La obra perfecta Capítulo 10
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Capítulo 10

El artículo imposible

Llegué a la redacción unos minutos antes de las seis.

A esa hora el periódico todavía respiraba con calma.

Solo se escuchaba el zumbido constante de los ordenadores, que nunca llegaban a apagarse del todo y el murmullo de la cafetera preparando las primeras tazas del día.

Dentro de un par de horas aquella calma desaparecería bajo llamadas, teclados, conversaciones cruzadas y cierres de edición.

De momento, el edificio parecía contener la respiración.

Saludé con un gesto al vigilante de la entrada y crucé la redacción casi vacía.

Durante años aquel había sido el lugar donde todo tenía sentido.

Llegaba con una idea, investigaba, escribía y publicaba.

Un artículo sustituía al anterior, y la siguiente historia siempre terminaba ocupando el espacio de la última.

Había aprendido a convivir con esa rutina hasta el punto de creer que el periodismo consistía precisamente en eso: avanzar sin mirar demasiado atrás.

Ahora empezaba a dudarlo.

Dejé la mochila junto a la mesa y encendí el ordenador.

Mientras el sistema arrancaba volví a fijarme en el tablón de corcho que tenía enfrente.

Siempre había estado cubierto de mapas, fotografías, números de teléfono y notas adhesivas escritas con prisa.

Cada investigación dejaba allí una pequeña cicatriz antes de desaparecer para dejar sitio a la siguiente.

Aquella mañana solo quedaban dos imágenes.

Marta Cifuentes y Julián Ortega.

Las observé durante un momento. Dos vidas que, sobre el papel, no tenían absolutamente nada en común.

Allí seguían, compartiendo el mismo espacio desde que el desconocido de la imprenta decidió poner aquellas carpetas en mis manos.

Había pasado días comparando fechas, lugares, amistades, antiguos compañeros de universidad y cualquier dato que pudiera relacionarlos.

Nada. Ni una sola coincidencia sólida.

Quizá ese había sido mi primer error. Seguía buscando un vínculo entre Marta y Julián cuando, en realidad, todo apuntaba en otra dirección.

Si Julián había recibido un sobre pocos días antes de desaparecer, si aquel símbolo tenía algún significado, si las carpetas habían llegado justo en el momento oportuno… Entonces, el nexo no era una persona.

¿Era una organización?, ¿una institución?, ¿algo que seguía existiendo tantos años después?

Noté un leve escalofrío. Aceptar aquella posibilidad significaba aceptar algo todavía más inquietante: que Marta y Julián nunca habían sido dos investigaciones distintas, sino dos capítulos de una misma historia.

El ordenador terminó de arrancar. Abrí el documento titulado Julián Ortega: dieciocho años sin respuesta . El cursor comenzó a parpadear sobre la primera línea.

No empecé a leer. Me limité a mirar la pantalla.

Era un buen artículo. Estaba documentado, era prudente, no contenía una sola afirmación que no pudiera demostrar, y, precisamente por eso, no encontraba ninguna razón profesional para retrasar su publicación.

El motivo era otro. Y llevaba varios días intentando no ponerle nombre.

El primer párrafo seguía abierto en la pantalla cuando empezaron a llegar los redactores.

Los saludos se mezclaron con el ruido de las sillas, las primeras llamadas y el aroma del café recién hecho.

Algunos me preguntaron por el caso de Marta.

Otros querían saber cuándo saldría el siguiente reportaje.

Respondía siempre lo mismo.

—Estoy revisando un par de cosas.

Era mentira. No quedaba nada importante por revisar. Lo único que seguía sin encajar era yo.

A las nueve apareció Tomás. Entró en la redacción con un café en una mano y una carpeta en la otra. Antes de llegar a mi mesa ya había saludado a media plantilla.

Se detuvo detrás de mi silla.

—¿Puedo?

Asentí sin apartarme.

Leyó las primeras líneas del artículo sin decir nada. Pasó la primera página. Después la segunda. Cuando terminó, dejó los folios sobre la mesa.

—Es mejor que el de Marta.

No respondí. Conocía demasiado bien a Tomás para saber que aquella frase nunca era el final de una conversación.

—Lo quiero esta tarde en edición —me ordenó.

Bajé la vista hacia la pantalla.

—Todavía no.

—Llevas tres días diciéndome lo mismo.

Cerré el documento.

—Necesito revisarlo otra vez.

Tomás se apoyó sobre mi mesa.

—No. Lo que necesitas es decidir si vas a publicarlo.

Noté como se me tensaba el cuerpo, y no fue porque levantara la voz, sino, precisamente, porque no lo hizo.

Durante veinte años habíamos discutido de titulares, enfoques, fuentes y cierres de edición. Nunca de aquello.

Me observó con calma.

—¿Qué es exactamente lo que falta? —quiso saber—. Si hay un dato pendiente, lo buscamos. Si necesitas más tiempo para contrastar una fuente, lo tienes; pero esto ya no parece un problema de periodismo.

Contuve la respiración.

—¿Y, entonces, qué parece?

—Parece que tienes miedo.

Las palabras quedaron sin resolver.

Por un instante estuve a punto de contárselo todo. «Necesito que me escuches aunque pienses que me he vuelto loco», imaginé que le decía. Sin embargo, comprendí que sonaría como una sucesión de casualidades unidas por alguien incapaz de aceptar que solo eran eso. Casualidades.

—Dame un par de días más —le pedí.

Tomás dejó escapar el aire despacio.

—Daniel… —Esperó a que lo mirara—. Llevo veinte años confiando en tu criterio. Nunca me has pedido tiempo sin una razón, pero esta vez tengo la impresión de que no estás investigando.

Tragué saliva.

—¿Y qué estoy haciendo?

—Esperar.

Aquella única palabra me golpeó más que cualquier reproche. Porque era verdad.

No esperaba encontrar una prueba, ni una llamada, ni una confesión. Necesitaba que ocurriera algo. Y sospechaba que, si publicaba aquel artículo, acabaría ocurriendo.

Tomás recogió el café. Antes de marcharse apoyó una mano sobre mi hombro.

—Las historias también mueren cuando nadie las cuenta.

Lo vi alejarse hacia su despacho. Durante años había repetido esa misma frase a los redactores más jóvenes. Siempre había creído en ella.

Aquella mañana no pude evitar hacerme otras preguntas: «¿Y si algunas historias no mueren? ¿Y si simplemente esperan a que alguien decida contarlas?».

Abrí de nuevo el artículo. Leí el primer párrafo; después, el segundo. No cambié una sola palabra.

A media mañana sonó el teléfono. Era Laura Ortega.

Respondí casi al instante.

—Buenos días, Laura.

—Perdone que lo moleste.

—No me molesta.

Dejó pasar un momento antes de volver a hablar.

—Llevo toda la mañana pensando si debía llamarlo.

Sonreí sin darme cuenta.

—Ha hecho bien.

—No quería interrumpir su trabajo.

Miré la pantalla. El artículo seguía abierto tal y como lo había dejado una hora antes.

—Créame, ahora mismo estoy haciendo cualquier cosa menos trabajar.

Laura dejó escapar una leve risa. Era la primera vez que la escuchaba reír desde que la conocía. Fue apenas un instante, pero bastó para imaginar cómo habría sido antes de convivir durante tantos años con una ausencia.

—¿Ha seguido leyendo la libreta? —preguntó.

—Sí. Y creo que empiezo a conocer a su padre.

—Me alegra oír eso.

Su voz sonó distinta, más tranquila.

—Cuanto más leo, más claro tengo que su padre enseñaba mucho más que Historia —comenté.

—Sí —respondió sin dudar—. Él decía que cualquiera podía aprender una fecha en un libro. Lo difícil era entender por qué una persona hacía lo que hacía.

Miré de nuevo la libreta, abierta sobre la mesa.

—Eso mismo transmiten sus notas. No parecen escritas por un profesor. Parecen las de alguien que llevaba toda la vida intentando comprender a los demás.

—Cuando era pequeña me enfadaba mucho con él.

No esperaba aquella confesión.

—¿Por qué?

—Porque nunca respondía directamente a mis preguntas. Si le preguntaba si había hecho algo bien, él me preguntaba por qué creía yo que lo había hecho bien. Si le preguntaba qué libro debía leer, primero quería saber qué estaba buscando. Yo pensaba que solo estaba evitando contestarme.

Sonreí.

—Y ahora…

—Ahora daría cualquier cosa por volver a escuchar una de esas preguntas.

No supe qué decir. Algunas respuestas solo conseguían agrandar el silencio.

—¿Cree que estaba investigando algo? —pregunté al cabo de unos segundos.

—Creo que llevaba toda la vida investigando a las personas. Nunca aceptaba una explicación sencilla. Decía que, cuando una historia parecía demasiado clara, era porque alguien había dejado fuera la parte más importante.

Aquella frase me golpeó con fuerza. Era justo lo que llevaba semanas sintiendo.

El artículo seguía esperando en mi ordenador.

—Laura…

—¿Sí?

—Voy a publicar la historia de su padre. No sé cuándo, pero voy a hacerlo.

—Solo le pido una cosa —susurró.

—Dígame.

—No convierta a mi padre en un misterio más. Cuente quién era, no solo lo que le hicieron.

—Se lo prometo.

La llamada terminó, aunque yo seguía sosteniendo el teléfono.

Comprendí que tanto la libreta como el artículo hablaban de lo mismo. No de una desaparición ni de un asesinato, sino de personas a las que alguien había intentado borrar.

Laura confiaba en mí. Tomás confiaba en mí. El periódico confiaba en mí. Y, de una manera que todavía no alcanzaba a comprender, también parecía confiar en mí el hombre que me había dado aquellas carpetas en la imprenta.

Los cuatro esperaban lo mismo. Que publicara.

Abrí el cajón del escritorio. Saqué la copia impresa del reportaje sobre Marta. Las hojas seguían cubiertas de anotaciones hechas a mano, correcciones, flechas, frases tachadas y dudas que ya ni siquiera recordaba haber tenido.

Pasé despacio la primera página.

Recordaba perfectamente aquella noche. No había sentido miedo ni incertidumbre, solo la satisfacción de haber encontrado una historia que merecía ser contada. Había pulsado Enviar sin pensarlo dos veces.

Menos de veinticuatro horas después aparecieron los restos de Marta.

La imagen regresó con una claridad insoportable. La tierra removida. Las cintas policiales. Los focos iluminando el bosque mientras los forenses trabajaban alrededor del cadáver. Salcedo observándome sin decir nada.

No necesitó decir una sola palabra. Su mirada bastó para que entendiera la pregunta que ninguno de los dos se atrevía a formular.

Aparté la vista del reportaje. Lo dejé sobre la mesa. Abrí el ordenador. Volví a leer el artículo de Julián de principio a fin.

No encontré un solo dato incorrecto. No había afirmaciones gratuitas. No había conclusiones precipitadas. Era el tipo de artículo que siempre había defendido, sin excepción.

Abrí el correo interno. Escribí la dirección de Tomás. Adjunté el archivo. Añadí un asunto. «Reportaje Julián Ortega. Versión definitiva».

Aquella mañana, me pareció que pulsar el botón de Enviar era el acto más difícil de toda mi carrera. Si estaba equivocado, perjudicaría a Laura, al periódico y a la memoria de Julián. Si tenía razón, entonces alguien llevaba esperando aquel clic desde hacía dieciocho años.

No sabía qué decisión era la correcta. Solo sabía que, eligiera la que eligiera, ya no podría deshacerla.

Cerré los ojos. Recordé una de las frases de la libreta.

«Una decisión puede durar menos de un minuto y explicar una vida entera».

Abrí los ojos.

Retiré definitivamente la mano del ratón. Eliminé el archivo adjunto. Cerré el mensaje sin enviarlo. Guardé el artículo en una carpeta distinta y apagué el ordenador.

La pantalla fue oscureciéndose poco a poco hasta devolverme mi propio reflejo.

Acababa de elegir. Y comprendí que Julián tenía razón desde el principio.

Hay decisiones que apenas duran un instante, y uno puede pasarse el resto de su vida intentando entender por qué las tomó.

No había enviado el artículo ni lo había borrado. Simplemente, había aplazado una elección que era incapaz de tomar.

A mi alrededor, la redacción seguía funcionando como cualquier otro día. Sonaban teléfonos. Alguien discutía un titular al otro lado de la sala. Una impresora comenzó a escupir páginas sin descanso.

Solo yo había cambiado.

Siempre había creído que el periodismo consistía en publicar aquello que uno era capaz de demostrar. Ahora empezaba a sospechar que también consistía en asumir las consecuencias de hacerlo.

Abrí el cajón y guardé la libreta de Julián junto a la carpeta. Habían llegado a mis manos por separado. Sin embargo, ya era incapaz de pensar en una sin la otra.

La desaparición de Julián. El asesinato de Marta. Dos historias. Una misma sombra.

En la última página de la libreta se podía leer: «Hay historias que cambian cuando alguien las cuenta».

Hasta ese momento había pensado que Julián se refería a las personas sobre las que escribimos.

Aquella mañana supe que también hablaba de quien decide escribirlas.

Porque, después de todo, una historia nunca cambia solo la vida de sus protagonistas.

También transforma a quien se atreve a transmitirla.

Me levanté despacio. Cogí la mochila.

Desde que conocí al hombre de la imprenta, tenía la certeza de que cada decisión sería mucho más difícil que la anterior.