La obra perfecta Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No respondí. Encendí su portátil. Probé una contraseña. Error. La segunda funcionó. Noté que Tomás apartaba discretamente la mirada para no saber cuál era.

En el escritorio apareció una carpeta con el nombre ARÍSTIDES.

La abrí. Había decenas de documentos descargados durante los últimos días: boletines oficiales, recortes de prensa, fotografías y copias de expedientes que ya conocíamos. Entre todos aquellos archivos encontré uno que nunca había visto: «Preguntas para Daniel».

Sentí un nudo en el estómago antes incluso de abrirlo. No era una carta, sino una lista.

Leí cada pregunta con calma, intentando encontrar una conexión que se me escapaba. Entonces llegué a la última. Estaba separada del resto, todo indicaba que la hubiera escrito después.

«¿Y si Samuel Valdés no era la víctima del tercer expediente?».

La leí varias veces.

Noté a Tomás acercarse.

—¿Qué significa? —me preguntó.

—No lo sé, pero Claudia estaba convencida de que llevábamos semanas haciéndonos la pregunta equivocada.

Seguí revisando la carpeta. Encontré otro documento. Estaba sin terminar. Solo ocupaba media página.

Claudia había encontrado un hilo del que tirar, aunque alguien se había asegurado de que nunca pudiera seguirlo.

Tomás cerró la tapa del portátil.

—Sea lo que sea, esto es lo que estaba investigando anoche.

Asentí.

—Y alguien lo sabía.

La mesa seguía exactamente igual que el día anterior. Solo faltaba ella.

Volví a pensar en la posibilidad de que Valdés no fuese la tercera víctima.

Tal vez no habíamos avanzado en la investigación. A lo mejor solo habíamos recorrido, paso a paso, el camino que el asesino había preparado para nosotros.

Y mi compañera había sido la primera en darse cuenta.

No podía dejar de pensar en una cosa. Ella no había muerto por casualidad. Había encontrado algo. Solo tenía que descubrir qué era.

Volví a abrir el historial de llamadas del teléfono del periódico. Las últimas comunicaciones aparecieron en la pantalla.

Tres llamadas. La primera, al Registro de Fundaciones. La segunda, al archivo de una universidad. La tercera era a un número de móvil sin identificar, once minutos de conversación.

—¿Sabemos de quién es?

Dije que no. Marqué el número. Al sexto tono respondió una voz masculina.

—¿Sí?

Guardé silencio un instante.

El hombre volvió a hablar.

—¿Claudia?

Aquella única palabra confirmó que llamaba a la persona correcta.

—No. Soy Daniel Rivas.

—¿Ha ocurrido algo? —parecía preocupado.

—Claudia ha muerto esta madrugada.

—Dios mío… —su voz sonó completamente distinta.

—¿Quién es usted?

—Luis Herrera. Trabajé muchos años en la Fundación Arístides.

Tomás y yo cruzamos una mirada.

—¿Por qué habló con Claudia?

—Ella quería entender cómo se gestionaban los expedientes.

—¿Y qué le contó?

Dudó antes de responder.

—Nada extraordinario. Quería saber si aún existían documentos de la fundación que nunca hubieran llegado al archivo oficial.

—¿Y qué le dijo?

—Que sí era posible.

—¿Algo más?

—También preguntó si quedaba alguien que hubiera trabajado allí y hubiera visto los expedientes originales.

Me incorporé en la silla.

—¿Qué le respondió?

—Que quizá sí.

—¿Quién?

—No lo sé. Hace muchos años que perdí el contacto con aquella gente, pero había un administrativo que siempre repetía la misma frase: «Si un día desaparecen los expedientes oficiales, la verdad seguirá existiendo en otro sitio».

La llamada terminó pocos minutos después. Dejé el teléfono sobre la mesa. Ninguno de los dos habló inmediatamente. Fue Tomás quien rompió el silencio.

—¿Lo crees?

Miré otra vez la carpeta de Claudia.

—No lo sé, aunque ella sí lo creyó.

Eso significaba mucho más que mi opinión. Claudia había dejado de buscar respuestas en el asesino y había empezado a indagar en el pasado. Y alguien había decidido impedírselo.

Cuando la policía terminó de copiar el contenido del ordenador, Vega cerró el portátil con cuidado.

—Nos llevamos el original. Cuando terminemos el análisis, os entregaremos una copia forense.

Incliné la cabeza sin decir nada. Seguía sentado frente a su mesa, mirando el cuaderno. Las últimas páginas estaban llenas de preguntas, y ni una sola respuesta.

Salcedo permanecía junto a la ventana desde hacía varios minutos.

—Hay algo que no encaja —dijo finalmente.

—¿El qué?

—Si el asesino controla todo como parece, ¿por qué ha tenido que matar a Claudia?

Nadie respondió. Él continuó.

—Lleva semanas jugando contigo. Siempre va un paso por delante.

Siempre consigue que reacciones exactamente como quiere, pero anoche improvisó.

Hasta ahora necesitaba que pensaras, que leyeras, que dudaras; no que sufrieras.

Matar a Claudia cambia las reglas del juego.

Y eso solo significa dos cosas. O ya no le importa que lo encontremos o Claudia estuvo a punto de encontrarlo a él.

Miré de nuevo el cuaderno. Samuel Valdés, los expedientes y las preguntas no eran respuestas, eran el rastro de alguien que había llegado muy cerca de descubrir la verdad.

—Encontró una grieta —murmuré.

—Eso creo yo. —Salcedo asintió.

Tomás apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces, dejemos de perseguir al asesino. Sigamos exactamente el camino que siguió Claudia sin cambiar una sola decisión. Si murió por descubrir algo, nosotros solo tenemos que descubrir lo mismo.

Abrí el cuaderno una última vez y volví a leer la última pregunta sobre Valdés.

Cogí un bolígrafo. El tiempo parecía detenerse, fui incapaz de escribir. Al final tracé una única línea debajo de la suya.

¿Qué encontró Claudia antes de morir?

Cerré el cuaderno con cuidado. No como quien guarda unas notas, sino como quien acepta un relevo.

Salcedo se puso la chaqueta.

—Mañana empezaremos desde el principio.

—No —me negué—. No empezaremos desde el principio. —Miré una última vez la mesa vacía de Claudia—. Lo haremos desde donde ella tuvo que detenerse.

Al salir de la redacción fui el último en apagar la luz. La oscuridad fue ocultándolo todo, excepto aquel cuaderno.

Entendí que ya no estaba investigando solo para detener a un asesino. Ahora también tenía que terminar la historia que Claudia ya no podía escribir.