La obra perfecta Capítulo 16
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Capítulo 16

Claudia

A la mañana siguiente, Claudia no apareció por la redacción.

Lo supe incluso antes de dejar la chaqueta sobre la silla.

Su taza seguía boca abajo junto a la máquina de café, y el abrigo azul que siempre colgaba del respaldo de su asiento no estaba allí.

Ambos detalles, por separado, no significaban nada.

Después de la llamada de la noche anterior, en cambio, cualquier ausencia parecía esconder una amenaza.

Saqué el teléfono. No había mensajes nuevos. El último que yo le envié aparecía entregado, pero sin leer: «Avísame cuando te levantes».

La llamé. Seis tonos dieron paso al buzón de voz.

Intenté convencerme de que no ocurría nada. Quizá se había quedado dormida después de una noche difícil o estaba en la ducha.

Abrí el correo electrónico. Nada. Ni un mensaje para Tomás ni un aviso de retraso.

Claudia podía olvidarse de desayunar o de cargar el teléfono, pero jamás dejaba plantada una entrevista sin avisar.

Volví a llamarla a las nueve y cuarto. Otra vez saltó el buzón.

Fue entonces cuando Tomás salió de su despacho.

—¿Has visto a Claudia?

—No contesta.

—Tiene una entrevista dentro de quince minutos.

Hasta ese momento había buscado una explicación lógica. De repente, empecé a temer que no la hubiera.

—Anoche pasó algo —me atreví a decir.

No hizo falta añadir nada más.

—Llama a Salcedo.

Obedecí. Contestó al primer tono.

—¿Ha ocurrido algo?

—Es Claudia, la compañera del periódico. No ha venido esta mañana.

—¿Has hablado con ella?

—No responde al teléfono.

—Quedaos ahí. Voy a enviar una patrulla a su domicilio y aviso a Vega.

—Voy para allá —afirmé con seguridad.

—No.

—No voy a quedarme esperando.

—Precisamente, eso es lo que quiero que hagas.

Miré el teléfono unos segundos. Sabía que tenía razón. Y también sabía que no iba a hacerle caso.

Colgué, cogí la chaqueta y me dirigí hacia la salida. Tomás ya estaba haciendo lo mismo.

—Conduzco yo —me dijo.

Ninguno de los dos dijo una palabra más.

Durante todo el trayecto marqué su número una y otra vez. En la cuarta llamada dejó de sonar. Pasó directamente al buzón de voz.

Ahí fue cuando dejé de engañarme. Claudia no llegaba tarde. Algo iba mal.

Cuando doblamos la esquina de su calle vi el coche patrulla detenido frente al edificio. Vega hablaba con dos agentes junto al portal. En cuanto nos vio aparecer, frunció el ceño.

—Te dijimos que esperaras.

Ni siquiera contesté. Busqué con la mirada las ventanas del tercer piso.

—¿Habéis entrado? —pregunté.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—La puerta está cerrada. No responde ni al timbre ni al teléfono. El administrador viene de camino con una llave.

Di un paso hacia el portal.

—Subo con vosotros.

Vega se interpuso sin levantar la voz.

—No.

—Puede necesitar ayuda.

—Y, si la necesita, la recibirá de nosotros.

Apreté los dientes. Tenía razón, pero cada segundo de espera me parecía una condena.

—¿Habéis localizado su móvil?

—La última señal lo sitúa dentro del edificio.

Sentí un pequeño alivio.

—Entonces, está ahí.

En ese instante apareció un hombre mayor, con una chaqueta puesta encima del pijama y un enorme manojo de llaves en la mano. Era el administrador.

Uno de los agentes lo acompañó hasta el portal mientras Vega hacía una señal a otros dos policías.

Volví a avanzar. Ella me sujetó del brazo.

—No.

—Déjame pasar.

—Escúchame, Daniel. Si está bien, podrás enfadarte conmigo todo lo que quieras; pero, si no lo está…, no querrás ser la primera persona en verla.

Me quedé inmóvil. Aunque no estaba de acuerdo, comprendí que podía tener razón.

Vi cómo desaparecían tras el portal. El cristal traslúcido apenas dejaba distinguir las sombras subiendo por la escalera.

No aparté la vista ni un solo instante.

Saqué el teléfono. Volví a llamarla. Se cortó inmediatamente.

Apagado.

Noté cómo el estómago se me encogía. Tomás permanecía a mi lado, callado. No intentó tranquilizarme. Creo que ninguno de los dos encontraba ya una explicación que sonara creíble.

Un vecino salió del edificio con un perro pequeño. Al ver el despliegue policial, se detuvo.

—¿Ha pasado algo?

—Buscamos a una vecina —respondió Tomás.

El hombre señaló hacia arriba.

—¿La chica del tercero?

Me acerqué inmediatamente.

—¿La vio anoche?

Asintió.

—Estaba hablando por teléfono en la ventana.

Sentí un vuelco.

—¿Sobre qué hora?

—Cerca de la una.

Era la hora exacta en la que habíamos hablado.

—¿Vio entrar a alguien?

El hombre dudó unos segundos.

—Había un señor esperando junto al portal. Pensé que aguardaba a algún vecino.

—¿Cómo era?

Se encogió de hombros.

—Normal.

Siempre la misma respuesta. Normal. Se diría que el asesino hubiera aprendido a desaparecer precisamente por no llamar jamás la atención.

—¿Qué edad tendría?

—Cincuenta... quizá sesenta. Llevaba un abrigo oscuro y una carpeta debajo del brazo.

¿Una carpeta?

Noté un escalofrío.

El vecino siguió hablando.

—Cuando saqué al perro seguía allí. Después ya no volví a verlo.

Nadie dijo una palabra. Todos mirábamos la puerta del edificio.

Pasó un minuto; después, otro. Nunca había sentido el tiempo avanzar tan despacio.

Un agente apareció en el vestíbulo. Nos miró apenas un instante, y bajó la vista.

Lo supe antes, incluso, de ver salir a Vega. Antes de escuchar una sola palabra.

Lo supe.

La inspectora cruzó el portal. Llevaba puestos unos guantes de nitrilo que no le había visto cuando entró.

Sentí que el mundo se detenía.

Avancé hasta quedar frente a ella. Solo necesitaba una respuesta.

—¿Está viva?

Bastó un segundo de silencio para entenderlo todo.

—No.

No recuerdo haber respirado ni pensado. Solo me acuerdo de un vacío inmenso. Me sentía como si alguien acabara de arrancar una parte de mí y mi cuerpo todavía no hubiera sido capaz de comprenderlo.

No reaccioné. No pronuncié una sola palabra. Me quedé inmóvil, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.

A mi alrededor, la calle seguía igual que unos segundos antes. Los coches continuaban pasando, alguien hablaba en la acera de enfrente y un perro ladró a lo lejos. Todo seguía funcionando con una normalidad insoportable, parecía que el mundo no acabara de romperse.

Vega fue la primera en volver a hablar.

—La hemos encontrado en el dormitorio. El equipo médico solo ha podido certificar el fallecimiento.

La escuchaba, pero las palabras no terminaban de adquirir sentido. Eran sonidos, frases sueltas, información que mi cabeza se negaba a convertir en realidad.

Noté la mano de Tomás sobre mi hombro. La aparté con suavidad.

—Quiero verla.

Vega negó con la cabeza.

—No.

—Tengo que verla.

—No puedes entrar. —No había dureza en su voz. Solo una certeza absoluta.

Respiré hondo, intentando contener una rabia que apenas podía controlar.

—¿Qué le han hecho?

La inspectora desvió la mirada durante un instante.

—Todavía no podemos darte detalles.

Tragué saliva. Había una única pregunta que necesitaba hacer.

—¿Sufrió?

Vega no respondió. No hizo falta. Su silencio fue mucho peor que cualquier respuesta.

Cerré los ojos. La conversación de la noche anterior volvió a mi memoria con una claridad insoportable.

El sonido de un motor me obligó a abrir los ojos. Un coche sin distintivos acababa de detenerse junto al portal.

Salcedo salió incluso antes de que el vehículo terminara de parar. Le bastó mirar a la inspectora para comprender lo que había ocurrido.

Se acercó hasta mí.

—Lo siento.

No contesté. Seguía mirando la puerta del edificio. Una parte de mí esperaba verla aparecer en cualquier momento para decir que todo había sido un error.

—¿Cómo ha ocurrido? —pregunté al fin.

—Aún no lo sabemos.

La miré fijamente.

—No me mientas.

—No te estoy mintiendo. Necesitamos la autopsia.

Bajé la cabeza. La respuesta estaba delante de todos nosotros.

—La ha matado por mí.

Nadie discutió porque todos pensaban exactamente lo mismo, solo que ninguno quería decirlo en voz alta.

Vega dio un paso hacia mí.

—Ha dejado un sobre.

—¿Con mi nombre?

—Si.

Sentí un golpe todavía más profundo que el anterior. Aquello ya no era solo un asesinato. Era un mensaje. Una conversación dirigida exclusivamente a mí.

Me apoyé en un coche aparcado porque las piernas dejaron de sostenerme.

No fui capaz de llorar. Me limité a respirar, una vez, otra. Parecía que hasta eso hubiera dejado de salirme de forma natural.

Empezaban a reunirse vecinos alrededor del cordón policial. Algunas ventanas se abrían despacio. Vi varios teléfonos móviles apuntando hacia el edificio. Pocos minutos después llegarían periodistas. Y Claudia dejaría de ser mi compañera para convertirse en un titular.

Salcedo rompió el silencio.

—Vámonos de aquí.

No quise. Él me miró sin comprender.

—Quiero saber qué encontró Claudia. Si la han matado por eso, tiene que haber dejado algo.

—Lo buscaremos, pero aquí ya no podemos hacer nada.

Solo entonces acepté subir al coche. El trayecto de vuelta al periódico transcurrió en calma absoluta. Nadie encendió la radio ni intentó llenar el vacío con frases de consuelo.

Madrid seguía funcionando como cualquier otra mañana. Los semáforos cambiaban de color. Los autobuses abrían sus puertas. Las cafeterías servían desayunos.

Solo yo tenía la sensación de que el mundo acababa de detenerse.

Nada más llegar al periódico, Tomás reunió a toda la redacción. No hizo falta ningún discurso. Solo pidió que nadie publicara una sola línea hasta que la familia de Claudia fuera informada oficialmente. Después suspendió todas las entrevistas previstas para aquella mañana.

Nadie volvió inmediatamente a su mesa. Algunos lloraban en silencio. Otros permanecían inmóviles, incapaces de asumir lo ocurrido.

Yo caminé directamente hasta su escritorio. El cuaderno permanecía abierto por la última página que había escrito. Contenía nombres, fechas y preguntas anotadas con la rapidez de quien teme olvidar una idea importante.

Lo que, hasta unas horas antes, solo eran apuntes de trabajo se había convertido en lo último que mi compañera había dejado en el mundo.

Tomás se acercó.

—La policía vendrá a recogerlo todo.