La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Nunca pensé anhelar la sombra.

Sabía que no tenía donde ir.

En mi apartamento había muchas cámaras, aun no sabía cómo Bear no me había pedido hasta ahora demoler el lugar o venderlo.

Pero tampoco huiría hasta ahí. Aun me duelen los pies y las manos por la adrenalina.

No puedo creer que haya sido tan fácil escapar.

De hecho, no lo fue. Porque no soy una maldita persona normal.

Quién diría que lo que me enseñó Anton me ayudaría algún día en su propia casa.

La puerta se abre y mi madre me ve de pies a cabeza. Bear no me encontrará aquí. Mi padre ve detrás de mí y me hacen entrar.

Después de varias horas y de ponerlos al tanto, aun no puedo ver a la cara a mi padre, pero necesito respuestas.

—Te casaste—mierda. ¿Es lo único que escuchó?

—Sí, y todo fue una farsa. Ahora necesito que me saques sangre y me ayudes, necesito contrarrestar lo que sea que me hayan hecho. Soy un peligro incluso para ustedes.

—Estás tan delgada—mi madre me ha alimentado en las últimas horas—necesitas fuerzas, cariño. ¿No estarás embarazada?

Casi me atraganto. Dudo mucho que lo esté. Además, tomo la píldora desde siempre.

—Desde luego que no, mamá.

—Mañana te llevaré al laboratorio—dice mi padre—Debes descansar por ahora.

Me quedo dormida en el regazo de mi madre en mi antigua habitación y termino soñando con Bear. Siendo un gigante oso y comiendo cada parte de mi cuerpo. La sangre brota a chorros y me despierto cuando escucho un ruido que viene de la parte baja de la mansión.

Salgo de mi habitación y voy a pasos sigilosos hasta que encuentro a un hombre vestido de negro. Me apunta con el arma, pero antes de que dispare, lo hace mi madre. Lleva un arma y tiene silenciador. Mi padre se hace presente detrás de ella arrastrando un segundo cuerpo.

Mierda.

—Tenemos que irnos—dice mi padre.

—¿Mamá? —ella maldice y golpea con sus tacones al hombre muerto al lado de ella—¿Desde cuándo matas?

—Cariño, mataré siempre y cuando sea para protegerte. Estos hombres venían por ti.

¿Qué más no sé?

Mi padre toma su maletín y comienza a meternos a las dos al auto cuando escucho los disparos que vienen desde lo lejos.

Mi padre nos protege con su cuerpo cuando una camioneta derrapa y varios hombres salen del interior de este.

Toman primero a mi padre y lo meten a la camioneta.

Cuando veo a otro que apunta hacia mi madre, tomo el arma que aun lleva ella en las manos y de nuevo comienzo a disparar como una maldita loca.

Esta vez con la voz de Bear en mi cabeza.

—Te ayudaré a controlarlo—me dijo.

Las balas se acaban y toman a mi madre, después me toman a mí y siento el golpe en mi nuca seguido de un dolor punzante y todo oscurece.

Estos hombres no los envió Bear. Llevaban pantalones militares negros como los anteriores.

De ninguna jodida manera Bear me hubiera sacado de la casa de esta forma.

Se hubiera metido a la cama en medio de la noche, detrás de las sombras.

Me habría castigado y luego llevado por la puerta grande. Es así como es.

Abro los ojos y no puedo moverme. Escucho el pitido de las máquinas y me alarmo.

No otra vez.

Apenas me puedo mantener despierta. Tres hombres me ven fijamente, no logro ver bien sus caras, pero son hombres.

—Buen trabajo, Dimitri.

¿Dimitri?

Intento levantar las manos, pero están atadas.

Todo oscurece.

El sonido y el pinchazo en el brazo me alarman.

No puedo creer que Dimitri traicionara a Bear. Abro los ojos poco a poco y solo veo un médico que tiene un ojo morado. Al otro extremo está mi padre con el labio partido y sangre seca en su cabeza.

¿Dónde está mi madre?

Las personas que me secuestraron hace años me encontraron.

Ahora veo todo con más claridad. Mi padre siempre estuvo bajo su amenaza.

Puede que haya sido ambicioso como lo dijo Bear.

Pero puedo verlo ahora. Tiene miedo. Mi padre tiene miedo de lo que puedan hacerme. ¿Qué más se necesita para destruirme?

—Ella está débil—escucho a mi padre decir y permanezco con los ojos cerrados—Ella no resistirá otra dosis.

—Eso lo decido yo—esa voz se me hace familiar. —¿Está despierta?

Siento sus ojos quemándome.

—Apenas. No lo sé. Está débil, como te lo dije. Podemos probar el proyecto pétalo con otra persona. No sé qué más necesitas probar, Volkov.

¿Volkov?

Mierda.

No puedo esperar para que Bear lo mate con sus propias manos. Dimitri y él están juntos en esto. Cuando escucho el clic del arma abro los ojos. Volkov está apuntándole en la cabeza a mi padre. Me alarmo.

—No lo mates, por favor.

—Sabía que estabas escuchando, Rose. Siempre tan predecible. ¿Cómo estás?

—Con ganas de asesinarte—claro que quiero hacerlo.

—Debo decir—continúa—que no me hayas reconocido antes. Después de todo lo que vivimos en el pasado. Supongo que, no soy tan encantador como antes.

Asco.

Volkov se ríe y guarda su arma. Por fin puedo ver a mi alrededor, estoy en el laboratorio de mi padre.

—¿Dónde está mi madre?

—Sedada—responde Dimitri—Si no colaboras, tu madre morirá.

Lo veo mal y lo fulmino con la mirada.

—Eres un maldito traidor. No te conozco, pero Bear confiaba en ti. —digo con rabia.

El hombre de traje caro no hace ningún movimiento. No puedo leerlo, el tipo parece un maldito robot.

—Tranquila, pequeña Rose—Volkov se acerca a mí y acaricia mi cabello—Es maravilloso lo que el cerebro puede hacer. Hasta cambiar el color de tu cabello. Es casi poético.

—No me toques, hijo de puta.

El tipo asqueroso se ríe en mi cara y su lengua va a dar a mi mejilla.

Me lame y me dan arcadas.

Por el rabillo del ojo veo las manos de Dimitri, las tiene en puño. ¿Qué demonios? Escaneo su rostro y no veo expresión, pero sí en sus ojos. Por un segundo creo y está furioso de ver a Volkov cerca de mí. Pero no logro descifrarlo del todo. Él me trajo aquí de todas maneras.

—Fuiste entrenada para matar y es lo que harás. Mataras al Pakhan por mí. Matarás a tu esposo.

Se aparta y no logro alcanzar las palabras. ¿Quiere que mate a mi esposo? Me dan ganas de llorar, pero no derramo ninguna lágrima. Solo tengo furia en mi interior. Vistiendo una bata de hospital siento mi cuerpo ponerse rígido con el hecho de que Bear muera en mis manos.

—No.

Prefiero morir a que lastimen a la gente que amo. Mucho menos a mi esposo.

Se ríe.

—Sí lo harás.

Siento un pinchazo en mi cuello y de nuevo todo oscurece.