La obra perfecta Capítulo 17
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Capítulo 17

La caída

El periódico siguió funcionando. Eso fue lo primero que no soporté.

Los teléfonos sonaban como cualquier otra mañana. Las pantallas cambiaban de titulares a un ritmo frenético. Alguien discutía por una fotografía de portada. A las nueve y diez, como todos los días, comenzaron a repartir los cafés.

Claudia llevaba poco más de veinticuatro horas muerta.

Su mesa permanecía vacía. La policía se había llevado el ordenador, las carpetas y las libretas. Solo quedaban una lámpara, dos bolígrafos y una pequeña planta inclinada hacia la ventana que parecía esperar a que alguien volviera a ocupar aquel sitio.

Me senté frente a mi ordenador y permanecí varios minutos sin encenderlo. No sabía qué hacer con las manos ni con el silencio.

Mis compañeros evitaban mirarme. No por rechazo, era esa incomodidad que nace cuando nadie encuentra la forma adecuada de acercarse al dolor ajeno sin invadirlo.

Llegó Tomás. No dijo buenos días. No preguntó cómo estaba. Simplemente dijo:

—Ven.

Lo seguí hasta su despacho. Esperó a que entrara y cerró la puerta con cuidado.

Sobre la mesa había un teléfono móvil. Lo giró hacia mí. Un titular ocupaba toda la pantalla.

«DANIEL RIVAS, BAJO SOSPECHA».

Debajo aparecía una fotografía mía entrando en comisaría.

Leí el artículo de principio a fin. No me acusaban de haber matado a nadie, no les hacía falta. Habían construido algo mucho más eficaz.

Yo había recibido cartas antes que la policía. Había mantenido reuniones en secreto. Había publicado exclusivas. Había ocultado información durante semanas.

Todos los hechos eran ciertos. Lo que era falso era el relato que habían construido con ellos. Bastaba cambiar el orden de los acontecimientos para convertir a un periodista en un sospechoso.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

—¿Hasta dónde ha llegado esto?

Tomás suspiró antes de responder.

—La dirección ha decidido apartarte temporalmente.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Creen que soy culpable?

—La gente ya ha decidido que podrías serlo.

Solté una risa seca, sin el menor rastro de humor.

—Qué rápido olvidan quién destapó todo esto.

—No lo olvidan —respondió con calma—. Es solo que ahora prefieren otra historia.

No pude discutirle aquello. Sabía cómo funcionábamos. Llevaba dieciséis años escribiendo noticias y conocía demasiado bien la fuerza de un buen relato. La verdad rara vez competía en igualdad de condiciones con una historia sencilla.

—¿Hasta cuándo voy a estar apartado?

—Hasta que avance la investigación.

Lo miré fijamente.

Abrió una carpeta que descansaba sobre la mesa. Dentro había un único documento.

—La suspensión es efectiva desde este momento. Tengo que pedirte la acreditación, el portátil, el teléfono de empresa… y cualquier material relacionado con el caso.

No hice ademán de coger los papeles. Miré a través del cristal del despacho. El periódico continuaba respirando. El único que se había quedado sin aire era yo.

—No puedo dejar esta investigación.

—Ya no puedes seguir cubriéndola —me recordó.

Volví la vista hacia él.

—Claudia murió siguiéndola.

Su expresión se endureció.

—Precisamente por eso. No conviertas su muerte en la razón para destruir también tu vida.

Bajé la mirada. Durante semanas había estado convencido de que era yo quien llevaba ventaja y seguía los pasos del hombre de la imprenta. Ahora entendía que había ocurrido exactamente lo contrario.

Él había dirigido cada uno de mis movimientos. Me había utilizado para sacar la historia a la luz. Había destruido mi credibilidad. Me había arrebatado el periódico y, con él, el único lugar desde el que había sabido quién era durante tantos años.

Tomás empujó la carpeta hacia mí.

—Lo siento, Daniel.

Observé el documento unos segundos. Después me quité la acreditación del cuello y la dejé sobre la mesa. No encontré nada que decir porque comprendí que lo primero que me habían quitado no había sido la tranquilidad.

Crucé la redacción por última vez con la extraña sensación de estar atravesando un lugar que ya no me pertenecía. Algunos compañeros levantaron la vista al verme pasar. Otros fingieron seguir trabajando. Nadie encontró las palabras adecuadas, y yo tampoco las esperaba.

Al llegar a mi mesa me limité a recoger las pocas cosas que aún eran mías: una libreta, un bolígrafo y la fotografía enmarcada de mi familia. Antes de irme, tomé también la planta de Claudia. Nadie la regaría ya. El resto había dejado de tener importancia.

Mientras atravesaba el vestíbulo pensé en todas las veces que había cruzado aquellas puertas creyendo que mi trabajo consistía en contar historias. Nunca imaginé que acabaría convertido en una de ellas.

El aire de la calle me golpeó el rostro. Permanecí unos segundos inmóvil, sin saber adónde ir.

Entonces vi el coche de Salcedo detenido junto a la acera. El inspector no hizo ningún gesto para que subiera. Simplemente esperaba. Abrí la puerta y me senté sin decir una palabra.

El trayecto hasta la antigua imprenta transcurrió en silencio. Vega conducía y él repasaba una carpeta sobre las rodillas sin decir una palabra. Yo observaba Madrid a través de la ventanilla.

Veinticuatro horas antes todavía era periodista. Ahora era el hombre al que medio país empezaba a señalar con desconfianza.

La imprenta apareció al final de la calle. La cinta policial seguía cruzando la entrada. Varias unidades de la Policía Científica trabajaban todavía en el interior. Un fotógrafo documentaba los últimos detalles mientras dos técnicos embalaban las pruebas que quedaban por recoger.

No había vuelto desde la noche en que recibí la carta y conocí al hombre que cambió mi vida.

El edificio parecía más pequeño de lo que recordaba, o quizá era yo quien había cambiado.

Entré. El olor a papel viejo seguía allí, mezclado ahora con el de los productos químicos utilizados por la policía.

Las pequeñas máquinas habían desaparecido.

También los archivadores. Solo quedaban paredes desnudas, polvo acumulado y las marcas rectangulares que los muebles habían dejado sobre el suelo durante años.

No era un edificio abandonado. Era un escenario cuidadosamente vaciado. Parecía que alguien se hubiera dedicado las últimas horas a borrar cualquier rastro de su verdadera vida.

—Llegamos tarde —murmuré.

—No del todo.

Seguí a Salcedo hasta el fondo de la nave. Detrás de una antigua estantería aparecía la habitación donde mantuve mi conversación con aquel desconocido.

Entré despacio.

La mesa había desaparecido; las sillas, también. Solo quedaban las cuatro paredes. Al acercarme distinguí pequeños agujeros de chinchetas repartidos por los tabiques, restos de cinta adhesiva y sombras rectangulares donde antes habían colgado paneles o estanterías.

Recorrí la habitación. Dejé de verla como el escondite de un asesino. Era otra cosa: un taller. El lugar donde alguien había dedicado décadas a construir una única obra.

—¿Qué habéis encontrado? —pregunté.

Salcedo abrió una carpeta. Esperaba una huella, un informe, una factura. En lugar de eso, sacó una fotografía antigua.

La cogí con cuidado. Reconocí enseguida a Samuel Valdés y a Eduardo García. Había varios médicos, psicólogos y patronos de la fundación.

Y detrás de todos ellos… un hombre mucho más joven, con cabello oscuro y mirada firme. No sonreía.

Tardé apenas unos segundos en reconocerlo. No por el rostro. Fueron los ojos.

—Es él…

—Su nombre es Esteban Arce —me informó Salcedo.

Volví a fijarme en la imagen. Resultaba difícil relacionar aquel rostro con el hombre de cabello completamente gris que me había recibido en la imprenta.

Habían pasado los años, las arrugas y el cansancio; pero los ojos seguían siendo exactamente los mismos, y aquella forma de observar a los demás con la inquietante sensación de que ya conocía el final de la conversación antes incluso de que empezara.

—¿Dónde estaba? —pregunté sin apartar la vista de la fotografía.

—Detrás de uno de los paneles. Pegada a la pared.

—¿La dejó él?

—Eso creemos.

Por fin, desde que recibí aquella carta, el desconocido tenía un nombre. Ya no era el hombre de la imprenta, ni una voz, ni una sombra. Era Esteban Arce.

La fotografía no resolvía nada, solo cambiaba la pregunta.

¿Por qué había hecho todo aquello?

Salcedo hizo un gesto a uno de los técnicos. Un agente apareció con una pequeña caja de cartón que dejó sobre una mesa. Dentro había media docena de cuadernos negros, todos idénticos, sin títulos ni fechas; tampoco marcas exteriores.

Cogí el primero.

Las primeras páginas hablaban de Marta. No de su desaparición, de su vida.

«Siempre llegaba diez minutos antes».

«Prefería esperar de pie antes que sentarse sola».

«Nunca miraba a los ojos cuando mentía».

Pasé varias páginas más. Contenían escenas, conversaciones, pequeños gestos: la forma en que sujetaba un bolígrafo, la música que escuchaba, el perfume que utilizaba, la manera en que escribía su nombre.

Cerré el cuaderno. Aquello no era un expediente. Era el recuerdo minucioso de una persona.

Cogí el siguiente. La primera página solo contenía la frase «Ninguna persona cabe en un informe».

Nada más. Pasé la hoja. Estaba completamente en blanco. También la otra, y la siguiente.

Avancé varias páginas hasta que apareció el nombre de Samuel Valdés.

Contuve la respiración. No encontré acusaciones, ni referencias a la fundación, ni documentos comprometidos.

Solo hallé la descripción de un hombre: cómo caminaba, cómo sonreía cuando intentaba resultar cercano, cómo ordenaba meticulosamente los papeles antes de comenzar cualquier reunión, cómo evitaba responder determinadas preguntas desviando la conversación hacia asuntos irrelevantes.

Lo cerré. Empezaba a comprender algo que hasta ese momento se me había escapado.

Esteban no había dedicado veinte años a planificar asesinatos. Los ha dedicado a observar personas y conocerlas mejor de lo que ellas mismas se conocían.

—¿Dónde estaban los cuadernos? —pregunté.

—Ocultos en un falso techo. Creemos que el resto consiguió llevárselos antes de que llegáramos.

Pasé la mano por las cubiertas negras. Reparé en un detalle.