Capítulo 19 #2
—Al entierro fuimos cuatro personas. —Su voz se quebró un instante, lo justo para que resultara insoportable de escuchar—.
Cuatro. Después de haber dedicado su vida a los demás, a cuidar ancianos que ya nadie visitaba.
—Cerró la carpeta con cuidado, como quien cierra algo por segunda vez—.
Empecé a escribir sobre ella esa misma noche.
No para publicarlo, para que quedara constancia en algún sitio de la persona que había sido, no solo el informe que decía que no lo era.
Y entonces descubrí que Sofía no era la única.
Se levantó. Se acercó a una estantería y extrajo varios archivadores. Los dejó frente a mí. Ninguno pertenecía a las víctimas cuyos nombres ya conocía.
Abrí la primera. Una mujer, accidente laboral, peritajes contradictorios, denuncias archivadas. Nadie asumió responsabilidades.
Revisé la siguiente. Un menor tutelado, informes manipulados. El caso desaparecía entre trámites administrativos hasta convertirse en un expediente olvidado.
La tercera hablaba de un anciano incapacitado de forma fraudulenta para quedarse con su patrimonio. También había terminado en un cajón.
—Ellos no murieron.
—No.
—¿Entonces?
—Desaparecieron igual.
Sus palabras quedaron flotando en el aire.
Esteban acarició con la yema de los dedos una de las fotografías.
—Durante mucho tiempo hice exactamente lo que tú habrías hecho. Escribí. Presenté denuncias. Busqué periodistas. Recorrí juzgados. Intenté convencer a cualquiera que quisiera escuchar. —Esbozó una sonrisa amarga—. Nadie quería.
No respondí porque sabía que aquello podía ser cierto.
—¿Sabes cuál fue el momento en que comprendí que había fracasado?
Negué.
Sacó una vieja portada de periódico que no mostraba un asesinato ni un crimen especialmente llamativo. Era un pequeño reportaje de investigación, escondido en una página interior.
—Trabajé durante meses para demostrar que una red de informes falsificados había destruido decenas de vidas. —Deslizó el periódico hacia mí—. Una semana después nadie volvió a hablar de ello. Poco tiempo más tarde asesinaron a una actriz.
No hizo falta que continuara. Yo mismo recordaba aquel caso. Todos los informativos abrieron con la noticia. Durante días no se habló de otra cosa.
Esteban sostuvo mi mirada.
—Aquella noche descubrí algo que me aterró: la verdad no basta para obligar al mundo a mirar; pero la muerte, sí. Mientras aquella mujer estuvo viva, nadie quiso escucharla. Bastó con que apareciera muerta para que todo un país hablara de ella.
Lo miré sin dar crédito.
—Y entonces comprendiste que esa era la única forma de ser escuchado, pero eso no puede justificar lo que hiciste.
—No. Y nunca he dicho que lo haga.
No vi a un hombre intentando convencerme. Vi a alguien tratando de explicarse a sí mismo.
—Al principio solo quería provocar una reacción. Después pensé que podía sacudir conciencias. Y cuando quise darme cuenta… ya había cruzado una línea de la que no sabía regresar.
Mi pulso se aceleró. No porque estuviera empezando a comprenderlo. Sino porque entendía perfectamente el primer paso. Lo verdaderamente aterrador era todo lo que vino después.
El silencio volvió a adueñarse de la habitación. Las carpetas seguían abiertas sobre la mesa. Aquellas personas nunca habían aparecido en los periódicos. Nunca habían protagonizado un juicio mediático. Nunca se había escrito un libro sobre ellas.
Simplemente, habían desaparecido de la memoria de todos.
Miré a Esteban y afirmé:
—Y entonces empezaste a matar.
—No —su voz apenas era un susurro—. Empecé a convencerme de que podía cambiar las cosas.
—¿Matando inocentes?
—Al principio solo pensaba en demostrar que existían. La primera vez… funcionó.
Aquella palabra me produjo un escalofrío.
«Funcionó».
No dijo «salió bien» ni «tuvo éxito». Dijo exactamente la palabra que habría utilizado alguien para hablar de un experimento.
—Después del primer asesinato —continuó—, los periodistas investigaron. Los jueces reabrieron expedientes. Las familias fueron escuchadas.
Por primera vez en años alguien volvió a pronunciar sus nombres.
Respiré. Sabía adónde quería llegar, y empezaba a odiar que una parte de su razonamiento describiera algo real.
—Confundiste las consecuencias con la razón —le advertí.
—Sí.
No intentó defenderse. No buscó una explicación. Solo aceptó la frase.
—Creí que estaba devolviéndoles la voz, pero, en realidad, solo estaba usando sus vidas para demostrar una idea.
Su mirada se perdió un instante entre las estanterías. Mientras, yo sentí un peso en el pecho.
—Entonces —mi voz sonó mucho más baja de lo que esperaba—, ¿por qué ellas?
Esteban tardó unos segundos en responder.
—Porque ya habían desaparecido una vez.
No comprendí.
Él continuó.
—La fundación los condenó al olvido. Yo me negué a que desaparecieran dos veces.
Las palabras me golpearon con más fuerza que cualquier confesión anterior. No había orgullo ni satisfacción. Solo una lucidez insoportable.
—Ellos decidían quién podía ser olvidado. Yo terminé creyendo que podía decidir quién merecía ser recordado.
Aquella era, probablemente, la primera verdad completa que Esteban había pronunciado desde que entré en el archivo.
No intentaba presentarse como un justiciero, ni como un mártir, ni siquiera como un hombre incomprendido.
Solo como alguien que había acabado pareciéndose demasiado a aquello que llevaba media vida combatiendo.
Miré los archivadores que nos rodeaban. Miré también, sin poder evitarlo, hacia la puerta por la que había entrado.
—Samuel sigue vivo.
No era una pregunta.
Esteban asintió.
—Lo sé.
—Tenía un expediente. Vi la advertencia. «Todavía dispone de tiempo». Estaba preparado para él como para los demás.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
Su voz sonó distinta a la de toda la conversación. Más parecida a la de un hombre cansado que a la de alguien explicando una teoría.
—Porque fui a verlo antes de decidirlo.
—¿Y qué pasó?
—Le pregunté si sabía lo que le había ocurrido a Sofía, a Marta, a Julián. Y me lo contó todo sin que yo tuviera que enseñarle una sola prueba. Sin abogados. Sin excusas.
—Eso no lo hace inocente.
—No, pero los demás llevaban años negando, ocultando, mintiéndose incluso a sí mismos. Samuel fue el único que, cuando por fin alguien se lo preguntó de frente, decidió dejar de esconderse.
Levantó la vista hacia mí.
—Mi obra nunca fue castigar la culpa. Yo quería castigar el olvido. Y un hombre que confiesa ya ha dejado de intentar que se olvide lo que hizo.
No respondí enseguida. Había algo en aquella distinción que seguía sin convencerme del todo, sonaba a la misma clase de regla que él mismo se había inventado para todo lo demás.
—Así que le perdonaste la vida por una conversación.
—Le di la oportunidad que nunca tuvo Sofía.
No añadió nada más. Y hasta ese momento no supe si aquello era compasión o, simplemente, la última norma de un juego que solo él conocía.
Miré las estanterías que nos rodeaban. Guardaban miles de nombres.
—¿A cuántos mataste?
—A cinco.
La cifra me descolocó más que cualquier otra respuesta de aquella noche.
—Aquí hay miles de expedientes.
—Miles de vidas que rescaté del olvido —su voz sonó, por primera vez, casi orgullosa—. Cinco personas a las que maté para que el mundo volviera a mirar a las demás.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé. Marta, Julián, Claudia. —Hizo una pausa—. Y, mucho antes que ellos, un inspector de trabajo y una psicóloga que jamás llegasteis a relacionar conmigo.
—¿Quiénes?
—Ricardo Salas y Elena Duque.
Repetí los nombres para mí mismo. No me decían nada.
—A Salas lo encontraron ahogado en el pantano donde solía pescar.
Lo llamaron accidente. A Elena la encontró su hermana en su propio piso.
Lo llamaron suicidio. Nadie relacionó nunca ninguna de las dos muertes conmigo, ni con nada.
En aquel momento, todavía no sabía cómo hacer que el mundo mirara. Aprendí con ellos dos.
Sentí un vacío distinto a todos los anteriores.
No era el hueco de una fosa sin encontrar, era el de saber que dos personas llevaban años enterradas bajo la palabra equivocada, y que nadie —ni siquiera la policía que aguardaba en el exterior— iba a poder cambiar ya esa palabra en ningún certificado.
No eran expedientes de muertos, los miles que nos rodeaban.
Eran historias de gente que seguía viva o que había desaparecido de forma tan anónima como cualquier otra, sin que Esteban les hubiera puesto una mano encima.
Solo cinco de aquellas carpetas pertenecían a alguien a quien él mismo había matado.
El resto era, sencillamente, todo lo que el olvido no había conseguido borrar todavía.
Permanecimos callados. Los agentes seguían esperando fuera.
El silencio se rompió con un leve goteo.
Después otro.
Y otro más.
Miré al suelo.
Un líquido transparente comenzaba a deslizarse entre las grietas del parqué.
Entonces me llegó el olor.
Gasolina.
Tardé apenas un segundo en percibirlo. Era tenue. Casi no se notaba, pero estaba allí.
En ese instante apareció la primera llama, pequeña y temblorosa, al fondo del archivo; después, otra; y otra más.
Las observé avanzar por el suelo siguiendo una línea transparente que hasta ese momento había pasado inadvertida. El combustible recorría todos los pasillos. Cada estantería. Cada rincón. Todo había sido preparado con una precisión enfermiza.
—¡Fuego!
El grito llegó desde el exterior.
Salcedo reaccionó al instante.
—¡Entrad! ¡Ahora!
La puerta estalló de golpe.
Los agentes del GOES irrumpieron en la sala mientras una lengua de fuego comenzaba a trepar por una de las estanterías.
Dos de ellos redujeron a Esteban. Los demás comenzaron a despejar una salida entre el humo.
Yo no podía dejar de mirar los archivadores.