La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Capítulo 22 #2
61%

Capítulo 22 #2

—He recordado cosas.

Su rostro cambia de colores. Otra señal de que Bear no ha sido el mentiroso aquí.

Una parte de mí quería creer que Bear estaba mintiendo. Que había sido manipulado para crear toda esa novela en mi cabeza.

Pero luego recordé cosas.

Mi padre estuvo ahí, pero sé que no me secuestró él, tuvo que haber sido algo bajo amenaza, tuvo que haber sido otra mierda porque me rehúso a creer que mi padre me utilizara como un maldito animal de laboratorio.

—¿Qué cosas? —su voz tiembla.

—Gente haciéndome daño y tú estabas ahí.

Se pone de pie y camina en círculos. En ningún momento veo al cámara, quiero hacer esto por mí misma sin que Bear intervenga. Agarro el dobladillo de mi vestido y lo aprieto tanto que siento que se va a romper. Mis botas rechinan cuando me pongo de pie y cruzo mis brazos frente a mi padre.

—Imposible, ¿Cómo iba a estar ahí? Te llevaron, te alejaron de mí

Basta.

—¿El proyecto pétalo te resulta familiar?

Se detiene y me ve. Su rostro ha dejado sus colores y palidece ante mí, acobardándose y sus muros cayendo por fin. No puede mentir ahora.

—¿Dónde escuchaste eso?

—Recuerdo a unos hombres mencionarlo cuando estuve ahí.

—¿Has recordado cosas?

—Te lo estoy diciendo, he estado recordando cosas. Y no tienen sentido, necesito que me ayudes a comprender, como es que mi mente te recuerda ahí… con ellos.

—No lo sé. No sé qué viste, princesa. Creo que es parte del trauma. Tu mente está jugando contigo.

Siento que me voy a desmayar. Él sigue mintiéndome a la cara, después de decirle todo. Después de decirle que recuerdo que él estaba ahí, sé que lo estuvo, o al menos él tenía algo que ver. Por la forma en cómo reacciona no me queda la menor duda.

Mi padre lo sabía. También sabe de las violaciones, tiene que saberlo. El aire se me escapaba de la boca y me obligo a sentarme porque no puedo seguir con sus mentiras.

En ese momento la puerta del librero se abre y mi padre sigue de espaldas.

—¿No crees que es tarde para que sigas mintiendo, Dr. Van Raven?

Mi padre palidece cuando gira sobre su propio eje y ve al hombre frente a él.

—¿Quién es él?

—¿No me recuerdas? —la voz de Bear me da escalofríos por la rabia que emana en él ahora que tiene de frente a mi padre—Mira mi rostro.

Mi padre abre sus ojos como platos, se deja caer en el asiento y si antes estaba pálido ahora parece que quiere vomitar.

—No. Imposible. Eras un niño.

¿Qué?

¿Se conocen?

Veo a Bear.

—¿De qué está hablando?

—Llamaré a la policía—mi padre saca su teléfono con manos temblorosas, pero no dura mucho el aparato en sus manos. Bear lo aleja de una manotada y se hace añicos en la esquina de mi sala.

—Bear.

—Tranquila, no lo mataré—me ve—aún.

Mi padre yace en el suelo, como un cachorro asustado, mientras Bear está de pie frente a él. Se deja caer al lado mío mientras su pierna rosa con la mía y tiemblo, alejándome porque ahora le temo. No sé de lo que sea capaz de hacer ahora. O lo que le hará a mi padre.

—¿Qué quieres? —pregunta.

—Quiero el proyecto pétalo. —no se inmuta de que estoy asustada como la mierda. Me alejo de él sin que se lo espere. Ahora mismo no sé lo que vaya a ocurrir, con Bear nunca se sabe.

—No sé de qué hablas.

Entonces pasa lo inimaginable.

Bear saca su arma detrás de su cintura y me apunta directo a la cabeza. Lo veo con los ojos llenos de lágrimas sin derramar, me ve por un segundo y luego regresa la mirada a la de mi padre.

—No le hagas daño—ruega mi padre con un hilo de voz. Pero puedo ver en su rostro que sabe que Bear no está inventando nada de lo que dice.

—¿Dónde está?

Silencio.

Silencio.

Cierro mis ojos y la voz de mi padre me descompone por completo y mi mundo cae sobre mí.

—La destruí.

No.

—¿Dónde? —pregunta de nuevo Bear, aún no ha bajado el arma, sigue apuntándome y mi corazón late fuerte en mi pecho.

—Es lo único que te diré—mi padre escupe con rabia, se levanta del suelo y se desploma frente a Bear en el asiento de enfrente, yo sigo reuniendo las piezas de mi cordura aun en el suelo. No puedo creer lo que estoy escuchando.

Bear me observa, estoy temblando y su mandíbula se tensa cuando ve mis manos arañar el interior de ellas. Ya puedo sentir la sangre escocer y el dolor no me importa.

—¿Así que prefieres callar a salvar la vida de tu única hija? Interesante.

Veo a mi padre. No dice nada. Está cerrado en su respuesta, pero sé que miente, siempre sé cuándo miente y el hecho de que este hombre tenga un arma en mi cabeza no lo hace cambiar de opinión.

—Papá…

—Lo siento, Rose.

Y mi mundo termina de hacerse mierda frente a mí y todo se rompe a mi alrededor. Pero ambos han cometido un error y uno muy grave, han hecho que la única pieza floja encajara. De momento es la única que tenía. Se han olvidado de lo que escuché.

—Tú…me secuestraste.

—Rose…

No escucho nada, solamente el sonido de mi alma quebrarse cuando salgo corriendo fuera de mi apartamento.

Si estoy muerta no lo sé, pero tampoco escuché un disparo.

Corro lo más lejos que puedo por la calle.

El vestido se levanta con el impulso de mis piernas, y estoy sin mi abrigo, rápidamente mis dientes castañean del frio de la calle y pronto oscurecerá.

Bien. No me importa morir congelada. Mi vida acaba de terminar con esa cruda verdad, una que no les importó a ambos que yo escuchara. Y estoy huyendo, y no es de mi bestia esta vez.

Sigo sin detenerme, veo hacia atrás y no veo a Bear o mi padre perseguirme.

Pero no me detengo hasta llegar a un bar de mala muerte.

Nadie sospecha cuando entro, no tengo dinero, pero necesito un trago.

El bullicio y el mal olor a humedad hace que pique mi nariz.

Me siento frente a la barra y pido lo más fuerte que tengan.

El hombre como si se tratara de un maldito chiste me sirve un poco de whisky con hielo.

Maldito whisky. Y maldito sea Bear y mi padre. Será cuestión de tiempo para que alguien me encuentre. A veces pienso que tengo un localizador en el trasero. Siempre se sale con la suya. En cuanto termino el primer trago, pido otro y un tercero.

Cuando siento que alguien se sienta al lado mío.

—¿Vienes a matarme? —pregunto. No era lo que esperaba. Estoy malditamente sorprendida.

—Por mucho que quisiera, no puedo.

Cuando llevo el cuarto trago servido a mi boca, Konstantin me lo arrebata de las manos, derramándose un poco en mis piernas desnudas.

Konstantin las mira y pone los ojos en blanco, me lanza una servilleta y me limpio.

De todos los hombres del mundo ¿Tenía que ser él?

No puedo estar más malditamente sorprendida, debo admitir.

—Déjame. Vete de aquí.

Sonríe por lo bajo. Es una sonrisa genuina y hermosa.

Konstantin debe ser el menor de los dos, todavía puedo ver un poco de alma de su mirada.

No es malo, por mucho que quiera serlo, está desesperado.

El chico me odia por una razón que desconozco, y creo que es por mi padre.

¿Mi padre le hizo algo a alguien cercano a ellos?

No lo sé. Son muchas preguntas que nadie se toma la molestia en responder.

—Tú no me das órdenes.

Estoy cansada de que me vean como una maldita idiota que no tiene voz.

Me levanto del taburete como puedo y él hace lo mismo.

Lo empujo y golpeo su pecho, pero apenas se mueve.

Le hace gracia y se ríe en mi cara. Siento cómo mis ojos comienzan a humedecerse y ahora me ve con furia.

¿No le gusta ver la debilidad de alguien a quien odia a muerte?

Pues que se joda. Lo vuelvo a golpear en el pecho, llamando la atención de los hombres a mi alrededor, pero nadie se atreve a intervenir.

La mirada de Konstantin los deja de piedra y además su arma en la cintura lo delata que no está jodidamente jugando.

—¡Vete!

—Rose…

—Todo es una mentira, yo solo…

—¿Rose?

Estoy muy borracha, o estoy muriendo. No lo sé, se siente igual, mis piernas no soportan mi peso y me dejo caer en los brazos de Konstantin, mis manos van a mi nariz y de nuevo hay sangre.

Mierda.

Konstantin saca un par de billetes y los arroja a la barra, donde luego me saca en brazos hacia la camioneta. No hay nadie más que nosotros dos cuando me mete dentro del lado del conductor y comienza a conducir a toda velocidad.

—¿Konstantin?

Puedo ver que está asustado. Sus nudillos están blancos apretando el volante y maldiciendo en ruso por todo lo alto mientras se pasa el semáforo en rojo. Dios si no voy a morir de un sangrado, moriré aquí por su culpa.

—No hables, te llevaré con mi padre.

Y de nuevo, todo se vuelve negro, confortándome una mano que no es la de Bear, y por primera vez, no tengo miedo.