Capítulo 17 #2
Faltaban cuadernos. Había saltos evidentes, como si alguien hubiera seleccionado cuidadosamente cuáles debían quedarse allí y cuáles no.
—No quería destruirlos —le dije a Salcedo.
El inspector frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué te hace pensar eso?
Volví a abrir el cuaderno de Marta y releí la primera anotación.
«Siempre llegaba diez minutos antes».
Aquello era un recuerdo escrito con una precisión casi dolorosa.
—Si hubiera querido borrar su rastro, se lo habría llevado todo. Ha dejado exactamente lo que quería que encontráramos.
—¿Con qué propósito?
—Quiere que dejemos de verlo como un asesino.
—¿Y cómo quiere que lo veamos?
Miré otra vez la caja, los cuadernos, las notas y las vidas reconstruidas con una paciencia enfermiza.
—Como el único hombre que se preocupó por recordar quiénes eran esas personas.
Nadie replicó porque, por absurda que sonara aquella idea, ninguno de los dos era capaz de desmontarla.
Transcurrieron casi cuarenta minutos antes de que el laboratorio nos autorizara a manipular el sobre encontrado en el piso de Claudia. Permanecía dentro de una bolsa de pruebas de la comisaría.
El resultado fue el mismo de siempre: ni huellas útiles ni ADN, solo papel corriente como en todas las cartas anteriores.
No sentía curiosidad, solo un cansancio inmenso. Deseé que el sobre estuviera vacío.
Vega rompió el precinto. Sacó una libreta negra sin nombre, fecha ni marca exterior. La dejó sobre la mesa.
En la primera página se podía leer «Toda vida merece ser contada por alguien que no la olvide»; en la siguiente, «Esta biografía todavía no ha terminado».
Después apareció una fotografía. Me quedé sin respiración.
Era yo.
Tendría unos doce años. Llevaba el uniforme del colegio, una mochila demasiado grande para mi espalda y una sonrisa que ni siquiera recordaba haber tenido.
Noté cómo se me helaban las manos.
—¿Qué…?
No fui capaz de terminar la frase.
Salcedo me miró. Después volvió la vista a la fotografía.
—¿Eres tú?
Asentí.
Pasó la página. Mi primer carné de prensa. Una fotografía con mi padre. El día de mi boda. El nacimiento de mi hijo. El entierro de mi madre.
Las imágenes se sucedían en orden cronológico, sin comentarios ni explicaciones. Alguien había reconstruido mi vida entera con una precisión imposible.
Ni yo conservaba algunas de aquellas fotografías.
A continuación, aparecieron las primeras anotaciones. «Nunca superó realmente la muerte de su madre». «Siempre confundió comprender con controlar». «Por eso aceptó la primera carta».
No pude seguir. Cerré el cuaderno de golpe.
Aquello no era un mensaje. Era algo mucho peor. Alguien había estado viviendo dentro de mi vida durante años.
Salcedo recogió la libreta con cuidado y leyó varias páginas más antes de levantar la vista.
—No habla de los asesinatos.
—No.
—Habla de ti. —Cerró el cuaderno con la misma delicadeza con la que se cerraría un objeto peligroso—. Entonces, esto ya no forma parte de la investigación.
Lo miré fijamente.
—Claro que forma parte. Forma parte de su obra.
En ese instante comprendí algo que me heló la sangre. Yo nunca había sido un simple espectador de aquella historia. Desde el principio, Esteban también me estaba escribiendo a mí.
Cuando salí de comisaría ya era de noche.
El tráfico avanzaba con la impaciencia habitual. Las terrazas estaban llenas. Los escaparates iluminaban las aceras. La gente caminaba con la despreocupación de quien ignora que, a pocos metros, el mundo de otra persona acaba de venirse abajo.
Me detuve junto al coche. Contemplé la ciudad sin verla realmente. Después, me senté al volante.
Miré las luces rojas de los vehículos que tenía delante. No pensé en la siguiente carta ni en el próximo asesinato.
Pensé en Claudia. En su última conversación. En aquellas palabras que, hasta entonces, no había sabido interpretar.
«Buscad el error».
Las repetí mentalmente una y otra vez hasta que, de pronto, todo encajó.
Durante semanas habíamos seguido los pasos de Esteban. Las víctimas, las cartas, los escenarios. Siempre reaccionábamos a su plan. Siempre llegábamos después.
Sin embargo, Claudia había dejado de perseguir al asesino y había empezado a estudiar su forma de pensar, su método. Y por eso había llegado más lejos que ninguno de nosotros.
«¿Fundación Arístides?», me pregunté.
No. Aquello tenía que venir de mucho antes.
Quería saber quién era Esteban Arce antes de convertirse en el hombre que había conocido en la imprenta, porque nadie dedica veinte años a construir algo así sin que antes ocurra algo capaz de romperle la vida.
Mientras seguía conduciendo, ignoraba que, dos calles más abajo, un coche gris permanecía estacionado junto a la acera con un único ocupante que no llevaba sombrero ni gafas oscuras. No hacía el menor esfuerzo por ocultarse. Simplemente, observaba.
Cuando mi coche desapareció al doblar la avenida, puso el motor en marcha. No intentó seguirme. Se limitó a esbozar una sonrisa apenas perceptible, como si la decisión que yo acababa de tomar fuera exactamente la que él llevaba semanas esperando.
Engranó la primera y se alejó en dirección contraria.