La obra perfecta Capítulo 9
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Capítulo 9

La espera

Me senté frente al escritorio y dejé la libreta negra sobre la mesa. Permanecí unos segundos contemplándola sin tocarla.

La había llevado conmigo desde que salí del piso de Laura Ortega, protegida en el bolsillo interior de la mochila, no quería que pudiera estropearse con el simple roce del resto de documentos.

Sabía que era una idea absurda, ya que el papel no conserva recuerdos, pero aquella libreta era distinta porque había pertenecido a Julián Ortega; había descansado sobre su mesa de trabajo y, probablemente, fue lo último que escribió antes de desaparecer.

La hija me la había entregado sin hacer una sola pregunta. Ni siquiera me pidió que se la devolviera. Ese gesto pesaba más que la propia libreta.

El apartamento estaba en calma. Solo llegaba, amortiguado por la ventana, el rumor lejano del tráfico y el sonido ocasional del ascensor deteniéndose en algún piso del edificio.

Llevaba casi una hora en casa, pero todavía no me había quitado la chaqueta.

La única luz encendida era la lámpara del escritorio.

Dejé el teléfono a un lado y abrí la libreta.

Las primeras páginas no contenían nada extraordinario: fechas de reuniones, títulos de libros, nombres de autores e ideas escritas con una letra pequeña, limpia y sorprendentemente ordenada. Julián apenas corregía. Cada frase parecía haber sido pensada mucho antes de llegar al papel.

Fui pasando las páginas con calma. No esperaba encontrar el nombre del responsable de su desaparición.

Después de las últimas semanas había aprendido que las respuestas importantes nunca aparecen subrayadas, que suelen esconderse entre detalles que nadie considera relevantes hasta que, de pronto, todo cobra sentido.

En una de las páginas encontré una lista de alumnos. Junto a cada nombre había una breve anotación.

«Nunca pregunta cuando no entiende algo».

«Se ríe antes de responder».

«Finge no escuchar cuando hablan de su padre».

Deslicé el dedo por aquellas líneas.

No eran observaciones académicas. No había notas, calificaciones ni referencias al rendimiento de los estudiantes. Julián registraba otra clase de información. Pequeños gestos, vacilaciones, formas de mirar, silencios…

Como periodista, yo habría anotado declaraciones, fechas o contradicciones. Él, en cambio, parecía buscar aquello que nadie decía en voz alta, lo que se escapaba entre una respuesta y la siguiente, lo que convertía a una persona en única.

Recordé las palabras de la directora y de la bibliotecaria. Las dos habían descrito al mismo hombre. Un profesor que escuchaba más de lo que hablaba, que parecía observar incluso cuando miraba por la ventana y que hacía preguntas cuya respuesta rara vez aparecía en los libros.

La siguiente hoja solo contenía una frase escrita en el centro con tinta azul.

«Una decisión puede durar menos de un minuto y explicar una vida entera».

La leí dos veces. Quizá no significaba nada, a lo mejor solo era una reflexión escrita al margen de una clase, una idea para un libro o algo que escuchó durante una conferencia.

O tal vez llevaba dieciocho años esperando a que alguien volviera a leerla.

Abrí la carpeta y busqué entre las notas dedicadas a Julián. Aquellas palabras no aparecían en ninguna parte; tampoco en los documentos que me había entregado el hombre de la imprenta.

Encendí el ordenador, abrí un archivo nuevo y copié la cita. Debajo escribí una única pregunta.

«¿Qué decisión?».

Cerré el archivo sin borrarlo y regresé a la libreta.

Las páginas siguientes estaban llenas de anotaciones sin un orden aparente, escritas con la precisión de quien teme olvidar un pensamiento importante.

No había fechas ni títulos, solo ideas. Algunas ocupaban media página; otras, apenas una línea.

«La Historia recuerda las consecuencias y olvida el instante anterior».

Pasé la página.

«Todos explicamos nuestras decisiones después de haberlas tomado».

Otra más.

«Nadie admite que eligió sin saber».

Cerré la libreta un instante. Aquellas frases no hablaban de batallas, reyes o revoluciones. Hablaban de personas, de ese segundo exacto en que una vida cambia de dirección.

Entonces comprendí por qué tantos antiguos alumnos seguían recordándolo con admiración.

Julián no enseñaba Historia, enseñaba a mirar a las personas.

Dudé unos segundos antes de buscar el número de la única persona que aún conservaba una parte del profesor que ningún expediente podía recoger. No sabía si tenía derecho a remover recuerdos que llevaban dieciocho años intentando cicatrizar, pero tampoco podía seguir avanzando sin hacerlo.

Respondió al tercer tono.

—¿Daniel?

—Perdone que la moleste tan tarde.

—No me molesta.

Su voz sonaba cansada y, al mismo tiempo, contenía una especie de esperanza resignada. Después de tantos años, cada llamada albergaba la remota posibilidad de cambiarlo todo.

—Estoy revisando la libreta de su padre.

Al otro lado de la línea se hizo una pausa breve.

—¿Ha encontrado algo?

Elegí las palabras con cuidado.

—No una respuesta, pero sí preguntas nuevas.

Laura dejó escapar una leve risa, de esas que nacen más cerca del cansancio que de la alegría.

—Mi padre decía que las buenas preguntas siempre llegaban antes que las respuestas. Cuando alguien acudía a él buscando una solución, casi nunca respondía enseguida. Primero, preguntaba; a veces, tanto que la gente se desesperaba.

Bajé la vista hacia la libreta.

—Empiezo a entender por qué —admití.

—Yo tardé muchos años en entenderlo.

—¿Estaba escribiendo algún libro?

—Siempre —su voz adquirió un tono melancólico—, pero nunca estaba satisfecho. Decía que todavía le faltaba la última pieza.

—¿Sabe cuál podía ser?

—No —su respuesta llegó casi en un susurro—. Y creo que eso es lo que más me duele. Pensé que conocía a mi padre. Ahora empiezo a comprender que había una parte de su vida a la que nunca pude entrar.

Apreté la libreta entre las manos. De pronto, tuve la sensación de pasar de investigar una desaparición a entrar en la intimidad de un hombre que llevaba dieciocho años sin poder explicar quién había sido realmente, al que alguien había silenciado mucho antes de hacerlo desaparecer.

—Laura…

—¿Sí?

—Voy a seguir investigando.

No preguntó cuánto tiempo me llevaría ni si merecía la pena; ni siquiera si podía ser peligroso.

Solo dijo:

—Lo sé.

Después añadió:

—Solo le pido una cosa.

—Dígame.

—Cuando descubra quién era realmente mi padre, no espere otros dieciocho años para contármelo.

La llamada terminó. Sostuve el teléfono sin moverme.

A la mañana siguiente llegué a la hemeroteca pocos minutos después de la apertura.

La encargada levantó la vista al verme entrar y esbozó una sonrisa de reconocimiento.

—Otra vez por aquí.

—Me temo que sí.

—Eso suele significar dos cosas: o encontró algo importante… o no encontró absolutamente nada.

No pude evitar sonreír.

—Me temo que es la segunda.

Ella asintió con la naturalidad de quien llevaba años viendo desfilar investigadores, periodistas y estudiantes obsesionados con encontrar respuestas entre montañas de papel.

—Entonces, todavía le queda trabajo. —Me entregó una tarjeta de investigador temporal y desapareció entre los pasillos.

Solicité todo lo publicado sobre Julián Ortega durante los seis meses anteriores y posteriores a su desaparición. Cuando terminó de anotar la petición, añadí otra más.

—Quiero también toda la prensa local de la semana anterior a que desapareciera.

—¿Busca algo concreto?

Negué con la cabeza.

—Ojalá lo supiera.

Minutos después tenía delante varias cajas y acceso a los periódicos digitalizados.

Las primeras horas fueron exactamente igual que todas las anteriores. Los mismos titulares, las mismas fotografías, las mismas declaraciones, la familia, la universidad, la policía. Los llamamientos para colaborar. Las promesas de que no se descartaba ninguna hipótesis.

Después, poco a poco, el silencio.

Los artículos empezaron a ocupar menos espacio. Pasaron de abrir páginas a convertirse en breves hasta desaparecer por completo. Daba la sensación de que Julián hubiera dejado de existir el mismo día en que dejó de ser noticia.

Seguí revisando periódicos uno tras otro. Las fechas empezaron a perder significado. Solo cambiaban las portadas, los nombres y las fotografías. El resto era siempre igual: Accidentes, Política, Deportes, Sucesos.

Una parte de mí sabía que, probablemente, estaba perdiendo el tiempo; la otra seguía convencida de que, dieciocho años atrás, alguien había cometido un error que continuaba escondido en algún lugar de aquellos archivos.

No buscaba una prueba o una pista; buscaba una grieta, una contradicción, una noticia que no se hubiera relacionado con Julián porque, sencillamente, nadie tenía motivos para hacerlo.

Levanté la vista un instante para descansar los ojos. La sala estaba casi vacía. Un investigador recogía sus carpetas. Otro dormitaba sobre un montón de documentos.

Miré el reloj. Casi las dos de la tarde.

Me froté los ojos y volví a la pantalla. Estaba a punto de cerrar el último archivo cuando la vi la fotografía.

Había sido publicada cinco días antes de la desaparición de Julián.

Mostraba la inauguración de una exposición organizada por la universidad.

En primera fila aparecían el rector, varios profesores y representantes del ayuntamiento.

Julián estaba al fondo. No miraba al fotógrafo.

Conversaba con un hombre situado parcialmente fuera del encuadre.

Solo se distinguía parte de su rostro, la mano derecha y un pequeño pin metálico sujeto a la solapa de la chaqueta.

Amplié la imagen. La resolución apenas permitía distinguir los detalles. Aun así, el símbolo se apreciaba con claridad: un círculo y, dentro de él, una figura geométrica formada por tres líneas entrelazadas.

Aquel emblema me resultaba familiar. No sabía dónde, pero lo había visto antes.

Leí el pie de foto. Todos los asistentes aparecían identificados, menos él.

Solicité el negativo original. La encargada regresó veinte minutos después con una hoja de contactos. Había seis fotografías del mismo acto.

En la primera, Julián escuchaba al desconocido. En la segunda, ambos estrechaban la mano. En la tercera, el hombre le entregaba un sobre. En la cuarta, ya había desaparecido.

Repasé la secuencia varias veces. El sobre era demasiado pequeño para contener documentos. Podía ser una carta, una invitación o una simple felicitación. No demostraba nada, aunque tampoco parecía un gesto casual.

Usé mi móvil para tomar imágenes. Antes de devolverlas, pregunté por el fotógrafo.

La encargada consultó la ficha.

—Falleció hace nueve años.

Otro camino que terminaba demasiado pronto.

Mientras abandonaba la hemeroteca tuve la incómoda sensación de que aquella fotografía no respondía ninguna pregunta. Solo acababa de formular una mucho más peligrosa.

¿Qué había entregado realmente aquel hombre a Julián cinco días antes de desaparecer?