Capítulo 12
Julián
Me desperté antes de que sonara el despertador.
Permanecí intentando recordar en qué momento me había quedado dormido. Apenas conseguía reconstruir la noche anterior. Me acordaba de haber cerrado el portátil y mirar el teléfono una última vez. Y, en algún momento, el cansancio terminó imponiéndose a las preguntas.
Cogí el móvil de la mesilla.
Ningún mensaje nuevo. Ninguna llamada perdida. Ninguna instrucción.
Durante unos instantes me sorprendí deseando encontrar algo. Una amenaza, una advertencia, incluso otra carpeta esperándome frente a la puerta de casa.
No había nada.
Y aquella ausencia empezaba a inquietarme más que cualquier palabra.
Mientras preparaba café, no pude evitar mirar varias veces hacia la entrada del apartamento. Era absurdo. Sabía que no había nadie esperándome al otro lado.
Aun así, antes de salir a la calle comprobé el buzón.
Vacío.
Tal vez todo había terminado. Tal vez el reportaje solo era un artículo más.
Intenté convencerme de ello durante todo el trayecto hasta la redacción. No lo conseguí.
Llegué al periódico unos minutos antes de las ocho. La rotativa acababa de detenerse y varios paquetes de periódicos permanecían apilados junto a la zona de distribución. El olor a tinta fresca todavía impregnaba el ambiente.
Cogí uno de los primeros ejemplares.
La fotografía de Julián ocupaba casi toda la portada.
«Dieciocho años esperando una respuesta».
Me quedé contemplando el titular. Había imaginado muchas veces cómo sería ver publicado aquel reportaje. Pensaba que sentiría satisfacción o alivio, incluso orgullo.
No sentí ninguna de esas cosas.
Lo único que experimenté fue una extraña sensación de irreversibilidad. Hasta el día anterior el artículo seguía siendo mío. Podía corregirlo, retrasarlo, borrarlo. Ahora pertenecía a miles de lectores. Ya no había forma de recuperarlo.
Pasé la mano por la portada. Recordé el reloj encontrado junto a Marta. Las palabras de Laura. La conversación con Tomás. La nota anónima.
«Ellos ya esperaron demasiado».
Todo parecía conducir justo hasta aquel momento.
Doblé el periódico y subí a la redacción.
La actividad comenzaba a despertar poco a poco. Los primeros redactores llegaban con el café en la mano, comentaban titulares y revisaban agencias como cualquier otra mañana.
Solo para mí, aquella no era una mañana como otras. Acababa de entrar en una historia de la que ya no sabía salir.
Tomás ya estaba allí, rodeado de varios redactores, con un ejemplar del periódico abierto entre las manos. Algunos señalaban la portada, otros repasaban las primeras reacciones en las ediciones digitales. Al verme aparecer, levantó el diario y sonrió.
Su expresión bastó para comprender que el día apenas acababa de empezar.
—Has hecho un gran trabajo.
Respondí con un leve gesto de cabeza. No sabía qué decir. Las felicitaciones me resultaban incómodas. No porque no apreciara el reconocimiento, sino porque tenía la sensación de que todos celebraban el principio de algo que yo llevaba días temiendo.
La mañana arrancó con la actividad habitual. Sonaban teléfonos sin descanso. Las agencias empezaban a mover la noticia. Una emisora de radio quería una entrevista. Después llamó una televisión. Más tarde, una asociación de familiares de desaparecidos pidió hablar conmigo.
El reportaje estaba teniendo el impacto exacto que esperábamos. Pese a ello, cuanto mayor era su repercusión, más crecía mi inquietud.
Miré varias veces el teléfono. Esperaba otro mensaje. Otra llamada del número desconocido. Cualquier cosa.
No llegó nada.
A las diez y dieciséis sonó el teléfono fijo de la redacción. Uno de los redactores respondió sin mover apenas la vista de la pantalla.
—Redacción La Crónica, dígame.
Escuchó unos segundos. Después levantó la cabeza.
—Tomás, es la Policía Nacional.
La conversación que mantenía el resto de la redacción continuó unos segundos más, ajena a todo. El director cogió el auricular.
—Sí, soy yo.
Al principio su expresión no cambió. Escuchaba sin decir nada. Poco a poco vi cómo desaparecía la sonrisa con la que había empezado la mañana.
Se volvió hacia mí. Y en ese instante supe que había ocurrido algo.
Colgó despacio. Nadie habló.
Caminó hasta mi mesa.
—Era Salcedo. Han encontrado unos restos humanos en unas obras de una finca a las afueras de la ciudad.
No hizo falta que añadiera nada más. Ya sabía de quién estaba hablando. Aun así, esperé. Necesitaba oírlo.
—Todavía no hay una identificación oficial —continuó—. Ni ADN, ni confirmación forense, pero han aparecido varios objetos que coinciden con la descripción que dabas en el reportaje sobre Julián.
Durante unos instantes fui incapaz de reaccionar. La redacción seguía funcionando a mi alrededor, aunque todos aquellos sonidos parecían llegar desde muy lejos.
Solo podía pensar en la frase «Ellos ya esperaron demasiado».
Tomás apoyó una mano sobre mi mesa.
—Salcedo quiere que vayas.
Antes de levantarme, hice la única pregunta que realmente me importaba.
—¿Cómo los han encontrado?
—No me ha dado detalles. Solo ha dicho que alguien parecía estar esperando la publicación de tu artículo.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué significa eso?
—No lo sabe. Dice que recibieron un aviso pocas horas después de salir el periódico.
Volví la vista hacia la portada que seguía abierta sobre mi mesa.
Había pasado días convencido de que publicar tendría consecuencias, aunque nunca imaginé que fueran tan inmediatas.
Mientras caminaba hacia el ascensor comprendí algo que no se me había ocurrido hasta entonces. Siempre había pensado en el asesino. Ahora empezaba a preguntarme si existía alguien más. Una persona que no enterraba los cuerpos, pero decidía cuándo debían ser encontrados.
Y esa posibilidad resultaba todavía más inquietante.
El camino de tierra terminaba frente a dos vehículos de la Policía Nacional.
A varios metros, la cinta de balizamiento rodeaba una pequeña zona excavada en mitad de un terreno abandonado.
Desde allí se distinguían varios técnicos de Criminalística, dos forenses y un fotógrafo trabajando con una precisión casi ritual.
Mostré mi acreditación. Uno de los agentes levantó la cinta para dejarme pasar.
A medida que me acercaba, el ruido de la ciudad desaparecía. Solo quedaban las voces bajas de los especialistas, el sonido metálico de las herramientas y el viento moviendo la hierba seca alrededor de la excavación.
Salcedo me esperaba junto a la zanja. Tenía las manos en los bolsillos y la mirada fija en el trabajo de los forenses.
Al verme llegar, apenas levantó la cabeza.
—Pensaba que tardarías menos.
No respondí. Mis ojos ya estaban clavados en la excavación.
Los restos permanecían parcialmente cubiertos por una lona blanca. Los especialistas retiraban la tierra con brochas y pequeñas espátulas mientras fotografiaban cada objeto antes de moverlo unos centímetros.
Todo se hacía con una lentitud desesperante. Y comprendí por qué: aquello no era una búsqueda, era una conversación con alguien que llevaba casi veinte años callado.
Me detuve junto al inspector.
—¿Es Julián?
Negó con la cabeza sin apartar la vista del terreno. Su tono fue tan firme como el primer día que nos conocimos.
—Todavía no lo sabemos. No hay identificación oficial, ni ADN, ni confirmación forense; solo indicios.
Era la respuesta que esperaba. Y, aun así, me resultó imposible apartar la vista de aquella zanja. Intentaba convencerme de que podía ser cualquier otra persona. Sin embargo, cada minuto que pasaba lo creía un poco menos.
Uno de los forenses se acercó con una bolsa de pruebas transparente. Dentro había un reloj de pulsera cubierto de tierra. El cristal estaba roto. La correa aparecía cuarteada por el paso del tiempo.
Lo reconocí de inmediato. No porque lo hubiera visto antes, sino porque Laura me lo había descrito con tanto detalle que tuve la extraña sensación de haberlo sostenido alguna vez entre las manos.
«Mi padre nunca se lo quitaba», recordé perfectamente sus palabras. Decía que había sido un regalo de su mujer cuando empezaron a salir.
Por un instante dejé de mirar una prueba y solo vi el objeto más cotidiano del mundo convertido, dieciocho años después, en el recuerdo de una familia.
Salcedo observó mi reacción antes de devolver la bolsa al equipo científico.
—No basta para identificar a una persona —me advirtió.
—Lo sé.
Pero ambos sabíamos que aquel reloj pesaba mucho más que unos pocos gramos de metal.
Los forenses seguían trabajando con la misma calma. Fotografiaban cada hallazgo. Tomaban medidas. Etiquetaban cada fragmento. El procedimiento era impecable.
Y, sin embargo, no conseguía dejar de pensar en Laura, en la libreta y en las conversaciones que habíamos mantenido durante los últimos días.
Ella llevaba dieciocho años esperando una respuesta. Yo apenas llevaba una semana buscando la verdad. Y, aun así, sentía que llegaba demasiado tarde.
Fui yo quien rompió el silencio.
—¿Por qué nadie encontró este lugar hace dieciocho años?
Salcedo pensó antes de responder.
—Porque nadie buscó aquí.
—¿Ni una sola vez?
—La investigación siguió las líneas que parecían razonables en aquel momento.
Me quedé mirando la excavación. Había demasiadas cosas que empezaban a parecer razonables en ese momento.
—¿Y quién decidió cuáles eran esas líneas? —quise saber.
Salcedo observó durante un breve instante el trabajo de los especialistas. Después habló sin mirarme.
—Eso ocurrió mucho antes de que yo llegara al caso.
Hizo una pausa. Su voz sonó más baja.
—Las investigaciones no siempre se equivocan solas.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Esta vez sí me miró.
—Que a veces basta con que alguien cierre una puerta demasiado pronto.
No añadió nada más. Ni hacía falta. Aquella frase sonó con más fuerza que cualquier explicación.
El teléfono vibró en el bolsillo de la chaqueta.
Lo saqué casi por inercia. La edición digital del periódico seguía ocupando la portada principal.
El artículo sobre Julián acumulaba miles de lecturas y los comentarios no dejaban de aumentar.
Deslicé el dedo por la pantalla. Había mensajes de antiguos alumnos, compañeros de profesión y familiares de otros desaparecidos.
Personas que aseguraban haber conocido a Julián; otras que simplemente daban las gracias por recuperar una historia que creían olvidada.
Desde que publiqué el reportaje tuve la sensación de que había hecho lo correcto. Hasta que apareció un comentario nuevo: «La memoria siempre encuentra el camino». Sin nombre. Sin fotografía. Sin ningún dato de usuario.
Me quedé inmóvil. Había algo extraño en aquellas palabras. No eran una felicitación ni una crítica. Parecían escritas para mí.
—¿Pasa algo?
Salcedo seguía observándome. Bloqueé la pantalla del teléfono casi por reflejo.
—No —mentí.
El inspector no insistió. Volvió la mirada hacia la excavación. Los especialistas continuaban trabajando con la misma precisión. Uno de ellos fotografiaba un pequeño objeto metálico antes de introducirlo en una bolsa de pruebas.
Todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad. Solo yo tenía la sensación de que alguien acababa de hablarme desde el otro lado de la pantalla.
Guardé el teléfono en el bolsillo.
—Hay una cosa que no entiendo. Si el cuerpo llevaba aquí casi veinte años, ¿por qué aparece precisamente hoy? —quise saber.
—Porque alguien quiso que apareciera hoy.
Sentí un escalofrío.
—¿El asesino?
—No lo sé —susurró—. Lo único que sé es que alguien conocía este lugar… y decidió esperar hasta esta mañana para avisarnos.
—Después del reportaje.
—Sí.
Los dos volvimos a mirar la zanja. El viento agitó ligeramente la lona que cubría parte de los restos.
—¿Crees que quería llamar la atención? —pregunté.
—No —dijo con voz tajante—. Creo que quería enviar un mensaje.
Volví a pensar en el comentario y en la nota que había aparecido sobre mi teclado. También eran mensajes, nunca órdenes ni amenazas.
—¿A quién?
Esta vez Salcedo tardó más en contestar.
—Esa es la pregunta.
El silencio regresó entre nosotros, pero ya no era el de una investigación estancada. Era el de dos personas que acababan de comprender que alguien estaba moviendo las piezas mucho antes de que ellos llegaran.
Permanecimos unos segundos más junto a la excavación. Ninguno de los dos tenía nada que añadir.
Los forenses seguían trabajando con la misma paciencia con la que habían empezado aquella mañana. Cada fotografía, cada medición y cada bolsa de pruebas parecían formar parte de un ritual aprendido para devolverle una identidad a alguien que llevaba demasiado tiempo sin nombre.
Observé el ir y venir de los especialistas. Todo era metódico, preciso, casi perfecto.
A pesar de todo, no podía dejar de pensar que llegábamos veinte años tarde.
Me despedí de Salcedo con un gesto. No hizo falta decir nada. Los dos sabíamos que volveríamos a hablar muy pronto.
El teléfono vibró de nuevo. Era una notificación del periódico.
El artículo sobre Julián seguía acumulando lecturas a una velocidad que nunca había visto.
Decenas de nuevos comentarios aparecían cada minuto.
Antiguos alumnos compartían recuerdos. Compañeros de profesión hablaban de su honestidad.
Varias asociaciones de familiares exigían la reapertura de otras desapariciones archivadas.
Guardé el teléfono sin seguir leyendo. Antes de salir, miré una vez más hacia la excavación. Aquel lugar había permanecido oculto durante casi dos décadas. No había aparecido por casualidad. Alguien había esperado todo ese tiempo.
Me senté al volante, pero no arranqué. Cerré los ojos un instante. Durante días había estado convencido de que alguien jugaba conmigo.
Ahora empezaba a sospechar algo mucho más inquietante. Quizá no intentaban manipularme. Quizá me habían elegido.
Abrí los ojos. Arranqué el motor.
Mientras abandonaba la finca comprendí que llevaba semanas haciéndome la pregunta equivocada. No debía descubrir únicamente quién había matado a Julián ni quién había ocultado su desaparición durante dieciocho años.
La verdadera pregunta era otra.
¿Quién estaba escribiendo esa historia y por qué quería que fuera precisamente yo quien la contara?
Con esa idea abandoné el camino de tierra. Y tuve la certeza de que, a partir de aquel momento, ya no iba a ser posible separar al periodista de la investigación.
Porque la historia que había empezado a contar… acababa de comenzar a escribirme a mí.