La obra perfecta Capítulo 19
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Capítulo 19

La obra perfecta

El edificio permanecía a oscuras. Empujé la pesada puerta de madera. Cedió con un leve crujido.

El aire del interior estaba cargado de humedad y polvo. El vestíbulo seguía casi igual que en las fotografías antiguas: un mostrador de recepción cubierto por una fina capa de suciedad, varias sillas volcadas y carteles descoloridos pegados a las paredes.

Me detuve un instante. Escuché. Nada. Ni pasos. Ni voces.

Solo el silencio de un lugar abandonado demasiado deprisa.

A mi espalda, Salcedo hizo un leve gesto con la mano. Los agentes del GOES permanecieron en el exterior, esperando la orden de entrar.

Los tres avanzamos despacio.

Al cruzar el vestíbulo, una placa metálica apareció entre las sombras.

FUNDACIÓN ARÍSTIDES

Estaba nervioso.

Entonces lo oí. Tac. Una pausa. Tac. Otra. Tac, tac, tac.

Una máquina de escribir trabajaba despacio. No improvisaba. Cada pulsación llegaba con la calma de quien conocía la siguiente palabra antes incluso de terminar la anterior.

Seguimos adelante.

Las estanterías se alzaban a ambos lados como los pasillos de una biblioteca interminable. Miles de archivadores, de nombres y de vidas.

Cada pocos pasos, el sonido volvía a repetirse, más cerca, más nítido.

Ya no tenía la sensación de estar persiguiendo a un fugitivo.

Caminaba hacia el último capítulo de una historia que llevaba semanas leyendo.

Doblamos el último pasillo.

La estancia apareció, de repente, ante nosotros.

No había puertas. Solo una lámpara iluminaba una vieja mesa de madera.

Frente a ella, un hombre escribía. Su cabello era completamente gris. Llevaba un jersey oscuro y las gafas apoyadas en la punta de la nariz. Ni siquiera levantó la vista cuando llegué.

Terminó la línea que estaba redactando. Arrancó el folio con cuidado. Lo leyó. Corrigió una palabra con un bolígrafo azul. Solo entonces alzó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron por segunda vez. Sonrió lo suficiente para que yo comprendiera que llevaba esperándome mucho tiempo.

—Has tardado más de lo que esperaba.

No respondí. Durante semanas había imaginado aquel momento de todas las maneras posibles: disparos, órdenes, una huida desesperada… Nada se parecía a aquello.

Esteban Arce no parecía un hombre acorralado. Parecía un escritor al que acababan de interrumpir mientras terminaba un manuscrito.

Dejó el folio sobre una pila perfectamente alineada. Después apoyó las manos sobre la mesa.

—Buenas noches, Daniel.

Sentí un escalofrío. Tuve la extraña sensación de estar frente a alguien que me conocía mucho mejor que yo a él.

Recorrí la habitación con la mirada. No había armas, maletas ni provisiones. Solo la máquina de escribir, las carpetas y una única silla frente a la mesa.

Esteban siguió mis ojos.

—La puse para ti.

—No pienso sentarme —me negué.

Una leve sonrisa asomó en su rostro.

—Lo sé.

El silencio volvió a caer entre nosotros, pero ya no era el de un periodista frente a un asesino, sino el de dos hombres que sabían que toda aquella historia había desembocado exactamente en esa habitación.

Entendí que Esteban nunca había querido escapar ni ocultarse de verdad. Llevaba semanas conduciéndome hasta allí, hasta esa mesa, hasta esa conversación.

Y supe que, cuando pronunciara la primera pregunta, dejaría de perseguir a un asesino y empezaría, por fin, a entender al autor.

—¿Por qué Claudia?

Esteban guardó silencio unos segundos.

—Porque se acercó demasiado. Empezó a hacerse las preguntas correctas.

Revisó documentos que nadie había revisado.

Encontró contradicciones que no debía encontrar.

Si hubiera seguido investigando, habría llegado hasta mí mucho antes de que todo estuviera preparado.

Primero, intenté alejarla. Cuando comprendí que no iba a detenerse, la convertí en una pieza más del tablero.

Esperé a que continuara. No lo hizo enseguida.

—¿Sabes qué es lo más curioso? Con todos los demás podía decirme a mí mismo que estaba haciendo algo parecido a la justicia. Torcido, monstruoso, pero algo.

Se quitó las gafas. Las dejó sobre la mesa con más cuidado del necesario, como si aquel gesto le diera tiempo para ordenar lo que iba a decir.

—Con Claudia no hubo ninguna historia que contar, ninguna vida que rescatar del olvido. No la escribí antes de matarla. No hay ningún cuaderno con su nombre.

No vi en sus ojos la serenidad de antes. Vi algo mucho más parecido al miedo.

—Hasta esa noche pude convencerme de que era distinto a ellos, de que detrás de cada muerte existía una obra —continuó con la voz más baja—.

Con Claudia solo protegí un secreto. Como habría hecho cualquiera de ellos.

Y dejé de ser el hombre que llevaba veinte años intentando que nadie más se desvaneciera sin dejar rastro.

Me convertí, sin más, en alguien que hacía desaparecer a quien se interponía.

Después de esa noche ya no pude volver a mentirme.

Bajó la mirada hacia sus propias manos, como si no las reconociera del todo. A continuación, levantó la vista hacia mí y habló antes de que yo hiciera la siguiente pregunta.

—Por eso sabía que esto tenía que terminar aquí. Contigo.

Se hizo un silencio dentro de mí.

—¿Y por qué yo?

Las palabras salieron de mi boca casi sin darme cuenta. Llevaba semanas persiguiéndolo. Había imaginado aquel momento cientos de veces. Y, sin embargo, cuando por fin lo tenía delante, esa era la única respuesta que necesitaba.

Esteban no mostró sorpresa. Al contrario. Parecía que llevara años esperando exactamente esa cuestión.

—Porque eras el único que seguía haciendo preguntas.

—Hay miles de periodistas.

—No. Hay miles de personas que escriben noticias. Muy pocas hacen preguntas.

Sostuve su mirada.

—No me conocías —repliqué.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Te conocía mucho antes de escribirte la primera carta.

—Eso es imposible.

—¿De verdad?

Se dirigió con calma hacia una de las estanterías. Sacó un archivador gris y lo dejó sobre la mesa. No tenía ningún nombre, solo una fecha.

Lo abrí. Dentro había recortes de periódico, artículos antiguos firmados por mí, los primeros reportajes que publiqué cuando aún era becario, pequeñas columnas perdidas entre anuncios, noticias que ni siquiera recordaba haber escrito.

Fui pasándolas una a una. Al principio no entendí qué tenían en común.

Después empecé a verlo. Nunca hablaban de cifras o estadísticas.

Siempre había alguien detrás de cada historia: un anciano desahuciado, una mujer desaparecida, un trabajador despedido por denunciar irregularidades, una familia atrapada durante años en un procedimiento judicial…

Historias que apenas ocuparon unas pocas líneas y casi nadie leyó.

Volví a fijarme en él.

—¿Guardabas mis artículos?

—No —respondió con absoluta tranquilidad—. Guardaba tus preguntas.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

Esteban se acercó. Apoyó una mano sobre el archivador y añadió:

—Con el tiempo descubrí algo curioso. La mayoría de los periodistas escriben aquello que creen que interesa. Sin embargo, tú escribías aquello que pensabas que debía importar.

Recordé aquellos reportajes. Todos habían pasado desapercibidos. Ninguno abrió un informativo. Ninguno ocupó una portada. Muchos desaparecieron de la edición digital pocos días después de publicarse.

—Nunca sirvieron para nada —negué con amargura.

Esteban sonrió.

—Y, aun así, seguiste escribiéndolos.

Bajé la mirada hacia el archivador. Comprendí que no estaba viendo una colección de artículos, eran años de mi propia vida observados por alguien a quien nunca había conocido.

—Esto sigue sin explicar por qué me elegiste.

Asintió.

—Tienes razón. Solo explica por qué empecé a observarte.

—Hay algo que sigo sin entender. Si todo esto empezó porque querías rescatar a personas olvidadas… ¿en qué momento decidiste convertirte en aquello que más odiabas?

Recorrí con la mirada las estanterías que nos rodeaban. Miles de carpetas, miles de nombres, miles de vidas que alguien se había negado a dejar desaparecer.

La pregunta quedó sin resolver entre nosotros.

Esteban no respondió de inmediato. Permaneció unos segundos observando el tablero de la vieja máquina de escribir, como si buscara la respuesta entre las teclas.

Cuando habló, su voz sonó cansada. Mucho más cansada que fría.

—No ocurrió un día. Ocurrió muchas veces.

Se quedó callado un momento más de lo habitual. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido la serenidad de antes.

—Tuve una hermana. Sofía.

No lo dijo como quien empieza una explicación, sino como quien se obliga a pronunciar algo que lleva años evitando.

Se levantó y caminó hasta el fondo de la habitación. Regresó con una carpeta distinta a las demás, más gastada, más manoseada. La dejó sobre la mesa, pero no la abrió enseguida.

—Trabajaba en una residencia —continuó—. Denunció que estaban medicando de más a los internos para que no dieran problemas por la noche. Aportó documentos, nombres, fechas.

Abrió la carpeta. Dentro había una fotografía de una mujer joven, sonriendo, y varias hojas amarillentas.

—La empresa presentó un informe psicológico que aseguraba que mi hermana sufría un cuadro de estrés y confusión, que no era fiable, que «necesitaba ayuda», que no la escucharan.

—Pasó el dedo por el borde de la fotografía—.

Yo intenté ayudarla del único modo que conocía entonces.

Denuncié. Escribí. Presenté alegaciones.

Busqué un periodista que quisiera contarlo.

—¿Y qué pasó?

—Que el informe llevaba la firma de la Fundación Arístides. Tardé años en descubrirlo. Para entonces, ya no importaba.

—¿Qué le pasó a ella? —pregunté angustiado.

—Dejó de salir de casa. Un día comprendió que nadie iba a escucharla, que no la creerían nunca. Y dejó de intentarlo.

No hizo falta que dijera más.