Capítulo 14
El tercer expediente
Claudia se había detenido junto a mi mesa.
—¿Qué ha dicho Salcedo?
—Que no toque nada hasta que lleguen.
Leyó el nombre impreso bajo el título del expediente.
—Samuel Valdés.
—¿Te suena?
—No.
A mí, sí; aunque tardé unos segundos en situarlo. Había visto su rostro en entrevistas y reportajes: uno de los psiquiatras forenses más respetados del país.
Ella regresó a su ordenador antes de que pudiera decirle nada.
—Quiero saber quién es —aclaró.
Minutos después la vi abrir varias pestañas que contenían referencias con su nombre.
Sostuve el sobre entre las manos durante varios minutos.
Había miedo, pero también la certeza de estar frente a otra puerta que, una vez abierta, ya no podría volver a cerrar.
Salcedo había sido muy claro. Quería que lo llamara antes de hacer nada, no después de leer el contenido.
Desde que había salido de comisaría, no conseguía quitarme de la cabeza a la Fundación Arístides. Lo repetía una y otra vez, esperando que en algún momento despertara un recuerdo.
Nada.
No recordaba haber oído hablar nunca de aquella fundación. Y, aun así, tenía la incómoda impresión de que llevaba demasiado tiempo delante de mí sin que hubiese sido capaz de verla.
Me levanté de la silla y caminé hasta la ventana.
Volví a la mesa y contemplé el nombre del doctor Samuel Valdés.
Esta vez sí sabía quién era y, además, seguía vivo.
Nunca lo había tratado personalmente, pero durante años había visto su rostro en entrevistas y reportajes.
Había intervenido en procesos judiciales complejos, publicado estudios sobre la memoria y el trauma y colaborado con distintas instituciones públicas.
Nada de eso explicaba por qué un asesino llevaba años reuniendo información sobre él.
No sentía curiosidad por el sobre, sino respeto. Hasta entonces cada carpeta me había llevado hacia un cuerpo. Eso era distinto. No hablaba de una víctima. Mencionaba a un hombre que seguía caminando por las calles de Madrid sin saber que alguien llevaba años escribiendo su vida.
Salcedo llegó veinticinco minutos después.
La inspectora Vega entró detrás de él acompañada por un agente uniformado que transportaba un maletín de criminalística.
Los tres recorrieron la redacción sin decir una palabra, no les hizo falta.
Las conversaciones fueron apagándose a su paso.
Los teclados dejaron de sonar. Incluso los teléfonos parecían menos insistentes.
Todos los presentes entendieron que aquella visita no tenía nada que ver con una simple consulta.
Salcedo se detuvo junto a mi mesa.
—¿Es este? —Señaló el sobre.
Vega dejó el maletín sobre una silla. Se colocó unos guantes de nitrilo con movimientos tranquilos, casi ceremoniales, y permaneció unos segundos observando.
No miraba el nombre ni el cierre. Contemplaba el conjunto: la posición exacta sobre la mesa, la taza de café apoyada en una esquina, la sombra que proyectaba la lámpara…
Después sacó el móvil e hizo varias fotografías desde distintos ángulos. Solo entonces habló.
—¿Cómo llegó aquí? ¿Estaba exactamente así?
—Lo trajo un mensajero. Nadie lo ha tocado más que Irene, de recepción, y yo.
Ella no anotó la respuesta. Continuó observando el escritorio.
—¿Seguro?
La pregunta me hizo dudar. Miré alrededor. Intenté reconstruir mentalmente la escena. Había salido de comisaría. Había vuelto al periódico. Me entregaron el sobre.
—Sí, solo nosotros. Hay cámaras en el pasillo.
La inspectora asintió.
—Pediremos las grabaciones.
Salcedo seguía sin mirarnos, solo prestaba atención al sobre.
—Llevémoslo a una sala. Aquí no podremos trabajar.
El agente comenzó a despejar la zona. Algunos redactores fingieron volver a sus ordenadores, aunque nadie escribía una sola línea. Todos observaban de reojo.
Por puro instinto acerqué la mano. Vega habló antes de que llegara a tocarlo.
—No —su tono fue sereno, pero no admitía discusión—. A partir de este momento deja de ser un mensaje para usted. Ahora es una prueba.
Retiré la mano. Comprendí que las dos primeras carpetas habían sido solo mías. Yo había decidido cuándo abrirlas, qué leer, qué ocultar, qué contar. Esta vez era distinto. La historia había dejado de estar únicamente entre él y yo.
La policía acababa de entrar definitivamente en la partida, y tuve la incómoda sensación de que alguien había querido exactamente eso.
La puerta de la sala de reuniones se cerró detrás de nosotros. El bullicio de la redacción desapareció de golpe. Solo quedamos los cuatro alrededor de la mesa: Salcedo, Vega, el agente de Policía Científica y yo.
El sobre ocupaba el centro, intacto.
Vega volvió a colocarse los guantes. Sacó una pequeña cuchilla del maletín y examinó durante unos segundos el borde del papel antes de hacer el primer corte.
Lo hizo con una precisión casi quirúrgica.
Nadie habló. Era como asistir a una autopsia, solo que el cuerpo seguía cerrado dentro de su envoltorio.
Cuando terminó, introdujo dos dedos con cuidado y fue extrayendo el contenido. Los tres esperábamos encontrar otra carpeta como las anteriores.
No apareció.
Sobre la mesa fue dejando un cuaderno de tapas grises, varias hojas mecanografiadas, una fotografía y una pequeña tarjeta de memoria protegida dentro de una funda transparente. Todo sujeto por una cinta blanca perfectamente alineada.
Salcedo frunció ligeramente el ceño.
—No se parece a los otros expedientes.
—No —reconocí.
Las dos primeras carpetas parecían archivos policiales. Aquello era distinto, más personal, más elaborado. Daba la impresión de que quien lo había preparado había dejado de documentar una investigación para empezar a reconstruir una vida.
Vega tomó la fotografía. Era un hombre de entre sesenta y setenta años. Vestía un abrigo oscuro y llevaba un maletín de cuero en la mano. Caminaba por la acera sin mirar a la cámara. La imagen estaba tomada desde bastante distancia, con un teleobjetivo. En la esquina inferior aparecía una fecha.
Seis días antes.
Sentí un escalofrío.
—Está vivo.
—Y alguien sigue sus movimientos.
Dejó la imagen a un lado. Abrió el cuaderno. La primera página contenía únicamente varias líneas. «Samuel Valdés Ferrer. Fecha de nacimiento. Consulta privada. Todavía dispone de tiempo».
Ninguno habló. La habitación quedó en calma durante varios segundos.
No era una amenaza, tampoco una sentencia. Era algo mucho peor. Una cuenta atrás cuyo final solo conocía quien había escrito aquellas palabras.
—Esto tampoco estaba en los otros expedientes —murmuré.
—¿Qué crees que significa? —preguntó Salcedo.
No respondí enseguida. Volví a leerla una y otra vez hasta comprender qué era lo que realmente me inquietaba.
—Que aún no ha terminado con él.
La siguiente página contenía datos sobre la universidad, hospitales donde había trabajado, publicaciones científicas, congresos, direcciones antiguas, vehículos, viajes, familia, restaurantes habituales, horarios, libros que solía comprar, incluso anotaciones sobre las cafeterías donde desayunaba.
Cada dato estaba fechado, contrastado y ordenado.
—¿Cuánto tiempo hace falta para reunir todo esto?
—Mucho. —Vega cerró el cuaderno con cuidado.
—Años —concretó el inspector.
Ella apoyó la mano sobre la tapa gris.
—Esto no lo prepara alguien que decide matar a una persona. Lo prepara alguien que lleva décadas observándola.
Nadie respondió. Yo seguía mirando la fotografía.
Hasta ese momento había creído que el hombre de la imprenta elegía a sus víctimas cuando decidía matarlas.
Sin embargo, las elegía muchos años antes.
Quizá cada expediente comenzaba a escribirse mucho antes de que el propio protagonista supiera que algún día formaría parte de él.
Mientras la Unidad de Informática recogía la tarjeta de memoria para analizarla y el resto del material era fotografiado y precintado, comprendí que aquella tercera entrega cambiaba por completo las reglas del juego.
Los dos primeros casos hablaban del pasado. El último hablaba del futuro. Y tuve la sensación de que todavía era posible impedir el siguiente movimiento del hombre de la imprenta.
Sobre la mesa ya solo permanecían dos documentos.
La fotografía y una copia de la biografía del doctor que Vega había decidido conservar para seguir trabajando.
Me fijé en el rostro de aquel hombre. No parecía alguien que viviera con miedo, ni siquiera sospechaba que llevaba años siendo observado.
Me costaba creer que toda su vida pudiera caber dentro de un cuaderno.
—¿Puedo hacer una pregunta?
Salcedo levantó la vista.
—Claro.
—¿Qué habéis averiguado de la Fundación Arístides?
Los dos inspectores intercambiaron una mirada. Fue Vega quien respondió. Abrió una carpeta mucho más fina que las anteriores. No era un expediente policial. Se trataba de un simple dosier administrativo.
—No demasiado. —Pasó la primera hoja—. La fundación se constituyó hace algo más de treinta años. —Avanzó otra página—. En sus primeros años financió investigaciones sobre enfermedades neurodegenerativas y programas relacionados con la memoria.
La palabra memoria volvió a llamar mi atención.
Desde que todo aquello había empezado, aparecía una y otra vez en los artículos, en las conversaciones, en las notas, y también en aquella fundación.
Vega continuó.
—Con el tiempo creó una clínica privada especializada en evaluación neuropsicológica, trauma y trastornos de la memoria.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿La misma donde trabajó Valdés?
—Sí…
La respuesta fue inmediata. Nadie añadió nada. No hacía falta. Las piezas empezaban a acercarse unas a otras.
—¿Y qué ocurrió con esa clínica?
—Oficialmente, cesó toda actividad hace casi quince años dentro de un proceso de reorganización. —La inspectora siguió leyendo—. Extraoficialmente, se abrió una auditoría interna.
Sentí cómo se me aceleraba el pulso.
—¿Por qué?
—Eso es precisamente lo que no sabemos.
Me incliné hacia delante.
—¿No conservan el informe?
Ella sacó una fotocopia. Solo contenía un pequeño fragmento. El resto de la página estaba en blanco. Leyó sin prisa.