La obra perfecta Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Miles de vidas y de nombres, años de trabajo. No eran propiedad de Esteban. Pertenecían a las personas que había intentado rescatar del olvido.

La fundación había intentado borrar aquellas historias una vez. El fuego iba a hacerlo por segunda.

Eché a correr. Arranqué varios archivadores de una estantería. Los abracé contra el pecho.

Un agente intentó detenerme.

—¡Déjalos! —me ordenó.

—¡No!

Mi propia voz me sorprendió.

Durante un instante todo el mundo se quedó inmóvil. Salcedo fue el primero en entenderlo. Sin decir una palabra dejó el arma sobre una mesa. Cogió una caja vacía. Metió dentro varios archivadores. La lanzó hacia la escalera.

Otros agentes hicieron lo mismo. En cuestión de segundos, nadie perseguía a un asesino. Todos intentaban salvar aquellas historias.

Vega fue la única que no se movió.

Se quedó junto a la puerta, con la radio en la mano, observando cómo sus propios agentes desobedecían cualquier protocolo de una escena de incendio para rescatar cajas de cartón. No los detuvo.

—¡Vega! —grité, sujetando dos archivadores contra el pecho.

El techo crujió sobre nuestras cabezas. Una viga cayó a pocos metros. Las llamas empezaban a rodearnos.

—¡Tenemos que salir!

Busqué a Esteban. Seguía inmóvil. Los agentes ya no lo sujetaban. No hacía falta. No pensaba escapar.

Comprendí que aquello era el verdadero final de su obra. No las muertes o el incendio; aquella imagen: personas arriesgando la vida para que otras, completamente olvidadas, no desaparecieran por segunda vez.

Él me observó en silencio.

—Ya no me pertenecen —admitió.

Miré las estanterías envueltas en humo y las cajas que pasaban de mano en mano hacia la salida. Tenía razón. Aquellas historias ya no eran suyas.

Nunca volverían a serlo.

Una explosión sacudió el edificio. Las llamas treparon por los estantes. Salcedo me agarró con fuerza del brazo.

—¡Daniel!

Intenté soltarme. Contemplé por última vez a Esteban. Se acercó a la vieja máquina de escribir. Colocó una hoja en blanco. La ajustó bajo el rodillo con una calma imposible. Apoyó los dedos sobre las teclas.

Levantó la vista. Nuestros ojos volvieron a encontrarse. Esta vez sonrió de verdad. Una sonrisa cansada, serena, como la de alguien que por fin ha terminado el trabajo de toda una vida.

—Ahora, el autor eres tú.

No tuve tiempo de responder. Salcedo tiró de mí con todas sus fuerzas. Las llamas comenzaron a tragarse la habitación.

Mientras bajábamos las escaleras escuché, por última vez, el sonido de la máquina de escribir. Tac, tac, tac.

Hasta que el rugido del incendio terminó por devorarlo todo.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí sentado sobre la acera. Había ambulancias, bomberos, policías entrando y saliendo del edificio. Alguien me hablaba, aunque no entendía una sola palabra.

Tenía la vista clavada en el humo que seguía escapando por las ventanas del archivo. Allí dentro acababa de morir Esteban Arce.

Aun así, la sensación que no dejaba de perseguirme era otra. Él no había conseguido escapar, había logrado terminar.

Salcedo se dejó caer a mi lado. Llevaba la camisa cubierta de hollín y respiraba con dificultad.

Durante un rato ninguno de los dos dijo nada.

Los dos observábamos cómo los bomberos seguían sacando cajas ennegrecidas del edificio.

Algunas contenían expedientes, otras no eran más que montones de papel reducido a cenizas.

—Hemos salvado una parte —la voz del inspector sonó ronca—. No toda.

Asentí sin apartar la mirada del incendio.

Volvió la calma entre nosotros. Al cabo de unos segundos, él me tendió una pequeña carpeta. Estaba chamuscada por una esquina. La reconocí al instante. Era la que Esteban había dejado sobre la mesa durante nuestra conversación. La que llevaba mi nombre.

—La encontraron junto a la máquina de escribir.

La sostuve entre las manos. El cartón aún conservaba algo de calor. No la abrí todavía. No sabía si dentro encontraría respuestas o preguntas nuevas.

Salcedo me observó unos instantes antes de hablar.

—Nunca pretendió salir de allí.

—No.

Los dos lo sabíamos desde el momento en que lo vimos volver a sentarse frente a la máquina. No había preparado una huida. Había preparado un final.

—¿Sabes qué es lo que más me inquieta? —me preguntó dejando escapar el aire.

Lo miré. Señaló las cajas que seguían llegando desde el interior.

—Que, durante unos minutos —esbozó una sonrisa cansada—, todos dejamos de perseguir a un asesino para salvar sus archivos.

Seguí la dirección de su mirada. Tenía razón. Ninguno había recibido esa orden. Ningún protocolo lo contemplaba. Simplemente, había ocurrido. Porque, en algún momento, todos comprendimos que aquellas carpetas ya no pertenecían a Esteban.

Pertenecían a las personas cuyas vidas contenían.

Apreté el expediente contra el pecho, y entendí cuál había sido la última prueba. Esteban nunca quiso demostrar que el mundo era incapaz de recordar. Quiso averiguar si todavía quedaba alguien dispuesto a intentarlo.

Miré la carpeta con mi nombre; después, el edificio consumido por las llamas. Respiré hondo.

La historia de Esteban Arce había terminado.

La mía acababa de empezar.