Capítulo 8
Si pudiera saborear algo no palpable, sería la muerte.
Tengo problemas con la muerte.
Mentí. Sí hay algo a lo que tema y es morir. Pero no morir solamente sino en no saber el cómo. Qué mirarás por última vez, qué olerás. Qué escucharas. Tengo miedo de eso. De lo último que se lleve mi alma y la persona que se lleve mi último aliento.
La muerte. La simple muerte efímera de lo desconocido.
El suicidio.
He visto gente morir. En mi cabeza primero antes de que suceda en la vida real y créeme es maldita mente alucinante como espeluznante.
Lo odio. Y odio a Alex por traer ese recuerdo que había llevado a lo más profundo de mi oscura alma. Me emocioné cuando recibí un mensaje de texto, mi mente retorcida quería que fuera la bestia que amaba tener los dedos dentro de mí, pero me llevo la sorpresa que es mi amiga.
Lilith: Solo para que sepas, Alex está bien. Le darán de alta hoy. Mis padres están avergonzados contigo. Lamento todo esto, Rose. Dime si necesitas que cancele la presentación de mañana.
No. Lo que menos quería era que Alex pusiera mi mundo de cabeza. No me iba a quedar en casa sintiéndome mal por él. Aunque debería. ¿Debería?
Maldita sea no. ¿O sí?
No canceles nada. Y sobre tus padres, diles que lo siento.
No sabía qué más decir sobre el asunto. Su hijo se había querido matar frente a mí. Hubiera sido una mierda y ahora tendría que ver su fantasma por todo el lugar. Iba a odiar a Alex incluso después de la muerte. Así que di las gracias por lo bajo, y solo me sentía mal por su familia.
Me reúno con mis padres esa misma tarde en nuestro restaurante favorito y siento la sensación de que estoy siendo vigilada.
Él mismo me lo dijo. No tiene que sorprenderme.
Pero mierda, estaré con mis padres. Y lo que menos quiero es lidiar con ese asunto, ya sé que no puedo ir a la policía.
Ya sé que me atrae y que no debería. Ya sé que debería de ver otro psicólogo para tratar el tema de mi acosador y porque me excita la parte de que es caliente como el infierno y que en mi mente es simplemente algo que puedo manejar.
El hombre es peligroso.
Todavía no sé lo que quiere, sé que lo hará y sé que es algo grande. ¿Por qué otro motivo me acecha? Lo que yo hago en los hombres a veces no es normal, pero nadie se había atrevido a tanto como él. Entonces ¿Qué es lo que quiere?
A mí.
Mi padre está con su traje perfecto y corbata azul marino, mi madre y su gucci a cuadros y su cabello recogido en un perfecto moño y cabello platinado como el mío, ahora natural por las canas me hace burla porque no me he vestido elegante como de costumbre.
Bueno, quería salir de ahí cuanto antes y había olvidado la comida que tenemos una vez al mes.
—Cielo—mi padre es el primero en acercarse y darme un abrazo y un beso en la frente.
—Cariño, ¿Estás bien? —el aroma a lavanda de mi madre me hace cosquillas, siempre sus perfumes fueron bastante molestos en cuanto a cantidad. Así que me retiro un poco cuando la saludo con dos besos.
—Estoy bien.
Ella me ve de arriba hacia abajo. Estoy usando botines negros y un leggins gris y chaqueta de cuero, he venido casual y no usando un vestido de cóctel como mi madre me pide que vista siempre y cuando salga a la calle y no esté frente al piano.
A la mierda la elegancia, hoy quise ponerme lo primero que encontré y jodidamente me veo genial y sexy porque llevo escote y mi cabello en una coleta lisa alta.
—Estás vestida como si fueras a un concierto de rock.
—Es porque iré a uno después de comer con ustedes—me burlo.
Ella levanta las cejas y asiente. La amo.
—¿De verdad?
—No, mamá. Estoy probando una nueva moda.
Vuelve a asentir.
—Creo que se ve genial.—dice mi padre.
—¿Tú crees? —mi madre me susurra después—¿Crees que me siente a mi bien probar algo nuevo también?
Mi madre es una amante de la moda. Nunca fue de las mujeres que me vistió como una niña mimada y remilgada a usar lazos en el cabello.
Ella siempre me dejó ser libre, pero yo la admiraba tanto que quería ser como ella.
Había sido modelo toda su vida y pasaba horas viendo sus revistas, era como una Barbie en carne y hueso y solamente adopté por imitarla.
Pero no soy como ella.
Ella es dulce, risueña, tímida e incluso aventurera. Al menos lo era. Hace diez años su vida cambió gracias a mí y se sucumbió en su propio mundo. Apenas y habla del tema.
Y mi padre es otro cuento aparte. Siempre quiso una esposa trofeo y nunca quiso hijos, pero nací yo y me quisieron, no volvieron a intentarlo después que pasaron los años.
Nunca entendí por qué mi padre siempre fue tan diferente a ella y aun así congeniaba tan bien con ella.
Eran como el fuego y el agua, mi madre era la calma de su tempestad.
—Lo que tú quieras siempre te sentará de maravilla, mamá.
—Oh, mi amor.
Pedimos al mesero lo mismo de siempre. Y mi padre me observa sin decir nada. ¿Se habrá enterado sobre Alex?
—¿Cómo está Alex?—pregunta mi madre tomando el primer bocado de su comida.
—Supongo que bien, espero. No quiero preocuparlos, pero he decidido terminar las cosas con él.
Mi madre abre los ojos como platos y toma mi mano.
—¿Estás bien?
—Sí, no quiero que te preocupes. Fue un rompimiento amistoso.
—Yo no lo llamaría amistoso después de lo que me enteré esta mañana. —dejó de ver a mi madre para ver a mi padre y lo que ha dicho. Siempre tan directo. Tan él.
—¿De qué te enteraste? —pregunta mamá.
—Al menos déjala que coma en paz, papá. Iba a decírselos después de la comida. O no, porque Alex no se merece ningún tipo de lástima.
—Estoy de acuerdo, pero me hubiera gustado enterarme de ti y no de sus padres, me han llamado disculpándose como si no quisiera que pusiera una orden de alejamiento para ti.
Tiene sentido.
—¿De qué están hablando, por dios?
Los dos vemos a mi madre. Sigue con su tenedor en la mano y toda su comida se ha caído de él. Tomó su mano y le digo en voz baja lo que pasó. Me aseguro de que no se desmaye y fulmino con la mirada a mi padre que ha seguido disfrutando de su filete de dos mil dólares bañado en oro.
Maravilloso.
Los padres de mi amiga le tienen miedo. Todos temen de alguna manera al doctor Van Raven, no solo por sus descubrimientos sino por lo que sigue haciendo por el mundo.
Fue uno de los investigadores para detectar a tiempo el Alzheimer un gran descubrimiento para el mundo de la medicina.
Mi padre es un importante doctor de investigación de los Estados Unidos y parte de los mejores equipos investigativos del mundo.
Él fundó la marca patente de descubrimiento e investigación experimental Rose.
Sí, mi madre se llama Rose y yo también.
Y mi padre pensó que era el nombre perfecto para su laboratorio.
Acoge a muchos nuevos talentos universitarios y apuesta por nuevos avances en mentes jóvenes.
Lo que tengo que admirarle. Pero no deja de ser un poco controlador y obsesionado con lo que hace, por eso no quería tener hijos; le escuché decir una vez.
Su mente era demasiado brillante para dejar un legado de esa forma. Por eso odié si quiera pensar en estudiar medicina y eso fue lo que hizo que nos alejáramos desde un inicio. Me quitó toda ayuda monetaria si no seguía sus reglas.
Entonces pasó lo que todo padre teme para sus hijos. Me secuestraron, me torturaron de maneras bastante extrañas que apenas y puedo recordar y luego me dejaron ir. Me convertí en una importante pianista y vivo de ello.
Esa es mi patética historia. Y aunque ahora me valga por mí misma, mi padre nunca me lo perdonó.
—Alex está bien. Lo que hizo fue… un error. Y también fue mi error no ver las señales. No darme cuenta lo peligroso que era. Pero estoy bien.
—No lo estás. Y pondré esa jodida orden. No se te volverá a acercar me aseguraré de ello.
—Papá.
—Se acabó, Rose. No dejaré que nadie te haga daño.
¿Por qué se sentía mal? Era mi padre, toda hija quiere que su padre la proteja. Pero en mi caso, odiaba cuando mi padre quería jugar a ser mi héroe. Me ponía de mal humor. ¿Por qué se sentía mal? Porque era lo que esperaba.
Una voz en mi cabeza recordó las palabras de la sombra que me acechaba.
Él también quería protegerme. Y me gustaba el hecho de saber que podía hacerlo.
No era porque alguien caliente que no conocías te protegería.
O porque te acechaba y te quería para él.
Era la seguridad que tenía en sí mismo. Mi padre quería convencerse a sí mismo en vez de convencernos a mi madre y a mí que lo haría.
Y eso me llenaba de rabia. Porque mi padre no era ningún héroe.
—Cariño. —siento la mano de mi madre en mi frente—Estás ardiendo.
De pronto me comienza a faltar la respiración. Mi padre es el primero en buscar en mi bolso mi inhalador y me lo lleva y a la boca como si no se tratara de algo grave. Pero yo siento que lo es. Recordar me enferma.
Y puedo ver el miedo en sus ojos. Que yo recuerde le aterra.
—¿Hace cuánto tienes fiebre?
—No lo sé. Va y viene. Es el cansancio.
Mi padre toma mi muñeca y comprueba en su caro Rolex mi pulso.
—Está débil. No es algo bueno.
Mi padre se pone de pie. Pero yo no puedo moverme. Escucho las voces, pero no logro descifrar lo que dicen. ¿Acaso le han puesto algo a mi comida? No puedo moverme y tampoco puedo respirar.
Mi padre continúa con el inhalador en mi boca y coloca hielo detrás de mi cuello, pero tampoco puedo sentirlo. No es como el episodio de Alex que me desconecté de la realidad, es el pánico aferrándose a mis huesos.
Algo no anda bien y no era la primera vez que me pasaba. Me había ocurrido hace un mes, después de un concierto. Me desmayé y mierda…
Creo que volveré a desmayarme.
Las manos de mi madre son tan suaves como si no hubiera hecho un maldito trabajo duro en toda su vida.
Así lo era. Había nacido en cuna de oro, como yo.
Su madre fue modelo y ella siguió sus pasos.
Mis manos no eran así de suaves. Es increíble lo que un piano puede hacerle a tus dedos.
De todas maneras, se siente bien que su mano esté acariciando la mía.
Abro los ojos y la veo, estoy en el hospital. No. Estoy en Rose. Mi padre me ha traído a su clínica. ¿Ahora soy su paciente?
—¿Papá?
—Estoy aquí.
—¿Por qué estoy aquí?
Me duele la cabeza. Y me doy cuenta que estoy en su habitación, la que usa cuando tiene largas horas de trabajo. Estaba equipada con la última tecnología médica y se sentía mejor que una habitación de un hospital. Mi madre había dado a luz aquí si hubiera tenido un hermano.
—No quise llevarte a un hospital. Has reaccionado a una alergia. ¿Has estado rodeada de flores?
—Solo las que dejan después de los conciertos. Me he asegurado de mantenerme lejos.
—¿Qué tipo de flores has estado expuesta?
—No lo sé. De todos los colores. Sabes que las odio, pero la gente sigue enviándolas.
—Hay muchos pesticidas y otras sustancias que rocían en las flores para que conserven su perfume por más tiempo. No tienes que estar expuesta a ninguna flor que no sea natural. Pero incluso si lo estás, podría darte un ataque.
—Lo siento, a veces olvido estas cosas. Le pediré a Lilith que se encargue de que nadie me envíe flores.
—Es lo mejor. Sino tu asma empeorará. El polen hace fiesta en tus pulmones.
Sí, seguro eso es lo único que va a matarme.
…
Se habían quedado más tranquilos. Al menos por ahora.
Aún no les había dicho que tenía un acosador.
Ni pensaba hacerlo. Aunque debería si las cosas se ponían bastante mal.
De hecho, ya estaban mal. Este tipo estaba burlando la seguridad de mi casa, había atropellado a un tipo también.
¿Qué más había hecho? Claro, quería enamorar a mi gato.
¿Qué era lo que quería? ¿A mí? Me tenía, oh mierda, me tenía.
Sabe que no me resisto ante él como debería, como una mujer normal que corre cuando ve el peligro, pero yo corro hacia él.
Hay algo malo en mí, siempre lo supe. Incluso cuando estaba con Alex, no me importaba que fuera otro hombre obstinado igual que mi padre, Alex era algo que yo podía controlar desde un inicio hasta que un día ya no pude y no tuve el valor de hacerme a un lado, hasta ahora.
Hasta que mi acosador apareció. Y me hizo pelear con él. Con todos. Conmigo misma.
Me hace ser valiente, obstinada, rebelde, me hace ser… diferente. No puedo dejar que esa sombra sea quien me controle y juegue con mi mente. No puedo dejar que conozca mis más oscuros secretos.
No puedo enamorarme de nuevo, ni de él ni de nadie y el hecho de que lo tome como una posibilidad, me aterra… porque todo lo que alguna vez imaginé en mis más locos sueños en un hombre, en su oscuridad, su fuerza, su poder. Una bestia.
Es él.
Y no sé quién es. Y tampoco quiero averiguarlo.