Capítulo 11
Una tortura muy dulce.
La rosa es la flor que más se ha empleado desde siempre para elaborar filtros y elixires de amor, para que el amor de los enamorados prospere, para que el estado de felicidad se perpetúe, de ahí que los enamorados se regalen flores, con la intención de que su amor prospere, se fortalezca y este energéticamente protegido ante cualquier adversidad.
La rosa está presente tanto en remedios medicinales como cosméticos, y también culinarios.
Las rosas son alma a pesar de estar rodeadas de dolor por sus espinas.
El hecho de que la rosa tenga espinas en sus tallos es un indicador de su energía protectora: para acercase a su fragancia y a su belleza, hay que ir con cuidado: sabe protegerse de quien no valora su belleza.
Un pétalo. Es lo primero que veo a mi lado cuando abro los ojos.
Destaca demasiado la forma roja como la sangre en esta sábana negra de seda que se mezcla con mi cuerpo.
Estoy demasiado cansada. Débil y dolorida.
Aun así, me levanto y veo frente a mí a Bear que está sentado en un sofá bastante cómodo y tiene los ojos cerrados.
¿Durmió ahí? ¿Me miró dormir toda la noche?
Al menos no me mató, pero sí sacó todo el oxígeno de mi cerebro y clavó su veneno.
Hace esto por mi padre. Y no teme decirlo ni como lo tome.
Conozco bien que lo que mi padre hace puede agradar o disgustar algunos.
Pero eso no encaja con Bear. ¿Trabaja con el gobierno?
¿Con alguna mierda farmacéutica que no esté feliz con los hallazgos de mi padre y teme irse a bancarrota? Todo es tan confuso.
Bear está con la misma ropa de ayer. Su pecho sube y baja con tranquilidad y tiene la boca en línea recta.
Unos labios carnosos que quisiera probar y que me ha negado en el pasado.
En cambio, su cuerpo, también lo niega y sus manos.
Sus dedos estuvieron dentro de mí. Aprieto mis muslos y suspiro fuerte cuando…
—Lo que sea te estés imaginado soy mejor.
Me sobresalto al pensar que seguía dormido. Pero en cambio, cuando quiero volver a protegerme bajo las sábanas, sus sábanas, él llega hasta a mí como la bestia que dijo que sería y me toma del cabello para que lo mire a la cara.
—No te atrevas a esconderte de mí, florecilla—susurra en mis labios, me hala del cabello y estoy segura que se quedará con algunas mechas en su mano cuando me suelte.
Me saca de la cama y hace que camine hasta lo que parece ser su baño. Es bastante amplio y lujoso, y hasta huele a él.
—Desnúdate—me ordena fuerte y seco.
Mis manos me tiemblan, pero no siento miedo alguno. Es solo que no te levantas un día te secuestran y tu acosador te pide que te desnudes ante él de forma animal.
Lo hago, porque solo tengo un vestido y no tengo ropa interior. Quedo desnuda ante él y veo que sus ojos no se apartan de los míos.
Quiere leerme y no puede.
—Entra—me señala la ducha y entro, mis pies están sucios, mis manos y piernas y siento que huelo a humo y algo más que no logro descifrar. Abre la ducha y el agua es fría.
—¡Cielos! —me quejo apartándome del agua fría—El agua está fría.
—Lo siento, cariño—se burla sin una pizca de remordimiento—te dije que tu tortura comenzaba hoy y el agua fría es lo menos de lo que tienes que preocuparte.
Lo odio. Y no dejaré que me vea quebrada o llorando por el agua fría, haciendo temblar mi barbilla me meto debajo del agua fría y comienzo a acostumbrarme a la temperatura, haciendo despertar todos sentidos, y no solo eso, mis pezones están tan duros que comienzan a doler.
Bear está del otro lado, mirando cada uno de mis movimientos, tomo un poco de gel y champú y lavo todo mi cuerpo, de inmediato me embriago con ese aroma peculiar a nubes y océano.
Tan él. Y ahora yo oleré a él. Mierda.
—Suficiente—cierra el grifo y yo sigo temblando por el agua fría. Me lanza una toalla a la cara y la tomo. Esto tiene que ser una maldita broma, me está tratando como una mierda sin valor y sé que solo está comenzando.
Al menos me dio la oportunidad de darme un baño.
—Vístete—me señala el bulto de ropa frente a mí. Unos vaqueros oscuros y un suéter rojo, también hay ropa interior decente y unas zapatillas negras.
No es mi estilo, pero servirá. Al menos no llevaré el vestido sucio y andrajoso que me dio la primera vez.
Me coloco la ropa interior de algodón, es nueva porque aún tiene etiqueta, es como unas bragas de una maldita adolescente.
Dios. Me termino de vestir y no me veo al espejo, porque no hay ninguno.
Y eso es extraño. ¿Quién no tiene espejos en su baño?
No me molesto en preguntar. Veo que hay un cepillo nuevo y pasta de dientes, pero no sé si tengo permiso.
—¿Puedo…
—Adelante, no tardes, princesa.
—Gracias—digo de mala gana.
Princesa, florecilla, cariño y Rose. Soy todo eso, depende de su estado de ánimo. Rose cuando no está jugando, florecilla cuando juega a ser la bestia, cariño cuando quiere jugar a protegerme y princesa cuando se burla de mí. Claro, ahora lo entiendo.
Cuando termino de cepillar mis dientes y peinar mi cabello con mis dedos, me toma de la muñeca fuerte y me saca del cuarto de baño, llevándome fuera de la habitación y caminando juntos por el pasillo.
No sabía que tenía derecho a salir, pero dijo que mi tortura comenzaba hoy, supongo que es a eso a lo que vamos.
El castillo es bastante grande y agradable, no es que secuestren a diario a alguien, eso me queda claro, pero todavía no entiendo qué hago aquí y si este es su hogar y lo comparte con las otras personas que trabajan para él, supongo que sí.
—¿Adónde vamos? —le pregunto.
—No hagas preguntas o volveré a encerrarte en el sótano, Rose.
Vaya. Supongo que dormir en el sofá lo puso con un humor del culo. Su agarre es fuerte, sé que tendré sus marcas en cada parte de mi cuerpo si continúa tomándome de esa forma. Lo que me recuerda que solo él puede marcarme según sus amenazas, se volvió loco cuando Alex dejó las suyas en mí.
Llegamos a otro pasillo, subiendo las escaleras que dan a un despacho y lo primero que veo es a Ripley, y estamos en un despacho que parece una enfermería porque Ripley está vestido con una bata blanca de médico y veo todo tipo de instrumentos en una mesa.
Mierda.
Mi instinto es correr, retrocedo lista para correr, pero Bear se da cuenta y me aplasta con su pecho la espalda, impidiéndome salir por la puerta.
—No, no, Florecilla—me toma de los hombros y me empuja hacia adelante—Será mejor que no intentes correr de nuevo porque esta vez sí habrán duras consecuencias y no estará Ripley para protegerte.
¿Verdad, Ripley? —Ripley hace contacto con él y asiente hacia mí con cara de perdedor como si no tuviera otra opción que obedecer a su jefe.
—Así que haz lo que malditamente te digo.
Vuelve a empujarme y trago. Veo un sofá y me doy cuenta que esto parece un pequeño hospital mental porque veo una réplica en molde de un cerebro humano.
¿Son médicos?
No quiero estar aquí, no me gustan los doctores, no me gustan los hombres usando bata y mirándome como si fuese un maldito experimento.
—Por favor—no puedo creer que esté rogando, pero este es mi límite—por favor, Bear. No me negaré en nada, pero esto no.
Ripley lo ve, pero no dice nada. En cambio, me ve a mí y dice con voz calmada:
—Siéntate, Rose—Ripley me señala el sofá y me parece una eternidad cuando llego ahí y me siento. —Voy a tomar tu presión. ¿Está bien?
Asiento con mi mirada perdida en mis propios pensamientos y recuerdos de hace diez años. No quiero estar aquí.
No quiero estar aquí.
Bear se coloca detrás de mí y ve cada uno de los movimientos que hace Ripley, cuando coloca el instrumento en mi brazo, tiemblo y él me sonríe con dolor.
Quiere ayudarme a que confíe, a que no tenga miedo.
Pero él no entiende. No le tengo miedo a su amigo.
O lo que él pueda hacerme, es a mi mente. Mi jodida mente y diez años atrás.
Comienza a bombear el manómetro hasta que está lo suficiente apretado a mi brazo y el aire comienza a salir y aflojarse cuando los números en la pantalla táctil comienza a volverse locos.
—Tienes la presión bastante elevada—dice como si ya no lo supiera—ahora veré tu ritmo cardiaco.
Comienza a jugar con sus instrumentos, dejándome claro que es un maldito doctor y yo me dejo hacer cada cosa. Sintiendo la respiración de Bear en mi cuello cuando dice:
—Mi pequeña florecilla está asustada—susurra—bien, continúa así y todo será más fácil para todos.
En ese momento la puerta se abre y los dos tipos que vi el día anterior entran jadeando y Bear gruñe por la interrupción.
—¿A quién de los dos tengo que matar por entrar sin tocar? —espeta Bear y ellos se quedan en blanco de forma divertida. No toman en serio su amenaza, pero está claro que lo respetan suficiente para agachar la cabeza y disculparme.
—Lo siento, pero tenemos un problema—dice el tipo de cabello castaño corto y musculoso.
Podría ser hermano de Bear, pero sus rasgos son diferentes de alguna forma se parecen físicamente y a la vez no.
Bear es un poco más rubio, que este hombre, pero de contextura son igual de fuertes y ambos están llenos de tatuajes y visten bien.
El otro chico, es más joven, más temeroso, él no me llamó perra.
Él se queda mirándome como si fuera la cosa más despreciable que haya visto jamás y no entiendo por qué.
Es más sencillo en su forma de vestir. Camiseta y pantalones negros, usa botas de combate y no tienen ningún tatuaje a la vista, solo músculos.
Y su mirada es tan gris como mi alma. Los dos son bastante guapos, salidos de una banda de mafiosos, pero no veo armas y tampoco los veo sucios, estos hombres se dedican a algo más.
—Habla—le exige Bear y el sujeto me ve. —¿Crees que ella dirá algo? Habla de una vez.
Quita la mirada de mí y vuelve a maldecir en voz alta cuando dice:
—La dirección que teníamos, el lugar está vacío. No hay nada. Creo que fue una maldita trampa y casi nos cuesta todo el trabajo de cinco años.
—¿Tanto? —Bear no parece angustiado como él—Deja de llorar y tú—señala el otro chico que no deja de verme—rastrea las otras direcciones que te di, manda un dron primero y luego entren al lugar, no hagan nada estúpido hasta que todos estén a salvo. ¿Entendido?
—Sí, señor—se burla y ambos salen, dejando dudas en mi cabeza.
Las manos frías de Ripley me traen a la realidad cuando comienza a ver mis ojos con una luz y me pida que la siga. No la sigo del todo, me confundo y vuelvo a comenzar, sintiéndome mareada por la luz brillante frente a mí y me duele la cabeza.
Por la expresión de Ripley no encuentra nada bueno en mí. A pesar de que los exámenes son meramente físicos puedo ver en su cara que no está conforme.
—¿Y bien? —Bear es el primero en preguntar. —¿Podemos comenzar ya? ¿O me harás perder el maldito tiempo tú también?
—Ella está muy débil—Ripley ignora su amenaza no tan clara. Como si ya supiera el genio que tiene, no se inmuta en absoluto por eso—No podemos comenzar hasta que le haga pruebas de sangre y vea que su sistema inmunológico está lo suficientemente fuerte para comenzar con…
—Comienza ahora—vuelve a decir con un tono más fuerte y me estremezco, este Bear suena desesperado y no le importa nada más que su objetivo. ¿Qué mierda quieren hacerme?
—Bear…
—Saca la maldita sangre si quieres no me importa. Quiero que comiences ahora mismo, necesito entrar a su maldita cabeza y que comiences a recopilar información.
—No puedo solo…
—¡Dije que lo hagas! —grita y tiemblo.
—¡Basta, Bear! —Ripley lo encara y veo ambos hombres de edad desconocida frente a frente listos para pelear. Necesito hacer algo, algo que los distraiga de lo que sea que tengan en sus malditas cabezas.
—Yo…—comienzo a decir—Yo… no sé para qué estoy aquí, pero quiero irme, si necesitan hacer algo conmigo por favor solo háganlo y déjenme ir.
Ripley traga y Bear sonríe. Maldito cabrón.
—Ya la oíste.
Mis manos están hechas puños. Mi mandíbula está adolorida y mis piernas no dejan de temblar.
No tengo miedo me repito a mí misma, ninguno de estos hombres me hace que quiera luchar por mi vida y sé que eso es malditamente extraño.
Sé que no es normal y puede que tenga algún problema sobre la realidad que me rodea, pero quiero terminar con esto de una buena vez.
Ripley se pone guantes y pide permiso para sacar sangre. Se lo permito, sin sentir el pinchazo en mi brazo, nunca le he tenido miedo a las agujas, no después de…
—Eres una chica valiente, Rose—Ripley me alaba y Bear gruñe detrás de mí otra vez. —ahora quiero que te recuestes y cierres los ojos.
—¿Qué? —todos mis sentidos se alarman. Conozco bien adónde va esto.
—Hazlo, Rose—Bear me agarra de la nuca y me insta a que me recueste en el sofá.
Su tacto me deja claro que no tengo otra escapatoria.
Siento mi espalda tocar la suave tela debajo de mí y me llevo las manos a cada lado de mi cuerpo.
Mis pestañan temblando cuando se cierran y mi respiración comienza a acelerarse.
—Respira hondo, lentamente—aconseja Ripley—concéntrate en mi voz. Siente cómo tus pulmones se llenan de oxígeno y déjalo salir, Rose.
Poco a poco, hago lo que me pide. Mis ojos se mueven debajo de mis parpados y todo comienza a ser más pesado mientras Ripley continúa hablándome.
—Respira, Rose. Estás en un lugar seguro—continúa—nada ni nadie puede lastimarme.
Sé muy bien que dice eso al final mirando a Bear, cuyos ojos siento en mí a pesar de que todo es oscuro ahora.
—Respira y cuando cuente tres vas a relajar por completo tu cuerpo y tu mente. —todo se vuelve un poco pesado. Jamás me había sentido tan relajada, tan…en paz. —1…2…3…¿Estás relajada, Rose? —pregunta—Asiente si quieres.
Asiento.
—Ahora, quiero que piensen en un lugar feliz, uno que te guste mucho, donde nada ni nadie te pueda sacar de ahí.
Quiero que te acuestes en el mismo sofá en donde estás y cierres los ojos, ese es tu lugar seguro.
Pero cuando cuente hasta tres y pida que los abras, lo harás y regresarás con nosotros, ¿De acuerdo?
Me siento agotada. Imagino mi lugar seguro, mi sótano, el que recreé como mi lugar seguro, el lugar donde no existe el peligro, lleno de libros, de música, mi piano y mi gato. Es mi lugar seguro.
Mi lugar seguro.
Veo el sofá y me acuesto sobre él, mis pies están descalzos y Poe está a mi lado durmiendo. Cierro mis ojos y escucho la voz de Ripley en mi mente.
—¿Estás en tu lugar seguro, Rose? —Asiento de nuevo—Bien, ahora quiero que pienses lo que pasó hace diez años, cuando esos hombres te llevaron…