Capítulo 19 #2
Ella se limpia las manos con su delantal y me ve.
Es una señora muy elegante a pesar de que es la encargada de este lugar, es como que algo no encajara.
Sus manos no están maltratadas, su cabello está recogido en un moño y tiene iluminaciones en el cabello, a pesar de tener arrugas, también usa un poco de maquillaje.
Ella bien pudiera ser mi madre en un fin de semana en que no le importe lo que esté usando.
Es tan confortable y me hace recordarla.
—Tutéame, cariño. No pasa nada. ¿Qué quieres saber?
—¿Eres… la madre de Bear?
Ella se sonroja y se ríe seguido de eso. Me doy cuenta que se ha sentado a mi lado, observando la piscina. He traído otro libro aquí y ya me estoy aburriendo de hacer lo mismo. Aunque solo llevo haciéndolo unos días.
Desde que las hipnosis pararon, no encuentro motivo para seguir aquí y ver pasar las horas.
Bear tampoco duerme conmigo. No es que lo quiera, de todas maneras. Él es tan confuso. Pero esperaba que, ya que tiene esta obsesión conmigo él quisiera compartir la misma cama; pero solo me observa dormir.
—No lo soy. No soy la madre de ninguno. Ojalá así fuera porque los quiero como a mis hijos.
—¿Tienes hijos?
—No, nunca pude tener. Incluso lo intenté junto a mi esposa, pero nos dimos por vencidas. La vida es mejor así. Y me sorprendió que la vida misma me llevara a cuidar de tres chicos.
—¿Esposa?
—Sí—se ríe de nuevo—estoy segura que conoces la palabra lesbiana y lo que significa.
Ahora la apenada soy yo. Me sonrojo en respuesta y ella toma mi mano.
—Estoy jugando contigo. No quiero hacerte sentir incómoda. Pero sí. Estuve casada por muchos años.
—No me incomodas. ¿Dónde está tu esposa ahora?
Su sonrisa se borra y se levanta para seguir en el lavabo lavando algunos platos.
—Ella murió de cáncer hace algunos años. —continúa —ella trabajaba con Ripley. También estudiaron juntos y así nos conocimos. Nos hicimos amigos como una familia. Luego con los años terminé aquí, ayudándolo a mantener a esos chicos a raya.
Es una buena historia. Resumida pero solo me deja más preguntas por hacer.
—Anton me dijo que Bear no es hijo de Ripley.
—Así es. No lo es. Pero Ripley lo quiere como un hijo. Aunque Bear es a veces una persona difícil. Es un buen hombre. Nos protege a todos. Mantiene toda la familia unida. Y es importante para la Bratva, aunque esa información no te la tenga que dar yo.
¿Bratva? Eso es… la mafia rusa. Por supuesto que lo es.
—¿A qué se dedican? —finjo no saber el significado de esa palabra.
—Eso no me corresponde a mí decírtelo, cariño. Pero si lo que te preocupa es que si son delincuentes o algo por el estilo. Es complicado. Ellos se encargan de limpiar la maldad en el mundo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Escuchamos otros disparos y me estremezco. Siento la adrenalina a flote como si ese sonido me llamara de alguna forma y ahora tengo curiosidad.
—Deberías de hacerle todas esas preguntas a mi muchacho ¿No crees?
Que lo llame de esa forma solo quiere decir una cosa. Es leal a él y no me dirá una mierda.
—Gracias, Stella.
—No tienes que agradecer nada. Lamento que no pueda despejar todas tus dudas. Pero si de algo sirve. Si él te tiene aquí es porque te está protegiendo de algo peor.
Desaparece de la cocina con esas palabras flotando en el aire. Ahora resulta que Bear me está protegiendo. No veo problema alguno más que él. Aunque cuando me trajo aquí alguien más iba a hacerlo si él no se hubiera adelantado.
Hay personas buscándome.
Y algo me dice que Bear está buscando a esa misma gente.
Con ese pensamiento salgo de la cocina y sigo el sonido de los disparos.
Ellos tienen que estar ahí. Camino a lo lejos de la piscina y los rosales, me alejo de los límites para no caer de nuevo y ser presa fácil de las espinas.
Cruzó un portón pequeño que está abierto al final del camino y veo a los lejos un polígono y a tres hombres disparando.
Bear y sus hermanos. Hombres con armas a lo lejos cuidando todo el lugar.
Armas.
Regreso a los hermanos y todos usando pantalones vaqueros y sin camisa revelando lo fuerte y marcado que son.
Y la tinta de sus cuerpos, todos están tatuados.
A diferencia de Bear que tiene rosas, sus hermanos tienen tatuajes totalmente diferentes y aterradores.
Me acerco y me estremezco con cada disparo que hacen hasta que llego a la mesa y veo todas las armas que tienen perfectamente alineadas.
Como si Bear me sintiera, me ve sobre su hombro y no se inmuta de mi presencia o parece preocuparle.
Comienza a disparar y el muñeco de enfrente tiene tres perfectas marcas de bala en el centro de su cabeza. Konstantin dispara directo al pecho y Anton se ríe cuando dispara directo a la polla imaginaria del maniquí.
—¿Mira a quién tenemos aquí? —es Anton. —La vampira ha decidido salir de su escondite.
¿Vampira?
—¿No crees que ya estaría muerta si lo fuera?—Se burla Konstantin. ¿Desde cuándo soy el centro de sus bromas?
Los ignoro y veo las armas. Podría tomar una. Dispararles y escapar. Pero luego me doy cuenta de que quizás no tengan…
—Están vacías—la voz de Bear me hace retroceder.
—Yo no intentaba…
—Lo sé, florecilla. —suena tranquilo. Y la boca se me abre de golpe cuando lo veo acercarse más a mí.
—Elije una.
—¿Qué?
—Vamos, cariño. Elige una. Te enseñaré a usarla.
—¿Tú harías eso?
—Por supuesto. Tienes que aprender a usar una, toda mujer debería. Incluso Stella sabe usar un arma.
Tiene un punto. Yo también pienso lo mismo. Las mujeres deberíamos andar un arma en nuestros bolsos en vez de maquillaje. Es así de jodido cómo está el mundo ahora. Y es irónico que lo piense estando en mi posición.
—Toma una o te haré tomar una, tú decides.
Su amenaza me hace temblar. Así que vuelvo mis ojos a la mesa donde las armas brillan a la luz del sol.
Una llama mi atención y creo que es perfecta.
—Quiero esa—señaló con el dedo.
—Es una Beretta Storm Px4 —La toma y se saca un cargador detrás de su cintura y lo coloca con maestría en el arma luego me la da.
Ahora completamente cargada y sin seguro.
—Tómala y ven aquí.
Mis manos no tiemblan cuando la tomo. Anton y Konstantin siguen en lo suyo mientras yo tomo el lugar de Bear frente a un nuevo maniquí. El arma pesa, pero no lo suficiente para hacerme dudar. Los dedos de Bear y su cuerpo brillante bajo la luz del sol hace que se me seque la boca.
—Sé que te gusta lo que ves, cariño. Pero mantén los ojos enfrente.
Me ve observándolo y hago lo que me pide. Se coloca detrás de mí y me coloca audífonos aislantes de sonido. Ellos no usan, pero me los coloca a mí de todas formas.
—Un pie frente a ti y el otro atrás—me toca la cadera y gimo para mis adentros—brazos firmes hacia enfrente. Con la mano izquierda sostén la mano derecha. Apunta y dispara.
Respiro profundo y veo el maniquí a lo lejos.
No escucho nada más que la respiración de Bear en mi cuello.
Más bien, la siento. Sus manos en mi cadera esperando el golpe del arma cuando dispare.
Y de nuevo salgo de mi cuerpo por una fracción de segundo y el zumbido en mis oídos me ayudan a mantener el equilibrio de alguna forma.
Apunta y dispara.
Mi respiración se agita. Mi corazón parece salirse de mi pecho y aprieto el gatillo disparando una y otra vez al ritmo del latido de mi corazón. Cuando el arma hace un clic de que ya no hay balas dentro alguien me quita el arma de las manos que ahora tiemblan sin parar.
¿Qué demonios fue eso? Ni siquiera me moví.
Me quito los audífonos y veo a los tres hermanos mirándome como si me hubiese metido un tiro en los pies. Veo mis pies y no hay nada. Entonces veo el maniquí. Sin cabeza. He deshecho la cabeza con los quince tiros.
Mierda.
—Yo…
—¿Sabes disparar?
Veo a Anton sorprendido tanto como yo. Su hermano Konstantin en parte me odia y sospecha de mí ahora más que nunca. ¿Cuál es su maldito problema de todas maneras?
—No. Supongo que es suerte de principiante.
La mano de Bear llega a la mía y me quita el arma. No puedo quitarme de encima sus miradas. Esto es demasiado extraño para mí así que lo único que hago es salir corriendo de su presencia porque siento que moriré por los agujeros que dejan sus miradas en mí.
Corro sin darme cuenta de que escucho los pasos de Bear detrás de mí, pero no me detengo.
Sigo corriendo hasta que su pecho me alcanza y me agarra de los brazos para darme la vuelta y mirarme a la cara.
—¿Qué dijimos sobre correr?
—Yo… no sé qué pasó, yo no…
—Respira, Rose—me toma del rostro y hace que lo vea. No parece estar tan alarmado como yo. En cambio, no dejo de pensar en lo que hice. He disparado sin pestañar como una maldita profesional.
Estoy temblando, por primera vez me aferro a sus manos y las atraigo hacia mi pecho.
—¿Qué me hicieron, Bear? Esa…esa no era yo.
—¿De verdad quieres saber?
Nunca había estado tan segura de algo hasta ahora.
—Sí.