Capítulo 34
Corre, Florecilla.
Bear
La levanté del suelo donde estaba dormida.
Había rastro de sangre en su nariz, así que la limpié y la metí a la cama. Si se despertaba y me miraba ahí iba a enloquecer, así que hice lo que me pidió. Me fui. La dejé en la habitación, pero que no se haga ilusiones. No le daré mucho espacio.
Es mía.
No necesito esta mierda ahora. Ella debe estar volviéndose loca por lo que sea que escuchó. Si me casé con ella era para dejarle algo claro. Que me pertenecía. La amo, joder. Y sé que ella también me ama a pesar de toda mi mierda, ella decidió quedarse conmigo.
La Bratva no la tocaría si me casaba con, así que el juego es al revés. Todo fue un plan, pero para mi beneficio.
Casarme con ella ha sido el mejor trabajo de mi puta vida y no sé lo que crea, pero no es como lo piensa.
La quería como mía de todas las maneras posibles, trabajo o no íbamos a terminar en el mismo lugar.
Todas las historias trazadas en mi cabeza me llevaban hacia ella siempre.
La puerta se abre de golpe y Kostya trae consigo el móvil en la oreja.
—Se ha ido, Bear.
Me contengo con la necesidad de romper todo a mi alrededor, pero fallo en el intento porque veo el miedo en los ojos de mi hermano y sabrá dios lo que ve en los míos.
—Stella encontró esta nota. —me entrega el pedazo de papel, pero yo veo rojo—golpeó a varios hombres de la salida. Se puso la ropa de uno de ellos y se fue. Dejó el auto en medio de la carretera y parece que tomó un taxi, es lo único que se ve antes de que ella destrozara el dron de un disparo.
La comisura de mis labios se mueve en una leve sonrisa. Mi maldita florecilla se atrevió a correr lejos de mí de nuevo.
¿Cómo será mi castigo cuando dé con ella de nuevo?
—¿Me estás escuchando? —mi hermano toca mi hombro y me muevo—Maldita sea dime algo. Ya tengo a gente buscándola, pero quiero saber lo que tienes pensado hacer.
No escucho a mi hermano. Tomo la nota y la leo.
No te atrevas a buscarme, Bear.
Este matrimonio es tan falso como tu amor por mí.
No quiero volver a verte, por favor. Déjame en paz.
Rose.
Arrugo la nota en mis manos y permanece ahí como si pudiera quemarla a través de la palma de la misma.
¿Ella cree que puede decidir? ¿Darme órdenes?
Y lo que más me desgarra, ¿Se atreve a dudar de mi amor por ella?
Sonrío para mis adentros al trazar varias represalias por haberse atrevido a huir de mí.
Tomo mi teléfono y la llamo, esperando que no responda, pero me sorprendo cuando lo hace.
—No puedes dejarme, Rose. Eres mi esposa.
—Sí puedo. Mírame. —su voz tiembla. Tiene miedo. Mi esposa me tiene miedo.
Abro la laptop y seguido de ello el programa que pensé nunca usar. Kostya viendo cada uno de mis movimientos y veo una sonrisa en su maldito rostro cuando se da cuenta de lo que estoy haciendo.
—Te voy a encontrar y te haré mucho daño, cariño. Te lo dije una vez. Puedo olerte, te encontraré y te arrastraré de vuelta. No puedes dejarme. Eres mi esposa.
—No me asustan tus amenazas, Bear. Tú nunca me harías daño, eso fue lo que pensé y luego todo tu amor fue una mentira.
—No te atrevas, Rose. No te atrevas a dudar un segundo de lo que siento por ti.
—No te creo, Bear Romanov.
El punto rojo en mi pantalla se detiene y recuerdo nuestro nuevo pero viejo juego. ¿Volveremos a empezar? Jodidamente sí.
—Está bien. —los latidos de mi corazón comienzan a latir rápidamente y me excito cuando le digo: —Corre, florecilla.