La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Epílogo
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Epílogo

Una semana después.

—Los pétalos. La cura está en los pétalos. No en cualquier rosa. Debe ser en rosas naturales que no hayan crecido en un laboratorio y tampoco modificadas. Que hayan crecido sin problema y con pocos rayos de sol y agua. Una rosa perfecta.

Mi padre hablaba sin parar. Tenía los minutos comprados gracias a Bear.

Supo que mi padre era culpable, pero también una víctima.

Todavía no era negociable su vida, pero mientras él supiera como curarme lo dejaría vivir.

Él y Ripley estaban haciendo todo lo posible para trabajar en una vacuna o algo que contrarreste los efectos secundarios que la droga ha hecho en mí.

— La energía de la rosa protege el sistema inmunológico, limpia la sangre de toxinas, favorece el sistema endocrino al potenciar el equilibrio de las hormonas segregadas por las glándulas maestras de todo el cuerpo.

Mi esposo tiene muchas de esas en nuestro jardín.

Las cuidaba junto a su madre. Creía que no me daría cuenta. A veces él mismo podaba los rosales, no dejaba que nadie más lo hiciera y seguía los consejos de su madre. Ella todavía recordaba las rosas y cómo cuidarlas. Era algo que los unía.

Bear me bañaba en agua de rosas. Aplicaba aceite de rosas en mi espalda. Él sin saberlo, me estaba curando.

Las rosas de mi esposo, me estaban curando.

Sentí ganas de llorar. Y él lo supo porque me sonrió enseguida y tomó mi mano.

—Voy a darte todas las malditas rosas que quieras para que la cures y más te vale que lo hagas porque si no, pienso enterrarte y usarte como abono donde las tengo plantadas.

Arrugo la cara en disgusto. Por Dios ni siquiera podía darle un respiro a mi padre de sus amenazas. Y le creía. Podía hacerlo. Estábamos metidos en esto por culpa de él.

Mi nariz no ha sangrado. Mucho menos cuando tengo recuerdos, y no he vuelto a ponerme en modo soldado de nuevo. Cuando veo a los guardias con sus armas, Bear toma mi mano y me tararea una canción.

Un hombre tan grande como él, parece más bien un gruñido.

Uno que me hace sentir cosas que jamás había sentido.

Las armas están lejos de mi punto de visión, les ha pedido a todos que las escondan bien hasta que yo deje de temblar cuando veo una.

No sé si pueda superar lo que me hicieron.

Pero quiero saber por qué. Al menos eso.

—¿Por qué, papá? —no tengo que ser directa. Él lo entiende.

Parece que ha pasado una eternidad cuando por fin habla:

—Cuando no quisiste estudiar medicina me volví loco. —mi padre me saca de mis pensamientos—Ni todo el descubrimiento del mundo podía hacer que fabricara una droga para que obedecieras. Pero quizás sí. Unas personas malas también querían algo similar.

Personas malas es un término suave y nada favorable para Volkov, Orlov y Koslov.

—Una droga que se instala en tu subconsciente e hipotálamo que te hace sumisa, obediente.

Pero las cosas se salieron de control. Funcionó contigo.

Había un piano y tu simplemente lo tocaste.

Pusimos un conejo y lo acariciaste. Pusimos un ratón y no gritaste, querías matarlo por querer lastimar al conejo.

Tu cerebro actuaba de forma mejor. Trabajabas y sacabas lo mejor con lo que tenías delante.

La droga servía para controlar. ¿Qué pasa si pones a miles de soldados frente a la guerra?

Una masacre.

—Nunca quise que eso sucediera. Así que escondí una parte fundamental de la droga en tu sangre y la destruí. El proyecto pétalo es parte de ti. Tu sangre y mis conocimientos son los únicos que pueden volver a crearla.

—Mierda.

Escucho a mi esposo a mi lado.

—Estás matando a tu hija. ¿Dime por qué mierdas no habías curado a Rose?

—No sabía que podía matarla. Hasta ahora.

—No. —siento que se está poniendo fuera de control— Sigues experimentando con ella. Lo sabes. ¿Qué pasa si queremos hijos?

Mis mejillas arden. ¿Hijos? No lo había pensado. No sé qué tanto daño haya hecho la droga en mí.

—No lo sé, pero sus órganos están bien. Lo juro por mi vida.

Nunca quise que esto se saliera de control.

Estaba bajo control. Los inhaladores que le daba tenían el antídoto para que la droga no la matara.

Por eso su cabello es blanco y desarrolló asma, son efectos secundarios de la droga.

Ahora el asma se ha ido, los sangrados han cesado. Eso es algo bueno.

Siento a Bear apretar mi mano. Está asustado.

—Pensé que mi cabello era así por mi madre.

—Asi lo creí, pero naciste con pelo castaño. Y no se hizo platino hasta después de la adolescencia algo muy extraño para tu edad.

—Fue cuando la droga tocó mi sistema.

—Nunca quise hacerte daño. —veo el arrepentimiento en sus ojos—Si llego a curarte yo mismo pondré una bala en mi cabeza. Mi ambición me hizo cometer errores. Y me di cuenta de mi error. Por eso destruí la droga.

Y por eso Volkov había enviado a Bear a vigilarme. Si yo era una mujer normal. Pero mi bestia cometió el error de obsesionarse conmigo.

—Por eso te enviaron—veo a mi esposo. La ira sigue ahí, pero parece derrotado cuando me ve. Soy su debilidad, me lo dijo. Y le creo. Le ha perdonado la vida a mi padre, al menos por ahora, y Bear no hace eso. Un Pakhan no perdona la vida de nadie.

—Sí.

—¿Pero ahora quieres protegerme?

—Sí. Nadie puede hacerte daño. Solo yo. —mi cara se calienta y mi padre carraspea la garganta de incomodidad y me rio—Nunca me entrometo demasiado.

Me pidieron que te vigilaran y te trajera acá.

Que tu padre saldría de su escondite y colaboraría.

Sabía de tu secuestro, pero no sabía a fondo los motivos.

Agrégale que me obsesioné contigo y ahora conozco lo que podría hacer el proyecto pétalo.

Tengo dos misiones ahora por mi cuenta. Mantenerte a salvo y destruir esa maldita mierda de tu sistema para que nadie tenga acceso a ello. En ese maldito orden, Cariño.

…

Huelo a rosas.

Le gusta masajear todo mi cuerpo con aceite de rosas hasta que me quedo dormida o siento su polla deslizarse desde atrás.

—Tienes un problema con las rosas.

—¿No te gusta?

—No es eso. Es que quieres que sea una. Que huela como una.

—¿Y eso supone un problema?

—Soy una mujer, Bear.

—Mi mujer.

Me excito cuando sus dedos se deslizan por el pliegue de mi coño. Lo acaricia y gimo mientras estoy boca abajo en nuestra cama, mientras solo la luz de la luna entra por la ventana. El brillo de sus manos me calienta y lo veo. Sé lo que intenta hacer.

—Quiero que mires. Porque es a ti a quien imagino rodeando mi polla con esos labios que tienes.

Me coloco de rodillas mientras él está de pie al lado de la cama y tomo su polla con ambas manos y me la llevo a la boca. Sin quitarle la mirada comienzo a comerla como si mi vida dependiera de ello.

Lo amo tanto.

Su polla caliente e hinchada me hace burla, lo necesito dentro de mí. Así que me dejo caer de espaldas y me abro las piernas tanto como puedo y me llevo las manos a mi sexo para sentir mi humedad junto al aceite que han dejado sus dedos.

—Te deseo, esposo—ronroneo.

Mi esposo me toma de los tobillos y me arrastra hasta la orilla de la cama donde me levanta y me lleva hasta su polla y me penetra con fuerza. Grito y gimo al mismo tiempo por la sensación. Siento que voy desmayarme del placer y Bear se ríe mientras sale y vuelve a entrar con la misma intensidad.

Así permanece por uno minutos hasta que comienzo a mover mis caderas. Sin soltarme, me agarra del culo y entra y sale ahora como una bestia, haciendo sonidos de sus caderas en mi culo. Mi sexo explota en un orgasmo y arqueo mi espalda cuando me llena con su semilla.

Bear juega con mi cabello húmedo después de la ducha que nos dimos. Me folló como un animal. Es así como me gusta. No quiero que se contenga porque esto es lo que somos y puedo soportarlo.

No podía soñar con nada que no fuera sentirme a salvo. Siempre me sentí que no pertenecía a ningún lugar, que lo que hacía era porque era lo que se esperaba de mí. Pero ahora a su lado, siento que es donde pertenezco y que puedo ser lo que quiera ser a su lado.

Me siento…feliz.

Me levanto de la cama y voy hasta el armario. Le pedí a mi madre que buscara esto en mi casa sin hacer preguntas. ¿Será algo loco? ¿Quiere decir que estoy loca como él? No lo sé, y no me importa. Espero que sí, porque somos un equipo ahora.

—¿Bear?

—Sí, florecilla.

Me observa cuando traigo la pequeña caja conmigo. Le quito la tapa y dejo caer todo su contenido sobre él. La cara de mi esposo no tiene explicación. Sí, mi objetivo era ese. Yo también puedo sorprenderlo después de todo.

Los pétalos secos de un color rojizo oscuro están ahora en todo su pecho. Cada uno de ellos, los guardé, fueron muchos.

Él sabe que fueron muchos. Debió haberlos contado. Siempre me dice que me quedaré con él hasta que caiga el último pétalo. Nunca pregunté sobre las rosas, pero sé que se refería a todas las rosas del mundo. Porque no hay nada que me haga separarme de él ahora que es mío.

—Cinco mil veintiocho pétalos.

—Los guardaste todos—dice con un hilo de voz.

—Espero que sí—le digo con una sonrisa y rodeo su cuello y lo beso.

Una sonrisa llega a mi rostro.

Tomo un espejo de mano que está en el fondo de la caja y lo apunto hacia él.

Me duele ver cómo sus manos tiemblan cuando lo toma y ve su reflejo. Me limpio una lágrima y tomo su mano, ambos sosteniendo ahora el espejo.

—Eres lo más hermoso, lo más vivo, lo más real que haya podido conocer y tener en mi vida, Bear. No quiero que te escondas más. Vamos a comenzar con esto, pero quiero que todos los días te veas en este pequeño espejo y sepas que este es el hombre al que amo y amaré siempre.

Mi bestia asiente y me dedica una pequeña sonrisa mientras yo lloro.

No se irá a ningún lado, porque no soy ya su trabajo y creo que nunca lo fui. Aunque al principio me dejé cegar por la verdad, sé que nunca fui un trabajo para él. Me lo dejó claro desde el primer pétalo que dejó.

—Te amo, Bear.

Me da un beso apasionado y largo para después sonreírme a la cara, formándose algunas arrugas al lado de sus ojos y cicatriz. La toco y no parpadea.

—También te amo, Rose.

Sonrío.

—¿Debo correr ahora?

—Solo si es hacia mí, cariño.

—Siempre correré hacia ti. Así sea en las sombras. Siempre serás tú.

—Buena chica.