Capítulo 11
Permiso
Abrí los ojos unos segundos antes de que sonara el despertador.
No había dormido bien; no porque hubiera pasado la noche dando vueltas en la cama —al contrario, había caído rendido durante unas horas—, sino porque el cansancio seguía allí, intacto, como si el sueño hubiera sido incapaz de aliviar el peso que llevaba varios días acumulando.
Permanecí tumbado, mirando al techo.
Me incorporé y caminé hacia el salón. Preparé un café y lo dejé sobre la mesa. El reportaje sobre Julián Ortega esperaba una corrección que ya no iba a llegar. Comprendí que el problema nunca había sido el artículo. Era yo.
Desde que publiqué la historia de Marta, había dejado de preguntarme si un artículo era correcto para empezar a cuestionarme qué ocurriría después de darlo a conocer. Y esas eran dos preguntas completamente distintas.
Me levanté y me acerqué a la ventana. La ciudad empezaba a despertar. Los primeros coches llenaban la avenida, y un repartidor descargaba cajas en la cafetería de la esquina. Todo seguía funcionando con absoluta normalidad.
Solo yo parecía incapaz de avanzar.
Volví a sentarme. Podía enviarlo. También podía esperar un día más, o dos, o una semana. Siempre encontraría una excusa para aplazar una decisión que, en realidad, ya había tomado sin reconocerlo.
Entonces recordé que siempre había consultado el expediente original de Julián buscando respuestas; nunca errores.
Si realmente no quedaba nada por descubrir, si todo coincidía con las copias que ya había revisado, ya no tendría ninguna razón para seguir retrasando la publicación.
No esperaba encontrar nada nuevo. Precisamente por eso necesitaba volver: porque, si el expediente confirmaba una vez más lo que ya sabía, tendría que admitir que el único obstáculo era mi propio miedo.
Apagué el portátil. Cogí la chaqueta. Cerré la puerta del apartamento y bajé las escaleras convencido de que iba a confirmar lo evidente.
Todavía no sabía que iba camino de encontrar tres pequeñas anomalías capaces de cambiar por completo la forma en que entendía aquella investigación.
El funcionario de la hemeroteca dejó la carpeta sobre la mesa.
—Aquí la tiene.
Esperé a que desapareciera por el pasillo antes de abrirla.
El expediente ya no me resultaba extraño. Había consultado copias durante los últimos días y conocía casi de memoria el orden de las declaraciones, los informes policiales y las diligencias judiciales. Por eso esperaba encontrar lo mismo de siempre.
Pasé las primeras páginas sin detenerme.
Todo coincidía con las copias que había revisado una y otra vez.
Empecé a sentirme casi aliviado. Quizá de verdad solo estaba buscando una excusa para seguir retrasando el artículo.
Continué leyendo. Una referencia llamó mi atención: «…
tal y como consta en el Informe 12 incorporado al expediente… ».
Volví al índice. Los informes aparecían numerados de forma consecutiva. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce.
Deslicé los dedos hasta el lugar donde debería encontrarse. Y no estaba.
Pensé que, simplemente, me lo había saltado. Retrocedí unas páginas. Avancé de nuevo. Nada. Revisé toda la carpeta con más calma.
El Informe 12 no aparecía por ninguna parte.
Levanté la mano. El funcionario regresó unos segundos después.
—¿Algún problema?
Le señalé la referencia.
—Aquí se cita un informe que no está.
Se ajustó las gafas y hojeó el expediente con tranquilidad.
—Puede pasar —reconoció.
—¿Cómo que puede pasar?
—Durante una instrucción se rehacen diligencias, se sustituyen documentos o se agrupan informes. A veces la numeración deja de coincidir.
Era una explicación demasiado razonable para seguir insistiendo.
Esperé a que se marchara y continué leyendo, intentando concentrarme en el contenido. No pude. Volví una vez más a la referencia. Después al índice. No encontraba ningún sentido a dejar una cita a un documento inexistente.
Cinco minutos más tarde apareció otra: «Véase anexo B».
Busqué al final de la carpeta. Solo había un anexo A.
Sentí una ligera incomodidad. Ya no se trataba de un documento extraviado, sino de dos.
Revisé todo el expediente de principio a fin, hoja por hoja. No lo encontré.
Volví a llamar al funcionario. Esta vez sonrió antes incluso de que hablara.
—Ahora falta otra cosa, ¿verdad?
Le mostré la referencia.
—Aquí cita un anexo que tampoco está.
Observó la página apenas unos segundos.
—Créame. Los expedientes antiguos están llenos de pequeñas incorrecciones. Se modifican durante años y nadie actualiza todas las referencias.
—¿Es habitual?
—Más de lo que imagina.
Le di las gracias. Cuando volvió a marcharse, me quedé mirando la carpeta. Las dos explicaciones eran lógicas; incluso convincentes. Aun así, no conseguían tranquilizarme.
Recordé el expediente de Marta. También allí habían aparecido pequeños detalles que parecían no significar nada por separado, pero juntos empezaban a dibujar una figura que todavía era incapaz de distinguir.
Una hoja al final llamó mi atención. Nada importante, una simple ficha de control: fechas, firmas, organismos… Era el registro de todas las personas que habían consultado aquel expediente durante los últimos años.
La recorrí casi por inercia. Juzgado de Instrucción. Policía Nacional. Fiscalía. Todo seguía el mismo patrón hasta que una línea rompió la secuencia.
17/04/2008 - CONSULTA AUTORIZADA
Nada más. Ni nombre ni firma. Ningún organismo. Solo aquellas dos palabras.
Sentí un cosquilleo en la nuca.
Volví a llamar al funcionario, que se acercó con la misma tranquilidad de antes. Le señalé la anotación.
—¿Quién consultó el expediente ese día?
Observó la ficha y negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Aquí no aparece ningún nombre.
—Antes no siempre se registraban esos datos.
—¿Y ahora ya no puede saberse?
—Si no quedó anotado entonces, no.
Miré otra vez la hoja. Una respuesta perfectamente lógica. Como la del Informe 12 . Como la del anexo B. Todo tenía explicación. Siempre.
Pero tres casualidades seguidas empezaban a parecerse demasiado a una decisión.
Había ido buscando una confirmación y salí con tres anomalías que, por separado, no demostraban absolutamente nada.
Mientras abandonaba el archivo, tuve la incómoda sensación de que alguien había pasado por aquel expediente mucho antes que yo.
Y quizá había dejado exactamente las huellas que quería que encontrara.
Cuando regresé a la redacción, Tomás ya me estaba esperando. La puerta de su despacho permanecía entreabierta. Al verme aparecer, levantó la vista de unos papeles.
—Pasa un momento.
Entré y cerré la puerta tras de mí.
Tomás dejó el bolígrafo sobre la mesa y me observó con esa paciencia que solo tienen las personas que te conocen demasiado bien.
—¿Has enviado el reportaje?
Dije que no. No pareció sorprenderse.
—¿Está terminado?
—Sí.
—¿Está contrastado?
—Sí.
—¿Hay alguna fuente pendiente de confirmar?
—No.
—¿Algún dato que necesites comprobar?
—No.
El director permaneció unos segundos en silencio. Después entrelazó las manos sobre la mesa.
—Entonces, el problema no es el reportaje —adivinó.
No respondí porque llevaba dos días convencido de que el problema era yo.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse toda la redacción, funcionaba con total normalidad.
—¿Sabes una cosa? —dijo sin dejar de mirar hacia fuera—. Llevo tantos años trabajando contigo que ya casi no necesito leer tus artículos para saber cómo estás.
Esbocé una sonrisa.
—Eso da un poco de miedo.
—A mí también.
Se volvió y siguió hablándome.
—Cuando una historia no está cerrada, haces preguntas, buscas otra fuente, vuelves a entrevistar a alguien, te recorres media provincia si hace falta.
Eres incapaz de quedarte quieto. A veces, incluso desesperas a todo el mundo.
Pero esta vez no has hecho nada de eso. —Mi sonrisa desapareció—. Solo estás esperando.
Sentí un ligero nudo en el estómago porque había acertado.
Le conté que había vuelto al archivo esa mañana; también lo del Informe 12 , el anexo B y la consulta autorizada sin nombre.
Tomás escuchó sin interrumpirme.
—¿Y qué demuestran esas tres cosas?
Bajé la vista.
—Nada.
—¿Puedes publicar que existe una conspiración basándote en eso?
—No.
—¿Puedes afirmar que alguien manipuló el expediente?
—Tampoco.
Asintió.
—Entonces no has encontrado una respuesta, solo más preguntas.
Aquellas palabras me hicieron recordar a Laura. «Cada respuesta traía dos preguntas nuevas». Empezaba a tener la sensación de que todos me estaban diciendo lo mismo con frases distintas.
Tomás regresó hasta la mesa.
—Daniel, no estás esperando una prueba.
Tragué saliva.
—¿Entonces, qué estoy esperando?
Su respuesta llegó con una calma casi dolorosa.
—Permiso.
La palabra quedó suspendida entre nosotros. No añadí nada. Ni siquiera estaba seguro de haberlo entendido.
—¿Permiso de quién? —pregunté al fin.
—No lo sé. Quizá de la policía, del juez. —Paró un momento—. Puede que de ti mismo.
Sentí que algo encajaba de golpe. Lo que me paraba era el miedo a equivocarme.
Tomás volvió a sentarse. Esta vez habló menos como director y más como el amigo que llevaba media vida viéndome trabajar.
—Escúchame bien. No puedo decirte si debes publicar, esa decisión solo puedes tomarla tú, pero sí puedo afirmar una cosa: si alguien consigue que un periodista deje de confiar en su propio criterio, ya ha ganado una parte de la historia.
Aquella frase me golpeó incluso más que la anterior.
Permanecimos unos segundos en silencio. Después añadió, casi en voz baja:
—Solo te pido una cosa. No dejes que el miedo tome la decisión por ti.
No dije nada. Salí del despacho con la palabra permiso dando vueltas en la cabeza.
Atravesé la redacción casi sin mirar a nadie. Varias personas hablaban por teléfono. Alguien discutía un titular con el jefe de cierre. Una televisión permanecía encendida en silencio, mostrando imágenes de una rueda de prensa que nadie parecía estar viendo.
Todo seguía igual, pero yo ya no era el mismo.
Me senté frente al ordenador. Abrí el reportaje. Leí el primer párrafo. No avancé más. Las palabras habían dejado de importar. Lo único que veía era la frase de Tomás: «No dejes que el miedo tome la decisión por ti».
Me froté los ojos. Necesitaba dejar de pensar unos minutos.
Fue entonces cuando vi que un sobre blanco descansaba sobre el teclado.
Fruncí el ceño. Juraría que no estaba allí cuando llegué aquella mañana.
Lo observé sin tocarlo. Era un sobre corriente, sin sello, sin remite, sin ninguna marca. Solo dos palabras impresas con una tipografía limpia y perfectamente alineada.
«Daniel Rivas».
Miré alrededor de la redacción. Nadie parecía prestarme atención. Un compañero hablaba por teléfono de espaldas a mí. Dos fotógrafos discutían delante de una pantalla. Tomás seguía encerrado en su despacho.
Todo resultaba tan normal que, durante un instante, pensé que quizá el sobre llevaba allí desde primera hora y simplemente no lo había visto. Sin embargo, de ser así, lo habría recordado.
Lo cogí. Pesaba muy poco. No estaba cerrado. Saqué la hoja doblada que había en su interior y la leí. «Ellos ya esperaron demasiado».
Nada más. Sin firma, fecha o explicación.
La leí varias veces más. No era una amenaza, tampoco parecía una advertencia. Sonaba más bien como una petición, o una orden.
—¿Alguien ha dejado esto aquí? —pregunté a mi alrededor.
Las conversaciones continuaron. Uno de los redactores negó con la cabeza sin dejar de escribir, otro se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Cuando he llegado ya estabas tú aquí.
Miré otra vez el papel. Aquello significaba que alguien había entrado en la redacción, había llegado hasta mi mesa, había dejado el sobre y había salido sin que nadie lo recordara.
Doblé la hoja y la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta. Entendí que ya no era un observador, alguien seguía cada uno de mis pasos. Y esa persona acababa de demostrarme que podía acercarse a mí cuando quisiera.
Me quedé unos segundos paralizado. Después miré al tablón que tenía enfrente. Marta. Julián. Dos fotografías. Dos vidas. Y, de repente, una tercera persona acababa de entrar en aquella historia: yo.
Me senté. Abrí el gestor editorial del periódico. Busqué el reportaje entre los borradores. Lo seleccioné.
Permanecí con el cursor inmóvil sobre la pantalla.
Recordé las palabras de Tomás. Después pensé en Laura: «Cuando publique la historia, que sea la verdad».
Y, casi sin querer, apareció la voz del desconocido de la imprenta: «Algunas historias eligen a quien debe contarlas».
No sabía si realmente había pronunciado aquellas palabras o si era mi memoria completando los silencios.
Aunque ya no importaba porque todo apuntaba en la misma dirección.
Abrí el artículo una última vez. Lo recorrí buscando una razón para detenerme. No la encontré. Todo estaba donde debía estar. Cada dato, cada cita, cada fecha, cada documento. Era el mejor trabajo que había hecho en mucho tiempo. Y lo cierto era que nunca había dudado tanto antes de publicarlo.
Respiré. Adjunté el archivo al gestor editorial. La barra de carga apareció un instante y desapareció. El botón Enviar quedó iluminado frente a mí.
Sonreí con amargura. Después hice clic.
La barra de progreso empezó a avanzar. Diez por ciento. Treinta. Sesenta. Noventa. Cada segundo parecía durar un minuto.
Hasta que apareció el mensaje.
«Envío completado».
No ocurrió nada. Ninguna llamada, alarma o revelación. Solo el zumbido constante de la redacción, las conversaciones, los teléfonos y la vida que continuaba exactamente igual que un minuto antes.
Me recosté en la silla. El reportaje acababa de dejar de pertenecerme. A partir de aquel instante sería leído, editado, maquetado y publicado. Ya no podía recuperarlo ni detenerlo.
Miré la nota de nuevo. Ignoraba quién la había escrito y por qué había llegado hasta mí, pero sí sabía una cosa: acababa de tomar la decisión que llevaba días evitando.