Capítulo 28
¿En qué oscuro deseo me he metido?
Veo el anillo en mi dedo mientras preparo el desayuno.
Por dios. ¿Qué fue lo que hice? Bear dio por hecho que con un polvo que iba a casarme con él. ¿Pero realmente es lo que quiero? No hizo la pregunta. Solo dio por hecho que iba a casarme con él.
Malditamente sí.
Mi padre me ha mentido. Mi madre ha sido una mujer que arroja todo debajo del tapete.
Mi carrera ha sido una mentira. Lo único real que tengo es Bear.
Y aunque sus métodos de conquista no hayan sido los mejores.
Ha sido lo que mi cabeza y mi corazón ha necesitado.
Es lo único que conocemos después del dolor.
La locura y ambos estamos locos. Eso lo sé.
Lilith es la primera en bajar. Bear sigue durmiendo y yo no pude pegar un ojo en toda la noche. Así que preparé el desayuno, limpié la cocina y me puse a leer un libro, pero sigo en la misma maldita página de hace cinco minutos.
—Por Dios, dime que ese anillo es falso—Lilith sale y me encuentra mirándolo.
—No lo es—responde Bear detrás de ella. Está vestido con la misma ropa de ayer pero fácilmente pudiera estar saliendo de una revista de hombres mafiosos.
Se ha duchado y se ve hermoso y peligroso.
Se acerca a mí y besa mis labios. Me quita la taza de café de las manos y se la bebe cuando se sienta al lado mío.
—Ripley dijo que dejaras el café.
—¿Cuándo lo dijo? —me quejo.
—Todo el tiempo te lo dice, en el desayuno no deja que lo tomes.
—¿Qué está pasando aquí? —habla Lilith y nos mira divertida con la boca abierta.
—Hola, Lilith—dice Bear—Espero que no te hayamos despertado anoche.
—Oh, desde luego que lo hicieron. Pero está bien. Es lo que hace la gente cachonda, supongo.
¿Cachonda? No puedo creer que Lilith acepte esta locura. Bear y yo nos vemos envueltos en algo que está fuera de nuestras manos y eso nos ha llevado a esto. No puedo decir si es real, pero en cuanto veo sus ojos y la forma en cómo me ve. Joder, es real. Y quiere que sea su esposa.
—¿Konstantin está soltero? —pregunta Lilith sintiéndose cómoda de pronto y comiendo al lado de nosotros. Bear pica un poco de huevo y me da de comer mientras él hace lo mismo.
—¿Se lo preguntaste? —dice Bear.
—Tu hermano no habla mucho. ¿Cree que soy muy vieja para él? —mi amiga se queja.
—Bueno, supongo que lo averiguarás por tu cuenta.
—Demonios ustedes se parecen demasiado. —ríe divertida. Mientras tanto, yo los veo a los dos. Las únicas personas que realmente se han preocupado por mí están en esta mesa. Uno con sus métodos de locura y la otra con su vibra de buena fe que cree más en los demás que en sí misma.
Termino de lavar los platos mientras Bear habla por teléfono y acaricia al señor Poe. Me he despedido de Lilith y prometí llamarla para contarle todo sobre mi compromiso que no tuve la oportunidad de decirle frente a Bear.
Habla en ruso. Nunca lo había escuchado hablar tanto en ruso como ahora. Su lengua nativa me resulta sexy y ahora veo de donde venía ese acento misterioso con el que me hablaba.
Hemos pasado más de doce horas juntos y es tiempo récord. Me le quedo mirando como su gran mano llena de tatuajes acaricia el pelaje de mi gato que no se queja en su regazo y por un segundo nuestras miradas se ven.
—Eso es todo, me tengo que ir—dice y cuelga. Quita al señor Poe de su regazo y el gato se queja. No lo culpo. Es el hechizo diabólico de Bear.
—Ven aquí.—su seriedad podría hacerme temblar. Pero hace otras cosas y no me quejo. Hago lo que me pide y me siento a su lado. Me agarra de la cintura y me coloca sobre su regazo y acaricia mi cabello; toma mi mano donde me puso el anillo y la lleva hasta su rostro y besa mi mano.
Veo la esquina de la sala donde estaba el piano, en su lugar hay una nueva mesa en forma de corazón de cristal y hierro brillante con un ramo de rosas frescas que hacen que huela delicioso todo aquí.
—¿Lo quemaste? —Bear me mira y niega con la cabeza. Nunca se lo pregunté.
—Está en la mansión. Puede que cambies de opinión más adelante.
—No creo que lo haga, Bear. No es algo que yo deseaba. Es algo que me hicieron hacer.
—Pero amas tocar. —acaricia el dorso de mi mano y veo nuestras manos enlazadas. Su mano es tan grande que cubre por completo la mía. Tiene razón, amaba tocar. Pero también lo odiaba y ahora entiendo por qué.
—No lo sé. Supongo que tengo que descubrir algo nuevo.
Me da una sonrisa que hace que mi corazón se agite y asiente. Por dios, es tan hermoso que duele.
—Quiero llevarte a cenar esta noche.
Coloca un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
—¿Una cita?
—Llámalo como quieras, quiero llevar a mi mujer a cenar esta noche. Como siempre he querido hacerlo.
—Todavía no soy tu mujer—el pellizco en mi trasero solo manda los mensajes equivocados a mi cerebro.
—¿Quién dice que no?
—Todavía no me caso contigo.
Lo abrazo y hundo mi nariz en su pecho. Huele de maravilla. Dios se siente bien esto. Por fin aceptar la realidad de que estoy enamorada de esta bestia irracional.
—¿Correrás hacia mí ahora?
Antes hacía lo contrario. Ahora en cada rincón lo busco y cuando me siento en peligro, no volveré a correr lejos de él a menos que haga algo que me lastime demasiado y no hablo de encadenarme en la cama.
Pongo ambas manos a cada lado de su mejilla y lo atraigo hacia mí.
—Solo si no me mientes nunca. Prométeme que nunca me ocultarás cosas.
Suspira como si contuviera el aire sin poder dejarlo salir y asiente. Entonces lo beso y por fin me siento que todo estará bien por primera vez en mucho tiempo.
Me veo por última vez al espejo.
El vestido negro tiene una hendidura en una pierna hasta arriba. Cae sobre mis rodillas y se balancea en el aire. Es con tirantes y escotado a la mitad de la espalda. La tela transparente se pega a mis caderas y coloco el color carne en mis labios.
Mi cabello está en ondas plateadas y mis ojos ahumados. Escucho que la puerta se abre y veo por el espejo a Bear que se recarga en el marco de la puerta y me observa de pies a cabeza.
—No eres real—ronronea—tan hermosa y tan mía. Recuérdame romper ese vestido después de la cena.
—No harás tal cosa. Te mataré si destruyes otra prenda mía.
—¿Eso incluye las bragas?
Me sonrojo y veo otra cosa que no sea esa cara llena de lujuria que me ve a la distancia.
—Eso está bien.—siento su pecho detrás de mí y desliza algo suave y pequeño por mi pecho y se detiene en la palma de mi mano.
Un pétalo.
Sonrío y me aferro a algo tan pequeño. La sensación es la misma desde que dejó el primero en mi camerino.
Suspenso y picardía. Ahora los pétalos tienen un rostro uno perfectamente perfecto para mí.
—¿Lista para irte, Malysh?
—Sí.
Las miradas son de sorpresa, confusión, morbo y algo más.
A la gente le gusta vernos. Con mi aspecto y el de él fácilmente pudiéramos salir de una película de Tim Burton.
El mesero nos trae la carta y me quedo embelesada mirando a Bear.
Se ve exquisito en su traje, pero esta vez usa corbata.
El restaurante es caro y lujoso y la música al fondo se atenúa al ambiente, todo es maravilloso.
No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en un lugar así. O más bien, nunca he tenido una cita así de lujosa, ni siquiera con Alex o con cualquier otro hombre que me haya llevado a una cita antes. Veo al caballero irracional que tengo de frente y quiere arrancar algunas cabezas.
—¿Qué sucede? —toco su mano y ahora por fin respira.
—No soporto cómo te ven otros hombres.
Me rio. Pero soy la única, eso lo pone de mal humor. Pobrecito.
—¿Qué te hace gracia, Rose?
—¿Rose? —pregunto divertida—Cielos, en verdad estás enfadado por personas que no conoces. Las mujeres también te ven como si quisieran comerte entero, Bear. Y no quiero arrancarle las cabezas, solo sus ojos.
Ambos nos reímos.
—Con una barrida a sus caras con las cámaras de seguridad es lo que basta para averiguar quiénes son y si los extrañarán si aparecen mañana en una zanja.
Me ahogo con mi propia saliva y niego con la cabeza.
—Estás loco.
—No lidio bien con otros hombres comiéndote con los ojos, florecilla. Te desean, lo puedo ver. —me ve y esos ojos claros me hipnotizan por la forma en cómo me ve ahora—Porque es lo que siento cuando te veo.
—Quiero que me cuentes cómo llegaste a mí. ¿Puedes hacer eso? Hablar de otra cosa podría ayudarte.
Se ríe para sí mismo como si recordara el primer momento en que me miró y me pregunto qué pensó desde el momento en que miró a una chica de cabello blanco tocar el piano de esa forma. ¿O quizás me vio por primera vez en la calle? No lo sé, pero me intriga. Y quiero saberlo.
—Nunca lo sabrás, Malysh.
—¿Por qué? —hago mohín—quiero saberlo y puede que yo te cuente… cosas.
Ahora tengo su atención.
—¿Qué cosas?
Me río y por fin comienza a hablar.