Capítulo 13
La sospecha
Dormí poco. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la excavación, el reloj cubierto de tierra y la lona blanca agitándose con el viento. No recordaba haber soñado, pero me desperté varias veces con la sensación de que había olvidado algo importante.
Antes incluso de levantarme, cogí el teléfono.
No había mensajes nuevos. El número desconocido seguía callado, y esa ausencia me preocupó más que cualquier llamada.
Llegué a la redacción muy temprano. La noticia ya había escapado de nuestro periódico. Todas las pantallas repetían las mismas imágenes: la finca acordonada, los equipos de Policía Científica entrando y saliendo de la carpa y un rótulo que cambiaba ligeramente según el canal.
«Hallan unos restos que podrían pertenecer al profesor desaparecido hace dieciocho años».
Nadie se atrevía todavía a confirmar que fueran de Julián Ortega, pero todos lo creían.
Las agencias actualizaban la información cada pocos minutos.
Tomás caminaba de una mesa a otra repartiendo instrucciones sin ocultar su satisfacción.
Había convertido el hallazgo en el eje de toda la edición: una cronología completa del caso, entrevistas con asociaciones de familiares de desaparecidos y un perfil de Julián ocupaban ya buena parte de la portada digital.
Me senté frente al ordenador, pero apenas fui capaz de leer un par de líneas antes de volver a mirar el móvil.
Nada.
Cinco minutos después volví a hacerlo. Y otros cinco minutos más tarde, otra vez.
—Llevas toda la mañana mirando el teléfono. —Claudia me observaba desde la mesa de enfrente con una mezcla de curiosidad y preocupación—. ¿Esperas alguna llamada?
Negué con la cabeza.
—No lo sé.
Era la respuesta más sincera que podía darle. No esperaba una llamada concreta. Esperaba que ocurriera algo. Porque ya había aprendido que, después de cada artículo, siempre ocurría algo.
Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Desde que publicaste el reportaje no has dejado de mirar por encima del hombro.
Intenté sonreír.
—Será falta de sueño.
—No. Es otra cosa.
Me sostuvo la mirada unos segundos.
No respondí porque tenía razón.
Llevaba días sintiendo que alguien iba siempre un paso por delante de mí, que las carpetas llegaban cuando tenían que llegar, que los cuerpos aparecían cuando alguien lo decidía y que yo solo iba siguiendo un camino que otro había marcado mucho antes.
El móvil vibró sobre la mesa. Los dos lo miramos al mismo tiempo.
Salcedo.
Respondí inmediatamente.
—Dime.
—Necesito que vengas.
Su voz sonaba distinta, más seca de lo habitual.
—¿Ha pasado algo?
Hubo una pausa.
—Sí. Y creo que esto ya no va solo de los cuerpos.
La llamada terminó.
—¿Qué ocurre? —preguntó Claudia.
Me puse en pie.
—Salcedo quiere verme.
Tomás salió de su despacho casi al mismo tiempo, y al verme comprendió que algo había cambiado.
—¿Te ha llamado Salcedo?
—Sí.
—¿Ha dicho por qué?
—Solo una cosa, que esto ya no va solo de los cuerpos.
La expresión de satisfacción desapareció de su rostro como nunca lo había visto antes.
—Entonces, ve —dudó antes de seguir—; pero antes necesito que me cuentes todo lo que aún no me has contado.
Aquellas palabras me desarmaron porque empezaba a sospechar que esa lista de confesiones era mucho más larga de lo que yo mismo estaba dispuesto a reconocer.
Tomás dejó las hojas sobre la mesa más cercana y caminó hasta mí con esa calma que siempre utilizaba cuando algo le preocupaba de verdad.
—No quiero entretenerte mucho.
—Salcedo me espera.
—Lo sé.
Durante unos segundos permaneció con la mirada perdida, parecía que estuviese ordenando las preguntas antes de hacerlas.
—Necesito entender qué está pasando. No me refiero al hallazgo de Julián. Me refiero a ti.
—¿Qué quieres decir?
—Madrid está lleno de desapariciones sin resolver. —Su mirada no se apartó de la mía—. Y tú elegiste, precisamente, dos casos. Publicas el primero. Aparece un cuerpo. Publicas el segundo. Aparece otro.
No contesté. Yo llevaba haciéndome la misma pregunta desde que abandoné la excavación el día anterior.
Tomás apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Si hubiera ocurrido una vez, hablaría de una casualidad. Dos veces, ya no sé cómo llamarlo. ¿Hay alguien ayudándote? —preguntó finalmente.
Bajé la vista un instante.
—No puedo hablar de mis fuentes.
Tomás dejó escapar una sonrisa breve.
—Eso ya lo imaginaba.
Volví a levantar la cabeza.
—No significa lo que crees.
—¿Y qué significa?
No encontré una respuesta inmediata. Porque ni yo mismo sabía ya cómo definir al hombre de la imprenta.
¿Era una fuente? ¿Un asesino? ¿Un manipulador? ¿O alguien que llevaba semanas utilizándome para contar una historia que había empezado mucho antes de que yo apareciera?
—Significa que aún no puedo explicarlo.
Tomás habló con una serenidad que me desconcertó.
—No creo que estés metido en esto, pero sí creo que alguien ha decidido que seas tú quien lo cuente.
Aquellas palabras me golpearon con más fuerza de la que esperaba. Eran las mismas conclusiones a las que yo llevaba días intentando no llegar.
—He pedido que revisen algunos expedientes antiguos —me anunció.
—¿Qué expedientes?
—Los relacionados con tus artículos.
Sacó una hoja llena de anotaciones.
—Hay informes que desaparecen. Declaraciones incompletas.
Cambios de criterio que nadie explica. Expedientes que pasan años archivados y, de repente, alguien vuelve a pedirlos.
No sé quién está detrás. Ni siquiera sé si todos esos movimientos tienen relación entre sí, pero hay demasiadas coincidencias para seguir llamándolas casualidad.
Solo quiero pedirte una cosa… Si sabes algo más…
—Su voz perdió el tono de director y sonó simplemente a la de un amigo—.
No esperes a que sea demasiado tarde para contármelo.
Sentí el peso del teléfono en el bolsillo, la grabación, las carpetas, las coordenadas, las promesas hechas al hombre de la imprenta.
Cada día me resultaba más difícil seguir convencido de que estaba haciendo lo correcto.
En ese momento el móvil vibró. Lo saqué inmediatamente. Era Salcedo.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—Todavía en el periódico.
—Sal ahora mismo. —Su voz sonó más tensa que nunca—. Creo que acabamos de encontrar algo que cambia por completo la investigación.
La llamada terminó antes de que pudiera hacer otra pregunta. Guardé el teléfono.
Tomás había visto mi expresión.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé, pero tengo la impresión de que acabamos de dejar de investigar a un asesino.
—¿Entonces, a quién? —Frunció ligeramente el ceño.
—Eso es justo lo que voy a averiguar.
Salí hacia el ascensor sin volver la vista atrás. La verdadera investigación acababa de empezar.
El trayecto hasta comisaría transcurrió sin que encendiera la radio.
La había apagado antes incluso de salir del aparcamiento del periódico.
No tenía ninguna necesidad de escuchar las mismas noticias que llevaba viendo toda la mañana en la redacción.
Sabía exactamente lo que estaban contando.
Lo que necesitaba era entender lo que todavía nadie sabía.
Cuando llegué, un agente me esperaba en la entrada.
—El inspector Salcedo está arriba.
Lo seguí por el pasillo. No me condujo a la sala donde me habían interrogado días atrás.
Esta vez cruzamos la segunda planta hasta un pequeño cuarto de reuniones.
Había una ventana, una mesa rectangular, cuatro sillas, un archivador metálico y una cafetera apagada que llevaba demasiado tiempo sin usarse.
Sobre la mesa descansaba una carpeta gris.
Salcedo entró unos segundos después acompañado de una mujer de unos cuarenta años que llevaba el cabello recogido, un traje oscuro sin una sola arruga y una expresión serena que transmitía más autoridad que cualquier gesto.
—Ella es la inspectora Vega. A partir de hoy, trabajará conmigo en esta investigación.
Nos estrechamos la mano. Su saludo fue firme y breve.
Esperé a que tomaran asiento. Ninguno parecía dispuesto a perder el tiempo.
Fue Salcedo quien rompió el silencio.
—Antes de empezar, quiero dejar clara una cosa. No creemos que hayas matado a nadie.
Sentí cómo una parte de la tensión abandonaba mi cuerpo, aunque apenas duró un segundo.
—Pero tampoco sabemos cuál es tu papel exacto en todo esto.
La inspectora Vega abrió la carpeta. Fue colocando varios documentos sobre la mesa con un orden casi quirúrgico. No hablaba mientras trabajaba. Simplemente dejaba que los papeles construyeran el relato por sí solos.
—Hemos revisado las investigaciones de Marta Cifuentes y Julián Ortega.
Reconocí inmediatamente las portadas de ambos expedientes. Después apareció una tercera hoja, y una cuarta. Todas llevaban fechas distintas.
—Hay algo que hasta ahora nadie había relacionado.
Me incliné ligeramente hacia delante.
Vega pasó una página.
—Los dos casos fueron reabiertos administrativamente varios años después de archivarse.
—Eso puede ocurrir.
—Sí —su respuesta fue seca—, pero no de esta manera.
Sacó otra hoja. Era una tabla con varias fechas resaltadas.
—Ambos expedientes abandonaron el archivo el mismo mes.
—¿Quién los solicitó?
La inspectora levantó la vista. Ninguno habló. Después deslizó una última hoja hacia mí. Había una línea subrayada. «Entidad solicitante». Debajo, un único nombre: Fundación Arístides.
Lo leí dos veces. No significaba absolutamente nada para mí.
—¿Qué es eso?
—Esa es exactamente la pregunta que nos estamos haciendo nosotros —respondió Salcedo.
Vega continuó.
—Al principio pensamos que podía tratarse de un error administrativo.
Sacó una nueva relación de expedientes. Era mucho más larga. Había nombres tachados, otros marcados con anotaciones manuscritas, algunos aparecían resaltados en amarillo.
—Pero no eran solo Marta y Julián.
Recorrí la lista con la vista. No conocía ninguno de aquellos nombres. Aunque todos compartían algo. Habían desaparecido hacía muchos años.
—¿Todos los expedientes pasaron por esa fundación?
—Todos fueron solicitados por ella.