Capítulo 15 #3
Cogí automáticamente la carpeta que llevaba bajo el brazo. Abrí el expediente de Marta. Pasé varias páginas hasta encontrar la fecha de la desaparición. La comparé con el certificado de defunción.
Sentí un vacío dentro.
No podía ser.
La desaparición de la joven se había producido ocho meses después de la muerte de Eduardo García.
Me negué a aceptar aquella conclusión. Abrí el expediente de Julián. Lo revisé todo. No había duda. Eduardo llevaba meses muerto cuando comenzaron los hechos que estábamos investigando.
Le tendí ambos documentos a Salcedo.
Todo el edificio que había levantado durante las últimas horas acababa de derrumbarse.
—Es imposible…
Volví a abrir la carpeta. Todo seguía señalando al mismo hombre, pero acababa de demostrar que no podía haber tomado aquellas decisiones.
Sentí una mezcla de frustración y desconcierto.
—Entonces, ¿qué significa todo esto?
Salcedo permanecía apoyado contra la mesa, observándome. Creo que llevaba varios minutos esperando exactamente ese momento.
—Significa que has cometido el mismo error que querían que cometieras.
—¿Qué error?
Se acercó a mí. Golpeó con un dedo la firma de García.
—Has dejado de hacer preguntas.
—¿Cómo?
—En cuanto viste este nombre repetido una y otra vez, dejaste de investigar y empezaste a confirmar una teoría.
No supe responder porque tenía razón. Había dejado de buscar alternativas. Todo encajaba demasiado bien. Ese era, precisamente, el problema: demasiado bien.
—Cuando una investigación señala siempre al mismo responsable —continuó Salcedo—, empiezo a preguntarme quién ha colocado todas esas señales.
Miré otra vez la documentación. Las firmas dejaron de parecer pruebas. Alguien quería que termináramos allí, que creyéramos haber encontrado al culpable, que dejáramos de mirar más allá.
—Entonces, ¿quién ocupó su puesto después de morir?
Salcedo abrió otra carpeta.
—Ese es el problema. No existe ningún nombramiento.
Lo miré sin comprender.
—Eso es imposible.
—También lo creíamos nosotros.
Me mostró varias certificaciones del Registro. Las revisé una por una. Después de la muerte de Eduardo García ya no aparecía ningún director ejecutivo, ningún sustituto ni ningún acuerdo.
Nada. Solo una fórmula administrativa repetida una y otra vez. «Por delegación del Patronato». Sin firma. Sin nombre. Sin responsable.
Una organización de aquel tamaño no podía funcionar durante años sin alguien tomando decisiones; pero, sobre el papel, era exactamente lo que había ocurrido.
Salcedo cerró la carpeta con suavidad.
—Llevamos días buscando al hombre equivocado.
Permanecí varios segundos mirando aquellos documentos. La decepción fue inmediata. Había perdido la primera teoría sólida desde que empezó la investigación.
Si alguien había conseguido borrar incluso al responsable de dirigir una institución durante años, no nos enfrentábamos solo a un asesino. Hacíamos frente a alguien que sabía desaparecer mucho antes de cometer un crimen.
Y tuve la incómoda certeza de que, desde el principio, cada documento que había llegado a mis manos había sido diseñado para hacerme terminar justo donde estaba en ese momento.
Solo que ese destino también formaba parte del engaño.
Antes de salir, llamé a Claudia.
—Dime.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—La fundación. No había nadie después de Eduardo García.
—Entonces alguien siguió moviendo los hilos desde la sombra.
—Eso creemos.
—Déjame volver sobre las empresas de las facturas.
—Busca cualquier cosa que siga existiendo después de la muerte de García.
—Ya estoy en ello.
Aquella tarde regresé solo a la redacción.
La mayor parte de la planta estaba ya a oscuras. Solo algunas lámparas permanecían encendidas sobre los escritorios de cierre, proyectando círculos de luz en medio de una calma que hacía el edificio extrañamente grande.
Me dejé caer en la silla y cerré los ojos. Intenté ordenar mentalmente todo lo ocurrido desde que recibí la primera carta en la imprenta.
Había empezado persiguiendo a un asesino; después, a una fundación. Y terminé buscando a alguien capaz de borrar personas, documentos y hasta cargos enteros de una organización sin dejar apenas rastro.
Cada respuesta abría dos preguntas nuevas. Y empezaba a preguntarme si aquel era precisamente el objetivo.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era Claudia. Contesté al instante.
—Dime.
—Creo que he encontrado algo.
Me incorporé en la silla.
—¿Qué has encontrado?
—Aún no estoy segura. Necesito revisar un par de cosas más.
—¿Tiene que ver con la fundación?
—Sí. Y creo que no tiene nada que ver con lo que imaginábamos.
Noté cómo se me tensaban los hombros.
—¿Qué significa eso?
—No quiero precipitarme. Si estoy equivocada, solo te haré perder el tiempo.
—Claudia…
—Mañana te lo enseño, en persona.
—Está bien —accedí.
—Prométeme que no harás nada hasta entonces.
—Lo prometo.
—Descansa un poco, Daniel.
—Tú también.
La llamada terminó.
Dejé el teléfono sobre la mesa y miré la carpeta abierta frente a mí.
Apagué la luz del despacho y cerré la puerta.
Alguien ya había tomado la siguiente decisión.