La Obsesión de mi Bestia (Pétalos de sangre nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Poe me observa mientras sostengo mi libro entre mis manos. Estoy en el sótano. Me siento segura aquí por alguna razón que desconozco.

Encerrada.

Suena familiar a lo que fue mi vida hace diez años.

Dicen que las experiencias traumáticas después te resultan dolorosamente familiares y te sientes a gusto porque ya conoces el resultado de ese dolor. Supongo que mi resultado es este. Aunque no quiera admitirlo. Soy una farsante. Una hipócrita, lo sé, pero nadie tiene que saberlo.

—Eres tan adorable.

El señor Poe maúlla en respuesta y lo traigo más hacia mí. Le he dado un baño. Mi gato es perfecto, gruñón pero perfecto. Le gusta el agua y mi compañía algo que no es normal en los animales, pero de él sí.

Escucho pasos afuera de mi escondite y ahora no le espanta ni siquiera salir a comprobar nada porque si es mi acosador, no quiero encontrármelo de nuevo.

He enviado una denuncia por correo electrónico.

Con todos los datos que pude reunir en menos de tres horas sobre él. No lo sabrá de todas maneras.

La alarma se activa y me incorporo lista para salir cuando escucho que están destruyendo mi casa.

Alex.

Abro la puerta y lo encuentro de espaldas arrojando la botella de tequila que Lilith dejó anoche sobre el mesón.

En su mente debe haber mil cosas en este momento, porque cuando me ve puedo ver la furia que está conteniendo.

Ni me sorprende su actitud. He estado con un novio abusivo por los últimos meses desde que se convirtió en un idiota.

—¿Dónde está? —dice.

—¿Dónde está quién?

Sé lo que anda buscando. Y no lo encontrará. Cuando le diga la verdad, va a enfadarse aún más. He dejado el teléfono en el sótano por lo que si las cosas se ponen difíciles no podré llamar a la policía.

—No te hagas la idiota, sabes muy bien. El imbécil con el que follas y me engañas.

—Me ofendes. No tengo ningún amante.

Camina hasta el piso de arriba y lo escucho regresar a grandes zancadas, ni siquiera me molesto en seguirlo, puede volverse loco él solo mientras yo busco mi teléfono y lo tengo listo para llamar a la policía si se vuelve a ponerme una mano encima.

En cuanto escucho que maldice y golpea la pared del pasillo, doy llamar y lo escondo en la bolsa de mi pantalón trasero.

—¡Maldita sea, Rose! —grita viniendo hasta mí. Lo primero que veo son mis cuchillos de acero perfectamente puestos en el estuche y tomo uno, lo escondo. No sé lo que hará Alex, pero sí lo que haré yo si intenta tocarme.

Alex llega hasta mí y ve la puerta del sótano abierta, se da cuenta que al mismo tiempo es un librero, lo que en su mente se vuelve como un escondite perfecto para esconder a un amante.

Llega hasta ahí y lo sigo, no voy a dejar que haga un desastre ahí adentro. Cuando entra ahí y no ve nada, solo comienza a estornudar.

—Era verdad lo del maldito gato.

—Sí, mejor vete. O te dará un ataque anafiláctico.

—Eres asmática, no puedes tener un gato.

Mi gato no me da alergia. Tampoco ha sido un problema y hasta ha dormido en mi cama. No funciona así.

—Ese no es tu problema, Alex. Vete de aquí o llamaré a la policía.

—¿La policía? —se ríe y puedo ver sus ojos vidriosos. Está drogado o ebrio o ambas cosas. Lo que lo hace más peligroso. —Eres mi maldita novia.

—No. Las apuestas son tu novia, el alcohol y las drogas, desde hace mucho tiempo. Se acabó, Alex no hagas más difícil esto y por favor, vete.

—No puedes dejarme.

Camina hacia mí y yo retrocedo. Lista para salir corriendo.

Pero cuando quiero desbloquear la puerta me agarra del cabello y me arroja al sofá donde se sienta a ahorcajadas.

Mi teléfono ha caído al suelo y no sé si lograron escuchar la llamada.

Las manos de Alex rodean mi cuello y siento el cuchillo detrás de mí.

Lo tomo y los ojos de Alex se abren como platos cuando ve lo que estoy a punto de hacer.

Algo en mi mente se bloquea y un zumbido me desconecta de la realidad cuando todo a mi alrededor se mueve.

—¡Maldita, Zorra!

—¡Alex, detente! —le grito cuando lo aparto de una patada y corro hasta la cocina por otro cuchillo, pero Alex se coloca frente a mí y me inmoviliza cuando levanta el cuchillo entre nosotros.

—No puedes dejarme, Rose. —cuando el cuchillo lo apunta solamente a él mi alma abandona mi cuerpo y todo ocurre rápido que no me da tiempo de detenerlo.

Me congelo y estoy gritando, estoy gritando, pero no puedo escucharme.

La sangre de Alex me salpica cuando corta sus muñecas frente a mí y no puedo detenerlo porque me observo de pie en el viejo sótano, con el olor a sangre fresca mientras toco el piano para alejar los gritos de las personas ahí encerradas en las otras habitaciones.

Hace diez años.

Cuando ellos me llevaron y me obligaron a ver. A ver las atrocidades que hacían.

Me niego a que mi mente viaje a ese momento. Sobreviví. Fui mejor que eso, logré lo que ellos querían, no me convertí en una mártir. Fui mejor que eso, lo mejor que hayan experimentado.

El cuchillo rebota en el suelo y un grito sale de mi garganta cuando mi mente reacciona y veo a Alex que cae al suelo y cuando mi cuerpo quiere hacer lo mismo, unos brazos fuertes me sujetan y me levantan.

Vuelvo a gritar, pero no escucho mi propia voz.

Solo siento unos brazos rodearme desde atrás y quitándome el cuchillo de las manos.

—¿Estás herida? —pregunta cargándome fuera de ahí y dejándome sobre el sofá—Respóndeme, Rose ¿Estás herida?

Niego y luego hablo.

—No.

—Buena chica—apenas y siento su mano en mi mejilla—La policía estará aquí en un segundo. Reza para que esté muerto o sino yo terminaré lo que él maldito empezó.

Coloca un pétalo en la palma de mi mano y lo veo marcharse. No fue duro. No fue insolente, fue… humano por primera vez. ¿Había estado aquí todo el tiempo?

Cuando la policía entra con sus armas en alto y ven a Alex tirado en el piso, estoy lista para dejarme ir.

Olor a nubes y algodón, algún tipo de perfume caro también.

Ese tipo de aroma que ponen en los artículos de olor, la marca azul que dice que huele a nubes y algodón, incluso a una cascada.

Ese aroma no familiar, único y que te hace suspirar.

Así huele él.

Huele a nubes y tabaco también. ¿Es así el aroma de las bestias?

Huele a cielo e infierno.

Aún sostengo el pétalo en la palma de mi mano. Creo que la he desecho debido al sudor dentro de ella. La policía ha hecho preguntas que apenas he podido responder. Lilith está aquí para responder por mí y lo agradezco. Veo a todos lados y me siento desnuda, no quiero a nadie aquí.

—Ella está en shock.

No lo estoy.

—¿Rose?

Veo a mi amiga. Está sosteniendo mi brazo. Me ha colocado una manta encima. Mi teléfono vibra sobre la mesa, deben ser mis padres o los de Lilith. ¿Están molestos conmigo? Fue su maldito hijo quien quiso quitarse la vida frente a mí.

Sí, está vivo. No cortó lo suficiente. Solo quería asustarme. Bueno, lo hizo por un segundo, pero pronto volví a levantar mis muros.

Nadie nunca derriba mis muros. No me llevará hasta diez años atrás.

No estoy lista para enfrentar lo que pasé.

Las terapias no sirvieron de nada, solo arrojé toda esa mierda hacia el otro lado y lo dejé así.

Me convertí en una artista y el resto es historia.

Nadie me ha visto quebrada, pero Alex estuvo a punto de llevarme ahí de nuevo y eso jamás se lo perdonaré.

Lo pudo ver en mis ojos, sé que lo hizo y es entonces lo que temo, que él vuelva a querer llevarme ahí.

—¿Quieres ir al hospital?

Niego con la cabeza.

—Bien.

La puerta se cierra. La policía se ha ido. Su hermano está en el hospital.

—Deberías estar en el hospital con él.

—No.—mi amiga se deja caer a mi lado del sofá.—El maldito no logró su objetivo, aunque sí logró asustarte. Mi lugar está aquí contigo está claro que no estás bien.

Se lo agradezco. Es verdad no estoy bien.

Pero no tiene nada que ver con Alex. Aunque esté vivo, es un alivio.

No quería que marcara mi casa de esa forma y peor aún, que se quitara la vida por mi culpa.

Es lógico que no me ama, su obsesión está fuera de control. Y eso lo sabía desde hace mucho tiempo.

La obsesión, un capricho. Existen dos formas de ver esto. El que era mi novio me lastimó. El hombre que me acecha me ha dado placer y me ha protegido como nunca nadie lo ha hecho.

Esto no es normal. Sin punto medio.

Estoy enojada conmigo misma, por haber permitido que llegara tan lejos. Todo esto es mi culpa, una debilidad que dejé que empeorara.

—Estoy bien.

Será cuestión de horas para que las marcas de Alex se hagan notar. También me arde el cuero cabelludo donde me arrancó el cabello. Veo el charco de sangre y Lilith sigue mi vista, la aparto enseguida.

Odio la sangre de otros. No me desmayo cuando la veo, pero me recuerda lo de hace años y lo que eso dejó en mí. Me dejó jodida, me dejó incapaz de sentir esa pequeña línea entre empatía y frialdad. A veces me cuesta incluso saber si soy capaz de dañar a otros como me lo hicieron a mí.

—Ve a darte una ducha, limpiaré eso por ti.

—No tienes que hacerlo—digo con un hilo de voz y puedo ver que mi amiga ya está llorando. Yo no. Nunca he llorado por Alex y no lo haré ahora.

—Insisto—me toma la mano y me da un beso en mi cabello cuando se pone de pie—Te llevaré un té para que descanses, puedes hacerlo en tu habitación o en…esa cosa que has hecho.

—Mi sótano. —me rio—no es escalofriante, pero tienes razón, es raro incluso viniendo de mí.

—¿Sabes? Es extraño que no tengas tu piano ahí adentro, solo libros. Es como si la Rose que está ahí fuera otra.

Mi piano blanco está en la esquina de mi sala.

Pongo los ojos en blanco. No tiene nada que ver eso, aunque puede que sí, puede que una parte enferma de mí quisiera estar aún en cautiverio sin darse cuenta.

Pero es algo que mi amiga no lo entendería.

Me pongo de pie y me voy escalera arriba hacia mi habitación, me desnudo y entro a la ducha, ni siquiera me molesto en ver el color del agua, sé que es un poco rosa debido a la sangre seca de mis pies.

La sangre de Alex. Cuando salgo encuentro el té en la mesita de noche y algo más. Un pétalo rojo.

Me quedo mirándolo más de lo normal. Eso no estaba ahí cuando entré a la ducha.

Él tiene que estar aquí. O estuvo aquí. Mi habitación es grande, las paredes son gruesas. ¿Vivirá entre las paredes? Imposible. Es un hombre bastante grande y mis mejillas arden al sentir aun sus dedos dentro de mí. ¿Cómo permití que lo hiciera? ¿Qué hay de malo en mí? ¿Me violó?

Por supuesto que no, no te vi negándote.

Pero no es normal.

Ni lo que hace, ni lo que hago y que me permití que me hiciera. No es normal.

Él estuvo aquí. ¿Cómo lo supo? Claro, me vigila constantemente.

Seguro me ha visto dormir, darme una ducha, incluso ha escuchado mis pedos.

Oh, por dios. Me sonrojo y me llevo las manos a la cara y me dejo caer en mi cama.

Desnuda, permanezco debajo de las sábanas como me gusta y me quedo mirando el techo negro de mi habitación. La lámpara de araña de cristal me hace burla, se mueve con el viento que entra por la ventana y escucho los pequeños cristales chocar entre sí.

Amo ese sonido.

Veo mi teléfono celular y mis ojos se abren como platos al ver la última llamada que hice.

Yo no llamé al 911.

Yo lo llamé a él.

Imposible.