Capítulo 23
No había querido ser libre… si eso era alejarme de él.
Estoy cansada de mi vida.
Estar aquí encerrada me hace sentir viva y al mismo tiempo siento que soy una bomba que está a punto de estallar.
—¿Cómo está?
Bear ha regresado. No recuerdo nada después de que Konstantin me sacara del bar.
Sé que aún hay alcohol en mi sistema, porque estoy mareada, incluso estando acostada siento que todo me da vueltas.
Vomité, Stella me dio de comer y volví a vomitar.
Me di una ducha y me metí a la cama. Es media noche y Bear aparece hasta ahora.
¿Habrá matado ya a mi padre?
—Hablemos afuera—le dice Ripley.
En cuanto siento su mano caliente en uno de mis pechos, abro los ojos. Me giro y está completamente dormido. Observo sus rasgos duros y únicos. Me pregunto qué le pasó para que tuviera esas cicatrices en su rostro.
¿Son cicatrices de guerra? ¿Qué clase de vida ha tenido? ¿Siempre ha pertenecido a la mafia? ¿Qué hay de sus padres?
Cuando toco su rostro y sus cicatrices, abre los ojos y ahogo un grito asustada. Intento quitar la mano, pero él me detiene. Lleva su mano lentamente de nuevo a su rostro y coloca su mano con la mía cubriéndola por lo grande que es.
Hermoso. Tan hermoso que duele. Algo cambió después de que habló con Ripley, su mirada no es la misma.
Su forma de ver mis labios tampoco, y de pronto quiero besar esos labios que me mienten y me ocultan cosas.
También esos labios que me dicen cosas sucias y a la vez me hacen sentir segura por primera vez.
Me acerco y lo beso. En un segundo estoy sobre él y mis manos en mis caderas. Su polla está en mi entrada. Bear sin quitar sus ojos de los míos hace mi ropa interior a un lado y luego rompe de un solo tirón. Levanto mis caderas y su polla entra lentamente en mí.
Gimo del dolor y del placer.
—Tu coño está tan apretado, cariño.
—Dios, eres tan grande.
—Y eso te gusta.
—Sí, malditamente sí.
Comienza a mover sus caderas. De adelante hacia atrás mientras sus dedos se hunden en mis nalgas y me insta en el perfecto movimiento. Me agarro los pechos y no quiero pensar en nada más que esto. El placer y el olvido. Él me hace olvidar, me hace sentir que vivo y muero al mismo tiempo.
Me desplomo en su pecho cuando el orgasmo llega y su gruñido me empuja las caderas y levanta las suyas para bombearme unas cuentas veces más y lo siento tan dentro, tan caliente que vuelvo a correrme junto con él.
Seguimos en la oscuridad. De pronto me siento mejor y estoy más cuerda que nunca.
—¿Mataste a mi padre?
—¿A qué viene esa pregunta? —lo siento tensarse al lado mío.
—No me quedé para comprobarlo, Bear.
Estoy sobre su pecho, pero sin tocarlo lo suficiente como para que se aleje de mí. Se siente tan bien, es tan grande y tan fuerte que quiero montarlo de nuevo, pero mi vagina me recuerda lo grande y doloroso que fue tenerlo dentro.
No encuentro respuesta alguna. Así que me alejo de él y me meto al cuarto de baño. Minutos después él me sigue y se mete a la bañera conmigo. Se coloca detrás de mí. La bañera es lo suficientemente grande para que quepamos los dos, pero aun así él es malditamente un gigante conmigo aquí dentro.
—No lo maté, Rose.
De pronto dejo salir la respiración que no sabía que contenía y siento un peso menos. Ahora solamente tengo más preguntas. Estaba claro que quería matarlo, y a mí.
—Me apuntaste con un arma—le recuerdo y se tensa al lado mío.
—Me disculpo por eso. Pero era necesario. Sabía que no hablaría, pero quería que vieras que no estaba mintiéndote. Quería que vieras la verdad.
¿Qué? Debo estar soñando. ¿Bear, disculpándose?
Imposible. Por dios debería de presionarlo más y hacerlo sentir miserable ahora.
Puedo echarme a llorar ahora mismo, mi pecho se infla porque he logrado al menos hacer que se disculpe por eso, pero todo lo que ha hecho hasta ahora está igual de mal.
Pero entonces caigo a la lógica, él odia que me hagan daño.
Toma mis manos y ve las marcas que Ripley curó como pudo. Las viejas cicatrices están cubiertas nuevamente de rojo.
—Pensé que hablaría, si lo presionaba un poco más, pero él sabía que no iba a tirar del gatillo. Por eso mintió.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Es una larga historia, florecilla. Algún día te la contaré.
—De acuerdo. Y no, no te disculpo por nada de lo que has hecho hasta ahora.
—¿Los orgasmos no han hecho que me perdones todavía?
Mi cara debe estar ardiendo. Menos mal que no me ve.
—No, Bear. Ni siquiera los orgasmos. Necesitas ayuda.
—Mierda. Tendré que darte más entonces.
Se remueve detrás de mí y siento su erección lista para la acción.
Me levanta con facilidad y me coloca a horcajadas sobre él nuevamente.
El agua forma olas que caen al piso y no nos importa lo suficiente cuando sus labios llegan a los míos, no sin antes tocarlos, verme a la cara, nariz, labios, cabello.
Como si quisiera guardar esta vista para siempre.
Hago lo mismo con él. Su cabello ahora empapado de agua, húmedo que cae a sus hombros, su barba larga y su pecho que sube y baja rápidamente.
¿Está nervioso? ¿Está enfadado? No lo sé. Pero me gusta lo que veo. Su alma desnuda ante mí. Y es cuando escucho las palabras que taladran mi pecho:
—Voy a dejarte ir.
—¿Qué?
Sonríe y acaricia mi mejilla suavemente que puedo echarme a llorar, pero no lo hago.
—Estás sorprendida.
—Lo estoy. Pensé que era… tuya.
—Y lo eres. Ellos te quieren a ti. —arrastra las palabras con furia mientras agrega: —Y yo los quiero a ellos por quererte.
Algo pasó con mi padre. Y también con Ripley. Esto no es común en él, lo conozco lo suficiente para darme cuenta que él jamás me dejaría tan fácilmente.
Algo no anda bien y voy a comenzar a entrar en pánico si no me dice la verdad.
Pero era lo que querías, idiota. Ser libre.
—Yo. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada. Estarás a salvo. He instalado cámaras en todo tu apartamento y uno de mis drones te vigilará. Si algo sucede lo sabré.
—¿Y si me hacen daño?
¿O a ti? Pienso. Y el miedo me acorrala por un segundo. Sorprendiéndome de lo que él ahora significa para mí. Después de todo, después de ver a la bestia que lleva dentro, aunque aún no logro verla del todo, sé que en cualquier momento lo haré y eso es lo que él no quiere.
No aprueba lo que me ha hecho.
—No te quieren para hacerte daño. No de la forma en que crees. Sino una peor. Te quieren viva.
—Tengo miedo. —admito con un hilo de voz.
—Estaré contigo en todo momento. Quiero que actúes normal. Que sigas dando conciertos. Que salgas de compras. Lo que sea. Ellos caerán. Sé que lo harán.
—No quiero… no quiero volver a tocar un piano en mi vida.
—Necesito que lo hagas por mí, Rose—me agarra suavemente del mentón para que lo vea—quiero que me ayudes en esto, cariño. Los quiero muertos. Saben que estoy cerca de ti. Lo presiento, por eso no han hecho ninguna jugada. Necesito que estés sola. Y eso me mata, pero tenemos que hacerlo.
—Haces que ser un cebo suene algo normal. ¿Qué pasa si muero?
Silencio. Puedo ver el miedo en sus ojos si eso sucede.
—No lo harás. No tienes permitido morir. Nosotros tres cuidaremos de ti.
—Tu hermano me odia.
—De Konstantin me encargo yo.
No puedo creer que por fin vaya a ser libre.
Bueno. Más o menos. Le dije que lo ayudaría para que atrape a esa gente.
Ellos me quieren a mí. Pero tengo miedo.
No por mí. Sino por él también. Y la sola idea de por fin terminar con todo lo que me acecha por años es tan irreal.
¿Qué pasa si no hay vuelta atrás? ¿Qué pasa si hay algo malo conmigo?
—Sé que te gusta ser mi cautiva, florecilla. Pero por unos días te dejaré en paz.
—Vas a vigilarme no creo que eso sea dejarme en paz.
—Te gusta que te aceche. —dice sonriente y se lleva una de mis manos a su rostro y la besa.
Tiene razón. Me gusta, pero esta vez es diferente.
Me está usando para un bien y yo lo estoy usando para saber la verdad sobre mi padre.
No sé cómo vaya a terminar esto. Si sé. Mal.
Pero si he de morir, al menos tengo derecho de saber qué mierda hicieron conmigo y qué mierda me sucede.
Porque si de algo estoy segura es que no soy la misma persona de antes.
Pero eso él no tiene que saberlo. ¿O sí?