Capítulo 15
El silencio
Llegué a la redacción como de costumbre.
El edificio seguía medio vacío. Dejé la mochila junto a la mesa y encendí el ordenador. Mientras la pantalla cobraba vida, abrí la libreta donde había anotado todo lo ocurrido el día anterior.
Repasé todos los nombres como quien intenta reconstruir un rompecabezas del que todavía faltan demasiadas piezas.
Hasta hacía unos días cada carpeta me conducía a una víctima.
Ahora todo parecía señalar una institución.
Ya no perseguía únicamente a un asesino; también al lugar donde aquella historia había nacido.
Quizá el hombre de la imprenta esperaba exactamente eso.
El teléfono fijo rompió la calma. Hacía meses que casi nadie utilizaba aquella línea. La mayoría de las llamadas llegaban directamente al móvil.
Descolgué.
—¿Sí?
No hubo respuesta inmediata, solo una respiración tranquila. Después habló una voz masculina, grave, educada.
—¿Señor Daniel Rivas?
—Sí.
—Gracias por atender la llamada.
—¿Quién es?
—Alguien que desea evitar un error.
Noté cómo mi espalda abandonaba el respaldo de la silla.
—Si quiere evitar un error, empiece por decirme su nombre.
Escuché una leve risa. No pareció burlona. Sonó paciente. Cualquiera habría dicho que aquella respuesta era exactamente la que esperaba.
—Mi nombre no cambiaría nada.
—Entonces, esta conversación tampoco.
Aparté el auricular unos centímetros, dispuesto a colgar.
—Le recomiendo que no lo haga.
No había amenaza en su voz. Ni una sola. Precisamente por eso resultaba inquietante.
Volví a acercarme el teléfono al oído.
—Tiene un minuto —concedí.
—Será suficiente.
La seguridad con la que respondió me incomodó. No parecía alguien improvisando una llamada, más bien seguía un guion cuidadosamente preparado.
—Ha dedicado varios días a investigar la Fundación Arístides —me dijo.
Decidí no confirmar nada. El silencio también podía ser una respuesta.
—La fundación financió durante años proyectos de investigación, programas sanitarios y tratamientos que mejoraron la vida de miles de personas.
Seguía sin decir quién era. Ni siquiera hablaba en primera persona. Se comunicaba como quien representa algo mucho mayor que él mismo.
—Sería una lástima —continuó— que ese legado quedara empañado por conclusiones precipitadas.
—¿Habla en nombre de la fundación? —quise saber.
—Hablo en nombre del sentido común.
No pude evitar sonreír.
—Curioso. El sentido común suele presentarse con nombre y apellidos.
—Los nombres son secundarios.
—Para un periodista, no.
La respiración del otro lado permaneció inalterable. Era como discutir con alguien incapaz de perder la calma.
—Hay instituciones cuya reputación merece la misma protección que las personas.
Aquella frase consiguió irritarme.
—¿Y quién protege a las personas cuando las instituciones se equivocan?
Esta vez el silencio fue algo más largo, no porque dudara, sino porque estaba escogiendo las palabras.
—Precisamente por eso he querido llamarlo.
Sentí un ligero escalofrío. No intentaba intimidarme. Trataba de convencerme. Y eso era mucho más peligroso.
—¿Qué quiere exactamente?
—Que no publique nada.
—Todavía no he publicado una sola línea.
—Nos alegra saberlo.
Nos. Ya no era un individuo. Hablaba una organización. O, al menos, alguien que quería que yo creyera eso.
—¿A quiénes se refiere con «nos alegra»?
La respuesta llegó con la misma serenidad.
—A las personas interesadas en que la verdad no se convierta en una víctima más.
Aquella contestación estaba demasiado trabajada para ser improvisada. La había pronunciado antes, quizá muchas veces.
Pensé en preguntarle por Samuel Valdés, por García, por la auditoría, por el cierre de la clínica; pero comprendí que no obtendría ninguna respuesta útil. Aquella llamada no buscaba informarme, quería medir hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Una última cosa, señor Rivas. Hay investigaciones que terminan destruyendo precisamente aquello que intentan proteger.
La línea quedó muda. Ni un clic ni una despedida. Solo el tono continuo que anunciaba que la conversación había terminado.
Permanecí varios segundos con el auricular en la mano. No sabía quién acababa de llamarme. Ni siquiera estaba seguro de que perteneciera realmente a la Fundación Arístides. Pero comprendí algo que me inquietó más que cualquier amenaza.
Hasta entonces solo había jugado contra el hombre de la imprenta. Ahora acababa de descubrir que había alguien más moviendo piezas desde la sombra.
Apenas tuve tiempo de ordenar las ideas.
Tomás se acercó.
—En mi despacho hay un hombre que pregunta por ti.
—¿Quién?
—No ha querido identificarse. Solo ha dicho que viene en nombre de la familia Arístides.
Comprendí que aquella mañana ya no podía creer en las casualidades. Primero la llamada, y ahora un representante de la fundación visitándome en mi propio periódico.
La partida acababa de cambiar otra vez.
—¿Ha dicho qué quiere?
—Solo ha pedido hablar contigo. Y, si te soy sincero, transmite la sensación de que está acostumbrado a que la gente le abra todas las puertas.
—¿Cómo es?
Tomás sonrió con ironía.
—El abogado que contratarías si quisieras ganar un juicio antes de empezarlo.
—Perfecto.
La puerta de la sala de reuniones permanecía entreabierta. Empujé suavemente.
El hombre se levantó en cuanto me vio. Rondaría los cincuenta años. Traje azul marino impecable, camisa blanca, corbata granate, zapatos perfectamente lustrados. No llevaba maletín, solo una carpeta de piel oscura y una estilográfica plateada apoyada sobre ella.
Sonrió con una cordialidad tan medida que parecía ensayada.
—Señor Rivas.
Me tendió la mano. La estreché. Su apretón fue firme e intenso. Pretendía imponerse y no mostrarse cercano.
—¿Nos conocemos?
—No personalmente. Mi nombre es Ignacio Roldán. Soy abogado. Represento a la familia Arístides.
Su voz era exactamente como la había imaginado: tranquila, controlada, sin una sola inflexión innecesaria.
No añadió nada más. Parecía que aquello bastara para explicar su presencia.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—En realidad, señor Rivas, esperaba poder ayudarlo yo. —Esbozó una sonrisa apenas perceptible.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Ayudarme a mí?
—Comprendo que está investigando diversos asuntos relacionados con la antigua fundación.
Había elegido cada palabra con cuidado. No dijo «acusando» ni «indagando», mucho menos «molestando»; solo «investigando».
—¿Quién le ha dicho eso?
Roldán no respondió directamente. Se limitó a apoyar ambas manos sobre la carpeta.
—Madrid parece una ciudad enorme, pero, para determinadas personas, termina siendo extraordinariamente pequeña.
No confirmé ni negué nada. Él interpretó mi silencio como una invitación para continuar.
Abrió la carpeta y extrajo un sobre blanco. Lo dejó sobre la mesa. No lo acercó hacia mí, simplemente lo dejó allí como quien deposita una tarjeta de visita.
—Ahí encontrará nuestros datos de contacto. Si necesita consultar documentación histórica, entrevistar a miembros del patronato o solicitar cualquier aclaración, estaremos encantados de colaborar.
No toqué el sobre.
—Eso no suele ocurrir.
—¿El qué?
—Que una institución objeto de una investigación se ofrezca voluntariamente a facilitar información.
Sonrió con la misma serenidad.
—Solo ocurre cuando esa institución no tiene nada que ocultar.
Nos sostuvimos la mirada en un pulso silencioso que ninguno parecía dispuesto a romper.
Finalmente, habló él.
—Permítame una reflexión.
Crucé los brazos.
—Lo escucho.
—La fundación desapareció hace años; la influencia de ciertas familias, no. —Hizo una pausa deliberada—. Las reputaciones, en cambio, son mucho más frágiles.
No aparté la vista.
—¿Debo entender eso como una amenaza?
Pareció sinceramente sorprendido. Incluso negó, muy despacio, con la cabeza.
—En absoluto. —Su tono seguía siendo impecablemente cortés—. Es únicamente un consejo. Una información incompleta puede destruir décadas de trabajo honesto. Y una rectificación —sonrió con cierta tristeza— nunca recibe el mismo espacio que un titular.
No pude evitar devolverle la sonrisa.
—Se nota que ha tratado mucho con periodistas.
—Llevo demasiados años haciéndolo.
Aquella respuesta sonó extrañamente honesta.
Cerró la carpeta. Se levantó con absoluta tranquilidad. Pensé que la conversación había terminado.
Cuando llegó a la salida, se detuvo. No se volvió, habló mirando al pasillo.
—Existe una diferencia muy importante entre descubrir la verdad y decidir qué parte de esa verdad merece ser contada.
Después salió. La puerta se cerró con un clic casi imperceptible.
Permanecí inmóvil. El sobre blanco seguía exactamente donde él lo había dejado. No lo abrí. Preferí observar primero la silla vacía.
Intenté recordar toda la conversación. No solo las palabras; las pausas, los silencios, los gestos. Había respondido a casi todas mis preguntas y, aun así, no me había contado absolutamente nada.
Lo verdaderamente inquietante no era la llamada de aquella mañana ni la visita del abogado, sino que ninguno de ellos había intentado comprarme, amenazarme o convencerme de abandonar la investigación.
Todos parecían compartir una misma certeza. Que, tarde o temprano, yo terminaría viendo únicamente aquello que ellos querían que viera.
La conversación con Ignacio Roldán siguió dándome vueltas en la cabeza durante buena parte de la mañana. Más por lo que había evitado decir que por lo que había dicho. Había respondido a todas mis preguntas sin responder realmente a ninguna.
Incluso así, había conseguido desviar mi atención.
Volví a sentarme frente al ordenador. Necesitaba recuperar una sensación que llevaba demasiado tiempo sin tener: la de avanzar.
Claudia se acercó a mi mesa con varias hojas impresas en la mano.
—Creo que deberías ver esto.
Levanté la vista.
—¿Qué pasa?
Dejó los documentos delante de mí.
—He estado revisando todo lo relacionado con la Fundación Arístides. Hay algo que no termina de cuadrarme.
Empecé a hojear las páginas.
—¿El qué?