La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Es mejor morir.

No sé cuánto tiempo aguantaré.

Pero lo que sí sé es que no será mucho tiempo.

Estoy cansada. Han pasado días, lo sé porque hay un reloj frente a mí y he contado al menos dos veces.

Han pasado dos días y medio desde que me trajeron aquí.

Mi padre cada vez está más golpeado, se le ve cansado y cada vez que toma una muestra de sangre me pide perdón.

—Yo te metí en esto, perdóname.

No respondo. He dejado de hablar. Bear se olvidó de mí.

Antes no pasaban ni cinco horas y acechaba cuando intentaba huir.

Ahora mis esperanzas han muerto con ello.

Le dejé una nota diciéndole que no me buscara y por primera vez mi bestia está obedeciendo.

Me siento orgullosa de él por respetar mi orden.

Pero lo que daría por volver a verlo, olerlo, besarlo. Sentirlo dentro de mí.

Siento lágrimas rodar por el costado de mis ojos y cierro los ojos con la imagen de su bello e imperfecto rostro frente a mí.

El estruendo me despierta. No estoy atada de manos ya.

Estoy en una habitación que solo tiene un baño y una cama.

He estado aquí las últimas horas. Me han alimentado y han lavado mi cuerpo.

Sin resistirme. Lo que sea que me estén dando, es suficiente para hacerme sumisa.

No tengo deseo de huir, solo tengo deseo de morir.

He podido salir de esta habitación. Sé que han pasado otros dos días desde que me trajeran y los dos días que estuvieron pinchándome con la mierda que mi padre ayudó a crear.

Pero, así como la primera vez que me dejé hacer porque no entendía nada.

esta vez lo estoy haciendo sabiendo que los mataré a todos y cada uno.

Crearon al soldado equivocado. No soy un maldito soldado, solo soy una mujer que está jodida.

Y jodidamente enamorada de un hombre irracional que debe estarse volviendo loco buscándome.

Sé que me vigila, sé que debe estarse trepando por las paredes porque miró como se llevaban a su esposa y su familia y él no pudo hacer nada.

Es mejor así, le dije que lo ayudaría antes de saber que solo me estaba utilizando.

Pero conozco a Bear, aunque así fuera sé que se preocupa por mí y no me quiere como un maldito animal de laboratorio.

Así que, por esta vez, lo ayudaré. Le ayudaré a destruir todo esto, luego me divorciaré y me marcharé lejos donde no pueda encontrarme.

El hecho de que haya sido un trabajo lo puedo superar, pero no parte de ser su esposa. Esa parte es la que más me duele.

¿Y qué tal si no es así? ¿Qué tal si te ama después de todo?

Supongo que no lo sabré, hasta que venga por mí. Porque sé que lo hará.

Salgo de la habitación y sigo escuchando más disparos a lo lejos. El hombre que cuidaba mi puerta no está, lo encuentro más adelante tirado en el piso con su arma en el suelo. La tomo y veo mi reflejo en el cristal de la ventana que da a otro de los laboratorios.

No me reconozco.

Mi pelo está despeinado en una trenza improvisada. Tengo pantalones militares puestos ajustados de la cintura con un cinturón.

Llevo una camiseta blanca que aprieta mis tetas junto a mi sostén deportivo. Supongo que esta vez no querían que me mirara como una chica normal. Tenían que ponerme todo para ser como ellos.

Me veo como un soldado.

Otro estruendo y más gritos. Me agacho y llego al despacho principal donde mis rodillas amenazan con dejarme caer al suelo por lo que veo. Cuerpos, sangre. Más cuerpos mutilados y hombres con pasamontañas, con trajes especiales de combate y chalecos antibalas.

Mierda.

Como un imán me quedo absorta al hombre que apunta el arma a uno de los médicos. Orlov.

El hombre del pasamontaña negro no deja de verme y dispara. Ni siquiera me estremezco cuando la cabeza de Orlov se hace hacia atrás y cae al suelo.

Mi piel arde, cada uno de mis vellos y el corazón me martilla cuando veo que el hombre se quita el pasamontaña.

Bear.

—Te encontré, florecilla. —me sonríe.

Yo no sonrío. Tampoco corro hacia sus brazos, algo dentro de mí me dice que debo dispararle. Dispararles a todos. Han matado a todos los hombres que cuidaban de mí. Porque no puedo ver la diferencia de eso. ¿Quién es la amenaza realmente?

—¿Rose? —me llama. Pero ese nombre está tan lejos de mis pensamientos. ¿Por qué no puedo recordar quién era? Solamente siento ira, peligro y que debo disparar.

—Mírame, cariño.

¿Cariño?

—Nay priblizajtes k nemu[7]—le dice otro en ruso. Se quita el pasamontaña ahora él y lo reconozco enseguida. Anton.

Bear lo ve sobre su hombro.

—No me digas que no me acerque a ella, joder. Es mi esposa. —dice el hombre frente a mi enfadado con tono fuerte. Por un momento ese tono me hace cosquillas en alguna parte de mi cabeza. Y me produce calor—Pase lo que pase no disparen.

—¿Crees que voy a dispararte? —me obligo a decir.

Sus ojos se abren, como si hablar fuera una especie de milagro para él.

—Bueno, me estás apuntando con el arma, cariño. ¿Es así como quieres jugar ahora?

¿Por qué es tan divertido ahora? Sé que por dentro estoy riéndome como una idiota de sus chistes. Pero ahora mismo mis ojos se desplazan por mi brazo tembloroso y veo que es verdad. El arma está apuntándole.

—Bear. —otro hombre le habla, pero no quito los ojos del hombre que es mi esposo. Lo es porque veo el anillo en su dedo. El mío no está. Me lo han quitado y quiero llorar por eso, pero no puedo. En cambio, la ira. Esa sí la siento en cada parte de mi ser.

Un clic se escucha detrás de mí seguido de más pasos. Veo los cuerpos en el suelo. Los dos médicos muertos, asistentes, soldados. No veo a mi padre y tampoco a…

—Era soldado entrenado para matar, Pakhan—dice la voz detrás de mí— ¿Sabías que la primera vez acabó con la vida de quince hombres en cinco minutos? Fue una masacre. Todos eran inocentes, por cierto.

Imágenes vagan en mi cabeza. No recuerdo nada de eso. No quiero recordarlo porque no puedo, no podría vivir con ello. Encuentro los ojos de mi esposo viéndome y puedo ver cómo me habla a través de su mirada.

—Suelta el arma, cariño—me pide—iremos a casa.

Pero no lo hago.

—Déjame intentar algo.

Volkov habla y mi cuerpo se estremece cuando escucho:

—Vnimaniye, soldat[8].

Mi cuerpo se pone rígido y mi espalda se arquea lista para atacar con el arma desenfundada.

Siento las lágrimas en mi rostro sin saber lo que me pasa. Es el control. Es la droga. Es lo que soy. Un soldado.

—¿Rose?

—¿Lo ves? Tu mujer es mi arma. Ella es el proyecto pétalo.

El proyecto pétalo.

Mi secuestro.

Los médicos hablando entre ellos como si yo no existiera.

Y esos hombres haciéndome daño en esa camioneta.

La voz de Bear aniquila el resto de mis recuerdos y lo veo en lo más profundo de mis recuerdos, acechándome.

Tomándome y reclamándome como suya. Entonces mi arma deja de apuntarlo y cambia de dirección.

A mi cabeza.

El arma vuela hacia mi cabeza, lista para jalar del gatillo. Cierro los ojos pensando en unos besos cálidos, en su voz, en su abrazo en su rabia y la ira que tienen sus ojos ahora mismo cuando me ve.

¿Está molesto conmigo? Cierro mis ojos y me llevo solamente lo poco que puedo salvar de toda la pesadilla cuando su voz me saca de mis pensamientos.

—Si disparas también lo haré yo. —la tristeza me invade por un segundo—Puede que lo haga yo primero. Elije no hacerlo, cariño. Elígeme a mí.

Se apunta con el arma y todas mis alertas están al rojo vivo. No. Él no puede morir. Moriría sin él. Lo amo. ¿Lo amo? Sí, lo amas.

Rose. La chica perdida que tocaba el piano se enamoró de su bestia.

—No puedo vivir así.

—Sí puedes y lo harás maldita sea, porque eres mi mujer. Te haré sentir viva de muchas maneras que no estoy seguro sean legales, malysh. Pero joder, quiero intentarlo. Quiero mostrarte que puedes vivir, vive conmigo. A mi lado.

—Solo soy un juego para ti. Tu mascota. Un trabajo.

—Siempre fuiste más que eso. Eres mi perdición. Eres mi maldita droga, eres el fantasma de mi alma, lo eres todo, joder.

Lo amo tanto.

—No te creo.

—Haré que me creas. Viviré por el resto de mi vida demostrándotelo. Déjame hacerlo, déjame mostrarte que eres todo lo que quiero.

—Solo quieres la droga. Quieres mi sangre como todos ellos, te daré mi sangre.

—¡Rose!

Todo se hace silencio. Incluso Volkov ha dejado de hablar ahora que me hecho a un lado para verle a la cara.

Este cerdo merece morir primero, y antes de que tire del gatillo para matarme, apunto directo a su cabeza y disparo en medio de sus cejas.

La sangre y la materia de su cerebro salpica mi camisa.

Cuando llevo el arma a mi cabeza, unos brazos me rodean y el arma cae al suelo, me sostiene tan fuerte que pienso que me quedaré sin aliento. Pero lo que me hace quedar sin aliento es cuando sus labios se estrellan junto a los míos.

—Vernis ko mne, malenkiy tsvetok.[9] —dice en ruso y luego traduce para mí—Regresa a mí, Malysh.

Soy consciente de que me coloca ahorcajadas sobre él mientras pasa todo el caos a nuestro alrededor. Están limpiando y arrasando con todos en el lugar. Intento ver, pero él lo impide cuando su gran mano llega a mi rostro y me acaricia la mejilla.

—¿Bear?

—Estoy aquí.

Ya no siento miedo.

—Me encontraste.

—Siempre te encontraré, cariño. Así sea en el infierno. Iré por ti.

Y le creo. Porque estoy en él. Y ha venido a rescatarme. Esta vez, para siempre.