar.
—Me gusta cómo es. No intenta impresionar a nadie. Hace su trabajo, pregunta cuando no sabe algo y sigue con lo suyo.
Olivia asintió.
—Es fácil llevarse bien con ella.
—Exacto.
Ryan cruzó los brazos.
—Entonces invítala a salir.
—No.
La respuesta salió tan rápido que ambos lo miraron.
—¿No? —preguntó Olivia.
—Acaba de llegar. No voy a convertirme en el compañero que se lanza sobre la nueva a las pocas semanas.
—Eso ha sido sorprendentemente sensato —dijo Ryan.
—Gracias por la confianza.
—Solo digo que no me lo esperaba.
Nathan bebió otro poco de café.
—Prefiero conocerla. Si en algún momento veo que también hay interés por su parte, entonces será diferente.
Olivia asintió.
—Eso me gusta más.
Ryan levantó la taza.
—Yo solo espero estar presente el día que finalmente te atrevas.
—Puedes esperar sentado.
—Por suerte tengo escritorio.
Olivia negó con la cabeza y regresó al área de trabajo. Ryan fue detrás de ella.
Nathan permaneció unos instantes más junto a la estación de café. Antes de regresar a su lugar, su atención volvió una vez más hacia Emma. Seguía inclinada sobre los estados financieros, comparando dos páginas como si el resto de la oficina hubiera desaparecido.
Nathan apartó la vista y regresó a su escritorio.
Maximilian
Apoyé los codos sobre el escritorio sin apartar la vista del monitor. Las cámaras del piso ocho llevaban semanas convirtiéndose en una rutina que jamás pensé adoptar.
Conocía cada rincón de aquel departamento. Cada escritorio. Cada pasillo. Y, sin proponérmelo, también había comenzado a conocer a las personas que trabajaban junto a Emma.
Nathan.
No era la primera vez que lo veía mirarla. Lo había hecho el lunes. También el martes. Y acababa de volver a hacerlo.
Mis dedos comenzaron a golpear lentamente la superficie del escritorio.
Una.
Dos.
Tres veces.
No aparté la vista de la pantalla. Observé cómo Nathan regresaba a su puesto y, antes de sentarse, volvía a buscarla con la mirada.
Emma seguía ajena a todo, completamente concentrada en lo suyo. No sabía que uno de sus compañeros empezaba a fijarse en ella.
Y él, por supuesto, no tenía la menor idea de que acababa de convertirse en alguien digno de mi atención.
La molestia que sentí fue inmediata.
Absurda, incluso.
Emma me pertenecía.
Podía sonar irracional. Lo era.
Ella ni siquiera sabía quién era yo, pero eso no cambiaba lo que sentía. Y cuando consideraba algo mío, no permitía que nadie intentara arrebatármelo.
La sola idea de imaginar a otro hombre a su lado despertaba en mí algo que prefería no poner a prueba.
No había motivo para intervenir. Nathan no había hecho nada.
Todavía.
Ni siquiera había cruzado una palabra con ella fuera del trabajo. Pero había aprendido hacía muchos años que los problemas no debían resolverse cuando ya eran demasiado grandes.
Había que observarlos desde el principio. Conocer cada movimiento. Esperar.
Y actuar únicamente si llegaba el momento.
Volví a mirar la pantalla. Nathan había bajado la cabeza y trabajaba con total normalidad.
Por ahora, seguiría observando.
Porque si algún día alguien intentaba interponerse entre Emma y yo...
No importaría quién fuera.
Ni cuánto tuviera que hacer para apartarlo.
Sería yo quien decidiera cuándo dejaría de existir en mi camino.