Capítulo 14 #2
«Durante la revisión administrativa se detectaron irregularidades documentales en varios expedientes clínicos».
Nada más. El texto terminaba ahí. Igual que si alguien hubiera arrancado el resto del documento.
—¿Eso es todo?
Salcedo asintió.
—Es lo único que hemos encontrado.
«Irregularidades documentales», pensé. No decía fraude. No hablaba de dinero ni de negligencias médicas, sino de documentos. Exactamente igual que los expedientes policiales que alguien había manipulado años atrás.
Les pregunté cuántos expedientes estaban afectados y qué tipo de irregularidades se habían detectado. Ninguna de las dos preguntas tuvo respuesta.
Vega deslizó la última hoja. En la parte inferior solo aparecía un nombre mecanografiado: «Eduardo García. Director Ejecutivo. Fundación Arístides».
No me sonaba absolutamente de nada. Y, con todo, era la primera persona concreta que aparecía vinculada tanto a la fundación como a aquella auditoría desaparecida.
—¿Habéis hablado con él?
—No podemos. No sabemos siquiera si sigue vivo.
—¿Cuántos expedientes estaban afectados?
—No lo indica.
—¿Qué tipo de irregularidades?
—Tampoco.
Las respuestas me dejaron desconcertado.
—La fundación asegura que abandonó la institución hace dieciocho años —explicó Salcedo.
Exactamente el mismo tiempo que llevaban desaparecidos Marta y Julián.
—¿Y después? —necesitaba saber más.
—Después desaparece de todos los registros. Ninguna noticia. Ninguna empresa. Ningún cargo. Nada.
El silencio volvió a instalarse en la sala.
Apoyé ambas manos sobre la mesa. Intenté ordenar todas las fechas: la desaparición de Marta, la de Julián, el cierre de la clínica, la auditoría, la desaparición de Eduardo García.
Todo ocurrió aproximadamente en la misma época.
Demasiadas coincidencias.
—¿Sabéis qué es lo que más me preocupa? —pregunté casi en un susurro—. Que ya no sé qué empezó primero. No sé si alguien manipuló los expedientes para ocultar los crímenes… o si los crímenes ocurrieron precisamente porque alguien ya estaba manipulando esos expedientes.
Tardaron en responder.
—Llevamos días creyendo que perseguimos a un asesino —dijo Salcedo—. Y empiezo a pensar que hemos estado mirando en la dirección equivocada.
Bajé la vista hacia el nombre de Eduardo García; después, hacia el de Samuel Valdés; finalmente, hacia el de la Fundación Arístides.
Hasta ese momento había pensado que estaba siguiendo a un único responsable. Ahora sospechaba que aquello era mucho más antiguo, que alguien llevaba décadas preparando el tablero. Y esa idea resultaba mucho más inquietante que cualquier asesinato.
Apenas dormí aquella noche.
A la mañana siguiente llegué al periódico temprano.
La redacción todavía estaba medio vacía.
El zumbido de los fluorescentes hacía que el silencio resultara aún más incómodo.
Al fondo, alguien golpeaba un teclado con una cadencia constante.
Aquella calma contrastaba con el torbellino de ideas que llevaba horas dándome vueltas en la cabeza.
No fui a mi mesa. Ni siquiera encendí el ordenador. Bajé directamente al archivo.
Marisa levantó la vista al verme aparecer.
—No esperaba verte tan temprano.
—Necesito encontrar todo lo relacionado con la Fundación Arístides.
—¿Actual o histórico?
—Todo.
Se giró hacia su ordenador y comenzó a teclear. Durante un instante la pantalla se llenó de resultados: premios, convenios con universidades, campañas de investigación, congresos, donaciones… Todo transmitía la imagen de una institución ejemplar. Demasiado ejemplar.
Me acerqué a la pantalla.
—Ordénalo por fecha.
Marisa cambió el filtro. Los primeros años mostraban una actividad constante. Después, de repente, el ritmo se rompía.
Señalé el vacío.
—¿Qué pasó aquí?
Ella observó la cronología unos segundos.
—Es extraño.
—¿Por qué?
—Una fundación de este tamaño no desaparece tres años de los periódicos.
Seguimos revisando las noticias. Solo encontré una breve nota de tres líneas, sin fotografía y sin firma. «La Fundación Arístides anuncia el cierre definitivo de su clínica especializada en memoria y trastornos cognitivos dentro de un proceso de reorganización interna».
Nada más. Ni una entrevista, ni un comunicado, ni una explicación.
Abrí una búsqueda específica sobre la clínica. Solo aparecieron dos resultados, su inauguración y su cierre. Veinte años reducidos a dos noticias.
Me quedé mirando la pantalla.
—Eso no tiene sentido.
Marisa negó.
—No. Algo así deja rastro. Siempre.
Seguimos buscando. Encontramos una fotografía de la inauguración. Cinco personas sonreían frente al edificio mientras sujetaban una cinta ceremonial.
Reconocí inmediatamente a Samuel Valdés. No fue el único rostro que llamó mi atención. Debajo de la imagen podía leerse: «Eduardo García, director ejecutivo de la Fundación Arístides».
El mismo nombre otra vez.
Imprimí la fotografía y la observé con detenimiento. Todos sonreían. Ninguno parecía consciente de que, veinte años después, aquella imagen acabaría formando parte de una investigación por asesinato.
Mi teléfono vibró. Era Salcedo. Contesté al instante.
—¿Dónde estás?
—En el periódico.
—Necesito que vengas.
Su tono era distinto. No sonaba preocupado. Parecía desconcertado.
—¿Habéis hablado con Valdés?
—Sí. Tienes que escuchar esto tú mismo.
Colgué el teléfono y salí del periódico sin perder un minuto. Durante el trayecto intenté imaginar qué podía haber contado Valdés para que Salcedo sonara así. No encontré ninguna respuesta.
Media hora después entré en la sala de reuniones de la comisaría. Él y Vega me esperaban. Sobre la mesa descansaba el historial profesional de Samuel Valdés.
El inspector fue directo.
—Ha reconocido que conocía a Marta Cifuentes; también a Julián Ortega.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Lo admitió sin más?
—No —intervino Vega—. Al principio dijo que no le sonaban de nada. Cuando le enseñamos las fotografías y las fechas…, cambió de expresión.
—¿Qué dijo?
Salcedo abrió la carpeta. —Solo una frase.
—Solo que «esos expedientes nunca debieron salir de allí».
—¿Le preguntasteis qué quería decir?
—Claro.
—¿Y?
—No respondió.
Vega colocó otro documento sobre la mesa. Era un antiguo organigrama de la Fundación Arístides. Varios nombres aparecían distribuidos por departamentos. Uno de ellos estaba rodeado con bolígrafo azul.
Leopoldo Arístides.
—¿Quién lo marcó?
—Valdés.
—¿Cómo?
—Le enseñamos el organigrama por si reconocía a alguien. Lo observó durante casi un minuto. Después pidió un bolígrafo, rodeó ese nombre y nos devolvió el papel.
—¿No explicó por qué?
—No, le preguntamos varias veces.
—¿Y?
—No contestó.
Miré de nuevo el nombre.
—¿Quién era?
—El fundador de la institución. Murió hace diecisiete años.
Resultaba absurdo. Un hombre muerto acababa de convertirse en la única persona a la que Valdés parecía dispuesto a señalar.
—¿No dijo absolutamente nada más?
Vega tardó unos segundos en responder.
—Cuando ya nos levantábamos para marcharnos, dijo que habíamos empezado por el final. Nada más. Ninguna explicación. Ningún nombre.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa mientras intentaba ordenar todas las piezas. El hombre de la imprenta, Marta Cifuentes, Julián Ortega, los expedientes alterados, la auditoría desaparecida, Samuel Valdés y ahora Leopoldo Arístides.
Hasta ese momento había creído que la investigación avanzaba paso a paso, que cada respuesta nos acercaba un poco más al asesino; pero Valdés acababa de insinuar justo lo contrario: que llevábamos días haciendo las preguntas equivocadas.
—¿De qué murió Leopoldo Arístides?
—De un infarto.
Asentí despacio.
No me importaba tanto cómo había muerto. Empezaba a importar mucho más cómo había vivido.
—Quiero saberlo todo sobre él.
Salcedo cerró la carpeta.
—Nosotros, también.
El golpe seco del cartón resonó en la sala.
Por primera vez, desde que recibí aquella carta en la imprenta abandonada, temí que el verdadero autor de todo aquello pudiese llevar casi dos décadas muerto.
Tal vez, antes de entender sus crímenes teníamos que comprender el mundo que los había hecho posibles.