Capítulo 18 #2
No contesté. Cogí la carpeta de Marta Cifuentes y busqué la fecha de la primera anotación. Después consulté el expediente de la fundación. No coincidían. Volví a comprobarlo. Tres años separaban ambos documentos.
Ocurría exactamente lo mismo con Julián Ortega y el resto de carpetas. En todas encontraba el mismo patrón. Primero, alguien era desacreditado. Luego, su nombre desaparecía y su caso quedaba archivado.
Pasaban años. Y solo entonces aparecía Esteban. Siempre después.
—Salcedo.
Se acercó a mi lado.
—¿Qué has encontrado?
Le señalé las fechas.
—Llevamos semanas leyendo esta historia al revés —apuntó Vega.
—Explícate.
Deslizó una carpeta junto a otra.
—La fundación nunca fue el objetivo de Esteban. Fue el punto de partida. Su trabajo empezaba cuando el nuestro había terminado, cuando ya no quedaba nadie dispuesto a seguir preguntando.
Salcedo cruzó los brazos.
—Él no buscaba personas en peligro, buscaba personas olvidadas.
Aquella diferencia lo cambiaba todo. Hasta entonces habíamos imaginado a Esteban siguiendo a futuras víctimas. No era cierto. Llegaba años después, cuando la sociedad ya había decidido que ellas no importaban.
Abrí otra biografía. La primera página estaba fechada más de dos décadas atrás. Todavía faltaban muchos años para el asesinato. Las siguientes mostraban el mismo patrón.
Veintiún años, dieciocho, dieciséis, quince…
Ninguna había comenzado cerca de la muerte de la víctima. Todas habían empezado muchísimo antes.
—Dios… —exclamé.
—¿Qué ocurre?
Cerré la carpeta.
—Durante más de veinte años solo escribió.
Los dos comprendimos inmediatamente el alcance de aquella frase.
Durante años, Esteban recorrió el país reconstruyendo vidas que el resto del mundo había dejado atrás. Las primeras biografías eran muy anteriores a los asesinatos. En algún momento, aquella obsesión dejó de consistir únicamente en recordar.
Todavía no sabíamos cuándo ocurrió ni por qué.
Me alejé unos pasos de la pared. Ya no veía una investigación criminal. Veía una historia que llevaba décadas escribiéndose delante de todos sin que nadie hubiera sabido leerla.
Y comprendí que seguíamos haciéndonos la pregunta equivocada. No necesitábamos descubrir por qué Esteban eligió a aquellas personas. Necesitábamos averiguar qué ocurrió para que un hombre obsesionado con preservar la memoria acabara convencido de que también debía decidir el final de esas vidas.
La sala de investigación había quedado casi vacía. Vega salió para atender una llamada. Salcedo se acercó a la ventana. La lluvia volvía a caer sobre Madrid, fina y constante, difuminando las luces del aparcamiento.
Yo seguía frente a las cajas de la imprenta. Abrí una biografía tras otra.
Todas eran distintas y, al mismo tiempo, compartían algo que hasta entonces me había pasado desapercibido.
No hablaban de la muerte. No describían escenas del crimen, ni persecuciones, ni investigaciones.
Hablaban de la vida. De cómo reían esas personas, qué música escuchaban, qué libros guardaban en casa, qué discutían con sus hijos, qué lugar ocupaban siempre en la mesa cuando toda la familia se reunía.
—Nunca escribió sobre asesinatos —comenté.
Salcedo se volvió.
—¿Qué has dicho?
Le tendí una biografía.
—Léela.
La hojeó por un momento.
—Aquí apenas habla de la desaparición —reconoció.
—Porque nunca fue lo importante.
Me acerqué a las estanterías improvisadas donde habíamos ido colocando los cuadernos.
—Durante semanas hemos creído que estas biografías explicaban por qué mataba. —Pasé la mano por los lomos—. Creo que ocurre justo al contrario.
Salcedo guardó silencio.
—Los asesinatos son la última página. Todo lo demás ya estaba escrito.
La idea quedó flotando entre nosotros. Volví a mirar la pared cubierta de fechas. Esteban había sido primero un escritor. Después… algo cambió.
—¿Qué pudo pasarle? —preguntó Salcedo.
No respondí enseguida porque empezaba a sospechar que la respuesta daba mucho más miedo que la pregunta.
«¿Qué es capaz de romper a un hombre que ha dedicado media vida a rescatar del olvido a desconocidos?», me pregunté.
Porque esa transformación no podía explicarse solo por la fundación, la corrupción o la impunidad. Tenía que haber ocurrido algo más. Algo personal que todavía desconocíamos.
Abrí uno de los cuadernos negros. Busqué las primeras páginas. La caligrafía era distinta, más insegura, más pausada. Como la de alguien que todavía no escribía para convencer a nadie, solo para entenderse a sí mismo.
Leí en voz alta.
—Olvidar también es una forma de matar.
Esas palabras no hablaban de homicidios, no se referían a la venganza ni a la justicia. Esteban llevaba años transmitiendo exactamente lo mismo: la memoria, la identidad, el miedo a desaparecer sin dejar rastro.
Cerré el cuaderno.
—Esteban llevaba décadas escribiendo el mismo libro.
Salcedo frunció el ceño.
—¿Y los asesinatos?
—Llegaron cuando dejó de creer que escribir bastaba.
Los dos entendimos que acabábamos de abandonar el terreno de la investigación policial. Ya no intentábamos reconstruir un crimen. Intentábamos comprender el momento exacto en que un hombre cruzó una línea de la que nunca regresó.
Permanecimos callados durante varios minutos. Dejé de intentar entender cómo piensa un asesino para tratar de comprender cómo piensa un escritor.
Abrí otro de los cuadernos negros. Era más antiguo que los anteriores. Las hojas estaban amarillentas y la tinta había perdido intensidad. Busqué la primera fecha.
Veintitrés años atrás. Mucho antes del primer asesinato.
Pasé varias páginas. No encontré nombres. Solo contenía frases, ideas y preguntas escritas al margen. Se diría que estuviese construyendo una teoría mucho antes de saber qué hacer con ella.
Seguí pasando hojas. No buscaba nada concreto. Simplemente dejé que el cuaderno me guiara. Entonces encontré una página doblada por una esquina. La abrí con cuidado. «Una persona desaparece mucho antes de morir», leí en silencio.
No era una explicación. Era una convicción. La misma idea que había ido encontrando una y otra vez desde el principio de la investigación y que llevaba acompañando a Esteban desde hacía más de veinte años.
—Nunca quiso explicarnos los asesinatos. Quería que entendiéramos cómo había llegado hasta ellos.
El inspector permaneció unos segundos pensativo.
—¿Crees que por eso enviaba los fragmentos?
Dudé.
—Cada uno respondía a una pregunta que todavía no sabíamos formular.
Me acerqué a la pared donde seguía colgada la cronología.
Durante semanas había creído que Esteban iba dejándonos pistas para localizarlo.
Ahora veía otra cosa. No estaba señalando un camino, estaba cambiando nuestra manera de mirar.
Nos obligaba a abandonar una explicación antes de descubrir la siguiente.
Nos hacía sentir que cada revelación hacía inútil la anterior.
Recordé el primer sobre y todas las pistas que vinieron después. No pretendían explicar unos asesinatos. Trataban de presentar al hombre que había llegado a cometerlos.
Y solo entonces caí en la cuenta de algo que hasta ese instante había pasado por alto. Volví a abrir el cuaderno. Releí varias páginas.
Todas utilizaban el mismo tono, las mismas referencias, las mismas preguntas. No estaban escritas para cualquiera. Eran para alguien que pudiera seguir el mismo razonamiento que su autor.
Miré a Salcedo.
—Nunca quiso que la policía resolviera el caso.
—Entonces, ¿para quién eran? —El inspector frunció el ceño.
Mi teléfono vibró sobre la mesa. El sonido rompió un silencio que ninguno de nosotros parecía dispuesto a interrumpir.
Vega regresó a la sala. Miró la pantalla del móvil. Su expresión cambió al instante.
—Ha entrado un correo.
—¿Del mismo remitente? —quiso saber Salcedo.
Ella asintió.
—Sin remitente, pero la misma firma digital.
Los tres sabíamos quién lo había enviado.
Abrí el mensaje. Solo contenía dos líneas.
«Has recorrido el final de mi historia. Ahora conocerás el principio.
Ven. Es el momento de la revelación».
Nada más. Ni una dirección, ni una hora, ni una explicación.
—No nos está citando —murmuró Vega.
—No. Da por hecho que ya sé dónde termina todo esto.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Recordé la primera noche en la imprenta, el primer sobre, los cuadernos, las biografías, cada documento que había ido dejando en mi camino. Nunca había intentado esconderse de mí. Había estado guiándome desde el principio.
Y entendí lo único que realmente le importaba.
Nunca quiso que resolviera sus asesinatos.
Quería que entendiera por qué habían llegado a ocurrir.
Cerré despacio el último cuaderno y levanté la vista.
—Vamos —dije.
—¿Sabes adónde?
—Sí.
Salcedo no preguntó nada más.
Guardé el cuaderno en la caja. Apagué la luz de la sala y cerré la puerta tras de mí.
La investigación había terminado.
Lo único que quedaba era escuchar la historia completa del hombre que llevaba semanas escribiendo aquel final.
Desde la noche en que crucé la puerta de aquella imprenta, había dejado de ser un periodista persiguiendo a un asesino. Me había convertido exactamente en lo que Esteban había querido desde el principio.
El último lector.