La obra perfecta Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Sentí un escalofrío. Hasta ese momento había creído que investigaba dos casos aislados. Ahora tenía delante una lista entera de personas olvidadas.

—¿Qué hacía una fundación revisando investigaciones policiales? —les pregunté.

—Eso es lo que todavía no sabemos —contestó el inspector.

—¿Y cómo podían acceder a esos expedientes?

—Legalmente, no deberían haber podido hacerlo.

La respuesta me dejó helado. Miré otra vez el nombre. Fundación Arístides. Era la primera vez que lo veía, pero algo me decía que no sería la última.

Durante unos segundos nadie habló. No era un silencio incómodo. Era el silencio de tres personas contemplando una pieza que acababa de aparecer en un puzle demasiado grande.

—¿Y por qué me habéis llamado?

—Porque, de todos esos expedientes, tú elegiste precisamente estos dos. —Golpeó suavemente con un dedo los que había frente a mí.

Esperaban respuestas que ni yo mismo tenía.

Supuse que quizá el hombre de la imprenta tampoco era el principio de aquella historia. A lo mejor solo era otro personaje. Y empecé a sospechar que alguien llevaba mucho más tiempo escribiendo ese relato de lo que ninguno de nosotros imaginaba.

Vega cerró la carpeta. El sonido del cartón al apoyarse sobre la mesa resonó en la sala más de lo que debería.

—Ahora necesitamos hablar de tu fuente.

Sentí cómo se tensaban los músculos de la espalda. Sabía que ese momento terminaría llegando. Solo esperaba que hubiera sido más tarde.

—Existe —respondí.

Vega tomó una libreta.

—¿La conoces personalmente?

—Sí.

—¿Y te aseguró que era responsable de las muertes?

No respondí inmediatamente. Recordé la imprenta, el olor a tinta, las carpetas perfectamente ordenadas, la tranquilidad con la que aquel hombre hablaba de los asesinatos. Todo indicaba que estaba describiendo una obra terminada.

—Sí.

Ninguno de los dos pareció sorprendido. Eso fue lo que más me inquietó.

Vega anotó algo.

—¿Te pareció una confesión creíble?

Solté el aire despacio.

—Al principio pensé que era un loco. Después encontré las coordenadas. —Miré a Salcedo—. Y dejaron de parecer delirios.

El inspector permanecía inmóvil. No apartaba los ojos de mí.

—¿Y aun así no acudiste a la policía?

La pregunta no sonó agresiva. Precisamente por eso dolió más.

—No.

—¿Por qué?

Fui incapaz de responder. Había ensayado esa explicación muchas veces. Ahora ninguna me parecía suficiente.

—Porque necesitaba saber si decía la verdad.

—No. —Su voz sonó firme—. Necesitabas creer que podías resolverlo tú solo.

Aquellas palabras eran ciertas. No había sido solo curiosidad. También había orgullo. Había pensado que podría descubrir quién era antes que nadie, que tenía el control.

Sin embargo, hacía tiempo que lo había perdido.

—Tengo una grabación —admití.

Los dos levantaron la vista al mismo tiempo.

Introduje la mano en el bolsillo. Saqué el teléfono. Lo dejé sobre la mesa.

—Grabé nuestra primera conversación.

Salcedo intercambió una mirada con Vega.

—¿Desde el principio?

—Sí. No sabía quién era. Quería protegerme.

—Ponla —dijo ella.

Busqué el archivo. Apreté el botón de reproducción.

La voz del hombre inundó la sala.

—No quiero que escriba un artículo. Quiero que escriba mi historia.

Ninguno de los tres interrumpió la reproducción. Solo se escuchaba aquella voz pausada, segura, convencida de cada palabra.

Cuando terminó, el silencio resultó todavía más incómodo.

Fue Vega quien habló primero.

—No improvisa —negó, muy segura de sí misma—. Ha repetido ese discurso muchas veces.

—Y no está confesando por arrepentimiento —añadió Salcedo.

—Entonces, ¿por qué hacerlo? —pregunté.

—Porque quiere controlar cómo será recordado —aseguró el inspector.

Sentí algo dentro de mí. Era justo lo que llevaba días intuyendo sin atreverme a formular.

Ella cerró la libreta.

—Los asesinos esconden sus crímenes. Este hombre hace justo lo contrario: los administra.

Ninguno respondió. La palabra administra quedó suspendida entre los tres como si las víctimas, los cuerpos y el tiempo formaran parte de un plan diseñado muchos años atrás.

—¿Creéis que tiene relación con la Fundación Arístides? —planteé.

Salcedo no respondió enseguida.

—Todavía no lo sé, pero ya no creo en las casualidades.

—Y cada respuesta que encontramos nos lleva al mismo sitio —añadió Vega con la misma serenidad con la que había hablado durante toda la reunión.

—Necesito que me entregues la grabación original, también las carpetas —dijo él.

—Las tendréis.

—Y la dirección de la imprenta.

—También.

El inspector respiró con alivio, algo que no le había visto hacer desde que había entrado en la sala.

—Y una última cosa. Si vuelve a ponerse en contacto contigo… —Su voz sonó más cercana que autoritaria—. No volverás a enfrentarte a esto tú solo.

Comprendí que seguir guardando secretos ya no protegía la investigación, la ponía en peligro; y, quizá, también a mí.

Cuando regresé al periódico, la redacción era un lugar completamente distinto al que había dejado apenas unas horas antes.

Los televisores seguían mostrando imágenes de la excavación.

En una pantalla aparecía el acceso a la finca; en otra, varios especialistas de la Policía Científica salían de la carpa blanca con cajas de pruebas.

Los tertulianos discutían sobre errores policiales, desapariciones sin resolver y protocolos de búsqueda.

Nadie reparó en mi llegada. Agradecí, esta vez, pasar inadvertido.

Caminé hasta mi mesa. Necesitaba unos minutos para ordenar todo lo que acababa de escuchar: la Fundación Arístides, los expedientes, la grabación… Demasiadas piezas nuevas para encajar de una sola vez.

Fue entonces cuando la recepcionista apareció junto a mi mesa y dejó un sobre blanco sin remitente.

—Daniel, esto es para ti. Un mensajero lo acaba de traer.

Lo sostuve unos segundos entre las manos. No llevaba sello ni dirección, solo mi nombre, escrito con la misma caligrafía firme que ya empezaba a reconocer; y, debajo, una segunda línea: EXPEDIENTE III.

Recordé que Salcedo me dijo que, si volvía a contactar conmigo, no decidiría yo solo. Era lo que había prometido, aunque una parte de mí seguía necesitando saber qué había dentro.

Le di la vuelta al sobre. En la solapa había una frase impresa: «Ahora que sabe dónde mirar, podemos continuar».

Noté cómo se me aceleraba el pulso. No hablaba de los cuerpos ni de la policía. Hablaba de mí, como si supiera qué preguntas me habían hecho aquella mañana.

Las dos primeras carpetas habían cambiado mi vida. No quería imaginar lo que podía contener la tercera.

Deslicé los dedos por el borde del sobre. Muy despacio.

Dentro había un dosier más grueso que los anteriores y una fotografía. La saqué con cuidado. Debajo aparecía un nombre.

Doctor Samuel Valdés.

Sentí un vuelco en el estómago. Aquel nombre no figuraba entre los que Vega me había mostrado en comisaría, pero el sobre había llegado apenas unas horas después de que escuchara por primera vez otra mención que seguía dando vueltas es mi cabeza: la Fundación Arístides.

Todavía no tenía ninguna prueba de que existiera una relación entre ambos, aunque empezaba a resultar difícil creer que aquella nueva pieza hubiera aparecido por casualidad.

Abrí los ojos de golpe. Aquello ya no podía ser una coincidencia; ni el hombre de la imprenta, ni la policía, ni yo.

Todos estábamos avanzando hacia el mismo lugar. La diferencia era que alguien llevaba años recorriendo ese camino antes que nosotros.

Guardé la fotografía dentro del sobre. Todavía no lo abrí del todo.

Por primera vez, desde que había recibido la primera carpeta, dejé de preguntarme quién sería la siguiente víctima.

La verdadera cuestión era otra.

¿Quién era realmente Samuel Valdés y por qué alguien quería que llegara hasta él precisamente ahora?

Al otro lado de la redacción, Tomás seguía hablando con varios compañeros. Ninguno sabía que, una vez más, la historia acababa de cambiar.

Tuve la inquietante sensación de que aquella tercera carpeta no era un nuevo capítulo de la investigación, sino el principio de otra historia completamente distinta.