Capítulo 30 #2
—Pero no lo hizo, y vamos a dejar de hablar de esto. ¿Está bien? No pasa nada, estoy bien. Estamos todos bien y ella duerme tranquilamente sin tener que drogarla.
Por primera vez, todos asienten, pero puedo ver que cada uno está sacando sus conclusiones y perdidos en sus propios pensamientos.
Me quedé dormida en la biblioteca con un libro en mi pecho después de la comida. Un grito a lo lejos me saca de mis pensamientos aturdidos por el sueño y me incorporo tan rápido que me mareo. ¿De dónde viene eso?
Busco a Bear por todo el lugar que me rodea y no está.
La noche entra por la ventana y veo la hora, son las ocho de la noche.
Debí perderme la cena. Me quito la manta que Bear debió colocar sobre mí y dejo el libro en el sofá antes de salir de la biblioteca.
El grito vuelve, pero es silenciado por algo.
Escucho una puerta cerrarse. Viene del piso de abajo.
Desde la cocina. Voy hasta ahí y no encuentro a Stella por ningún lado.
En cuanto me doy por vencida de seguir buscando de dónde proviene el grito, un golpe suena a lo lejos.
Veo una puerta que no había visto antes que parece ser una bodega y poco a poco llego hasta el pomo de la puerta.
La de al lado era donde Bear me encerró cuando me trajo aquí.
No hay ningún guardia aquí en la puerta, pero los puedo ver afuera en el jardín. Me escondo en las sombras y abro la puerta. El grito llega a mis oídos ahora con más frecuencia y bajo las escaleras.
Están hablando en ruso y murmuran algo. Escucho un grito lleno de dolor y me estremezco.
Cuando llego al último escalón me quedo helada ahí mismo.
Un hombre de unos veintitantos y rubio tiene varios cuchillos clavados en sus extremidades como si llevara horas siendo torturado, Anton en una esquina y Konstantin en la otra.
Quien lo golpea es Bear y Ripley comprueba el pulso del hombre.
—¿Vas a decirme ahora quién los mandó? Todavía tienes más espacio para toda mi colección de cuchillos. —le dice Bear al hombre y los ojos del hombre van a dar a los míos cuando se da cuenta que los estoy mirando. Bear sigue su enfoque de visión y me fulmina con la mirada.
—¿Quién mierda dejó la puerta abierta? —no reconozco el tono de su voz. Parece otro, está realmente enfadado. No tiene la camisa puesta y su torso está salpicado de sangre. —Vete de aquí, Rose.
Pero no me muevo. No porque no quiera, es que mis piernas deciden no hacerme caso esta vez.
—¡Maldita sea¡¡Fuera de aquí!
Su grito me llega hasta los huesos, y me tropiezo cuando subo escalera arriba.
—Bear, estás siendo un idiota con ella—es lo último que escucho que le dice Anton. Pero lo ignoro y corro hasta la primera habitación que encuentro y me encierro en el baño con llave. Mis manos tiemblan y tengo la garganta seca. Recuerdos vagos llegan a mí en cámara lenta.
Sé cómo se ve una escena de tortura. Lo recuerdo perfectamente. Me golpeo la cabeza para alejar esos malditos recuerdos que están llegando a mi cabeza y me detengo el sangrado que comienza en mi nariz.
—Mierda—meto mi cabeza en el lavabo y tomo una toalla para detener la hemorragia cuando la puerta de la habitación se abre de golpe. Espero que derribe la del baño, pero no lo hace.
—¿Rose?
Me dan ganas de llorar.
La forma en cómo me gritó, como si fuera una maldita fisgona. Sé lo que hace maldita sea. Sé lo que es. Pero no es eso lo que me disgusta, sino en cómo reaccionó mi cuerpo al verlo en acción. Fue como un detonante, una cosa es verlo disparar y otra verlo destripar a alguien con tanta facilidad.
¿Por qué le temo entonces?
—Cariño, por favor sal de ahí.
—¿Vas a actuar como una bestia furiosa de nuevo? ¿Vas a gritarme?
Silencio.
—Lo lamento. No quise gritarte. Pero no quería que vieras nada de eso. Tengo límites, joder. Tengo límites contigo, cariño.
—Sé lo que haces. No te tengo miedo.
¿Estoy segura de eso?
Respiro profundo. Mi nariz ha dejado de sangrar al fin. Abro la puerta y lo encuentro apoyado en el marco de la puerta, vestido con una camiseta de botones y con las mangas remangadas hasta los codos. Se ha limpiado la sangre. Me ve de pies a cabeza y frunce el ceño.
—¿Estás bien?
—Voy a ir a la cama. Estoy cansada.
—No has comido—me recuerda—¿Quieres que haga que suban la comida?
—Claro—es lo único que digo cuando salgo de la habitación y odio dejarlo atrás, pero él me pisa los talones. Llegamos a su habitación y tomo una manta. Estoy temblando del frío.
—Subiré la calefacción. —dice.
—Está bien.
Nos quedamos en silencio. Él mirándome mientras juego con mis uñas sentada en el sofá de la habitación, en una esquina. Nadie dice nada. pero la luna dice mucho desde acá y mis tripas también. Tengo hambre. Stella llega con la comida y coloca la bandeja en la mesa y me sonríe entes de irse.
Pasan unos minutos y por fin Bear se acerca y se coloca frente a mí de cuclillas.
¿Qué está haciendo?
—Rose, sé que he sido una bestia contigo. Pero quiero que me digas la verdad.
Me alarmo. No me gusta nada de lo que me está diciendo. ¿Es lo que creo que es? La última vez que se puso serio me dijo que era libre.
—¿Estás segura que quieres casarte conmigo?
—¿Qué? —me siento ofendida y triste a la vez. Mi corazón comienza a latir rápido y me obligo a respirar bien para no tener un ataque de asma porque es lo primero que siento cuando tengo mucho miedo.
—Porque no habrá marcha atrás. Una cosa es acechar y otra que seas mi mujer ante los ojos del mundo.
—Bear…
—Dímelo, Malysh. Es tu última oportunidad para huir de mí.
Le tomo el rostro con ambas manos y clavó su mirada con la mía.
¿Quién lo diría? Este hombre es tan confuso, pero a la vez tan sincero.
No apruebo sus métodos en cómo se acercó a mí la primera vez, pero es todo lo que conoce y ni lo culpo.
Nuestros mundos no son tan diferentes después de todo y todo lo que me ha dado es lo que todo este tiempo he necesitado.
—Vete a la mierda, Bear. No te librarás de mí ahora. ¡No te atrevas a dejarme ahora que me he enamorado de ti! —le golpeo el pecho cayendo en su regazo y me abraza.
Me acuna en su pecho y masajea mi espalda para calmar mi llanto. ¿Quién iba a decirlo? Después de años de no derramar una sola lágrima, es lo único que hago ahora por este hombre que amo tanto.
—Lo siento—susurra—Por favor, no llores por mí, no lo valgo.
Lo veo y él toma mis lágrimas como suyas. Aunque lo son, odio llorar por cómo me hace sentir. Estoy triste y puedo ver en su cara que está cagado del miedo por mi confesión.
—Vales todas las lágrimas del mundo, Bear.
—Voy a compensarte todos los días de mi vida, el infierno que te he hecho vivir, Rose. Te lo juro por mi vida.
Me quito el suéter y me come la boca. Luego traza besos por toda mi mandíbula, llegando a mi pecho y me arranca el sostén. Gimo y ahora me levanta y me lleva a la cama donde me quita el pantalón y las bragas. Luego se desnuda él y empuja de un solo empellón su polla contra mi coño.
Me agarro de sus hombros y gruñe, las quito y me lleva las manos por encima de mi cabeza y cabalga dentro y fuera de mí.
Arqueo mi espalda mientras lo recibo y me aprieto por dentro por el placer que me da.