Capítulo 15 #2
—Los nombres cambian, los cargos desaparecen, las sociedades que trabajaban con ellos cierran o son absorbidas por otras; pero algunas facturas siguen apareciendo durante años.
—¿Facturas de qué?
—De todo un poco. Consultoría, archivo, transporte... incluso imprenta.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Claudia negó con la cabeza.
—No lo sé. Probablemente nada. O quizá sea precisamente ahí donde deberíamos empezar a mirar.
Guardé las hojas dentro de la carpeta.
—Sigue tirando de ese hilo.
Esbozó una leve sonrisa.
—Era mi intención.
Cuando volvió a su mesa, abrí el navegador y escribí «Eduardo García».
Durante unos segundos solo aparecieron referencias antiguas, congresos, ponencias, artículos sobre gestión sanitaria, memorias anuales de la Fundación Arístides… Todo parecía describir a un directivo discreto, eficiente y prácticamente invisible.
Seguí descendiendo por los resultados, y encontré una esquela publicada dieciséis años atrás.
La familia García agradece las muestras de cariño recibidas tras el fallecimiento de don Eduardo García…
La leí varias veces. Mi principal sospechoso acababa de llevarse sus respuestas a la tumba.
Abrí otra búsqueda. Encontré una entrevista concedida pocos meses antes de su fallecimiento.
La recorrí completa. Su intervención parecía escrita por un departamento de comunicación.
Era como leer un folleto institucional con palabras como innovación, compromiso, investigación, excelencia.
No había una sola frase espontánea ni un detalle personal.
Estaba a punto de cerrar la página cuando una imagen llamó mi atención. La amplié. Reconocí inmediatamente a Samuel Valdés. Sonreía junto a varios responsables de la fundación durante un acto benéfico.
Detrás de ellos había alguien más: un hombre joven del que solo se veía media cara, el resto quedaba oculto tras otro asistente. No figuraba en el pie de foto.
Aumenté el zoom . La resolución era pésima.
Cabello oscuro, traje sencillo, nada que permitiera identificarlo.
Sin embargo, había algo extraño. Todos observaban al fotógrafo; él no.
Miraba fijamente a Eduardo. Transmitía la sensación de que el acto no le interesaba en absoluto, como si hubiera acudido únicamente para observarlo a él.
Imprimí la fotografía. La dejé sobre la mesa y permanecí varios minutos estudiándola. Cada vez estaba más convencido de que escondía algo.
En ese momento llamaron suavemente a la puerta. Era Tomás.
—Salcedo está abajo.
—¿Ha pasado algo?
—Dice que ha encontrado documentación nueva sobre García.
Guardé la fotografía dentro de la carpeta y bajé casi sin esperar al ascensor.
Cinco minutos después ya estaba sentado en el coche del inspector, que me entregó una carpeta bastante más gruesa que las anteriores.
—Acaba de llegar del Registro de Fundaciones.
La abrí inmediatamente. Contenía actas notariales, escrituras, nombramientos, y delegaciones de competencias. Todo firmado durante los años en que la Fundación Arístides dirigía la clínica.
Pasé las hojas deprisa, hasta que un acta extraordinaria llamó mi atención. Un párrafo aparecía subrayado: «Se delegan todas las competencias ejecutivas relacionadas con el programa de evaluación clínica en la Dirección Ejecutiva…».
—¿Quién ocupaba ese cargo?
Salcedo señaló la última página. Allí estaba la firma. Eduardo García.
Seguí revisando los documentos. Su nombre aparecía una y otra vez en autorizaciones, delegaciones, cambios internos e informes. Siempre él. Siempre la misma firma.
Sentí una mezcla de alivio y excitación. Desde que comenzó la investigación, tenía por fin la sensación de haber encontrado un hilo sólido.
—Lo dirigía todo… —murmuré casi para mí.
Pasé más hojas. Todo desembocaba en el mismo despacho y en el mismo nombre.
Miré a Salcedo.
—Era él.
El inspector no respondió. Seguía mirando por el parabrisas.
—¿No te parece demasiada casualidad? —insistí.
Entonces giró la cabeza.
—Precisamente eso es lo que me preocupa.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Llevo demasiados años investigando para creer que todas las respuestas aparezcan concentradas en un solo hombre.
Cada documento importante que encontramos termina señalando a García.
Cada firma. Cada decisión. Cada autorización.
—Golpeó suavemente la carpeta con un dedo—.
Eso puede significar dos cosas. Que realmente era el responsable o que alguien lleva mucho tiempo esforzándose para que pensemos exactamente eso.
Aquella idea cayó sobre mí como un jarro de agua fría. Volví a mirar la firma. Seguía allí. Tan evidente, tan perfecta.
Y, precisamente por eso, empecé a desconfiar de ella.
El coche se detuvo frente a la Dirección General de Registros. Salcedo apagó el motor, pero ninguno de los dos hizo ademán de bajar inmediatamente.
—Quiero comprobar una última cosa antes de dar por cerrada esta línea —pidió él.
Yo también necesitaba despejar la única duda que seguía molestándome. Si Eduardo García había controlado la clínica, dirigido la auditoría y firmado todas aquellas delegaciones de competencias, solo quedaba confirmar cuándo había muerto.
Entramos en el edificio. Un funcionario revisó la solicitud y desapareció entre los archivos. La espera apenas duró unos minutos. Regresó con varias copias certificadas.
Salcedo comenzó a revisarlas con la calma de quien lleva años acostumbrado a desconfiar incluso de los documentos oficiales. Yo, en cambio, tenía la sensación de que por fin íbamos a poner nombre al responsable.
El inspector extrajo un certificado y lo dejó frente a mí.
—Léelo.
Recorrí las primeras líneas. Era información sobre Eduardo García. Fecha de nacimiento, lugar de residencia, hospital, todo era completamente normal. Seguí bajando. «Causa del fallecimiento: accidente de tráfico».
—Ya sabíamos de qué había muerto.
—Sigue.
Me fijé en la fecha. Algo no encajaba.