La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

La bestia ha despertado.

La luz de la ventana y los pasos pesados me despiertan.

—Despierta.

Alguien está de mal humor hoy. Bueno, creo que nació con mal humor este hombre. Me levanto dolorida de la cama y me voy al cuarto de baño cuando veo que Bear vuelve a salir y me deja de nuevo sola.

—Sí, buenos días para ti también.

Le gusta vestirme de rojo.

Esta vez llevo un vestido manga larga por el frío y me llega un poco arriba de las rodillas. También hay unas zapatillas deportivas de mi talla y me las pongo junto con el suéter de lana que encuentro en mi cama. Está haciendo demasiado frío o yo estoy demasiado débil.

¿Cuándo fue la última vez que sentí tanto frío?

Me veo al reflejo del cristal de la ducha, tengo los labios hinchados. Al recordar porqué mis mejillas toman un tono rosa.

Peino mi cabello y me quedo mirando todo lo que hay en este baño.

Está lleno de cosas como el otro, cosas nuevas y femeninas. Ni siquiera veo el tiempo ni cuento las veces en que me cepillo los dientes para borrar el sabor de su saliva en mi boca, pero me doy por vencida. Todo este maldito castillo huele a él.

La puerta se abre de golpe y unos ojos fulminantes me ven desde el marco de la puerta y cruza sus brazos por encima de su pecho, me observa de pies a cabeza desaprobando lo que ha elegido para mí.

—Voy a quemar ese maldito vestido y todos los que Ripley ha comprado para ti. No lo apruebo.

—¿Y cómo quieres que me vista entonces? —digo de mala gana. Lo cual hace que entre al baño y me tome de la garganta. Me sienta sobre el lavabo y gruñe en mi oído:

—Desnuda. Esposada. Húmeda. En mi cama. Y que sea la última vez que me respondes en ese tono.

Trago.

Me quiero mover, pero se coloca en medio de mis piernas y las abre para acercarse más a mí.

Mi sexo golpea el suyo y siento cómo está de duro.

Anoche tuvo que haberse contenido bastante para que no me follara.

Solamente le gusta follarme con los dedos, pero al menos ayer lo hizo en una maldita cama.

—Vamos a dejar algo claro, florecilla. —me agarra un mechón de mi cabello y lo coloca detrás de mi oreja—voy a olvidar el incidente del teléfono si tú simplemente obedeces sin ser insolente el día de hoy. Te doy un día para que recapacites.

Me observa sin hacer un solo movimiento. Y trago por lo guapo que se ve. Usando solamente un suéter negro y sus pantalones de tela de diseñador. Su cabello en un perfecto moño y su barba incipiente perfectamente alineada. Sus ojos grises es lo que me gusta más y su boca.

Cielos, besa tan bien y lo odio por eso.

—Lo que sea que te estés imaginando, soy mejor.

Me muestra sus dientes y me derrito ante esa sonrisa diabólica en su rostro. Mierda.

Aprieto mis ojos. No quiero pelear con él. No tengo la energía física ni mental. Y estoy segura que tanto él como yo queremos respuestas.

—¿Por qué estoy aquí? —y como adivino no dice nada—al menos deja de tratarme como un maldito animal. Ya me tienes aquí, no iré a ningún lado.

Y lo veo en su rostro. La rabia.

No quiere tenerme aquí. Lo puedo ver en sus ojos. Y la forma en cómo aprieta su mandíbula. Le jode el hecho de detenerme aquí en contra de mi voluntad, pero tampoco puede dejarme ir porque algo más grande se lo impide. ¿Su obsesión? ¿Su jefe? Porque supongo que tiene uno.

—Lo sabrás a su tiempo.

Sobre lo otro no dice nada. Me baja del lavabo y me dirige hasta la puerta. Salimos de la habitación y me detengo al sentir el dolor en mi estómago.

—¿Tienes hambre?

¿Ha escuchado gruñir mi estómago? Me avergüenzo y asiento con la cabeza.

—Vamos, te daré de comer.

Me encuentro en la cocina a sus dos amigos, pero no veo a Ripley. Los hombres se me quedan mirando de pies a cabeza y me escondo detrás de Bear por acto reflejo. No me gusta la forma en cómo me miran y deben estar furiosos porque intenté huir anoche.

—Ellos no te harán nada si no se los pido.

¿Y eso debe hacerme sentir mejor?

Me sienta frente a ellos y coloca un desayuno completo frente a mí. Anton me sonríe.

—Estuviste genial anoche.

—¿Disculpa?

—En el concierto. —dice llevando un bocado a su boca.

Su aspecto poco desaliñado lo hace ver como un chico malo a pesar de que lleva un traje ahora.

Al contrario de su amigo de al lado, es reservado pero su porte es de un matón a sueldo.

En cambio, Bear es como si fuese el mismo Dios del infierno.

Se viste jodidamente bien, es bastante grande como una bestia, pero a veces me confunde su forma de ser, es como una bomba de tiempo.

Puede ser blando y tu peor pesadilla. Estos hombres parecen modelos de un cuento de hadas lleno de villanos.

Sus ropas caras me lo dicen y la forma en cómo se comportan, no son mercenarios, han sido educados.

Termino la mitad de mi desayuno y estoy ahora completamente sola. Bear y sus dos matones se han ido y me han dejado sola aquí en el completo silencio de este gran castillo embrujado.

¿Esto es una prueba?

Veo el jardín y el sol a tope, hace un poco de frío así que decido estirar mis piernas.

Sintiéndome libre de que soy tan cautiva como pensé.

Salgo al jardín y comienzo a dar pasos pequeños alrededor del lugar sintiendo ojos sobre mí todo el tiempo, hay rosales por todo el castillo.

Y lo que más me causa curiosidad es su color. Todas son rojas.

Camino más lejos de la entrada de la cocina y escucho los pájaros.

Me abrazó a mí misma y encuentro un punto que da cerca de la parte de atrás.

Veo detrás de mí y me sorprende lo grande que es este lugar.

Escalofriante. Hay gárgolas en cada una de las puntas de roca del castillo y los cubre en una parte más rosales.

Es como si fuese un castillo gótico y al mismo tiempo embrujado.

No está deteriorado, alguien se toma su trabajo en serio de mantener este lugar impecable y no tengo que pensarlo mucho para saber que es Bear.

Es el único que se mueve a sus anchas en este lugar, lo que me hace pensar que él es el dueño.

Me quedo mirando sus grandes ventanales de cristal macizo y veo una silueta mirándome desde la ventana.

El corazón me da un vuelco y analizo lo que veo. Una figura femenina. Usando un camisón blanco y holgado. Su cabello es esponjoso, pero no puedo ver su rostro. Cuando alza una mano, doy un paso atrás al darme cuenta que quizás estoy viendo un maldito fantasma.

No me gustan los fantasmas.

Aunque no puedan hacerte daño, se supone que esas mierdas no tienen que estar ahí una vez parten al otro plano.

El sonido de una rama romperse me saca de mi trance y veo a Bear que me observa entre los rosales. Vuelve mi mirada hacia la ventana y la silueta se ha ido.

Mierda.

—Había alguien ahí— señalo con un dedo tembloroso. Bear arruga su frente y ve hacia la ventana.

—Yo no veo nada.

—Había una mujer ahí. ¿Tienes a alguien más aparte de mí en contra de su voluntad en este castillo?

En cuanto dejo salir la pregunta me arrepiento porque veo como la vena de su frente se hincha y poco a poco se acerca a mí mirando rojo.

—No te me acerques.

Doy un paso más hacia atrás y Bear da dos hacia adelante. Pensar que tiene más mujeres aquí me hace querer vomitar. Esto es lo que temía. Deben de ser una red de trata de blancas y conmigo se ha estado divirtiendo para volverme loca. Ripley y él deben estar juntos en esto.

Lo único que puedo hacer es correr y no lo pienso dos veces. Mis pies cobran vida por sí solos y corro. El césped perfectamente cortado me indica que sigo en el jardín. No sé qué tamaño tenga, pero creo que este lugar no tiene tope. Debo encontrar una salida.

—¡Rose!

El grito de Bear me hace estremecer. Está cabreado y escucho sus grandes pasos detrás de mí, pero ahora llego a unos rosales más altos que parecen ser laberintos que no tienen fin. Me pincho con una rama y sigo corriendo, jadeando y no me detengo.

—¡Rose, maldita sea!

No me importa que vaya a castigarme. Para eso tendrá que encontrarme y atraparme. Y no lo está haciendo. Corro más y vuelvo a pincharme con otra rama llena de espinas. Me quejo del dolor y me detengo cuando Bear sale corriendo frente a mí.

Tiene los ojos rojos de furia.

—¿Adónde crees que vas?

—Lejos de ti.

Esta vez no se ríe y parece asustado cuando dice.

—No puedes escapar. Conozco este lugar como la palma de mi mano y lo estás haciendo jodidamente mal.

Camino hacia atrás lentamente para echarme a correr de nuevo cuando mis pies se detienen al sentir un borde.

—Rose—algo en su voz llama mi atención. Y no lo escucho. Toco con mi mano detrás de mí y hay más ramas. Este debe ser el camino hacia la salida y solo está intentando distraerme.

—No te muevas, camina hacia mí.

—¡No!

—Rose, has llegado al límite. Detrás de ti hay una enredadera con espinas más grandes. No intentes moverte, joder o te harás daño.

—No te creo.

Y como la idiota que soy, doy un paso hacia atrás y siento el pinchazo de la primera espina enterrándose en mi pierna y grito cuando caigo hacia el rosal lleno de espinas y cada una de mis extremidades es pinchada por una de ellas.

Grito de dolor y Bear maldice. Cuando siento su mano en mi cintura y cambia de lugar, pinchándose él más que yo y me arroja lejos. Caigo al suelo y grito del dolor nuevamente y no me muevo porque es más doloroso hacerlo y más cuando siento las gotas de sangre y suciedad en la herida.

—¡Joder!

Bear llega rápido a mí y se acerca para ver la gravedad de mis heridas.

Siento que mi suéter se hizo añicos con la punta de cuchillos de la enredadera y lo termina de sacar lo que queda de él y ve mi rostro, mis brazos y piernas.

Puedo sentir la sangre correr por todos lados, incluso en mi cara que apenas cubrí con mi brazo antes de que él se metiera ahí conmigo.

Me ha salvado.

De nuevo.

Por una estupidez mía. No estaba mintiendo.

¿Cuándo te ha mentido? Escucho la voz en mi cabeza.

—Rose, mírame—su voz es fuerte y gruñe al mismo tiempo. No tengo que verlo para saber que está enfadado.

—Lo siento—es lo único que puedo decir débilmente—Lo siento mucho.